Una
frase atribuida a André Malraux poco antes
de morir en 1976 decía que el siglo XXI será
religioso o no será en absoluto. Este
pensamiento anticipatorio ha dado la vuelta
al mundo y se ha repetido hasta la saciedad
porque muchos pensadores y ensayistas han
venido reivindicando en el último cuarto de
siglo la urgencia de un rearme espiritual.
Reaccionan así ante la degradación de los
valores humanos fundamentales en Occidente
por efecto del nuevo espíritu de la
modernidad, basado en la plena consecución
de los derechos individuales al margen de
las implicaciones negativas de esta actitud
ante los otros miembros de la familia humana
y del hábitat planetario que compartimos.
El propio Malraux, en una entrevista que
concedió al semanario francés Le Point en
1975, dijo sin embargo: a mí se me ha
atribuido esta frase, pero jamás he dicho
que el siglo XXI sería religioso o no sería
en absoluto porque del siglo XXI yo no sé
nada. Lo que yo digo es más incierto: no
excluyo la posibilidad de un acontecimiento
espiritual a escala planetaria.
Malraux creía que la relación del hombre
con Dios es cíclica y que al terror del que
llamaba absolutismo divino de la antigüedad
le siguió el humanismo sin Dios propio de
la Ilustración europea. El acontecimiento
espiritual a escala planetaria que
anticipaba para el siglo XXI sería, según
su pensamiento, la siguiente etapa, en la
que lo religioso es reasumido por el
pensamiento humano. Malraux fue así uno de
los primeros pensadores del siglo XX en
constatar que la proclamada muerte de Dios
no se había consumado.
¿Etapa superada?
A finales de los años sesenta, sociólogos,
filósofos y politólogos consideraban que
la concepción trascendente de la vida había
sido una etapa superada y que la sociedad
moderna se había por fin desenganchado de
sus atavismos históricos. Todos pensaban
que el progreso de la razón científica y técnica
conduciría inevitablemente a una salida de
la religión, tal como lo expresó el filósofo
Marcel Gauchet.
Una serie de procesos sociales contribuyeron
a formular la así llamada muerte de Dios:
la urbanización de la sociedad, que puso
fin a la civilización parroquial, el
declive de las grandes religiones históricas,
la integración del judaísmo en las
sociedades modernas, la dominación de un
nacionalismo laico (árabe o turco) en las
comunidades musulmanas, la implantación del
consumismo materialista, la emergencia de la
civilización del placer, la transformación
del papel de la mujer en la sociedad...
El sociólogo norteamericano Harvey Cox
reflejó brillantemente este momento en su
emblemática obra La ciudad secular,
aparecida en 1968. Sin embargo, el duelo por
la muerte de Dios no duró mucho tiempo. El
propio Cox publicó otra obra no menos
importante treinta años más tarde,
titulada El regreso de Dios, en la que
analizaba el éxito de los grupos
pentecostistas en las grandes ciudades
latinoamericanas, asiáticas, africanas e
incluso de países desarrollados.
Peter Berger señala también en una obra
que acaba de aparecer y titulada El
reencantamiento del mundo que, con la
excepción de Europa, el mundo permanece
fuertemente religioso y la religión
presente en el espacio público.
La revancha de Dios
Esta apreciación no ha escapado a otro
intelectual francés, Gilles Kepel, que en
1991 publicó un libro relevante que se
titula La revancha de Dios. En este ensayo,
Gilles Kepel explica que desde mediados de
los años setenta, diversos movimientos
cristianos, judíos y musulmanes, realizan
significativas actuaciones en el orden
social y político aprovechando el
desencanto, ya evidente, hacia las ideologías
y utopías seculares que cimentaron la
muerte de Dios.
Cita como ejemplos significativos de este
proceso la ascensión de corrientes
ortodoxas en el seno del judaísmo y de los
partidos radicales en Israel, la creación
de la primera república islámica en Irán
(1979) y el avance de los movimientos
islamistas radicales.
Estos movimientos religiosos, explica Kepel,
tienen su propio proyecto de reconstrucción
del mundo basado en sus respectivos textos
sagrados. Todos están comprometidos en la
consecución de su ideal, unos utilizando
procedimientos legales para hacer llegar su
mensaje a las gentes, otros extendiendo su
actuación por la base, fomentando la
implantación de movimientos sociales.
