Si
pretendiera
responder a
la pregunta Que
es el hombre?" en una forma
tan general que ya de ella se podrían
derivar las respuestas a las otras
cuestiones, entonces se le escaparía la
realidad de su objeto propio.
Porque
en lugar de alcanzar su totalidad genuina,
que sólo puede hacerse patente con la visión
conjunta de toda su diversidad,
lograría nada más una unidad falsa, ajena
a la realidad, vacía de ella.
Una
antropología filosófica legítima tiene
que saber no sólo que existe un género
humano sino también pueblos, no sólo un
alma humana sino también tipos y
caracteres, no sólo una vida humana sino
también edades de la vida; sólo abarcando
sistemáticamente éstas y las demás
diferencias, sólo conociendo la dinámica
que rige dentro de cada particularidad y
entra ellas, y sólo mostrando
constantemente la presencia de lo uno en lo
vario podrá tener ente sus ojos la
totalidad del hombre. Pero por
eso mismo no podrá abarcar al hombre en
aquella forma absoluta que, si bien no lo
indica la cuarta pregunta de Kant, fácilmente
se nos impone cuando tratamos de
responderla, cosa que, como dijimos, eludió
el mismo Kant. Así como le es menester a
esta antropología filosófica distinguir y
volver
a distinguir dentro del género
humano si es que quiere llegar a una
comprensión honrada, así también
tiene
que instalar seriamente al hombre en
la naturaleza. tiene que compararlo con las
demás cosas, con los demás seres vivos,
con los demás seres conscientes. para así
poder asignarle, con seguridad,
su lugar correspondiente. Sólo
por este camino doble de diferenciación y
comparación podrá captar e1 hombre entero,
este hombre que, cualquiera sea el pueblo,
el tipo o la edad a que pertenezca sabe lo
que, fuera de él, nadie más en la tierra
sabe: que transita por el estrecho sendero
que lleva del nacimiento a la muerte: prueba
lo que nadie que no sea él puede probar la
lucha con el destino, la rebelión y la
reconciliación Y. en ocasiones, cuando se
junta por elección con otro ser humano,
llega hasta experimentar en su propia sangre
lo que pasa por los adentros del otro.
La
antropología filosófica no pretende
reducir los problemas filosóficas a la
existencia humana ni fundar las disciplinas
filosóficas, como si dijéramos, desde
abajo y no desde arriba Lo que pretende es,
sencillamente, conocer al hombre. Pero con
esto se encuentra ante un objeto de estudio
del todo diferente a los demás. Porque en
la antropología filosófica se le presenta
al hombre, el mismo, en el sentido más
exacto, como objeto. Ahora que está en
juego la totalidad, el
investigador no puede darse por satisfecho,
como en el caso de la antropología como
ciencia particular, con
considerar al hombre como cualquier otro
trozo de la naturaleza, prescindiendo de que
él mismo, el investigador, también es
hombre y que experimenta en la experiencia
interna este su ser hombre en una forma en
la que no es capaz de experimentar ninguna
otra cosa de la naturaleza no. sólo en
su
perspectiva del todo diferente sino en una
dimensión del ser totalmente distinta. en
una dimensión en la que sólo esta porción
de la naturaleza que es él es
experimentada. Por su esencia, el
conocimiento filosófico del hombre es
reflexión del hombre sobre sí mismo, y el
hombre puede reflexionar sobre si únicamente
si la persona cognoscente, es decir, el filósofo
que hace antropología. reflexiona sobre si
como persona.
El
principio de individuación, que alude al
hecho fundamental de la infinita variedad de
las personas humanas en virtud cada una está
hecha a su manera peculiarísima y singular,
lejos de relativizar el conocimiento
antropológico le presta, por el contrario,
su núcleo y armazón. Y en torno a lo que
descubra el filósofo que medita sobre sí
se deberá ordenar y cristalizar todo 1o que
se encuentra en el hombre histórico y en el
actual, en hombres y mujeres, en indios y en
chinos, en pordioseros y emperadores, en imbéciles
y en genios, para que aque1 su
descubrimiento pueda convertirse en una
genuina antropología filosófica.
Pero
esto es algo diferente de lo que hace el
psicólogo cuando completa y explica lo que
sabe por la literatura y por la observación
mediante la observación de sí mismo, el análisis
de sí mismo, el experimento consigo mismo.
