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      “La  Humanidad  tiene  razones  que  la  Razón  del  Hombre  ignora”    

NOTAS

Ciencia

La transformación del afecto en enfermedad

Dr. Luis Chiozza, Dr. Luis Barbero, Lic. Liliana Casali, Dr. Roberto Salzman

- 03.09.2001 - 


"Al llegar a su término,
por ahora indeterminable,
todos aquellos conocimientos
que hayamos logrado
adquirir en nuestro camino,
por mínimos que parezcan, se encontrarán
transformados en poder terapéutico."

(Freud, 1916-17, pág. 190)

I - ALGUNAS REFERENCIAS HISTÓRICAS

Desde la antigüedad las emociones fueron objeto de interés para la filosofía, la teología, la psicología y la fisiología. Numerosos pensadores —Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Maquiavelo, Bacon, Hobbes, Harvey, Pascal, Spinoza, Locke, Kant, Rousseau y W. James, entre otros— han explorado diferentes aspectos de la experiencia emocional como, por ejemplo, la naturaleza de la emoción y sus causas; su clasificación y enumeración; su consideración desde el punto de vista de la moral, la política y la oratoria; su relación con la razón y la voluntad; las alteraciones corporales en la emoción; la descripción de afectos particulares; etc. (Great Books, 1990).

En el siglo VI A.C. los griegos vincularon la fuerza sensitiva con el corazón y la fuerza mental o cognoscitiva con el cerebro. Desde la época de Hipócrates y de Galeno hasta el siglo XIX, el mundo médico suscribió la teoría de que los pensamientos transcurren por el cerebro, mientras que las emociones circulan por el sistema cardiovascular (Babini, 1980, págs. 38-39; Pribram y Melges, 1969, pág. 319).

La idea de que las emociones alteran el curso normal del funcionamiento del cuerpo se conoce desde la antigüedad. Aristóteles sostenía que la mera advertencia de un peligro no induce a la fuga "a menos que el corazón se conmueva". En la Edad Media, Santo Tomás de Aquino declara que "la pasión se encuentra donde hay una transmutación corporal" y describe algunos cambios somáticos que ocurren en el enojo y en el miedo (Great Books, 1990, págs. 329-330).

Descartes suele ser considerado como el primer autor que estudió metódicamente las emociones, separándolas de las consideraciones prácticas de la oratoria, la moral y la política (Dumas, 1933a, págs. 58-64; Great Books, 1989, pág 326). En su obra Las pasiones del alma, publicada en 1650, se apoya en los conocimientos científicos rudimentarios de su época, y vincula a los sentimientos con su manifestación en la fisonomía y en el sistema circulatorio (Dumas, 1933a).

En un libro que llegó a constituir una obra clásica sobre el tema, Darwin (1872a, pág. 8) estudia la expresión de las emociones en el hombre y en los animales. Considera que uno de los principios que rigen la expresión emocional es la reproducción, en un grado más débil, de acciones que fueron útiles en otra época, histórica o prehistórica, aunque carezcan de utilidad en la actualidad. En la configuración de la emoción tendría importancia la herencia de gestos, movimientos y costumbres que debieron adquirirse durante una larga serie de generaciones, y que aparecerían en los descendientes a una edad más temprana que aquella en la que fueron contraídos por sus antecesores.

Según Strachey, Freud (1926d *, pág. 126n) retoma esta idea de Darwin y desarrolla la teoría psicoanalítica de los afectos. El descubrimiento de que la represión de las emociones es determinante en la producción de las neurosis ubica a los afectos en un lugar central dentro de la teoría y la práctica psicoanalíticas.

El estudio psicoanalítico de las funciones corporales y de las enfermedades orgánicas (Chiozza, 1980a, págs. 136-137) busca interpretar esos fenómenos como desarrollos equivalentes específicos de afectos que permanecen inconscientes. Intentaremos realizar en este trabajo el camino complementario. Partiremos del estudio de los afectos para introducirnos en la tarea de identificar los signos físicos que configuran la clave de inervación específica de cada uno de ellos, y comprender el significado de esos signos como parte del acto motor, justificado en la filogenia, que los constituye.