El denominador común de estos grupos
religiosos es la crítica al espíritu de
las Luces sobre el que se fundamenta la
sociedad moderna y al laicismo que gobierna
desde entonces los asuntos públicos. Esta
reafirmación de las diferentes corrientes
religiosas suscita frecuentes
enfrentamientos entre ellas, pero su
presencia e influencia en la sociedad es
cada día más evidente.
Poco antes de los acontecimientos del 11 de
septiembre, un sociólogo norteamericano,
Mark Juergensmeyer, publicaba un libro
titulado Terror en la mente de Dios: el
ascenso global de la violencia religiosa.
Este autor dedicó años a recorrer el mundo
para entrevistarse con los grupos religiosos
más radicales de diferentes creencias a los
que se refería Kepel y descubrir las
razones que les llevaban a utilizar la
violencia para alcanzar sus fines sagrados.
Terrorismo
religioso
Las conclusiones de Juergensmeyer son
elocuentes: la violencia religiosa ha subido
espectacularmente en las últimas décadas
del siglo XX. De los 30 grupos terroristas
más peligrosos del mundo que había en
1998, la mitad eran religiosos: judíos,
musulmanes y budistas, principalmente. En
este cómputo no se contabilizaron muchos
grupos religiosos violentos de otras
creencias existentes en el mundo, ni tampoco
las numerosas milicias cristianas y otras
organizaciones paramilitares existentes en
Estados Unidos, cuyas actuaciones han sido
en ocasiones dramáticas.
Para el Gobierno norteamericano de entonces,
los actos terroristas cometidos en nombre de
la religión y de la identidad étnica se
han convertido en uno de los más
importantes retos a la seguridad a los que
nos enfrentamos tras la guerra fría, en
palabras del entonces secretario de Estado,
Warren Christopher.
La primera pregunta que surge a la vista de
estos datos es cómo es posible que personas
supuestamente amantes de Dios, del Ser al
que todas las tradiciones atribuyen las
mayores virtudes, principalmente el amor,
sean capaces de desarrollar episodios
violentos como los de Nueva York,
Washington, Tokio u Oklahoma, y también de
asesinar a personas porque mantienen
actitudes religiosas diferentes a las suyas.
La segunda pregunta, relacionada con la
anterior, es por qué el fenómeno religioso
que describe Kepel como la revancha de Dios,
adquiere connotaciones tan violentas que
revuelven las conciencias y suscitan
también reacciones religiosas no menos
beligerantes, como la adoptada por Bush
después de los atentados del 11 de
septiembre, cuando afirmando que Dios no es
neutral, se erigió en adalid de la lucha
del Bien contra el Mal y oró en las
iglesias y mezquitas por el éxito de las
operaciones militares de Estados Unidos.
La tercera pregunta es qué podemos hacer
los ciudadanos del mundo, y más
particularmente los que compartimos una
visión trascendente de la vida, ante la
crisis de civilización suscitada por esta
inesperada evolución de la violencia
religiosa que, aún siendo minoritaria,
ostenta un poder singular capaz de sacudir
la economía internacional y de movilizar a
las potencias contra un país que no ha
salido de la Edad Media y gobernado, hasta
hace unos días, por una república
islámica.
De esta reflexión descubriremos cómo las
personas que tienen asumidos compromisos
religiosos explícitos, poseen una
responsabilidad cada vez mayor en una
sociedad en la que reducidos grupos de
personas, perdidos en los laberintos de la
crisis de nuestra civilización, desarrollan
episodios de violencia radicalmente opuestos
a los argumentos teológicos que esgrimen
para justificar sus actos terroristas.
La deriva religiosa hacia la violencia
Hablar de teología es describir en lenguaje
humano lo que interpretamos como el
pensamiento de Dios. Theo-logos,
etimológicamente, quiere decir el
conocimiento de Dios.
Rara vez este pensamiento justifica actos de
violencia. Sin embargo, esas escasas
ocasiones han aparecido en todas las
tradiciones religiosas. Las actuales
culturas de la violencia cristiana, judía,
musulmana, hindú, sij y budista, se apoyan
en esos precedentes históricos para
justificar sus actos de violencia religiosa,
según ha podido comprobar Juergensmeyer.
