El análisis
de la agresividad se realiza
actualmente desde un punto de
vista multidisciplinario, en el
que psicólogos, etólogos y
neurobiólogos tienen mucho que
decir. Así, en general, se
acepta que toda conducta
violenta debe considerarse como
un suceso bío-psico-sociocultural,
con una u otra proporción en la
mezcla de estos ingredientes.
Entre ellos,
es el factor biológico, objeto
de estudio de las neurociencias
en las últimas décadas, el
menos conocido y el que mayores
interrogantes plantea a los
científicos en su afán por
explicar las conductas
violentas. A pesar de que los
experimentos con seres humanos
no alcanzan en cantidad a los
realizados con especies de
laboratorio, como ratones o
simios, la ciencia actual está
en condiciones de detectar y de
identificar los rincones
cerebrales donde se esconde
nuestra agresividad, así como
las reacciones neuroquímicas
que se establecen en nuestro
organismo ante situaciones de
violencia, miedo, peligro, etc.
Métodos como
la estimulación eléctrica del
cerebro (EEC) han servido para
localizar los diversos centros
encargados de modular el placer,
el dolor o la agresividad.
Así, por ejemplo, se ha
comprobado que una corriente
aplicada en una zona del sistema
límbico puede
desencadenar una reacción de
furia, de afecto o incluso de
hambre. El desarrollo de las
nuevas tecnologías ha tenido
especial importancia para el
despliegue de la exploración
del cerebro humano,
posibilitando un acercamiento de
las distintas disciplinas
implicadas en el objeto de
estudio. En el campo clínico,
los modernos procedimientos de
análisis de imágenes (tomografía
de emisión de positrones,
resonancia nuclear magnética,
resonancia magnético-nuclear
funcional, magnetoencefalografía,
etc.) permiten profundizar en la
investigación visual de la
relación entre la estructura y
la función del cerebro.
También se
utilizan drogas capaces de
reducir la impulsividad y la
agresividad, se investiga con la
posibilidad de sustituciones
hormonales e intervenciones quirúrgicas
para controlar la violencia e
incluso hay quien predice que
está próximo el momento en el
que un análisis de sangre o una
exploración cerebral puedan
servir para pronosticar el
potencial violento de un
individuo y establecer
tratamientos preventivos.
De cabeza al hipotálamo:
neurobiología de la violencia
La
agresividad es un rasgo biológico
del ser humano y constituye una
herramienta al servicio de la
supervivencia de la especie, que
sin esta característica no
hubiera podido evolucionar ni
perpetuarse como tal. Pero, ¿cuáles
son los resortes fisiológicos
que condicionan nuestra
conducta? ¿qué mecanismos
neuronales determinan el grado
de agresividad de un individuo o
el paso a un comportamiento
violento?
Como se ha señalado,
las emociones que producen un
comportamiento específico se
originan en determinadas áreas
del cerebro y son el resultado
de reacciones electroquímicas
dentro de su intrincada red
neuronal. Las emociones están
condicionadas por la actividad
en el tálamo, en el mismo
centro del cerebro; en el hipotálamo,
justamente debajo de aquél; en
el sistema
límbico , y en el sistema
reticular.
Los sistemas
neuroendocrino, neuroinmune,
neurovegetativo, los ritmos
circadianos, todos ellos con
sede en el sistema límbico, están
directamente influenciados por
las emociones, y buena prueba de
ello es que actualmente la práctica
totalidad de los psicofármacos
se dirigen a actuar en el
sistema límbico.
Pero
concretamente, las bases
neurobiológicas de la
agresividad se hallan en la
corteza prefrontal y en la amígdala
del cerebro, considerada como la
estructura dominante en la
modulación de la violencia. La
amígdala y el hipotálamo
trabajan en estrecha armonía, y
el comportamiento de ataque o
agresión puede ser acelerado o
retardado según sea la
interacción entre estas dos
estructuras. Del mismo modo, se
ha comprobado en laboratorio que
el estímulo eléctrico de la amígdala
aumenta todos los tipos de
comportamiento agresivo en los
animales y hay signos que
sugieren una reacción similar
en seres humanos.
Por otra
parte, estudios realizados en
distintas regiones del córtex
prefontal del cerebro, sobre áreas
específicas de control de las
emociones negativas, han puesto
de manifiesto la interrelación
entre el córtex frontal
orbital, el córtex anterior
cingular y la amígdala. Algunos
científicos sostienen que la
corteza prefrontal actúa como
freno ante los impulsos
agresivos y así parecen
confirmarlo los experimentos
realizados con gatos, que
dejaron de atacar a los ratones
al recibir un estímulo en ese
área. Así queda establecido
que, mientras el córtex frontal
orbital desempeña una función
decisiva en el freno de
impulsividad, el córtex
anterior cingular moviliza a
otras regiones del cerebro en la
respuesta frente al conflicto.
