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Comunidad
En
camino del Borda a la comunidad
La
Nación (Enero 3, 2002)
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07.01.2002
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Salir
del Borda no es fácil. En la mayoría de
los casos, el afuera -la sociedad- no recibe
a sus hijos ahora recuperados con los brazos
abiertos. Son frecuentes los casos en que
las familias se niegan a volver a cobijar en
su seno al pariente que se perdió en la
enfermedad y en los que los empleadores de
antaño no devuelven las llamadas. El afuera
es inhóspito, está hecho de soledad y
desamparo.
Como
si esto fuera poco, los que salen deben
aprender a reconocerse como seres
independientes, deben acostumbrarse a que no
haya enfermeras, médicos ni psicólogos
atentos a cada paso que dan. ¿Cómo
facilitar, entonces, la resinserción de
estas personas que han sido dadas de alta de
su patología pero que carecen de una red
social que las reciba? Las llamadas casas de
medio camino han sido pensadas para cumplir
con este propósito.
"Están
a mitad de camino entre dos lugares, como un
punto intermedio, de transición, entre la
institución cerrada y la comunidad, entre
la dependencia y la autonomía",
comenta la licenciada Fabiana Paesano,
trabajadora social que actualmente se
desempeña en la casa de medio camino
inaugurada hace un par de semanas en el
porteño barrio de Flores.
Sin
un lugar en el mundo
Llamamos
a la puerta de una vieja y típica casona de
Flores y es Carlos quien baja a abrirnos.
Este salteño de 42 años ha pasado casi
cinco internado en el Borda, pero desde hace
dos semanas es uno de los cuatro inquilinos
de la casa de medio camino que depende de la
Dirección de Programas Especiales de la
Subsecretaría de Salud de la Ciudad de
Buenos Aires.
De
pie, apoyado en la baranda de la escalera,
Carlos nos cuenta que los casi cinco años
que estuvo internado no fueron de corrido.
"Primero fueron dos años y medio,
estuve dos meses afuera y caí otra
vez", dice, y aclara: "Yo me
autointerné: cuando salí del hospital me
había quedado sin trabajo y al poco tiempo
sin donde vivir. Estuve vagando unas semanas
y empecé a estar de nuevo mal. No me quedó
otra que volver al hospital".
La
historia de Carlos es bastante paradigmática.
"Durante las internaciones prolongadas
la red social del paciente se cierra rápidamente;
éste pierde sus referentes, sus vínculos y
sus roles -explica la licenciada Paesano-.
De este modo, suma a su patología
alteraciones a nivel de sus relaciones
afectivas, ocupacionales y con el medio
ambiente y, hallándose en condiciones de
alta, no encuentra un lugar: queda entonces
marginado, encerrado en un afuera que no lo
acepta."
Es
justamente en estos casos, en que la persona
que ha sido dada de alta (médica y
judicialmente) presenta algún tipo de
vulnerabilidad social, que las llamadas
casas de medio camino brindan "un lugar
donde cada residente puede desarrollar su
proyecto personal, sostenido y acompañado
por los demás integrantes del grupo".
"En
la casa de medio camino permanecen seis
meses", agrega Paesano. Durante este
tiempo, y con ayuda de la citada asistente
social, los inquilinos trabajan en la
reconstrucción de sus vínculos con la
sociedad; esto es, principalmente,
restablecer los lazos familiares y
reinsertarse en el mercado laboral.
"Desde
el servicio social se intenta ayudar al ex
paciente a participar tanto como sea posible
de la vida en la comunidad -explica-; se lo
asesora en la búsqueda de alternativas que
le permitan satisfacer sus necesidades
sociales básicas (alimentación, vivienda,
educación, vestido, tiempo libre)."
La
medida de una familia
"La
experiencia de vivir en esta casa es ideal,
porque por ahora somos nada más que cuatro:
es como la medida de una familia",
ironiza Ernesto, de 52 años, que espera
pronto volver a vivir con su familia y
retomar proyectos laborales puestos entre
paréntesis por su estada en el hospital
Borda. En la casa, cuenta, las
responsabilidades están divididas:
"Los dos que saben cocinar, cocinan, y
el resto se encarga de la limpieza".
Si
bien reciben periódicamente la visita de
una trabajadora social, una psicóloga y dos
voluntarias, estos cuatro inquilinos (la
casa tiene espacio para diez) deben hacerse
cargo de sus tareas cotidianas. "Acá
no tienen a una enfermera que les haga la
cama y que les controle la medicación; ya
no cuentan con los beneficios secundarios
que tenían al estar internados -apunta
Paesano-. Acá se toma la cotidianidad como
un espacio verdadero de tratamiento; la idea
es generar espacios que sirvan para que el
sujeto resuelva los problemas por sí
mismo."
Pero
recobrar la autonomía perdida no suele ser
una tarea fácil. "El jueves tuve la
primera charla con ellos cuatro desde que
llegaron, y estaban hechos unos trapitos
-recuerda-. Se lamentaban de estar solos, de
que no había nadie; en realidad, ellos
esperaban que les hiciéramos las camas, la
comida, que nosotras les diéramos los
medicamentos."
"Es
como el dolor que experimenta una persona
que ha estado mucho tiempo enyesada y
comienza a caminar de nuevo", asegura
esta trabajadora social. Pero el dolor pasará
y, cumplidos los seis meses de estada en la
casa de medio camino, sus actuales moradores
retornarán al afuera; de las redes sociales
que hayan sabido construirse durante este
tiempo dependerá en gran medida su futuro.
Por
Sebastián A. Ríos
De la Redacción de LA NACION
De
libertades y reglas de convivencia
Si
bien la estada en la casa de medio camino
inaugurada hace unas semanas en el barrio de
Flores difiere en numerosos aspectos de la
internación en un hospital psicoasistencial
como el Borda, no cabe duda de que es la
libertad que allí se vuelve a saborear la
que marca un hito en el camino de regreso a
la sociedad.
"Quienes
viven temporariamente en la casa de medio
camino pueden salir y volver a ella cuando
quieren; son ellos mismos quienes manejan su
propio tiempo -dice la licenciada Fabiana
Paesano-. Algunos, por ejemplo, se van el
fin de semana a pasarlo con sus familias y
después vuelven; de hecho, la mayoría pasó
las fiestas con sus familiares o con
amigos."
Visitas,
alcohol y agresión
Sin
embargo, estos ex pacientes no pueden
recibir visitas de ningún tipo dentro de la
casa: ésa es una de las reglas que deben
cumplir. No tomar bebidas alcohólicas y
evitar la agresividad entre los habitantes
de la casa son las otras dos reglas.
"Nos
llevamos muy bien, somos todos muy
tranquilos", dice Carlos, una de las
cuatro personas que tras ser dadas de alta
del hospital Borda fueron derivadas a la
casa de medio camino. "Por ahora la
convivencia es muy buena -agrega uno de sus
compañeros, Ernesto-; todos los que estamos
acá nos merecíamos que nos dieran el
alta."
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