Las actuaciones de violencia religiosa que
conocemos en nuestros días abarcan desde
los atentados del 11 de septiembre hasta la
matanza de católicos en una iglesia de
Pakistán, pasando por el asesinato de
médicos abortistas de Estados Unidos y por
los atentados de Oklahoma y Tokio a manos de
iluminados de diferentes sectas religiosas.
Estas actuaciones forman parte del escenario
descrito por Malraux y confirmado por Kepel.
Se inscriben en la lógica de la reacción
extrema al proceso de secularización
surgido en el siglo XVIII, que concluyó con
la declaración de la muerte de Dios en la
primera mitad del siglo XX.
Estas reacciones extremas son minoritarias y
no representan a la cultura de las
religiones en nombre de las cuales actúan.
Sin embargo, sus protagonistas tienen un
compromiso intensivo con sus formas de
pensamiento, interpretan de forma radical
las fuentes de las tradiciones sagradas y se
consideran enviados de Dios. Pretenden
cumplir con una misión que en líneas
generales coincide con la sacralización de
la modernidad y la reimplantación de
criterios religiosos para la administración
de los asuntos públicos.
La experiencia musulmana
Si nos atenemos a la experiencia musulmana,
esta tentativa de sacralizar la sociedad
recurriendo a la violencia no es
históricamente nueva. Paul Balta señala
que las luchas por la ortodoxia comenzaron
desde la muerte del Profeta en el año 632 y
que desde entonces no han dejado de formar
parte de la evolución de las sociedades
musulmanas.
Los movimientos islamistas contemporáneos
en los que se inspiraron los autores de los
atentados del 11 de septiembre, tienen su
origen en la constitución en Egipto, en
1928, de la Asociación de los Hermanos
Musulmanes, surgida bajo el lema El Corán
es nuestra Constitución.
Originalmente, los Hermanos Musulmanes
fueron antibritánicos y anticomunistas.
Combaten las influencias occidentales y
pretenden establecer un Estado islámico
para restaurar el califato. Como Al-Qaida,
la organización de Ben Laden, hay otras
agrupaciones afines, como el Frente
Islámico de Salvación en Argelia, los
chiitas radicales iraníes y los talibanes
de Afganistán, que mantienen relaciones
entre ellos y forman un movimiento más
amplio de dimensiones realmente desconocidas
con los mismos objetivos.
La Asociación de los Hermanos Musulmanes y
las organizaciones afines son el resultado
de la confrontación secular entre la
tradición islámica y el Espíritu de las
Luces que propició el desarrollo industrial
moderno. De esta confrontación surgió,
entre un grupo de intelectuales egipcios,
sirios y libaneses, la Nahda o Renacimiento,
origen del modernismo islámico y de su
reacción contraria, el fundamentalismo
musulmán.
Sobre la base de este modernismo islámico,
influenciado por las ideas de Saint Simon,
surgen, de un lado, el nacionalismo árabe
representado políticamente por el partido
Baas (Resurrección) y, de otro lado, el
nasserismo, ambos dominantes en el mundo
árabe del siglo XX.
El fundamentalismo cristaliza, sin embargo,
en torno a los Hermanos Musulmanes, que
históricamente se ha enfrentado al
nacionalismo modernista. Aunque este
nacionalismo protagonizó la
descolonización y los primeros intentos de
desarrollo asociado al progreso industrial,
desde los años setenta acusa el desgaste
derivado de la corrupción institucional,
del retraso tecnológico de sus comunidades
y del aumento global de las desigualdades.
Argumentos fundamentalistas
Todas estas debilidades se han convertido en
el principal argumento de las
reivindicaciones fundamentalistas. A ellas
hay que añadir el fracaso del nacionalismo
árabe en su intento de restablecer los
derechos nacionales de los palestinos, así
como de conciliar intereses entre árabes y
no árabes (los kurdos de Irak y los persas
de Irán), y entre cristianos y musulmanes.