II - FISIOLOGÍA DE LAS EMOCIONES

a. Introducción

Los estudios fisiológicos acerca de la emoción giran alrededor de dos teorías principales: las periféricas, que vinculan la emoción con las reacciones víscero-glandulares y las centrales, que sostienen que la emoción está condicionada por el sistema nervioso.

En 1884 James y Lange plantean la cuestión de la naturaleza de las emociones y postulan la tesis de que la emoción es la percepción de las sensaciones periféricas que corresponden a los cambios motrices, secretorios, vasculares, etc., que siguen a la percepción de un hecho excitante. Una emoción es inconcebible sin su expresión corporal; sólo resultaría entonces una forma puramente cognoscitiva, un juicio abstracto.

Las emociones particulares son la percepción de las diferentes sensaciones periféricas y la función de la corteza cerebral consistiría, en cuanto se refiere a los afectos, en recibir y percibir los cambios que se operan en cada uno de los órganos (Dumas, 1933b).

Autores posteriores discuten la idea de que la emoción es un fenómeno afectivo de naturaleza periférica. Cannon y Bard (en Pribram y Melges, 1969, pág. 319) sostienen que este aspecto es secundario, y que la emoción —resultado de la interacción córtico-talámica— estaría condicionada centralmente. El tálamo tiene conexiones con la corteza cerebral, que permite la conciencia de los procesos emocionales, y con los músculos y las vísceras, que expresan la emoción en todo el cuerpo.

Papez (1937) y MacLean asignan importancia tanto a los procesos viscerales como corticales. Sostienen, sin embargo, que el responsable del control visceral no es el tálamo sino el sistema límbico, que MacLean denomina cerebro visceral (Pribram y Melges, 1969, pág. 320).

Pribram y Melges (1969, págs. 316-342) desarrollan la teoría cibernética de las emociones y plantean que ellas constituyen un grupo de procesos que reflejan el estado de desorganización relativa de una configuración habitualmente estable de los sistemas neuronales, y constituyen también aquellos mecanismos que operan para restablecer el equilibrio inicial.

La reequilibración se efectúa a través del control sobre los estímulos que ingresan (input) más que sobre la acción en el ambiente, en tanto aquellos pueden interrumpir los planes que están en funcionamiento. Se produciría una discontinuidad temporaria, literalmente una "emoción" (término que proviene del latín e-movere que significa estar "fuera" o "lejos" del movimiento como acción sobre el mundo exterior).

Según Pribram y Melges (1969, págs. 316-342), un modelo excitatorio neuronal dado no produce una emoción sino que, más bien, ambos procesos se reflejan el uno al otro. La distinción entre ellos es parecida a la que existe entre el lenguaje compilado usado para programar una computadora y la secuencia electromagnética realizada por la máquina. Partiendo de un enfoque integral, consideran a la emoción desde dos marcos conceptuales de referencia: el social- comportamental, que comprende lo subjetivo intrapsíquico, y el biológico, que incluye lo físico, lo químico y lo neurológico. Esos diferentes universos del discurso permiten describir las imágenes "en espejo" que, aunque pueden desplegar características diferentes en los dos contextos, corresponden a sucesos idénticos.

b. Las emociones y el estrés

La Medicina vincula frecuentemente la influencia de las emociones sobre el organismo con la teoría del estrés, desarrollada por Hans Selye (1960). Este autor, interesado en comprender qué es la enfermedad, encuentra que la mayor parte de los signos y síntomas son comunes a prácticamente todos los trastornos. Describe el "sindrome de estar enfermo" y concibe una teoría unicista del enfermar. Sostiene que, aunque el daño pueda ser causado por una variedad de agentes nocivos, el organismo se defiende desarrollando una reacción general inespecífica, que denomina Sindrome de Estrés o Sindrome General de Adaptación (SGA) 1.

