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Olfato
El
superyo cazador en la drogadicción por
inhalantes
Luis
Carlos H. Delgado y Graciela
Verónica García
-
25.03.2002
-
La
etapa nasal se inicia en el canal del parto
y se extiende, interpenetrada con la oral,
determinando tres fases: una nasal pasiva y
otra activa separadas por una fase de
triangularidad.
La fusión es la característica
primordial del comienzo, ligadora, capsular,
penetrante. La inclusión del olor paterno
obliga al bebé a rastrear activamente aquel
primer aroma que estableció las primigenias
catexias libidinales.
La imago clave del proceso es la
representación materna en su versión
incestuosa. La evolución modifica la clave
y suma otros mandatos que se inscriben en la
conflictiva edipiana. Con todo, de todos los
olores, la modalidad olfativa seleccionará
aquellos que circunscriban sus necesidades,
deseos y repulsas.
Ver:
“La
etapa
nasal”
genaltruista,
julio 16 de 2001
“Aporte
teórico a la
fisiopatología de
la drogadicción por
inhalantes".
genaltruista, julio 23 del 2001
“El
amor ciego”
.genaltruista,
agosto
27 del 2001
“Narciso,
el extasiado” genaltruista,
noviembre del 2001
Si
el Superyo es el heredero del complejo de
Edipo, en esta etapa nasal, donde la
triangularidad acontece, puede preverse la
existencia de sus esbozos o núcleos. La
base de este Superyo que denominamos
“catador” tendrá la particularidad que
la etapa le confiera. Tales son aquí las
instancias parentales que el infante
introyecta a través de identificaciones
olorosas impregnadas por vía de su conexión
sensorial. Es a través del olfato como
dichas asimilaciones irán instaurando los
cimientos del Superyo. Las características
olorosas maternas y paternas quedarán
formando parte de la instancia censuradora
en gestación.
Tanto
en la niña como en el niño las
identificaciones con el objeto amado se
desarrollan a través de una doble
circunstancia: la niña asume el olor
femenino como identidad femenina y acepta el
masculino como apetecible acceso a al
heterosexualidad. El varón asumirá el olor
masculino para la identidad masculina y
aceptará el olor femenino para acceder al
objeto heterosexual. Ambos, junto a la
elaboración edipiana y la instalación del
tabú del incesto. Se entiende como
“asunción” el rendirse pleno a la
condición olfativa del propio sexo, y
se entiende como “aceptación”,
el acomodamiento a las características
olfativas del objeto amado de distinto sexo.
Pero en el Ideal del Yo no será cualquier
olor el que configure lo asumido o lo
aceptado sino los que representan la
identidad sexual acorde a la identificación
sexual lograda y característica de la
cultura.
El
trabajo del enólogo puede servir como
modelo para una descripción del Superyo
Catador. Las pulsiones inconscientes en
relación con la realidad externa, que
contiene la posibilidad de satisfacción a
esos impulsos, será olida, olfateada,
rastreada, husmeada, comparada con un ideal
del yo formado por indicadores de un aroma
perfectible. La nariz exquisita, en búsqueda
de la satisfacción pulsional, obra como
rector superyoico.
En
la etapa nasal, la “realidad”
padre-madre se incorpora no sólo con una
modalidad olfativa sino que son los olores
particulares los que se instalan en las
huellas mnémicas del recién nacido
conformando el Superyo Catador. Dichas
huellas forman parte de la memoria de
reconocimiento y evocación, constituyéndose
en los carriles por donde discurren futuras
asociaciones, derivando a secuencias
conductoras de asimilación y acomodación
yoica, la red asociativa de la vida
afectiva, de la inteligencia emocional y la
búsqueda de respuestas basadas en aquellas
antiguas experiencias.
Resumiendo:
las experiencias olfativas de la primera
etapa de la vida se introyectan en relación
dialéctica con la formación del Superyo,
clivadas tanto en el ideal del yo como en la
conciencia moral, cuanto más penetrante
haya sido la fusión materna y angustiante
la amenaza de abandono como consecuencia de
la inclusión paterna u otras vicisitudes
del desarrollo. Las consecuencias psicopatológicas
de estas desventuras evolutivas inciden en
la instancia superyoica, incrementando
características persecutorias, al estilo de
un sabueso rastreando su presa. Tendrá una
función cazadora, olfateante, rastreadora,
persistente, acorralante, tendiendo a
subsumir bajo sus narices al yo. Prescribirá
y proscribirá olores, remitirá a juicios
de valor con respecto a un abanico de aromas
codificados por la cultura. Tejerá una red
que a manera de filtro permita sugerir
aquello que se considera bouquet. Sus
mandatos esenciales partirán de la
prescripción de olores aceptables que serán
enaltecidos y resultarán estimulantes o de
otros indeseables que deben ser rechazados o
tapados, pero en definitiva su acción
fundamental será siempre oler, lo que tiene
una importancia primordial para la comprensión
de los cuadros patológicos que rige con su
intemperancia.
