|
Olfato
Narciso,
el extasiado.
Luis
Carlos H. Delgado y Graciela
Verónica García
-
12.11.2001
-
La
psicopatología que entraña el mito de
Narciso ilustra sobre aspectos etiológicos
de la drogadicción por inhalantes y otras
sustancias incorporadas por vía nasal. La
erogeneidad olfativa estructura, como toda
zona erógena, fantasías específicas; su núcleo
esencial organiza aspectos esenciales de la
vida fantasmática. Como los procesos psíquicos
que le corresponden son tan primitivos y
profundos, la penetración intuitiva en el
seno de la interioridad enfrenta grandes
dificultades. Sin embargo, el investigador
analítico, puede intentar el camino opuesto
orientándose hacia las producciones
culturales en la creencia de encontrar allí
señales o marcas de las influencias
inconscientes de tales fantasías. Así
hemos procedido en la interpretación de
este mito que adquiere el sentido de un
lenguaje de órgano, determinado por las
cargas emanadas de su representación
profunda.
Narciso
significa etimológicamente “el
atontado”, de allí también narcosis,
narcóticos, narcolépticos, una serie de
derivaciones que lo vuelven de interés para
nuestra hipótesis de trabajo. Según la
versión de Pluvio Ovidio Nasón, oriundo de
Sulmona, Italia, (43 a.C.- 17 d.C.) en su
“Metamorfosis”,
Narciso es procreado por el
Dios Cefiso
que es río, producto de una
violación hacia la ninfa oceánica Liriope.
Fue esta la razón por la cual Liriope
no deseó a este hijo durante su embarazo; sólo
tras el parto, cuando pudo ver que el niño
era muy bello, pudo aceptarlo.
Deseosa
de saber si su hijo viviría muchos años,
la joven madre fue en busca del tebano
Tiresias, ciego pero con el don de la
videncia,
decodificador del oráculo divino
quien le manifestó que Narciso tendría una
larga vida siempre que no llegase a
conocerse ni a escudriñarse jamás.
Palabras oscuras para la madre que pudieron
ser olvidadas olvidadas.
En
cuanto a la belleza de Narciso, fue tanta
que, según otras versiones del mito, era
deseado por hombres y mujeres enamorados
perdidamente de él. Aminias,
hombre y mortal, también cayó
en las redes de la fascinación sin ser
correspondido. Narciso no amaba a nadie,
insulso frente a los demás jamás se le
conoció ni se le escuchó sobre alguien a
quien amase. No había cabida para otro en
la vida de Narciso y como Aminias
fuera demasiado persistente en su
deseo, Narciso le entregó una espada para
que le pusiera fin suicidándose, cosa que
el enamorado ejecutó prestamente. En esta
versión será el padre de Aminias
quien ejecuta a Narciso cumpliéndose
la Ley Taliónica.
En
otra, Narciso tiene una hermana gemela. Él
se enamora de ella, pero esta hermana muere,
entonces Narciso cae en una desesperación
melancólica que lo lleva a la muerte arrojándose
a las aguas del río Cefiso.
Otra
versión nos cuenta que no es en el río
Cefiso donde se ahoga, sino en un
estanque.
Si
no un argumento común, oscurecida la
memoria de una personaje parido bajo el
desamor de la madre y abandono paterno,
criado en un contexto divino pero plebeyo
por un origen que denuncia el mal amor; el
potencial de su belleza se impone en el
recuerdo del mito y al fin vemos a Narciso
pasearse por bosques y jardines, llegar a un
estanque o tal vez un río, por qué no las
mismas aguas de Cefiso,
e inclinarse sobre ellas para
descubrir, fascinado, un hermosísimo
rostro que emerge del fondo. Extasiado, se
asoma mucho más para contemplarlo y súbitamente
enamorado trata de acercársele y apresar la
imagen para sí. Es la primera vez que
siente ese amor incondicional,
extremadamente peligroso ya que su vida está
en juego en la imprudencia de la pasión o
en el de amarse con desmesura. Cae entonces
y muere ahogado, quién sabe si dándose
cuenta si fue la imagen de otro o la suya
propia, la que lo atrajo de tal manera.