La palabra inglesa estrés significa, como sustantivo: "fuerza, peso, importancia; esfuerzo; tensión; acento, énfasis" y, como verbo: "someter a esfuerzo, dar importancia o énfasis, subrayar, poner de relieve" (Appleton's, 1962). Podemos pensar, por lo tanto, que su significación compromete aquello que describimos (Chiozza, 1979c, pág. 468) con el nombre de significancia —importancia del significado. En este sentido, el estrés aludiría a aquello que tiene "acento, énfasis, importancia", y el sindrome de estrés sería un sindrome de "énfasis", que puede ser desencadenado por cualquier agente que adquiere importancia. A veces tiene valor curativo y resulta estimulante, como en el caso de las tareas vitales nuevas y complejas.

Aunque en el empleo médico y psiquiátrico y, también en el uso cotidiano, suelen tomarse como equivalentes, Selye destaca que el estrés no es tensión nerviosa o emocional. Las emociones pueden ser uno de los múltiples agentes productores de estrés, así como las heridas, infecciones, traumatismos, venenos, etc., o bien pueden constituir uno de los síntomas subjetivos del sindrome de estrés. Por ejemplo, cualquiera que se siente agotado, que experimenta todo lo que está haciendo o le está ocurriendo como extenuante, tiene la vivencia de lo que significa la fase de agotamiento del estrés.

Desde un significado más amplio del que la palabra ha conservado actualmente, el estrés comprende tanto las modificaciones en la estructura y composición química del organismo, que son signos directos del daño o la lesión, como los cambios que son manifestación de las reacciones defensivas, o de adaptación. El estrés no constituye necesariamente una alteración en el estado de salud; puede ser el precio que se paga por el desgaste que se produce durante el vivir normal.

c. El cerebro y las emociones

Taylor (1979, págs. 36-37), basándose en los descubrimientos de Gall, describe la existencia de cuatro cerebros: 1) el cerebro antiguo o paleoencéfalo, al que denomina "el jefe de máquinas, cuya función es regular los latidos cardíacos, la respiración, el tamaño de los vasos, etc.; 2) el cerebro pequeño o cerebelo, que funciona como "el piloto automático" y se ocupa de los actos o habilidades que, ya aprendidos, se realizan "sin pensar"; 3) el cerebro nuevo o corteza cerebral, cuya función es la de ser "el capitán", y 4) el rinencéfalo2, que se relaciona con las emociones.

La corteza es el analista de la visión y el ejecutor del comportamiento. Funciona como una computadora a la que se recurre para efectuar estudios precisos y detallados, y parece referir sus hallazgos sobre el mundo al rinencéfalo, para que éste los "evalúe" emocionalmente. De acuerdo con Ewert (citado por Taylor, 1979, pág. 39), el cerebro nuevo "nos dice qué es" y el rinencéfalo "nos comunica si tiene importancia".

Olds (citado por Taylor, 1979, pág. 39) denomina al cerebro vinculado con las emociones "cerebro caliente" y a la corteza "cerebro frío". El primero "es impulsivo y porfiado, se impacienta por conseguir todo enseguida e intenta imponer sus normas al mundo exterior". El segundo "medita el futuro y calcula el resultado de sus actos; a veces dice 'no' al 'caliente' y trata de establecer la organización externa en la interna. Sin embargo, en los momentos extremos de miedo, ira o alegría, el cerebro 'caliente' se halla tan hiperactivado que ignora o acalla los datos provenientes de la corteza" (Taylor, 1979, pág. 40).

Según Koestler (citado por Taylor, 1979, pág. 40) los problemas humanos se deben al enorme desarrollo del cerebro "frío" a expensas de nuestros sentimientos, es decir, al exceso de razón que genera la búsqueda de propósitos intelectualmente impuestos, en aras de los cuales es posible encarcelar, torturar y matar. Considera que las emociones del cerebro "caliente" serían amistosas si éste se hallase exento del hipertrofiado dominio cortical.

