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Solidaridad
¿Una
economía más altruista?
Tendencia
científica
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05.11.2001
-
La
economía es una praxeología que se apoya
en la racionalidad. Los agentes económicos,
al actuar racionalmente, defienden sus
intereses personales. El Homo Economicus es
egoísta y racional. En consecuencia, el
altruismo se interpreta como un
comportamiento irracional desde el punto de
vista de la economía, y por ello obedece a
otro tipo de racionalidad que apela a
valores de solidaridad
En 1876, Adam Smith, al identificar la
existencia de complementariedad entre la
suma de intereses individuales y el interés
económico colectivo gracias a la intervención
de la “mano invisible” de los mercados,
era consciente de los límites de esta
interpretación del ser humano y de su
comportamiento.
De hecho, en su Teoría de los Sentimientos
Morales, Smith insiste sobre la necesidad de
la simpatía hacia el resto de la humanidad
como elemento moderador del comportamiento
económico racional, y se supone que el
tercer libro de Smith (totalmente destruido
en un incendio) abordaba la necesidad de
procedimientos de redistribución de los
resultados de las actividades económicas.
Por su parte, un siglo más tarde, León
Walras, padre de la economía matemática
contemporánea, tampoco se limitaba a
demostrar las excelencias del equilibrio
general dictadas por el funcionamiento de
los mercados, como lo hizo en sus "Elements
d’Économie Politique Pure".
En los otros dos libros de su trilogía,
Etudes d’Économie Sociale y Etudes d’Économie
Politique Appliquée, Walras dejó bien
clara su preocupación por la cuestión
social, por la necesidad de distribución
justa de la riqueza.
Según Baranzini (1993) “il meccanismo
della libera concorrenza assoluta apparre
imprescindibilmente etico nel suo
costituirse e necessita del concorso e della
soliedarietá dei concetti di vero, giusto e
utile per essere colto nel suo pieno
significato. Ritroveremmo cioè un senso
etico che, nel diffuso e persistente
reduzionismo, la formula matematica del
Equilibrio Generale aveva occultato”
Esta repetida insistencia de los padres
fundadores de la ciencia económica moderna
sobre los limites de la simplificación del
estereotipo del homo oeconomicus, no ha
impedido que la mayor parte de la
investigación ulterior se haya concentrado
sobre la racionalidad económica, con su
carga de egoísmo individual y su escaso
interés por la cuestión social.
Las críticas son muy abundantes; el
reciente premio Nobel de Economía, Amyrta
Sen, señala que “el hombre puramente económico
es casi un imbécil social. La teoría económica
se ha ocupado mucho de este tonto racional
arrellanado en la comodidad de su
adecuamiento único de preferencias para
todos los propósitos” (Sen, 1977).
La socioeconomía contemporánea pone en
evidencia las consecuencias de la idealización
durante más de dos siglos del Homo
oeconomicus. Numerosos comportamientos
sociales que originan desigualdades y
desastres se derivan del creciente
“economicismo” de nuestras sociedades.
De ahí la necesidad de una nueva ética
económica y de un cambio de valores que
integre en mayor medida egoísmo y altruismo
(Mieles Ugarte, 2001).
Sen (1989) considera dos motivaciones que
tienen un marcado carácter altruista: la
simpatía, en el sentido smithniano, y el
compromiso. La noción de simpatía implica
la consecución psicológica de un cierto
bienestar personal como consecuencia del
bienestar de los otros, y se apoya sobre
valores de bondad o de caridad. La noción
de compromiso se refiere a un acto que se
sabe va a beneficiar más a otro que a sí
mismo, o sea, implica un sacrificio
potencial de bienestar personal.
La simpatía conserva un cierto aspecto de
“egoísmo ilustrado”. Impulsando esta
actitud a sus limites extremos, Saenz de
Miera (2000) señala que: “es posible que,
en ocasiones, un acto de caridad esté más
cargado de la voluntad de poder que de la
nobleza del alma”.
En la teoría económica de la elección del
consumidor, las acciones motivadas por la
simpatía podrían interpretarse como
compras de un bien “superior” en la
escala de preferencias del consumidor, y que
por tanto sirven para maximizar su
bienestar. La beneficencia o la acción
filantrópica tradicional podrían
inscribirse en este marco.
El compromiso va más allá: se inscribe en
una ética de la responsabilidad; se trata
de actuar concretamente sobre el presente y
sobre el futuro para proporcionar mayor
bienestar al resto de la sociedad; implica
una inversión personal para el desarrollo
de bienes comunes.