El
mito se completa con el resurgimiento de
Narciso metamorfoseado en una flor aromática,
de color entre blanco amarillento y crema,
considerada como una flor cautivante. La
“flor de Narciso” reaparecerá en otros
mitos de engaños y muerte.
Sin
desestimar ninguna de las interpretaciones
dilucidaremos ahora las relaciones del mito
con lo olfativo y nuestras construcciones
sobre los aspectos psicopatológicos de la
adicción: el olor como organizador olfativo
primario del psiquismo, la fusión
madre-hijo, el amor ciego, la regresión
olfativa.
Narciso
es producto de una violación entre un río
que tiene su aroma propio, al que en
particular extendemos la experiencia
de todas las riberas: su aroma costero de
aguas dulces, cuando son puras; pestilentes,
podridas, terrosas, que obligan retirar el
rostro cuando no están oxigenadas. ¿No
corren las víctimas de la violación a
querer bañarse para borrar el olor apestoso
que deja la agresión sobre su cuerpo?
La
víctima es Liríope,
una ninfa oceánica. Ella es mar, océano,
brisa marina. Esencialmente distinta al río.
Fuerte, salada, con características
femeninas y olores particulares asociados a
peces y frutos del mar... inmensa, profunda
y extensa. La desembocadura del río Cefiso
la descubre abierta, posiblemente dispuesta
al encuentro con otro amante, de lo que
aprovecha.
De
esa violencia Liríope
concibe al niño, rechazado en
sus entrañas. La gestación encuentra al
embrión sin otra percepción que la de una
madre que lo desprecia. Se amasa para ambos
el sentimiento oceánico de abandono y
soledad infinita.
Quizá
por esa condición de no ser deseado, su
fenotipo encuentra las dotes de la belleza,
único don por el cual la madre lo aceptará...
en ningún momento, ninguna de las versiones
del mito hablan del amor materno. La palabra
“aceptación” desdibuja el afecto y lo
torna técnico. En la “aceptación” no
está implícito el amor incondicional de
madre. La condición que ha tenido Narciso
para ser amado fue la suerte de haber nacido
bello.
Los
primeros días del niño transcurren en una
atmósfera tensa: despreciado, decretado
como execrable, producto de un encuentro
bestial y ruin; la madre abandónica desde
su vientre se ve compelida ahora a revertir
el odio hacia el violador para poder mirar a
Narciso y reconocerlo como “hijo”.
Desde
esa ausencia de “deseo de madre,” ya que
no eligió serlo, la ambivalencia afectiva
de Liriope
se torna drástica, con vaivenes
demasiado fluctuantes, abismales y extremos.
El odio por lo masculino, por la escena
primaria reeditada en la violación, hace
sucumbir en ella la posibilidad de
establecer el “lazo de amor” que se
amasa naturalmente durante los meses de la
gestación y que luego del parto continúan
de manera estrecha y dialéctica por las
características de la crianza humana. Sus
brazos, su olor de parto, su cuerpo emanando
aromas, los efluvios hormonales y el aroma
de la leche de sus pechos, en contacto con
la ternura, las caricias, la voz plena de
significados, el cuerpo de mensajes
olorosos, están ausentes en la vida diaria
de Narciso niño, deprivándolo de la
oportunidad de establecer con su madre un
“nido de crianza”. Las bases pilares
para fundar las primeras experiencias
gratificantes de relación amorosa, con el
significado de un amor entrañable e
incondicional, no están concedidos, por lo
que Narciso parte con un desarrollo
psicolibidinal no transitado por la etapa
nasal de una manera natural y esperable para
cualquier vida humana.