Taylor (1979), en cambio, piensa que nuestro cerebro "caliente", que ansía poder, prestigio y riqueza, es poderoso y esclaviza al "frío", que ingenia, sumiso, proyectos y armas con los cuales alcanzar sus fines. Sugiere la posibilidad, si es que existe, de modificar las exigencias del cerebro "caliente" orientándolas en dirección más pacífica y comunitaria.

En un trabajo anterior acerca de las cefaleas y los accidentes cerebrovasculares, (Chiozza y col., 1991b) sostuvimos que el cerebro interviene preponderantemente en la actividad de pensar y que, por este motivo, el cerebro o la cabeza suelen arrogarse la representación de los procesos de pensamiento. Retomamos entonces la concepción de MacLean (1949) quien, de acuerdo con la antigüedad filogenética, diferencia tres cerebros: 1) el arquiencéfalo o cerebro "reptil", que regula el funcionamiento visceral y los mecanismos reflejos, y posee un sistema de alarma frente a la información sensorial; 2) el paleoencéfalo o cerebro "roedor", denominado también "cerebro caliente", que integra las emociones. Su vinculación con el cerebelo, órgano que incorpora las habilidades aprendidas y las transforma en hábitos automáticos, permite admitir la existencia de automatismos afectivos, adquiridos y heredados, tal como sostenía Darwin (1872a, págs. 7-32); y 3) el neoencéfalo (neocórtex) o "cerebro frío", que suele ser comparado con las computadoras digitales y está ligado a los procesos del pensamiento racional y a la ejecución de acciones voluntarias. Se considera que posee, asimismo, la importante función de inhibir o atemperar la conducta afectiva. Cobb (citado por Chiozza y col., 1991b) sostiene que esto último se deduce al observar las reacciones emocionales intensas (por ejemplo, ataques de ira) que se producen cuando, por medio de lesiones experimentales, se libera al arquiencéfalo y al paleoencéfalo del control ejercido por el neoencéfalo.

De acuerdo con la teoría psicoanalítica, la descarga afectiva es una de las manifestaciones que proviene de la organización pulsional, y cuando la descarga se realiza a plena cantidad, se configura un afecto primario, que corresponde a lo que suele denominarse una "pasión". Tal como lo planteamos en un trabajo anterior (Chiozza y col. 1991b), si la descarga de una pasión resulta displacentera para una parte del yo, o se genera un conflicto entre emociones contradictorias, puede surgir la necesidad de atemperar los afectos, proceso que se realiza a través del trabajo del pensamiento, es decir, de la ligadura que integra los componentes ideativos del afecto conflictivo con los de otros afectos o con procesos cogitativos y juicios previos. En otras palabras: las investigaciones desarrolladas por la neurofisiología acerca del cerebro y, más específicamente, de la corteza cerebral, coinciden con los hallazgos provenientes del psicoanálisis en sostener que una de las funciones de los pensamientos es la de atemperar las emociones.

d. Las emociones y el sistema límbico

Los estudios neurofisiopsicológicos (MacLean, 1949; Balcells Gorina y col. 1965; Best & Taylor, 1991) han puesto de relieve la importancia que tiene el sistema límbico en la organización de la vida instintivo-afectiva, así como en la modulación de las funciones viscerales y endócrinas.

En el rinencéfalo pueden reconocerse dos grandes componentes, el lóbulo olfatorio en la parte basal y el lóbulo límbico, formado por las estructuras dispuestas circunferencialmente alrededor del hilio del hemisferio y limitadas por fuera por el surco del hipocampo, continuado por el seno del cuerpo calloso.

En el lóbulo límbico se distingue un limbo medular, formado por la fimbria y el fórnix, y un limbo cortical o hipocámpico. El hipocampo tiene su mayor desarrollo en el hombre y es sumamente importante, no solo por su morfología compleja sino por su significación funcional.