Los agentes económicos del denominado
Tercer Sector, ubicados entre lo privado y
lo público, se apoyan en buena medida en
esta fórmula más evolucionada del
altruismo, aunque es evidente que dentro de
la heterogeneidad que caracteriza a este
sector, se pueden detectar motivaciones de
todo tipo.
Por la razón que sea, es indudable que
entre los agentes “económicos” existen
muchos que no actúan sobre la base de la
supuesta racionalidad de la maximización de
su renta o de su beneficio, y basan su
actividad en motivaciones de carácter
altruista (Weisbrod, 1988; Powell, 1987).
La medida del altruismo: las instituciones
sin fines de lucro
En las sociedades contemporáneas, la
actividad económica se describe como un
sistema complejo de relaciones entre agentes
institucionales. La gran mayoría de dichas
relaciones está formada por transacciones
económicas que suceden en contextos que
incluyen agentes de la producción
(empresas), productos y servicios (en régimen
de mercado), y agentes que solicitan
productos y servicios (para satisfacer una
necesidad).
Las transacciones “no de mercado” están
principalmente relacionadas con las
actividades de las administraciones
publicas, que proporcionan servicios a las
familias a precios subvencionados y que
financian dichos servicios mediante
transferencias forzadas (impuestos) de las
familias/hogares.
La observación de los sistemas económicos
de los países industrializados pone en
evidencia que existen agentes privados que
no están motivados por objetivos económicos.
Estos agentes se denominan instituciones sin
fines de lucro (ISFL) e incluyen:
Entidades no financieras dirigidas
al mercado mediante la prestación de bienes
o servicios no financieros, que aplican
tasas que les permiten compensar los costes
de producción (ej. Hospitales o escuelas) o
que son financiadas mediante
suscripciones/donaciones.
Entidades financieras, dirigidas al
mercado de servicios financieros (ej.
seguros) que operan a precio de coste,
incluyendo aquellas financiadas por
aportaciones de otras empresas financieras.
Organizaciones Publicas sin fines
de lucro, relacionadas con la prestación de
servicios sociales que son controladas y
financiadas principalmente por entidades
gubernamentales o fondos de la seguridad
social.
Asociaciones de naturaleza privada
o no gubernamental sin ánimo de lucro que
ofrecen servicios y productos no de mercado
a familias/hogares: ISFLSH (instituciones
sin fines de lucro al servicio de los
hogares)
Tres necesidades económicas en crecimiento
Básicamente, estos agentes responden a tres
necesidades económicas con un elevado ritmo
de crecimiento:
La necesidad de coordinación de
las actividades de los distintos agentes,
que se incrementa conforme los sistemas se
convierten en más complejos.
Dentro de esta función de coordinación,
podemos incluir a la mayoría de las
asociaciones profesionales, sindicatos y
partidos políticos que son base para el
funcionamiento y desarrollo de la
democracia.
La tendencia actual de incremento de la
economía de mercado, junto con el estimulo
de la competitividad individual y la
atomización de la toma de decisiones,
refuerza la necesidad de una coordinación
social que explica el rápido desarrollo de
muchas organizaciones no gubernamentales y
otras formas alternativas de representación
de los ciudadanos.
La necesidad de cooperaciones
solidarias (Fontela 1994) que van mas allá
de las que tradicionalmente suceden en el
seno de familias (financiando la educación
de niños y jóvenes o manteniendo a los
ancianos) o a través de instituciones
publicas (servicios sociales o pensiones).
La tendencia actual indica una progresiva
disminución de la solidaridad
intergeneracional familiar (conforme su tamaño
medio disminuye y el número de familias
unipersonales aumenta) y un incremento de
las restricciones de gasto social público,
requerimiento básico en las políticas
macroeconómicas de equilibrio
presupuestario.
Como consecuencia de ello, la solidaridad
prestada por instituciones privadas
(organizaciones religiosas y algunas
ONG’s) juega un rol muy significativo en
un entorno que demanda una mayor aportación
solidaria (el desarrollo de los mercados
tiene como consecuencia directa una mayor
disparidad de ingresos en y entre países).
La necesidad de servicios
“avanzados”, es decir actividades que
ocupan un nivel elevado en el ranking de
necesidades humanas (educación superior,
salud, ciencia, artes, etc.) que no obstante
están sujetas a un rápido incremento de
precios debido al estancamiento estructural
de su productividad (el síndrome de Baumol).
