Cuando
nos encontramos ante un paciente con asma
generalmente nos preocupamos por hacer que
asuma el diagnóstico de asmático sin
rodeos. Además, por consenso, le dejamos
bien en claro que el asma no se cura y que
debe asumir su condición de “asmático”
para toda la vida. Le aseguramos que
siguiendo al pie de la letra nuestras
indicaciones, él podrá lograr alguna
remisión más o menos prolongada o un
control parcial de la enfermedad, pero
nunca podrá pensar en términos de curación.
Si
el paciente se comporta realmente como
“paciente”, debe tener una resignación
positiva y seguir dócilmente nuestras
indicaciones terapéuticas con el fin único
de mantener bajo control la enfermedad. No
podemos generar falsas expectativas de
curación porque esto sería visto como un
acto de deshonestidad entre colegas.
Pero
la realidad es que el paciente se
“impacienta” y como todo ser humano
quiere más, no se conforma con la
aceptación pasiva de lo irremediable.
Recordemos
que el inconformismo es el motor de la
historia de la humanidad y es una poderosa
diferencia entre nosotros y los demás
animales.
Nos
sentimos ante la obligación de doblegar
esta impaciencia del paciente y creemos
estar cumpliendo un deber profesional al
poner tanto ahínco en hacerle tomar
conciencia de enfermedad, pero
desconocemos el daño que le estamos
provocando con esta sentencia “de por
vida” en su red psico-inmu-neuro-endócrina
PINE.
Gracias
a nuestros esfuerzos y a la confianza que
nos ha depositado, el paciente se asume
como asmático, acepta esta cruz por el
resto de sus días y resigna su
“esperanza” de curación.
El
segundo paso es someterlo a “conductas
de evitación” de los posibles antígenos
que aguardan agazapados en el medio
ambiente circundante. Se produce un estado
de alerta sensorial a los inputs del
exterior, limitando las posibilidades de
desarrollo del individuo. Para cumplir a
rajatabla todas las “evitaciones”
indicadas, el paciente debe desarrollar
una serie de conductas bastante obsesivas
que no son compatibles con cualquier tipo
de personalidad. El resultado es un
control más o menos satisfactorio de la
enfermedad, en mejor de los casos. Pero lo
cierto es que las conductas de evitación
no son por sí solas capaces de evitar
todas las crisis.
Cuando
el sujeto que padece asma cumple con todas
estas medidas restrictivas, sometiéndose
a una vida social restringida, tiene la
esperanza de no tener más ataques de
asma. Esta sensación de poseer el control
le produce un bienestar
fugaz, porque desgraciadamente
alguna circunstancia fortuita lo enfrentará
una y otra vez a la situación tan temida:
la disnea obstructiva.
El
paciente se pregunta:
¿Cómo
puede ser, si hice todo lo que me
indicaron? .
O
lo que es peor, no hice nada de lo que me
podía desencadenar una nueva crisis.
A
la euforia inicial por el control fugaz,
sobreviene la frustración prolongada, la
falta de dominio sobre la enfermedad, la
indefensión aprendida y a solo un paso
acecha la depresión.
La
diferencia con respecto al paciente
con diabetes es que éste si bien tiene
conciencia que no se va a curar, alcanza
cierto control sobre la enfermedad ya que
sabe que alimentos no debe comer y si hace
la dieta se mantiene compensado. En cambio
el asmático vive en el desconcierto
total, no sabe cuando sobrevendrá la
crisis aunque intente evitar todos los
desencadenates posibles. Vive prisionero
de un microcosmos que no puede ver pero
que sospecha acechante, se siente esclavo
de diminutos ácaros y partículas naométricas
de pólen, a merced de los vientos y las
temperaturas, vivencia al entorno como
hostil y una desconfianza creciente que
linda con la paranoia se va instalando.
Vive en estado de alerta sensorial y autonómico
constante, atento a cualquier cambio del
medio y a la respuesta de su mundo
visceral.
Logra
cierto control mediante el consumo
permanente de medicamentos, pero aún así
no se puede asegurar la ausencia total de
crisis.
Estamos
ante dos características indiscutibles
del asma que son el control
tan sólo parcial y la impredictibilidad
de las crisis.