Al rinencéfalo se aproximan otras estructuras vecinas, que caben en una idea amplia del sistema límbico: la circunvolución del cuerpo calloso, el istmo del gran limbo cortical de Broca, la región de la ínsula, la corteza orbitaria y la región teletemporal.

El sistema límbico guarda íntimas conexiones con el hipotálamo y con la formación reticulada mesencefálica. Basándose en la disposición circunferencial de las estructuras en cuestión, Papez (Balcells Gorina y col., 1965, pág. 990) propuso un "circuito" que, partiendo del hipocampo, pasa a través del trígono a los tubérculos mamilares y luego por el fascículo mamilotalámico, a los núcleos anteriores del tálamo, de donde prosigue hacia el giro cingular y de nuevo hacia el hipocampo. Sin embargo, parecería que no está demostrado que existan conexiones importantes que "cierren" este circuito rinencéfalo-diencéfalo-rinencefálico. Mayor justificación anatómica e importancia funcional parece tener el circuito retículo-rinencéfalo-reticular descripto por Adey (Balcells Gorina y col., 1965, pág. 990), que arranca de la formación reticulada mesencefálica, pasa a las áreas talámicas y septales, ingresa por el trígono hacia el hipocampo, pasa al lóbulo olfatorio posterior y de nuevo se proyecta, a través de la stria medullaris, sobre la sustancia reticulada.

En conjunto, el sistema límbico tiene una acción que puede llamarse moduladora, en comparación con la función analizadora de la corteza. Interviene como eslabón fundamental en la integración de la vida emocional del hombre aunque, a su vez, "el sistema límbico se va construyendo a sí mismo -en sentido anátomofuncional- a lo largo de la vida humana, sobre todo en los primeros años, de acuerdo con las sucesivas integraciones emocionales en que va participando" (Balcells Gorina y col., 1965, pág. 990).

El lóbulo límbico recibe informaciones de todos o prácticamente todos los sistemas aferentes. Además de intervenir de manera importante en los registros mnésicos, en la modulación endocrina y de los mecanismos de defensa, interviene en la modulación de las funciones orales, sexuales, y de los comportamientos emocionales (principalmente el miedo y la cólera). Es un eslabón primordial en la regulación de la actividad visceral. Influye sobre una profusión de actividades efectoras vegetativas y también somatomotoras y tiene una participación preponderante en la neurofisiología de las integraciones emocionales.

En tanto la emoción se configura como un proceso de descarga vegetativa, sensorio-motora, el sistema límbico, cuya función consiste en regular dichos procesos, parecería actuar como la central organizadora (de los componentes somáticos) de la clave de inervación, que determina la figura específica de cada afecto particular.

III - LA TEORÍA PSICOANALÍTICA DE LOS AFECTOS

Freud desarrolló sus ideas sobre los afectos en distintos pasajes de su obra, sin reunirlos en una concepción sistemática. Tal vez la dificultad de integrar sus afirmaciones en una teoría unificada dio lugar a controversias, que subsisten hasta la actualidad, entre los autores psicoanalíticos. Los trabajos que acerca del tema publicaron Brierley (1951), Rapaport (1962), Rangell (1967), Sandler (1972), Green (1973) y Limentani (1977), muestran la existencia de diferentes lecturas de los textos freudianos y de sus implicancias para la teoría y la práctica clínica.