Paranoia,
melancolía, manía, perversiones: pueden
ser reinterpretadas desde lo olfativo y
participación del Superyo Cazador.
Nos toca en el presente artículo sumar
estas hipótesis a la investigación de la
drogadicción por inhalantes.
Caracterizamos
esta modalidad adictiva por estar fundada
etiopatológicamente en el vínculo olfativo
fusionante madre-hijo. Formulamos que el
incremento de ansiedades a que lo expone la
realidad, lo compulsa a la búsqueda de su
ser que quedó atrapado en la fusión que
caracteriza la etapa nasal.
Mientras
que en la psicosis, es el mundo interno
desequilibrado quien obstaculiza cualquier
aproximación a la realidad, en la
drogadicción la realidad se impone como
insatisfactoria para un Ello que demanda
satisfacción inmediata. Esta diferencia
entre psicosis y drogadicción, nos permiten
encontrar puntos de diferencia sustancial
que nos ayudan a realizar un diagnóstico
diferencial.
El
olor de la madre se le presenta al
drogadicto por inhalantes como aquella en
cuyos brazos estuvo acurrucado con la
esperanza de satisfacciones inmediatas,
pronta a darle una acogida similar a las
características del Nirvana intrauterino,
período estabilizado de gratificación
total. El soporte de lo nasal regresiona al
sujeto a esa etapa evolutiva donde, desde lo
olfativo, contaba con una cierta organización
con la cual, ahora, sustituir su “falta de
ser” ante la cual lo acucia la realidad.
Pero esa madre es inalcanzable y sólo le
concede, en lugar del Nirvana, el Limbo.
“Vivir
en el Limbo” es similar al vivir en los
brazos de la madre adventora del olor que le
permite saber que está guarnecido,
protegido, amparado.
No
olvidemos que cuando el drogadicto por
inhalantes está drogado, toma física y
psicológicamente todas las características
propias y naturales de un recién nacido
pero extremadas por la patología: tirado,
en posición fetal, con sus brazos sin saber
dónde ponerlos, evoca miradas perdidas,
sonrisas y suspiros, comentarios inconexos
en relación con el mundo interno poblado de
fantasías e imágenes que tiende a seguir,
perdido de toda posibilidad de responder
muscularmente, se defeca u orina encima,
tiene un hedor de días, con ropas sucias y
malolientes, se lo encuentra tirado, en el
piso, en la cama, con la escena montada de
“necesitar a otro”... habla con
ausentes, imposible establecer contacto
directo con él, quien ayuda queda excluido
de su personalidad para pasar a ser para el
psiquismo del drogadicto otro que no sabemos
quién es, se babea, se lo nota
“satisfecho”, no quiere nada, ni ayuda,
no pide ni demanda nada, no tiene deseo ni
necesidades, está en otro mundo... en el
Limbo.
Esta
madre tan particular que internalizó el
drogadicto es aquella que lo rapta, que le
dice que no hay nada más después de
ella... que deberá rastrearla pues se va,
dejando estelas para que él pueda
seguirla... olfatear un inalcanzable, una y
otra vez, siguiendo esa estela que ha
prendado su ser y raptado contra todo otro
sentimiento.
(El
limbos
patrum para los justos antes del
cristianismo y el limbos puerurum para
los niños fallecidos sin bautismo,
constituyen el lugar en que se disfruta de
una felicidad natural. La Biblia ubicó allí
a los antiguos santos y patriarcas en espera
de la redención del género humano,
asimismo, a los justos que no han sido
redimidos en la fe cristiana. Sin embargo la
teología actual descarta su existencia)
Quien
le dice que jamás podrá alcanzarla es la
Ley del incesto, encarnada en la presencia
del padre a través de su propio olor. El
olor del padre determina la finalización de
la relación madre-hijo en plena fusión. Es
el olor al padre el portador del significado
de culminación, de castración, de
imposibilidad, de Ley. Respetarla condiciona
el desarrollo evolutivo normal. Desafiarla
es ingresar al mundo del incesto, de la
culpa, de la castración literal del ser.
Pasar a ser -en el regazo materno, en el
deslizamiento a su vagina-
lo que ya no
puede ser.
El
secuestro en brazos de la madre, que le
sugiere las bondades del incesto, se torna
una modalidad de desvincularse de la
realidad cuando a la misma hora de
satisfacerse se trata. Nada semejante a esa
esencia lujuriosa que impacta, obnubila y
enceguece. En contrasentido con la Ley del
Padre instaura
el poderoso Superyo Cazador. Por él el
sujeto re-elabora la realidad para amoldarla
a sus deseos y se amolda y adecua para
sentirse gratificado. El drogadicto queda
entonces condenado a rastrear la merca, la
pasta. Queda sometido a la incorporación
inhaladora. Encarcelado en el recuerdo de la
fusión envolvente, atrapante, sometido a
los deseos del otro, procurando poner el
cuerpo a disposición del suministro
materno.