Por último, la clara disolución de las
identidades históricas que se ha producido
en el seno de las sociedades musulmanas al
amparo de la modernización, ha ejercido una
especial influencia en la población menor
de 20 años, que representa al 60% del total
de creyentes musulmanes.
Estos jóvenes, perdidos entre dos mundos y
sin perspectivas de participar en el
desarrollo económico de sus respectivos
países, son los que nutren las filas del
fundamentalismo buscando en la religión no
sólo la autenticidad perdida, sino también
un sentido a sus vidas que alcanza la
máxima expresión en el martirio personal y
colectivo.
Estos grupos pretenden recuperar lo que
consideran el islam original y establecer el
reinado de Dios en la Tierra a través de la
charia o ley islámica. Esta ley está
constituida por una serie de reglas y
códigos convertidos en norma social y
política.
Para ellos, la implantación del reino de
Dios pasa en consecuencia por la
recuperación de las estructuras políticas
y sociales tradicionales, tales como el
poder del clero y la dominación de los
hombres sobre las mujeres, así como por la
ruptura de relaciones con aquellos Estados
que no sean musulmanes.
Características
comunes
Los ejemplos más elocuentes de la
confrontación entre las dos ramas del islam
fueron, por un lado, la guerra del baaista
Irak contra el Irán fundamentalista en los
años ochenta del siglo XX, y, por otro
lado, el asesinato del presidente egipcio,
Anwar el Sadat, en 1981, a manos de los
Hermanos Musulmanes.
Este magnicidio es sólo uno de los
episodios de violencia terrorista de los
muchos que se han sucedido desde los años
sesenta, y que se han incrementado al mismo
tiempo que crecía la frustración palestina
y el fracaso económico de las sociedades
islámicas: aunque estas sociedades
representan al 20% de la población mundial,
sólo disfrutan del 6% de la riqueza global.
Para mayor humillación, a nivel mundial las
cifras se invierten: el 6% de la población
disfruta del 59% de la renta.
Los movimientos religiosos fundamentalistas
formados en estos contextos tienen
características comunes a los de otras
creencias, según Juergensmeyer. En primer
lugar, el rechazo de los valores laicos y
liberales propios de la civilización
desarrollada. En segundo lugar, el rechazo a
la separación entre los poderes religioso y
político. En tercer lugar, sustituyen el
modelo social vigente con las formas más
radicales de religión, considerando que tal
como era en los orígenes, así debe seguir
siendo en la actualidad.
Todos estos grupos religiosos radicales se
ven implicados en un proceso de depuración
de la sociedad, al considerar que en su
evolución histórica las instituciones se
han alejado de la tradición y necesitan un
golpe de timón para recuperar valores que
no deben cambiar bajo ninguna circunstancia.
Este planteamiento llevado al paroxismo da
lugar al terrorismo que padecemos, que
encuentra en el fuego la expresión más
curativa.
¿Hacia una guerra santa?
El fenómeno es más amplio de lo que
parece. El 11 de septiembre es sólo un
fotograma, ya que hay una serie de
conflictos que enfrentan a musulmanes con no
musulmanes: Bosnia-Herzegobina, Kosovo,
Cáucaso, Chechenia, Tadjikistán,
Cachemira, India, Indonesia, Filipinas,
Norte de Africa, conflicto israelo-palestino.
¿Podemos prever entonces que se gesta un
megaconflicto a partir de la crisis de
identidad que atraviesa el islamismo? Samuel
Huntington, que anticipó en 1993 un choque
de civilizaciones que opondría a la cultura
occidental con las demás culturas, dice hoy
que el riesgo de que su pronóstico se
cumpla aumentará si prosigue la escalada de
las tensiones y si Estados Unidos va más
allá de los objetivos alcanzados en
Afganistán.
Recuerda que los musulmanes están
enfrentados con los occidentales, los
ortodoxos, los judíos, los hindúes y los
budistas. Son mil millones de personas que
se extienden desde el Africa Occidental
hasta Indonesia interactuando con decenas de
poblaciones diferentes.
Una radicalización de su cultura religiosa,
bien por efecto de la crisis del
nacionalismo laico, bien por la frustración
palestina, bien por el fracaso de su modelo
económico o por las desigualdades que
potencia la mundialización, sería el
detonante del temido choque de
civilizaciones.