En el Apéndice al trabajo de Freud "Las neuropsicosis de defensa" (1894a *, págs. 62-66), Strachey señala que en numerosos pasajes de varias obras Freud parece emplear indistintamente los términos afecto , emoción y sentimiento. Sin embargo, su distinta denominación parece aludir a matices que los diferencian. La etimología señala que el término "afecto" deriva del latín afficere, "influir, obrar sobre alguno", "afectar" (Blánquez Fraile, 1960). Un "afecto" es, entonces, en primera instancia, algo que "afecta" al yo. Cuando el afecto, por la deformación de la clave mediante la cual se descarga, no puede ser reconocido como tal, suele ser percibido por la conciencia como una "afección" somática, privada de su significado emotivo (Chiozza, 1975b). La palabra emoción proviene del francés emouvoir, que significa "conmover", "emocionar" (Corominas, 1961). Está formada por motion, "mover", "poner en movimiento", y por la partícula e- que, según Skeat (1882) quiere decir out. que significa "fuera", "sin participación en", y much equivalente a "mucho". De allí que el término emoción puede aludir, como señalan Pribram y Melges (1969), a estar fuera del movimiento que implica una acción sobre el mundo exterior, o puede referirse al movimiento afectivo que, como conmoción neurovegetativa, recae sobre el yo. El término "sentimiento" deriva del latín sentire, que condensa los significados de "sensación", "percibir a través de los sentidos" y "darse cuenta de algo", "pensar, opinar". (Blánquez Fraile, 1960; Corominas, 1961). Pensamos que, en un sentido más restringido, la palabra "sentimiento" designa a los afectos que, atemperados por los procesos de pensamiento, llegan a la conciencia y allí reciben un nombre (Chiozza, 1976a).

En diferentes pasajes de su obra, Freud afirma que la agencia representante de la pulsión consta de dos elementos: a) la representación o idea, y b) el factor cuantitativo o energía pulsional que inviste la representación, y que denomina "monto de afecto" o "suma de excitación", términos que según Strachey Freud equipara (Freud, 1894a *, pág. 61). El afecto aparece, entonces, como una cantidad, es decir, como algo que es susceptible de aumento, disminución, desplazamiento o descarga. Sin embargo, en un artículo que escribe en francés (Freud, 1893c *, págs. 208-210), utiliza la expresión "valor afectivo", cuyos términos comprometen una idea de significación que va más allá de la mera cantidad.

Freud (1915d *, pág. 151; 1915e *, pág. 174) sostiene que la meta genuina de la represión es la sofocación del afecto y establece diferencias entre los afectos o emociones inconcientes y las ideas o representaciones inconcientes. La posibilidad de acceso a la conciencia de una idea inconciente depende de la transferencia de una investidura inconciente actual sobre huellas mnémicas preconcientes verbales o visuales, mientras que los afectos son procesos actuales de descarga, cuyas exteriorizaciones últimas son percibidas como sensaciones y sentimientos. Considera que no puede hablarse de afectos inconcientes en un sentido análogo al que utilizamos cuando nos referimos a las representaciones inconcientes. A diferencia de la idea inconciente, que sigue existiendo como formación "real", "al afecto inconciente le corresponde sólo una posibilidad de planteo (o amago) a la que no se le permite desplegarse". Esta disposición potencial al desarrollo de afecto constituye las "formaciones de afecto" (Freud, 1915e *, pág. 174) o "estructura afectiva disposicional inconciente" (Chiozza, 1976c, pág. 219).

El afecto se configuraría entonces como disposición o potencia en lo inconciente y como actualidad3 en la conciencia, en tanto posee las características de la sensación somática (Freud, 1917d *, pág. 222; Chiozza, 1991b, págs. 31-32). El afecto como actualidad es un acto, un proceso de descarga que incluye: 1) determinadas inervaciones o descargas motrices (inervación secretora y vasomotriz), y 2) ciertas sensaciones que son de dos clases, percepción de las acciones ocurridas y sensaciones directas de placer y displacer que prestan al afecto su tono dominante (Freud, 1916-1917*, pág. 360), con diferentes gamas y matices.

Los afectos constituyen una clase determinada de procesos de descarga: son actos motores o secretores que se realizan en el propio cuerpo, a diferencia de la acción específica, eficaz, que se desarrolla sobre el mundo "exterior". Freud considera que los afectos tienen una clave de inervación que está situada en las ideas del inconciente (Freud, 1900a *4, pág. 573) . La palabra "inervación" parece tener un significado ambiguo. Si bien se usa en Medicina para denominar la distribución anatómica de los nervios del organismo o de alguna región del cuerpo, Strachey (ibídem) interpreta que Freud la utiliza más a menudo para denotar la transmisión de energía a un sistema de nervios, específicamente a un sistema de nervios eferentes, para indicar un proceso que tiende a la descarga de energía. Freud (1900a *) utiliza el término "clave" para indicar, además, que la descarga se realiza de acuerdo con una particular figura o configuración.