El
sentimiento de seguridad deviene y
metamorfosea la experiencia vital en un
sentimiento oceánico de abandono y fusión
en las redes del raptor. Ilusión utópica
en la cual la levedad del ser produce
efectos de inmortalidad. Sin embargo, el
drogadicto debe pagar una suma importante
para libertar a su ser raptado y no puede
estar seguro que lo devuelvan con vida. Ese
pago no es una adecuación al pedido de la
realidad sino la entrega absoluta de su
condición de identidad, por lo tanto no hay
en verdad aprendizaje enriquecedor sino
vivencia de muerte.
Sumergido
en las contradicciones de esa situación, el
Yo debe movilizarse con mecanismos de
defensa, que son específicos en la
drogadicción por inhalantes: el incipiente
Yo retoma el olfato en su condición de
organizador del psiquismo, se queda
secuestrado en tanto la función le ofrece
garantías de no estar muerto. Procura datos
para establecer la seguridad óntica de que
en el momento en que está oliendo, dispone
de una cuota de tiempo extra hasta que la
estela del olor se desvanezca. Cuando pasan
los efectos colaterales se sumerge en la
conexión inodora que le aporta ilusión de
inmortalidad. Por mecanismos de introyección
y proyección desestima, critica, ironiza la
realidad, la cual a su vez, introyectada,
hace lo mismo con su Yo. El Yo se encapsula
imitando la situación de fusión, recreando
el ceñimiento del Nirvana, reforzando su
omnipotencia. Distorsiona la visión de un
mundo que no lo alcanza, obnubilado hasta el
punto de cegarse. La mentira se erige junto
a los anteriores mecanismos de defensa.
La
fragilidad del psiquismo del adicto, su ser
débil y pueril, es el resultado de años de
sometimiento a la instancia demoledora del
Superyo Cazador, quien instala la versión
materna en el Ideal el Yo y la versión
paterna en la conciencia moral. Exigencias,
que cual pareja de padres desencontrados,
tironean del niño para resolver quien se lo
apropia. En ese tironeo afectivo, el
drogadicto por inhalantes busca conformar a
ambos para sobrevivir, pero en ese intento
se le va la vida por las sustancias que
incorpora. El yo se presenta en
consecuencia, inmaduro, hostil, con sus
mecanismos regresivos, poco dúctil y
maleable ante la realidad, y ésta misma,
crasamente concreta, mediocre y sin vuelo
para él, por la proyección de sentimientos
destructivos que surgen como autorreproche
por no ser el Yo Ideal capaz de rastrear y
hallar su ser ante la intransigencia de las
demandas. El Superyo Cazador le indica
permanentemente la imposibilidad de su
logro, imposibilidad que no siente puesta en
las complejidades o dificultades de la
realidad, sino en sus propias incapacidades
personales.
Apuntalado
quizá, en el mejor de los casos, en
propuestas y proyectos que simula creer, en
la encrucijada de Utopías regresivas y de
realización. Negado a la satisfacción del
incesto del cual vuelve cargado de culpa y
destructividad. Frustrado en sus intentos de
identificación con un desarrollo factible.
La
encapsulación o enquistamiento de la
burbuja olorosa, por cronificación
inveterada, es su última fortaleza.
Destruido señor de su feudo; Yo enquistado.
Modalidad defensiva semejante a ciertos
organismos que bajo amenazas externas tiene
la capacidad de desarrollar una especie de
capa protectora envolvente con la cual
resisten, se resguardan y protegen de lo que
los aniquilaría. El adicto no se muestra o
lo hace autísticamente, elude
acercamientos, cambia los códigos de la
comunicación para que nadie lo aborde...
estipula mecanismos para seguir viviendo su
mundo interior, instintos y pulsiones; todo
menos lo que el contexto le pide. Supónese
entonces que fabrica una vida propia donde
hace lo suyo, indiferente a la visión de
los demás, para los cuales su proceder es
impropio y nocivo.
A
partir de la detección del peligro exterior
cede a la compulsión de volver una y otra
vez, con muy pocos momentos de abstinencia,
al estado de fusión de la etapa nasal en la
cual continúa anclado. Es por la estimulación
de la membrana pituitaria que se procura el
placer que creyó perder al no superar la
defusión, obligado a evolucionar
psicoafectivamente con fallas radicales.
Retornar a la fusión le aporta la ilusión
de estar genial, ser único,
original, zafar del sistema, hacer la
suya; ser creativo imaginando experiencias
que otros no viven,
el que se atreve a cualquier cosa, al
que ya no le importa vivir o morir.
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