Aunque según Hungtington las posibilidades
de que esta radicalización se extienda son
débiles porque no hay civilización más
desunida que la del islam, no podemos
olvidar que es la única religión en franco
crecimiento: cada año hay 80 millones de
nuevos musulmanes, de los que el 91%
pertenecen al tercer mundo.
Conflicto de 900 años
Muchos de ellos nacen musulmanes, pero otros
se convierten porque el islam ofrece a los
pobres el sentimiento de pertenecer a un
sistema de valores. Para el ensayista polaco
Kapuscinski, aunque el islam es una
religión pacífica, se ha desarrollado en
diferentes espacios culturales en los que
han surgido grupos reclamando el regreso a
las fuentes.
La violencia de estos grupos se remonta a
los siglos VIII y IX y se intensifica más
tarde con la así llamada secta de los
asesinos. Desde ese momento se desarrolla el
conflicto que opone la cultura europea a los
grupos terroristas islámicos. Este
conflicto ya dura 900 años y se reproduce
cada vez que Europa ha pretendido entrar en
el mundo islámico y conquistarlo: las
cruzadas, la época napoleónica o la crisis
de Suez en 1956.
Hoy, Estados Unidos ha sustituido a Europa
en el liderazgo internacional y protagoniza
la mundialización, interpretada como un
atentado a la cultura y el pensamiento
islámico tradicional. Las tropas de este
país, como recuerda Ben Laden, están en
tierra santa del Islam y su gobierno ampara
a una criatura occidental, Israel, en el
corazón del mundo musulmán. Son los
argumentos que han justificado los atentados
del 11 de septiembre.
Como ha dicho Andrew Sullivan en The New
York Times, el auge de la mundialización
favorece una guerra de religión en la que
el fundamentalismo islámico se enfrenta a
todas las confesiones que han contemporizado
con la modernidad.
La fuerza de este fundamentalismo radica en
que se apoya en una civilización en declive
y en una religión en franco crecimiento.
Durante siglos, la civilización islámica
fue el centro del mundo, pero desde el
hundimiento del imperio otomano ha quedado
marginada del liderazgo internacional.
Cultura amenazada
Como reacción a este declive, la
civilización islámica por una parte ha
contemporizado con la modernización y por
otra se ha refugiado en la religión y se ha
manifestado como una cultura amenazada. Este
proceso no está exento de tensiones
internas: más que destruir el capitalismo
que simbolizaban las Torres Gemelas, los
atentados del 11 de septiembre constituyen
sobre todo la exteriorización violenta de
un conflicto interior.
Esta reacción es también una respuesta a
tres tipos de violencia que se han ejercido
sobre la civilización islámica desde la
globalización. En primer lugar violencia
comercial, porque el liberalismo es una
fórmula que favorece la concentración de
riqueza en pocas manos: en este mundo global
en el que vivimos, la fortuna de tres
personas supera al producto interior bruto
de 48 países de los más pobres, según
Susan George.
En segundo lugar, violencia política porque
hay una clara asimetría en la legitimación
del uso de la fuerza. Según la definición
oficial de Estados Unidos, el terrorismo es
el uso calculado de la violencia contra
civiles con fines de intimidación para
alcanzar objetivos políticos, religiosos u
otros.
Esta definición no es aplicable sólo a Al-Qaida,
ya que define comportamientos de Europa para
impedir la independencia de sus colonias, de
Estados Unidos con sus intervenciones
militares encubiertas en América Central y
del Sur, sin olvidar las actuaciones de
Israel contra la población palestina con
armamento facilitado por Estados Unidos.
En tercer lugar, violencia moral que ha
llevado a Estados Unidos a crear figuras
como Noriega en Panamá, Pol Pot en Camboya
o Ben Laden en Afganistán, todos ellos
desacreditados después y combatidos por sus
progenitores políticos.
Estas tres formas de violencia son el
resultado de un fenómeno no menos
importante, la crisis del Estado-nación
sobre el que se fundamenta el liberalismo,
la modernidad y el laicismo, y que es la
lógica consecuencia de liberalización de
las economías y los mercados.