La interpretación de los fenómenos histéricos y su comparación con los afectos llevó a Freud (1916-17*) a un nuevo enfoque. Por extraño que pueda parecer, entre los numerosos autores que se han ocupado de la teoría psicoanalítica de los afectos, la gran mayoría —Brierley (1951) y Rapaport, (1962) son una excepción— no han reparado en esta fundamental contribución freudiana a la comprensión simultánea de los afectos y la histeria. Freud sostiene que el ataque histérico, que constituye la reminiscencia de un suceso individual perteneciente a la vida infantil, sería comparable a un afecto neoformado. El afecto normal, en cambio, equivale a la expresión de una histeria general, universal, que se ha hecho hereditaria (Freud, 1916-17*, pág. 360). Los afectos serían equivalentes a ataques histéricos heredados y universales (Freud, 1926d *, pág. 126), es decir, son reminiscencias, símbolos mnémicos que, en lugar de corresponder a una situación actual, constituyen un "modo de recordar" un suceso pretérito que permanece fuera de la conciencia (Chiozza, 1976c, pág. 220). Este suceso arcaico es un acontecimiento motor que pertenece a la filogenia y que, en su momento, fue "justificado" por su adecuación a un fin. Los afectos son los arquetipos normales de los ataques histéricos (Freud, 1926d *, pág. 126).

Para explicar el ataque histérico es necesario buscar en la historia personal —ontogenia infantil— la situación en la que los movimientos correspondientes formaron parte de una acción justificada (Freud, 1926d *, pág. 126). El acto motor vegetativo denominado afecto es, en las condiciones actuales en que se produce, tan "injustificado" como un ataque histérico. Si, cuando un sujeto se enoja, "se pone colorado, aumenta su presión sanguínea y circula más sangre por sus músculos, es porque lo que es hoy una discusión era, en el pasado remoto, una pelea física para la cual tenían sentido esos cambios corporales" (Chiozza, 1986a, pág. 79). A diferencia de la acción específica, eficaz, que se ejerce sobre el mundo exterior y satisface la necesidad, el afecto es una acción ineficaz, pues, a la manera de un síntoma histérico, se descarga sobre el propio organismo y sólo puede lograr que la excitación cese momentáneamente, a expensas de recrearla en otra zona erógena (Chiozza, 1976 c, pág. 218). El hecho de que los afectos son "universales" explica que pase desapercibido, para la conciencia, su carácter de síntomas.

En el trabajo citado anteriormente (Chiozza y col. 1991b) diferenciábamos las acciones "eficaces, específicas", de las acciones "justificadas". Señalábamos entonces que las acciones eficaces son aquellas que logran hacer cesar las excitaciones que emanan de las

fuentes pulsionales. En tanto cada fuente pulsional es cualitativamente diferente, queda implícito que estas acciones deben ser específicas y, por ese motivo, Freud en su Proyecto ... (1950a *) las denomina acciones específicas. Las acciones son justificadas, en cambio, cuando su sentido, su dirección hacia la meta, o su finalidad, resultan comprensibles, independientemente de cuál sea su eficacia.

En relación al origen de los afectos, Freud (1950a *) plantea que cuando no se logra realizar la acción específica, eficaz, que lleva a la alteración "exterior", los afectos surgen como una vía de descarga hacia la alteración "interior", y operan al modo de una válvula reguladora. Cuanto menos eficaz resulta la acción, mayor es el remanente de excitación que se descarga como afecto; cuanto mayor es la eficacia del acto en el mundo exterior, menor es el desarrollo de afecto (Chiozza, 1976c). La acción y el afecto constituyen una serie complementaria.

