Como parte de un artículo especial sobre
violencia de la revista Science, el psicólogo
Richard Davidson de la Universidad de
Wisconsin-Madison y sus colegas
analizaron las imágenes cerebrales de
un gran grupo de sujetos violentos y
predispuestos a la violencia.
Los estudios se centraron en personas
diagnosticadas con trastorno de
personalidad agresiva, injurias
cerebrales durante la niñez y
homicidas.
Los investigadores encontraron similitudes
neurológicas entre más de 500 sujetos
en la incapacidad cerebral de la
regulación de las emociones.
El estudio está basado en varias
regiones interconectadas en la corteza
prefrontal del cerebro, áreas definidas
como esenciales en el control de las
emociones negativas.
Un proceso cerebral similar ha sido implicado en
algunas enfermedades mentales incluyendo
la depresión y los trastornos de
ansiedad.
Uno
de los puntos más importantes es la
interconexión entre las distintas
regiones cerebrales: la corteza frontal,
la corteza cingulata anterior y la amígdala.
La corteza frontal orbital juega un papel
crucial en el control de los ataques
impulsivos, mientras que la corteza
cingulata anterior recluye otras
regiones cerebrales en respuesta al
conflicto.
La amígdala está involucrada en
la respuesta al miedo y otras emociones
negativas.
Davidson y sus colegas Katherine Putnam y
Christine Larson descubrieron que la
actividad cerebral normal en las
regiones orbital y anterior estaban
disminuidas o ausentes en muchos de los
grupos de estudio, mientras que la
actividad de la amígdala era normal o
aumentada. La inhabilidad de las dos regiones cerebrales para
contrarestar efectivamente la respuesta
de la amígdala podría explicar como
las situaciones amenazadoras pueden
producir una reacción violenta en
algunas personas.
La investigación también incluyó un grupo de
personas con un déficit genético que
produce una alteración en los niveles
de serotonina cerebrales.
El sistema serotoninérgico
comprende muchas de las regiones
mencionadas anteriormente y una alteración
en este sistema ha sido vinculada a un
aumento en la agresividad.
Davidson enfatiza que la investigación apunta a
la genética junto con una historia
ambiental pobre como factores que
contribuyen a la violencia impulsiva.
“Estas áreas del cerebro son particularmente
sensibles a las experiencias,”dice
Davidson.
Las
implicancias a futuro de este estudio se
basará en nuevos tratamientos que
combinarían intervenciones del
comportamiento junto con terapias con
drogas similar al tratamiento de la
depresión y trastornos de la ansiedad.