Crisis
del Estado-nación
La crisis del Estado-nación está asociada
principalmente al creciente empuje de las
empresas multinacionales, que en un mundo
desregulado económicamente ostentan formas
de poder inconmensurables no sujetas a
control político alguno porque no son
formas de poder legitimadas en las urnas.
Esta excesiva confianza en el poder
regulador de los mercados es un arma de
doble filo, ya que con los capitales y las
mercancías circulan también las formas de
violencia incontroladas, que se benefician
de una tecnología abierta y accesible
universalmente.
Ante la privatización generalizada de la
producción, de los servicios, de la
información, de los genes humanos, del
derecho, del saber, del espacio exterior,
¿cómo pretender que no se privatice
también el ejercicio de la violencia en un
paisaje político en el que la talla del
Estado, otrora considerado monopolio de la
violencia organizada (Max Weber), no deja de
crecer a favor de los intereses privados?
Si imaginamos otro escenario político, los
atentados del 11 de septiembre no habrían
tenido lugar. En gran parte pudieron
llevarse a cabo porque, dentro de la fiebre
liberal americana, la seguridad de los
aeropuertos fue confiada a empresas
privadas. Para aumentar su rentabilidad,
estas empresas contrataban personal barato y
temporal, entre los cuales los terroristas
encontraron fáciles aliados.
La privatización de los aeropuertos
constituye un ejemplo de las contradicciones
del modelo que fue atacado simbólicamente
en las Torres Gemelas. Sus protagonistas
usaron las mismas armas y tácticas de la
modernidad que supuestamente son contrarias
a los principios del islamismo tradicional
reivindicado por los autores de los
atentados.
La escalada militar, policial y de seguridad
de las potencias que se ha operado después
del 11 de septiembre constituye la lógica
reacción defensiva del liberalismo radical
que padecemos en la economía global, ya que
la crisis del Estado nación moderno trae
consigo la desestabilización de las
categorías políticas propias de la
Ilustración: la soberanía del pueblo, la
representación ciudadana, la importancia de
las fronteras, la identidad nacional frente
a otras culturas y tradiciones.
Seguridad sofisticada
Todo ello se diluye en la globalización y
el Estado nación se protege de
reivindicaciones compensadoras con medidas
de seguridad cada día más sofisticadas.
Pretende preservar así una existencia que
ha perdido gran parte de su significado,
como dejó bien claro el 11 de septiembre.
Ben Laden tuvo el acierto de poner al
descubierto la fragilidad de las
instituciones globales frente a un enemigo
invisible y esquivo que no necesita
ejército ni armas para provocar el efecto
psicológico de un bombardeo como el de
Dresde o Guernica.
Esta reacción defensiva de las
instituciones de la globalización es la que
da origen a la así llamada guerra
asimétrica debido a la desproporción entre
medios y fines. En el nuevo escenario de la
mundialización, ya no se trata de
conquistar un territorio, sino de algo más
sutil como capturar a Ben Laden o derrocar
al régimen talibán afgano, sin olvidar el
objetivo global y no menos imperceptible de
terminar con cualquier grupo terrorista que
tenga la capacidad de provocar un golpe a
escala mundial.
Un objetivo militar que conduce a una guerra
sin límites en el que las victorias son
fáciles, si bien contienen bombas
políticas con temporizador que explotarán
no sabemos cuándo ni con qué potencia
desestabilizadora.
Esta guerra asimétrica no es una guerra
clásica, sino más bien una cruzada secular
de la civilización contra la barbarie
revestida de operación policial gigantesca
contra grupúsculos de delincuentes
organizados que reivindican, en la mitad de
los casos, argumentos religiosos para
alcanzar sus respectivos fines políticos.
¿Venganza o justicia?
Nadie por lo tanto ha formalizado una
declaración de guerra y las víctimas
inocentes de esta contienda son
eufemísticamente denonimados daños
colaterales. Los comportamientos militares
que hemos observado en Afganistán suenan
más a venganza que a justicia debido
precisamente a la asimetría.
De esta forma, la Jihad o guerra santa se ha
encontrado en las colinas de Afganistán con
esta cruzada secular contra la barbarie en
la que ambas partes invocan a Dios para
justificar sus respectivas actuaciones de
violencia y reivindicaciones políticas.