Por. que en este caso se trata siempre de
fenómenos y procesos singulares,
objetivados, de algo que ha sido desgajado
de la conexión la total
persona concreta, de carne y hueso.
Pero el antropofilósofo tiene que poner en
juego no menos que su encarnada totalidad,
su yo (Selbst)* concreto.
Y
todavía más. No basta con que coloque su
yo como objeto del conocimiento. Sólo puede
conocer la totalidad de la persona y por
ella la totalidad del hombre, si no deja
fuera su subjetividad ni se mantiene como
espectador impasible. Por el contrario,
tiene que tirarse a fondo en el acto de
autorreflexión, para poder cerciorarse por
dentro de la totalidad humana. En otras
palabras: tendrá que ejecutar, ese acto de
adentramiento en una dimensión peculiarísima,
como acto vital, sin ninguna seguridad filosófica
previa, exponiéndose, por lo tanto, a todo
lo que a uno le puede ocurrir cuando vive
realmente.
No
se conoce al estilo de quien, permaneciendo
en la playa, contempla maravillado la furia
espumante de las olas sino que es menester
echarse al agua, hay que nadar alerta y con
todas las fuerzas, y hasta. habrá un
momento en que nos parecerá estar a punto
del desvanecimiento: así y no de otra
manera puede surgir la visión antropológica
.Mientras nos contentemos con poseernos como
un objeto no nos enteraremos del hombre más
que como una cosa más entre otras, y no se
nos hará presente la totalidad que tratamos
de captar: y claro que para
captarla tiene
que estar presente. No es posible
que. percibamos sino lo que en un “estar
presente" efectivo se nos ofrece, pero
en ese caso, sí que percibimos, o captamos
de verdad y entonces se forma el núcleo de
cristalización
un
ejemplo podrá aclarar la relación entre el
psicólogo y el antropólogo.' Si los dos
estudian, digamos, el fenómeno de la cólera,
el psicólogo tratará de captar qué es lo
que siente el colérico, cuales son los
motivos y los impulsos de su voluntad, pero
el antropólogo tratará también de captar
qué es lo que está haciendo. Con respecto
a este fenómeno, les será difícilmente
practicable a los dos la introspección, que
por naturaleza tiende a debilitar la
espontaneidad e irregularidad de la cólera.
El psicólogo tratará de sortear la
dificultad mediante una división especifica
de la conciencia que le permita quedarse
fuera con la parte observadora de su ser,
dejando, por otra parte, que la persona siga
su curso con la menor perturbación posible.
Pero, de todos modos, la pasión en ese caso
no dejará de parecerse a la del actor, es
decir, que, no obstante que pueda
intensificarse por comparación con una pasión
no observada, su curso será diferente
habrá, en lugar del estallido
elemental
un desencadenarse de la misma que será
deliberado, y habrá una vehemencia más enfática,
más querida más dramática, El antropólogo
no se preocupará de
la conciencia, pues que le interesa
la totalidad intacta de los procesos, y,
especialmente, la no fragmentada conexión
natural entre sentimientos y acciones; y ésta
es, en verdad, la conexión más
poderosamente afectada por la introspección,
ya que la pura espontaneidad de la acción
es la que sufre esencialmente. El antropólogo,
por tanto. tiene que resistirse a cualquier
intento de permanecer fuera con su yo
observador y, cuando le sobreviene la cólera,
no la perturba convirtiéndose en su
espectador, sino que la abandona a su curso
sin el empeño de ganar sobre ella una
perspectiva. Será capaz de registrar en el
recuerdo lo que sintió e hizo entonces;
para el la memoria ocupa el lugar del
experimentar consigo mismo. Pero lo mismo
que los grandes escritores, en su
trato con los demás hombres, no
registran deliberadamente sus
peculiaridades, tomando, como si dijéramos
notas invisibles sino que tratan con ellos o
una forma natural y no inhibida, dejando la
cosecha para la hora de la cosecha, también
la memoria del antropólogo, competente
posee con respecto a si mismo y a los demás,
un poder concentrador que le sabe preservar
lo esencial.
En
el momento que la vida no lleva
otra idea que la de vivir, lo que hay
que vivir, está presente con todo su ser
indiviso, y por tal razón crece en su
pensamiento y en –su recuerdo el
conocimiento de la totalidad humana.
Martín
Buber