En este sentido, resultan también
aclaratorias las investigaciones
con humanos que relacionan la
violencia con lesiones
producidas en esa zona. Estas
investigaciones concluyeron que
personas violentas, psicópatas
y gente condenada por asesinato
tenían una reducida actividad
en la corteza prefrontal. A
pesar de estas confirmaciones no
hay que olvidar que también
existen muchas personas con daños
en la corteza prefrontal que no
cometen actos violentos...
Neuroquímica de la
agresividad
Según se ha
demostrado en investigaciones
con monos, los niveles de
serotonina en el organismo
tienen una influencia directa
sobre los estados de ánimo.
Agotando sus niveles de este
neurotransmisor aumentaba su
comportamiento violento,
mientras que al incrementar los
niveles de serotonina se reducía
la agresión favoreciendo las
interacciones pacíficas con
otros individuos. En humanos con
conductas de agresión impulsiva
se ha comprobado lo mismo e
incluso se han detectado niveles
bajos de serotonina en el líquido
espinal cerebral de individuos
que se suicidaron de una manera
violenta. Aunque estos
resultados presentan una
correlación interesante, aún
no se comprende bien la relación
causa efecto, pues cabe también
la posibilidad de que el propio
comportamiento agresivo induzca
niveles bajos de serotonina y no
a la inversa.
Además de la
serotonina, otros
neurotransmisores implicados en
el gobierno de las emociones son
las endorfinas, la acetilcolina,
la noradrenalina, la dopamina y
el ácido gama-amino-butírico (GABA).
En concreto, la impulsividad y
el descontrol emocional se
relacionan también con un déficit
de endorfinas. Con el
descubrimiento en 1975 de las
endorfinas (morfinas endógenas)
nacieron también las técnicas
de estimulación química para
experimentación. Estas técnicas
consisten en la estimulación de
determinados circuitos de las
redes neurales del cerebro con
la inyección de diversas
sustancias químicas con el fin
de producir diferentes
respuestas emocionales. Se ha
observado así que los animales
muestran patrones de conducta
muy similares a los del hombre y
pueden, por ejemplo, aprender rápidamente
a mover una palanca para recibir
inyecciones de sustancias
adictivas, como opiáceos,
barbitúricos, alcohol, cocaína,
etc.
Por su lado,
las glándulas endocrinas de
secreción interna también son
capaces de liberar sustancias,
hormonas, que influyen en la
conducta emocional del
individuo, como la hormona del
crecimiento, la tirotropina, las
gonadotropinas, los estrógenos,
la progesterona y, en lo que atañe
a la agresividad, especialmente
la testosterona y la
vasopresina.
Aunque es
conocida la relación entre
testosterona y agresión, y ello
condiciona, en parte, que los
individuos masculinos sean físicamente
más agresivos que las mujeres,
aún quedan puntos a aclarar de
su funcionamiento. En animales,
la reducción de la testosterona
elimina su estatus social de
dominio, que se recupera con el
restablecimiento, por inyección,
de la hormona. Sin embargo, esta
reacción sólo se produce en
individuos que ya tuvieran una
posición previa dominante, es
decir, la administración de
testosterona a individuos con
menos estatus no los coloca en
una jerarquía superior. En
cuanto a otra hormona implicada
en la modulación de la
agresividad, la vasopresina,
experimentos recientes con
ratones de monte parecen abrir
un campo de esperanza para los
tratamientos de conductas
violentas, desviaciones sexuales
y hasta autismos. El experimento
consistió en realizar una
modificación genética en los
receptores de esta hormona con
lo que se consiguió transformar
la conducta de los ratones,
considerados polígamos y
solitarios, logrando que se
convirtieran en monógamos y con
un marcado instinto de protección
de sus crías.
Otras
sustancias, como el cortisol
, están siendo investigadas por
su relación con las conductas
agresivas, y se ha comprobado
que los niveles salivares bajos
de cortisol pueden encontrarse
inversamente relacionados con
una conducta agresiva.
Así, en situaciones de miedo o
de alto estrés aumentan las
tasas de cortisol en el
organismo y su bajo nivel
indicaría ausencia de miedo, lo
que incrementaría la
posibilidad de una respuesta
agresiva en una situación de
castigo, por ejemplo.
Aún queda
mucho por recorrer para entender
la relación entre mente y
cerebro y llegar a definir las
consecuencias del funcionamiento
cerebral en nuestra conducta.
Ahora, las neurociencias, que
cobrarán gran protagonismo en
los años venideros, han tomado
la antorcha en la carrera hacia
la comprensión de los grandes
misterios del "alma"
humana.
Por
Elvira Fernández (elviraf@cienciadigital.net)