Pero el multimillonario y aristócrata
saudí Ben Laden no representa a los
musulmanes desheredados del progreso ni
tampoco es el nuevo califa. Su convocatoria
a la guerra santa no ha sido secundada y los
aires de grandeza que manifestó en el
vídeo que dio la vuelta al mundo, se han
tornado en imagen de derrota y de fracaso,
de hombre acorralado.
Bush tampoco es el líder indiscutible de la
civilización occidental. Ha abusado de la
solidaridad que despertó en el mundo
Estados Unidos por la barbarie del 11 de
septiembre y las fisuras han aparecido en el
seno de la coalición internacional que dio
forma a la respuesta antiterrorista.
Lo más grave es que ni Bush ni sus aliados
se han propuesto en ningún momento atajar
el problema de fondo, que es el de las
inmensas desigualdades que ha potenciado la
mundialización y que son el origen de la
gran frustración y desesperación de las
comunidades musulmanas, así como de la
revolución antiglobalización que se ha
iniciado en el mundo desarrollado. Ambas
reacciones están proclives a formas de
violencia de diversa intensidad en las que
los valores religiosos son de nuevo fuente
de motivación y de compromiso político.
La religión en el nuevo escenario
Lo que puede concluirse de este breve
recorrido por la presente crisis
internacional y sus antecedentes más
inmediatos, es que la religión recupera su
significado en la sociedad de nuestro
tiempo, a la vez que emerge abocada a una
evolución significativa. Esta evolución
es, precisamente, el origen de las
reacciones conservadoras que en ocasiones
adoptan formas violentas.
Estas experiencias de violencia contribuyen
no sólo a complicar la evolución de la
religión en su proceso de adaptación a los
diferentes momentos sociales, sino que se
han convertido también en un factor de
cambio social con efectos no deseados.
Si nos atenemos a los atentados del 11 de
septiembre, los cambios sociales que deja
planteados son evidentes. Como señala
Kapuscinski, es inaplazable ya una
autocrítica de la filosofía occidental,
una revisión a fondo del funcionamiento de
la economía internacional y de la
información, un replanteamiento de la
pobreza y de la exclusión.
El papel del Estado también ha quedado
sujeto a caución porque tal como está
concebido no ha encontrado su espacio en la
mundialización. Daniel Bell ya había
anticipado que era demasiado pequeño para
los asuntos globales y demasiado grande para
resolver los problemas locales. A ello hay
que añadir que no ha encontrado el punto de
equilibrio entre los poderes público y
privado, ni entre el nacionalismo ni los
regionalismos. En una situación así,
¿cómo enfrentar con éxito los desafíos
globales y, más particularmente, la
violencia religiosa?
Inestabilidad confesional
Las expresiones de violencia religiosa que
se han convertido en una amenaza global son,
además de factor de cambio social,
reveladoras de la inestabilidad existente en
el seno de las diferentes confesiones.
Cristianismo, islamismo, hinduismo, budismo,
todos viven procesos internos de reflexión
porque encuentran dificultades para situarse
en la sociedad contemporánea. Los cambios
sociales son demasiado profundos y afectan a
todos los estamentos culturales, incluidos
los sistemas de creencias.
Está aceptado en la sociología de las
religiones que el siglo XXI conocerá un
florecimiento de los valores espirituales y
que este fenómeno será apreciable tanto en
las sociedades pobres como en las ricas. Los
atentados del 11 de septiembre han venido a
demostrar a su manera que la religión no
sólo moviliza, sino que todavía es capaz
de crear mártires.
El florecimiento de los valores espirituales
ya viene definido con al menos tres
características. En primer lugar, la
revisión de los sistemas de creencias
normativos y dogmáticos. En segundo lugar,
la pervivencia de los integrismos y
sectarismos en el seno de las diferentes
confesiones, que nos acompañarán todavía
durante décadas con riesgos evidentes de
actuaciones violentas. En tercer lugar, la
emergencia de amplias capas sociales que
viven la trascendencia sin adscripción a
las religiones establecidas.
En este contexto, el judaísmo, el
cristianismo y el Islam permanecerán
depositarios de símbolos, creencias, normas
y significados, si bien todos ellos deberán
profundizar en la flexibilización de las
formas de participación tal como ha venido
ocurriendo en los últimos treinta años.