Precisamente
son la falta de control sobre la noxa y la
impredictibilidad del evento traumático,
los dos pilares sobre los que asienta la
teoría de la Desesperanza Aprendida de
Seligman y Maier (1967) que nos puede
servir como modelo de estudio de las
percepciones y distorsiones cognitivas que
presenta el sujeto asmático.
En
un típico experimento pavloviano, ellos
sometieron a un grupo de perros a
sucesivas descargas eléctricas,
impredictibles e incontrolables. Con
sorpresa comprobaron que estos animales no
solo no aprendieron a evitar la noxa, sino
que además no escapaban al estímulo
doloroso, a pesar de éxitos ocasionales.
Esto les recordó los estudios de
Strassman (1956) sobre prisioneros de
guerra y acuñaron al respecto el término
Desesperanza Aprendida DA.
Desde
los primeros hallazgos de Seligman se
realizaron múltiples estudios en rededor
de la DA verificando los mismos
resultados. En esencia describieron un síndrome
que resulta del cambio en la percepción
de la propia eficacia, en que ciertos
eventos son independientes de la conducta
y por lo tanto incontrolables. Se conformó
una teorización a través de una tríada
que conduce a la DA caracterizada por un déficit
cognitivo:
1.
Motivacional.
2.
Asociativo.
3.
Emocional.
En
1975 yendo más lejos, Seligman trazó
varios paralelos entre la DA y la depresión.
Luego Müller (1977) afirmó que la DA
podría ser una forma de depresión
o al menos un excelente modelo de ella con
respecto a causas, síntomas, prevención
y tratamiento.
Esta
línea de pensamiento se convirtió en un
hito que renueva su vigencia en nuestros días.
El
sugestivo paralelismo que guarda la
percepción de las circunstancias y
vicisitudes por las que atraviesa el
paciente asmático descompensado, con el
modelo de DA nos permite comprender las
distorsiones cognitivas que le impiden ver
la salida a su problema, para lograr un
afrontamiento más positivo de la
enfermedad.
Hoy
sólo sabemos que en ciertas
circunstancias algunos hechos pueden
desencadenar crisis, pero la evitación de
estas circunstancias no puede asegurar la
ausencia de las mismas.
Hacer
tanto esfuerzo en la incurabilidad del
asma, que todos sabemos remite en un 70%
de los niños al llegar a la adolescencia,
no sólo puede ser un esfuerzo inútil
sino que puede operar por sugestión y
condicionamiento clásico en la perpetuación
de la enfermedad.
Hasta
ahora sabemos a ciencia cierta, por múltiples
estudios científicos, que la depresión y
el stress producen cambios en toda la red
PINE. En líneas generales podemos resumir
lo siguiente:
·
Activación
crónica del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal
HHA.
·
Activación
autonómica adrenérgica, que al ser crónica
desensibiliza a los beta receptores y por
dawn regulation se produce desacoplamiento
e internalización, con un detrimento de
la actividad adrenérgica a largo plazo.
·
Ambos
el tono simpático y el hipercortisolismo
deprimen el sistema inmune.
·
Hay
una población recientemente descripta en
que el stress y la depresión actuarían
inhibiendo el eje HHA y por lo tanto las
citoquinas proinflamtorias no tendrían
freno, en este grupo se encuentran algunas
enfermedades autoinmunes y asmáticos
corticodependientes.
No
sabemos en que forma puede incidir la
esperanza, la voluntad y la alegría,
entre otros parámetros motivacionales,
sobre la red PINE.
Deberíamos
realizar mayores esfuerzos en estudiar el
potencial curativo que encierra el
paciente en sí mismo.
Es
hora de tratar de repensar de que forma
inciden en la red PINE nuestras sentencias
“de
por vida” y las “conductas
de evitación” en los
pacientes con asma, poniendo en la balanza
los logros y los deterioros que esto
ocasiona.
Debemos
poder comprender que mecanismos cognitivos
y biológicos se ponen en juego cuando está
implicada la esperanza y la participación
activa del paciente, evaluando seriamente
cual es la ecuación costo beneficio para
cumplir con la premisa de ante todo no dañar.