Aunque es obvio que el progreso tecnológico
estimula el desarrollo de las actividades
orientadas a la satisfacción de dichas
necesidades (ej. e-learning, equipos
audiovisuales y servicios) y estimula una
reducción de los costes, también es
necesaria la financiación de universidades,
exposiciones, conciertos, etc. a través de
fundaciones que generalmente cubren dichos
campos mediante donaciones privadas que
complementan las menguantes finanzas
publicas.
Como consecuencia de estas tres necesidades
económicas, caben pocas dudas de que el rol
y la importancia que desempeñan las
organizaciones sin ánimo de lucro crecerá
rápidamente, lo cual justifica un mayor
esfuerzo estadístico para medir dichas
actividades.
Tanto el SNA (93) como el SEC (95) han
tenido en cuenta a estas organizaciones y
han introducido algunos conceptos
definitorios.
El sector de las instituciones sin fines de
lucro al servicio de las familias/hogares (ISFLSH),
es de particular importancia para el análisis
de las organizaciones sin fines de lucros,
en general. Este sector (ISFLSH) incluye el
conjunto de las instituciones sin fines de
lucro excepto las que están dirigidas al
mercado o son controladas y financiadas básicamente
por entidades gubernamentales
Dentro del sector de las ISFLSH, se incluyen
principalmente dos categorías que
ofrecen/proporcionan bienes y/o servicios a
sus miembros o a otras familias, sin cargo o
con precios económicamente
insignificativos:
Sindicatos, colegios profesionales,
asociaciones de consumidores, partidos políticos,
iglesias o congregaciones religiosas
(incluyendo aquellas financiadas con fondos
públicos) y agrupaciones sociales,
culturales, recreativas y deportivas.
Organizaciones caritativas de
apoyo, socorro y ayuda financiadas por
donaciones de voluntarios o servicios de
otras instituciones.
Las ISFLSH son agentes institucionales,
entidades legales que prestan de forma
privada servicios “no de mercado”. Estos
agentes podrían comercializar sus servicios
pero, en general, los ofrecen como
donaciones; sus ingresos provienen
principalmente de aportaciones voluntarias
de empresas, administraciones publicas y
familias/hogares o, eventualmente, de sus
propios ingresos financieros (también como
resultado de donaciones en capital).
Tal como en el caso de las actividades
publicas, los resultados de las ISFLSH se
miden a través de los costes incurridos en
sus actividades.
En estos momentos se estima que en EE.UU
existen más de 1,5 millones de
instituciones privadas que desarrollan
actividades sin ánimo de lucro, y que
aportan el 6,8% de la renta y el 11,4% del
empleo: estos porcentajes se elevarían
considerablemente si se incluyeran las
actividades productoras de servicios
colectivos de las instituciones públicas.
En España, los estudios disponibles (Dones,
1999) se limitan a subsectores de las
instituciones privadas sin ánimo de lucro
al servicio de los hogares (partidos políticos,
sindicatos, fundaciones, asociaciones e
instituciones religiosas) cuya aportación a
la renta disponible española se estimaba en
un 0,9% en 1995 (0,5% del PIB).
La Nueva Economía y el altruismo
Aunque la economía pura obedece a una
voluntad de abstracción independiente del
tiempo
y del espacio, es evidente que la economía
aplicada es indisociable de su contexto histórico.
En el caso del altruismo, su intensidad y
sus manifestaciones observables han cambiado
sensiblemente a partir de la revolución
industrial. La caridad de origen religioso
ha dado paso a un Estado Protector o Estado
del Bienestar, que ha recibido como mandato
democrático el desarrollo de una
solidaridad institucionalizada y colectiva,
y ha atribuido esencialmente a los impuestos
el contenido ético del altruismo.
A finales del siglo XX y principios del
siglo XXI una nueva revolución económica y
social está probablemente transformando las
bases de este “altruismo estatal”, y
requiere nuevas fórmulas institucionales.
La transformación en curso tiene dos causas
principales:
el desarrollo de las nuevas
tecnologías de la Sociedad de la Información
(ordenadores, telecomunicaciones,
microelectrónica) que cambia radicalmente
las condiciones del trabajo humano, y los
procesos de generación y distribución de
las rentas;
la generalización de la aplicación
de la economía de mercado como resultado
del triunfo ideológico del liberalismo
frente al comunismo y a la planificación.