Eso quiere decir que, en el caso del
judaísmo religioso, la convivencia se
intensificará entre ortodoxos y liberales.
En el caso del Islam, del budismo, del
cristianismo, la evolución tenderá
también a la convivencia entre las
diferentes corrientes internas, que
combinarán la modernidad con sus
respectivas creencias.
Nuevos
cauces de participación religiosa
Por lo que respecta a la pervivencia de los
integrismos, su eventual radicalización
hacia formas de expresión violenta
dependerá en gran medida de la capacidad de
los respectivas sistemas institucionales de
creencias para acoger a estos grupos y
ayudarles a asimilar los cambios sociales y
ofrecerles al mismo tiempo cauces de
participación en los que puedan desarrollar
sus propósitos religiosos.
La existencia de amplias capas sociales que,
desencantadas de las utopías seculares,
recuperan la trascendencia de forma
individualizada, puede y debe ser un
instrumento eficaz en la sensibilización
hacia el valor intrínseco de la vida, del
amor y de la convivencia, que por otra parte
es la base y el fundamento de las diferentes
religiones.
En esta situación, las religiones, ya sean
institucionales, minoritarias o
secularizadas, están llamadas a desempeñar
un papel fundamental en la recomposición
cultural y moral que vivimos como especie,
en la revisión de la filosofía y los modos
de vida que propone Kapuscinski.
Esta revisión profunda es la lógica
consecuencia de la crisis de civilización
que estamos atravesando y que afecta no
sólo a los valores seculares, sino también
a los religiosos: el florecimiento de los
valores espirituales que hemos conocido con
el advenimiento de un nuevo siglo y milenio
está afectado también por el 11 de
septiembre.
Estos atentados han provocado no sólo
desesperanza y sed de venganza, sino que
también y sobre todo constituyen un intento
de encarcelar a nuestra alma en un modelo de
creencias que conduce al desamor y a la
destrucción.
Invitación al interior humano
Este momento de desconcierto de
civilización y de agresiones violentas es
una invitación a profundizar en el mundo
interior humano en busca de respuestas, lo
que explica la afirmación de Malraux sobre
la necesaria espiritualidad que
caracterizaría al siglo XXI.
La constatación de que lo religioso vuelve
a estar presente en la sociedad, de que Dios
no sólo no ha muerto, sino que sigue
formando parte de nuestra cultura y
sentimientos bajo las más distintas formas
y mensajes, constituye no sólo una novedad
para los que creían que estaba muerto y
enterrado en las mentes de los hombres, sino
también y sobre todo una oportunidad y una
responsabilidad para los creyentes de
cualquier religión, que tienen mucho que
aportar a la asignatura pendiente de
conciliar modernidad con espiritualidad.
Si hacen un buen trabajo, los creyentes
serán considerados y respetados por la
sociedad secular porque tienen una gran
contribución que realizar en esta
reflexión hacia lo más profundo del Ser y
de las personas a la que nos conduce la
presente y aguda crisis de nuestra
civilización.
Como dice Régis Debray en su último libro,
Dios no ha muerto, sino que se transforma
para manifestarse a los hombres en las
diferentes etapas de su epopeya evolutiva.
Si esto es un consenso entre los sociólogos
y filósofos de nuestro tiempo, como así
parece ser, debemos hacer un esfuerzo
colectivo para construir una espiritualidad
compartida que sea un espacio de convivencia
y fraternidad, de respeto y solidaridad, en
el que las reacciones extremas al laicismo
contemporáneo pierdan su sentido y
significado, y en el que el universo
interior humano pueda desarrollarse y crecer
en paz y armonía con el espíritu del
mundo.
De esta forma llegamos al punto central de
todas las religiones y que a menudo se
olvida: que la naturaleza, la vida, Dios,
Alá, la fe en el futuro, como quiera que
llamemos a la fuerza que impulsa la
evolución, nos invita con más intensidad
que nunca a un compromiso con nosotros
mismos y con la sociedad de nuestro tiempo
según la premisa de aquél que, hace 2.000
años, habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el fin,
desarmado, humilde, callado y desnudo.
Referencias bibliográficas
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