Tal
vez, para poder salir de ese marasmo en el
que están inmersos, la madre consulta al
ciego vidente. Tiresias, siendo
ciego, tiene olfato para percibir aquello
que los demás no conocen. No necesita ver
al niño para determinar su futuro… puede
“oler” que algo no está bien en el
origen del recién nacido, quizá los
resabios del olor del padre en la piel de
ambos y en el sexo de Narciso.
Sabemos
que Zeus compensó a Tiresias de la ceguera
que le produjo Heras, hermana y esposa de
Zeus, por contrariarla en la disputa con aquél.
La cuestión era quién disfrutaba más del
acto sexual, si el hombre o la mujer, por lo
que recurrieron a Tiresias cuya autoridad en
el asunto provendría de la experiencia de
participar de ambos sexos, ya que por siete
años fue transformado en mujer volviendo
luego al suyo. Sin vacilar respondió que si
el goce del amor se componía de diez
partes, la mujer se quedaba con nueve y el
hombre con una sola. Heras se encolerizó
por haber revelado el goce secreto de su
sexo multiorgásmico. Como Zeus no podía revertir la
acción de la diosa subsanó la ceguera
dotando a Tiresias con el poder de la profecía
y el privilegio de una vida
de siete generaciones.
Este
otro mito dentro del que nos ocupa merece
también algunas interpretaciones. ¿Comparan
los dioses hermanos la experiencia
incestuosa del goce potenciado por la
prohibición? Como en la drogadicción por
inhalantes, la fantasía del acceso
incestuoso genera la penalización de una
madre internalizada, atando al sujeto a la
forma del amor ciego, por el cual le es
necesario oler para alcanzar el goce. Con el
olfato devienen todas las sensaciones: el
olor de la madre, el olor del coito, el olor
vejatorio de la escena primitiva en la piel
de la madre. Tal lo que identifica Tiresias
en aquel niño condenado a no saber nada
acerca del secreto familiar.
Tiresias, le da el límite de su existencia
“no deberá conocerse ni escudriñarse jamás.”
Con
Tiresias se repite además el esquema
evolutivo de “ser mujer” primero, para
luego renunciar a la identificación con la
vagina y pasar a una identificación
masculina correspondiente al propio género,
gracias a la identificación olorosa
paterna. La temporalidad enmarca las etapas:
hasta los tres meses en la temporalidad
humana el predominio del olfato que cumple
las fases de la olfacción pasiva, la
triangularidad y la olfacción activa de búsqueda.
El
olfato nos trae información acerca de
nosotros mismos y del mundo exterior con
antelación a la vista, fusión de relación
que da la posibilidad de elaborar las
primeras bases del sí mismo, establecer los
núcleos fundamentales del amor a otros,
consolidar los núcleos de la identidad
sexual y
primeras identificaciones.
Evolutivamente
el amor ciego debe dejar de serlo para que
la persona se realice en plenitud. La vista
permite darse cuenta de una buena forma.
Pero en el caso de Narciso, el ver, como
estaba vaticinado,
cierra su posibilidad evolutiva y
demarca la
muerte. Narciso no pudo superar el
amor ciego y su retorno como flor acuática
reincide en lo aromático y narcótico de la
primera formas de vida postnatal.
El
mito no establece en qué momento la madre
“lo vio”, es decir, pudo contemplarlo
con amor de benevolencia. Nos da cuenta de
que lo amó por la belleza de su rostro,
seguramente parecido al de ella. Establece
con él una relación especular teñida por
la culpa de haberlo rechazado, constituyéndose
una relación simbiótica, no fusional, que
apenas permite superar el trauma. En este
marco, sólo “la belleza” borra el
vestigio de la violación y promueve la
atención necesaria para que no muera,
identificando al bebé como producto
exclusivo de la madre y semejante a sí
misma, negando la visión el olor del sexo
de Narciso. Negación cuya impronta
permanece en el significado del nombre
elegido para él.