La conjunción de las nuevas tecnologías
que, al reducir los costes de transacción
achican el territorio, y de la economía de
mercado, lleva automáticamente a un proceso
de globalización (o sea, de supra-nacionalización).
Tecnologías de la información y de las
comunicaciones, mercados abiertos y
competitivos, y globalización del aparato
financiero y productivo, redefinen el
funcionamiento del sistema económico: es la
Nueva Economía (Fontela, 1999), con un
mayor crecimiento de la producción y de la
productividad y un círculo virtuoso en el
que intervienen los efectos sobre la demanda
de nuevos bienes y servicios.
Inducida por la disminución de sus precios
relativos, y por el aumento de las rentas
discrecionales de unos consumidores que ya
han satisfecho ampliamente sus necesidades básicas,
la demanda de productos tecnológicos
avanzados estimula otras demandas de bienes
intermedios y de inversión, crea empleo y
nuevas rentas. Pero al mismo tiempo, la
Nueva Economía redefine la cuestión
social.
En la Sociedad Industrial, la confrontación
entre capitalistas y proletarios determinaba
la cuestión social. El problema, desde el
punto de vista de las rentas, afectaba
esencialmente a la distribución funcional
(entre los factores primarios de la producción,
el capital y el trabajo). La progresividad
en los impuestos directos y la red de
protección social han constituido los
principales elementos de respuesta del
Estado de Bienestar.
En la sociedad post-industrial la distribución
funcional de la renta pierde importancia en
relación con la distribución personal (o
sea, entre grupos de hogares); aumentan las
diferencias entre ricos y pobres, se
difuminan en cierta medida las diferencias
entre capitalistas y proletarios (la
propiedad mobiliaria se introduce en los
hogares de los trabajadores). La lucha de
clases da paso a una preocupación social
por la exclusión y las bolsas de pobreza.
El altruismo, en el rediseño del Estado del
Bienestar
En los países industriales avanzados, las
nuevas tecnologías facilitan la eliminación
progresiva del trabajo instrumental y en
particular de los puestos de trabajo más
repetitivos y alienantes; se promueven
trabajos más autónomos, con frecuencia muy
creativos, que favorecen la realización de
las aspiraciones de los trabajadores. Pero
una mejor adecuación del trabajo con las
capacidades individuales, tiene dos
consecuencias importantes:
Las nuevas exigencias de autonomía
y creatividad se apoyan necesariamente en
los conocimientos adquiridos, en el capital
humano acumulado por el trabajador; en el
campo del conocimiento las diferencias entre
individuos pueden llegar a limites
insospechados, con lo que los niveles de
productividad serán también abismales; en
la medida en la que las remuneraciones deben
reflejar las productividades, es obvio que
existirá una tendencia para mayores
disparidades en las distribuciones de renta.
Trabajadores muy competentes obtendrán
compensaciones más elevadas que las de los
capitalistas tradicionales (véase, por
ejemplo, el tema de las stock-options para
altos ejecutivos de grandes empresas),
mientras que trabajadores menos competentes
se verán limitados a la ejecución de
trabajos-basura, o al desempleo.
Dentro del ámbito general del
conocimiento la capacidad de utilización de
las nuevas tecnologías de la información,
también es motivo de preocupación para la
evolución de la distribución de la renta o
simplemente para el estatuto social de las
personas. Entre los que saben utilizar las
nuevas fuentes de información y
conocimiento, y los que siguen viviendo en
la forma tradicional de la sociedad
industrial, se establece una verdadera
brecha tecnológica, un “digital divide”
que puede ser un motivo importante de
exclusión social. Aparece así el fenómeno
de los “nuevos pobres” que han debido
abandonar puestos de trabajo instrumentales
tecnológicamente obsoletos y son incapaces
de reinsertarse en el sistema productivo. Se
manifiestan también en especial entre los jóvenes
y los ancianos, formas de marginación y de
desesperanza.
Por todas estas razones, la tendencia
igualitaria entre los individuos, y en
particular entre sus niveles de renta,
especialmente atribuible a la redistribución
funcional preconizada por el Estado del
Bienestar, está dando paso rápidamente a
una mayor desigualdad (especialmente en
EE.UU, donde el papel del Estado ya era más
reducido que en Europa).
Un deterioro similar de las condiciones de
la distribución de la riqueza y de la renta
también es observable en el ámbito
internacional. La brecha entre los países
ricos y los países pobres, aumenta sin
cesar. Lejos de converger hacia los niveles
medios mundiales, numeroso países pobres
ven como su situación empeora día a día,
cuando aumenta la presión demográfica y
escasean bienes tan esenciales como los
alimentos básicos, el agua o la energía.
En todas partes aumentan los dualismos, con
algunos individuos o empresas integrados en
la globalización y otros, la inmensa mayoría,
marginados sin aparente remedio.
La Nueva Economía ofrece sin duda
perspectivas positivas para el crecimiento y
el bienestar de un grupo selecto de agentes
de la economía mundial, pero no evita que
al mismo tiempo, en el Norte y en el Sur,
empeore la situación de un grupo sin duda más
amplio. Las perspectivas son inquietantes y
plantean la necesidad de un rediseño del
funcionamiento del Estado de Bienestar de
los países industriales avanzados, y de una
nueva forma de gobernación de las
relaciones económicas mundiales. El
altruismo es un elemento básico
indispensable de este rediseño y de esta
necesaria transformación institucional.
El nuevo papel del "sin ánimo de
lucro"
El Estado de Bienestar se encuentra en este
contexto de la Nueva Economía ahogado por
la presión de los compromisos adquiridos,
la resistencia social a aumentar los
impuestos, y la oposición ideológica al
endeudamiento público. Son escasas las
soluciones posibles:
la privatización o el desarrollo
institucional de actividades mixtas público-privadas,
preservando el carácter público de ciertos
servicios mínimos (en educación, sanidad o
pensiones); en esta solución las
instituciones privadas sin fines de lucro
pueden llegar a jugar un papel fundamental;
la transformación radical de los
estilos de vida pasando de la organización
trifásica y sucesiva educación-trabajo-retiro
(ocio), a una organización multiforme con
actividades “permanentes” de educación,
trabajo y ocio, y mayor financiación
privada de la solidaridad intergeneracional
(mayor flexibilidad y responsabilidad de los
ciudadanos). En este caso, el Estado podría
proporcionar una renta mínima financiada
por impuestos sobre el consumo o sobre el
valor añadido. En esta nueva organización
la actividad altruista individual encontraría
más facilidades, al incorporarse a la
educación-trabajo-ocio el concepto de
tiempo dedicado a la solidaridad
interpersonal como fórmula de trabajo no
remunerado y de ocio activo. Es obvio que
las instituciones sin fines de lucro
encontrarían en esta nueva estructura
social un favorable terreno de cultivo.
En el fondo la Nueva Economía proporciona
un importante motor para la creación de
riqueza y los medios necesarios para una
transformación positiva de la economía de
los países industrializados en la dirección
de un mayor bienestar social sin acritud, o
sea con motivaciones más altruistas. Pero
para que esta eventualidad tome cuerpo se
necesita un nuevo entramado institucional en
el que las fundaciones y otros organismos
sin fines de lucro están destinados a jugar
un papel preeminente.
Lo mismo ocurre a nivel mundial en las
relaciones de los países industrializados
con los países en vías de desarrollo. El
tirón de la Nueva Economía en EE.UU y
ahora en Europa estimula un mayor
crecimiento del comercio mundial que
beneficia a los sectores exportadores de los
países menos desarrollados. Pero sin gestos
de solidaridad estos beneficios seguirán
concentrándose en pocas manos, y la mayor
parte de la población mundial seguirá sin
poder satisfacer las necesidades básicas.
Las instituciones sin ánimo de lucro, y en
particular las ONGs con vocación de ayuda
al desarrollo, deben jugar un papel
fundamental para la promoción de contratos
sociales mundiales movidos por la
solidaridad supra-nacional (el Grupo de
Lisboa, 1996, ha propuesto la idea de
contratos mundiales sobre necesidades básicas,
sobre la sostenibilidad planetaria, sobre el
diálogo de las culturas o sobre el
funcionamiento democrático; la idea de
“contrato” se interpreta como conjunto
de programas formales en los que se
movilizan los flujos de los mercados y las
nuevas tecnologías para luchar contra la
pobreza y la exclusión social mundial).
Evidentemente, la explosión de las
actividades privadas no lucrativas, tanto en
el ámbito de los países industriales
avanzados como a escala mundial, el rápido
crecimiento del asociacionismo, de las
fundaciones, de las ONGs tiene mucho que ver
con la crisis del Estado de Bienestar y de
la ayuda pública al desarrollo.