Narciso:
el atontado, el adormecido, no casualmente
derivan de él palabras como “narcosis”,
“narcóticos”, “narcolépticos”.
Demasiados tóxicos y productos farmacológicos
producen sueño y ensueño parecidos a lo
que el nombre evoca. Algunos excitan al
sistema nervioso, como la “Narcotina”,
alcaloide producido por el opio que no
necesariamente adormece sino que despierta y
pone en alerta. Atontado o excitado,
Narciso, deambulando por jardines floridos
con su sola compañía, hace del olfato la
exclusiva percepción de sí mismo.
No existieron tampoco espejos que lo
prematurizaran. Puede
que, como tras su muerte, convertido en
perfumada flor afrodisíaca, haya sin proponérselo
enamorado a hombres y mujeres. Pero hasta
entonces y después de ella su ciego mundo
será olfativo. El olor el único estímulo
organizador, la única evidencia de su
existir.
Adormecido
por un origen violento y desamorado; no
estimulado por la madre ambivalente; ausente
el padre, borrado, negado; no hijo, no niño,
no persona. Sólo el dato de la belleza no
experimentada visualmente, reemplazada por
un aroma que bloquea cualquier posibilidad
de relación objetal. Narciso sufre de un déficit
primario para establecer identificaciones
sexuales y organizar una identidad sexual.
No puede atravesar el complejo de Edipo
olfativo que implicaría la aparición del
olor del padre y del coito en la piel de su
madre. La referencia al padre es inexistente
y como tal violenta el psiquismo de Narciso
fijando la violación por la cual nació.
Siendo hombre, borrado el coito y toda mención
al padre perverso, está condenado a no
poder identificarse masculinamente ni
concebir relación sexual, no pudiendo por
ello amar a nadie.
No
desea coito alguno, no desea a nadie más
que a sí mismo, condenado a no sentir nada
exterior (narcotizado), sólo su olor.
Narciso es amado indistintamente por hombres
y mujeres porque es asexuado ya que está
marcado por el
deseo de la madre de que todo hombre
carezca de la posibilidad de penetración
agresiva.
Mas
la vuelta del padre desencadenará una trágica
novedad en el destino de Narciso.
En
las riberas del Cefiso,
un nuevo aroma lo atrae hacia las aguas.
Olor de coito y sexualidad. Se trata de su
padre al cual se inclina sin comprender.
Descubre entonces en el reflejo aquella
imagen en la cual se conjugan el símbolo de
su sexo, la verdad de su origen, la verdad
de sí mismo, la carne progenitora, la
propia carnadura humana, el deseo, el rostro
hermafrodita que desata su bisexualidad, el
deseo y la pasión.
Se
enamora de sí mismo, sucumbe al amor del
padre, reencuentra el rostro materno;
reniega de todos los amores que despertara,
por un único amor que lo sumerge en las
aguas del río y que por un breve instante
le otorga identidad, evolución y muerte.
1
Obras
completas de Freud.
Tomo II. Artículo: “Introducción al
narcisismo”. (Año: 1914).
Editorial Biblioteca Nueva. Madrid.
España. Año: 1973.
2
“El
mito de Narciso y su relación con la
psicopatología (ilusión, elusión, alusión).
Revista
de psicoanálisis AAP. volumen 2
Dinámica
8. Lic. Carlos L. Gatti, Dr. Néstor R.
Stingo, Dra. Liliana N. Avigo y Dra. María
C. Zazzi.
3
“Metamorfosis”.
Ovidio.
Editorial Alianza. Madrid. 1995.
4
“La
divina comedia”.
Dante Alighieri. Editorial Juventud.
Barcelona. España. Año: 1987
5
“La
Etapa Nasal”.
Delgado-García. Editorial Galerna. Año:
1992. Capítulo: “ Aspectos
Psicoevolutivos del mito de Psique y
Eros”.
|