Las responsabilidades de la solidaridad pública
parecen desplazarse hacia el campo privado,
donde encuentran el apoyo de un creciente
altruismo. ¿Será posible este trasvase sin
perdida de bienestar de los más
necesitados? Por el momento la respuesta es
negativa, puesto que la divergencia entre
triunfadores y derrotados en la economía
competitiva contemporánea aumenta sin
cesar. Pero todo puede cambiar si se
encuentra el nexo entre la nueva
empresarialidad y los problemas de
redistribución de las ganancias del
crecimiento.
Los nuevos empresarios y el altruismo
La Nueva Economía corresponde a un periodo
en el que la actividad empresarial
tradicional (producir con mayor eficiencia
para satisfacer necesidades del mercado)
recibe nuevos impulsos por parte del sistema
financiero y del sistema tecnológico. La
empresa no puede ya simplemente dejar su
futuro en manos de los banqueros o su futuro
tecnológico en manos de los investigadores
universitarios. La gestión competitiva de
la empresa integra ahora estas tres
dimensiones: la productiva, la financiera y
la tecnológica.
Esta integración de nuevas formas de
pensamiento modifica la cultura empresarial.
La función productiva se apoyaba en el espíritu
de empresa, el deseo del empresario de dejar
huella en su entorno, de servir al
consumidor, de enriquecer al trabajador, y
al mismo tiempo, es obvio, de rentabilizar
la inversión. La función financiera y la
función tecnológica se apoyan, aunque de
distinta manera, en el espíritu de
especulación, de juego, se mueven en una
cultura del riesgo.
El empresario de la Nueva Economía es al
mismo tiempo emprendedor y especulador, opta
por el cambio y la innovación, tiene una fe
ilimitada en su capacidad de afrontar el
futuro. Es algo más que un empresario: es
un visionario que no cree en lo imposible.
Su cultura empresarial es mesiánica.
De lo que se deduce que el estereotipo de la
economía clásica, en el que el egoísmo es
la principal motivación del empresario
(concentrado en la obtención del mayor
beneficio posible) se transforma en
profundidad. Ciertamente el beneficio sigue
siendo una motivación central, que hasta se
ve reforzada por el juego especulativo, pero
la necesidad de innovación actúa como una
droga. La Nueva Economía nos tiene
acostumbrados a jóvenes emprendedores frenéticos,
aparentemente insaciables en su voluntad de
enriquecimiento.
Pero el aspecto mesiánico de la aventura
acaba transformando la naturaleza profunda
de la motivación. Confrontado tarde o
temprano a la cuestión social, el
empresario de la Nueva Economía con
frecuencia la concibe como un reto para su
capacidad de revolución productiva,
financiera y tecnológica.
De ahí el resurgir de interesantes
actividades sin ánimo de lucro en el campo
de la formación y de la educación, o de la
lucha contra la enfermedad, o de la ayuda a
los necesitados, financiadas por donaciones
de los nuevos empresarios, pero con una
voluntad de aportar la fuerza gestora que ha
sido la base de sus éxitos a los temas de
relevancia social.
El debate está lanzado; la cuestión social
está relacionada con problemas colectivos y
en principio requiere intervenciones públicas;
pero si estas no se producen ¿puede un
sector sin fines de lucro, pero financiado
por el poder empresarial, identificar
correctamente las necesidades sociales?, ¿no
podríamos encontrarnos, bajo la apariencia
del altruismo, con nuevas formas del “egoísmo
ilustrado” o, peor, con nuevos campos para
el ejercicio del poder económico?
¿Una sociedad más altruista?
Los apuntes anteriores han intentado poner
en evidencia que la crisis del Estado de
Bienestar y en general de la cooperación
internacional están abriendo las
posibilidades de desarrollo de una sociedad
más altruista en el plano privado. Pero la
fórmula de reemplazar actividades públicas
de economía social, por actividades
privadas altruistas tiene numerosos
problemas, en particular para su financiación,
y requiere el apoyo del mundo empresarial.
En principio ni la Nueva Economía, ni la
nueva empresa, son incompatibles con la
financiación de las actividades privadas de
interés social. ¿Lo conseguirán en un
periodo de tiempo razonable?. Existe una
duda razonable al respecto que debería
forzar a los Estados a reconsiderar su visión
a largo plazo de la cuestión social, en el
seno de los países industrializados y en el
resto del mundo.
Emilio Fontela es catedrático de la
Universidad de Ginebra (honorario) y de la
Universidad Autónoma de Madrid.
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