Cuando la pulsión reinviste la huella mnémica de la experiencia de satisfacción, se conforma el deseo inconciente. El deseo se experimenta como ganas de y se acompaña de sensaciones corporales, de allí que cada deseo posea su particular clave de inervación y sea cualitativamente específico. Cuando el deseo se descarga como realización, constituye una acción eficaz que sigue las pautas de la clave de inervación correspondiente a ese acto específico y culmina en la satisfacción de la necesidad que "sostenía" al deseo. "Una parte" de ese deseo se descarga siempre, al mismo tiempo, como cumplimiento, configurando un afecto, es decir, una descarga sobre el propio cuerpo, que sigue una pauta filogenética, la huella mnémica de un suceso motor que formó parte de un acto justificado en la prehistoria y actualmente injustificado. Cuando la descarga eficaz resulta lograda, el remanente afectivo queda integrado con la acción, constituyendo un acto pleno de sentido (Chiozza, 1995g).

La descarga afectiva cobra, posteriormente en el Proyecto... (Freud, 1950a *), una función secundaria al llamar la atención del objeto auxiliador, y sirve entonces para el entendimiento con los otros. De este modo los afectos configuran, en un cierto sentido, a los fines de la comunicación, una acción eficaz.

Tal como hemos visto los afectos, las emociones, o los sentimientos, constituyen un modo inconciente de repetir un suceso pretérito filogenético que, como recuerdo, permanece fuera de la conciencia. Podemos preguntarnos ahora de que depende, entonces, la posibilidad de aquello que denominamos crecimiento, o progreso, en la vida emocional de un sujeto. Cuando nos ocupamos de investigar el significado inconciente de las cardiopatías isquémicas (Chiozza y col., 1983 b) reclamó nuestra atención el hecho de que determinados afectos permanecen, en algunas personas, como disposiciones inconcientes que nunca fueron actuales. Tales disposiciones pueden pre-sentirse, constituyendo lo que denominamos protoafectos, o desarrollarse plenamente, actualizándose como emociones que son "nuevas" para esa persona. El crecimiento emocional de un sujeto dependerá, por lo tanto, no solamente de la posibilidad de atemperar algunas pasiones, sino también de cuales serán las disposiciones afectivas inconcientes que se actualizarán en su vida, permitiéndole "desplegarse" en la plenitud de su forma.

Basándonos en las ideas de Freud, afirmamos (Chiozza, 1986a, págs. 70-80) que el afecto posee las características de los fenómenos "somáticos" y "psíquicos". Por un lado, es una descarga "real", somática, y por el otro una reminiscencia, un "recuerdo" psíquico.

Todo afecto cualitativamente diferenciado puede ser reconocido como tal, precisamente porque posee una particular "figura". Cada emoción distinta es un movimiento vegetativo, que proviene de una excitación nerviosa que se realiza de una manera típica, determinada filogenéticamente por una huella mnémica inconciente, por un "registro" motor y sensorial heredado, que corresponde a lo que Freud denominó "clave de inervación" (Freud, 1900a* pág. 573; Chiozza, 1976c, pág. 219).

La clave de inervación del afecto es una idea inconciente que determina la particular cualidad de cada una de las distintas descargas motoras vegetativas que caracterizan a los diferentes afectos. Cuando un afecto conserva íntegra la coherencia de su clave, es posible reconocerlo como una determinada emoción.

A diferencia de las neurosis y psicosis, en las que la coherencia del afecto se conserva, sostuvimos (Chiozza, 1975b, pág. 250) que en la enfermedad somática se produce una "descomposición patosomática" del afecto. Cuando una emoción que resulta intolerable a la conciencia se reprime, la importancia o investidura puede desplazarse "dentro" de la misma clave de inervación, de modo que algunos elementos de la clave reciben una carga más intensa, en detrimento de otros. Cuando el proceso de descarga se produce a partir de esa clave "deformada", la conciencia no registra un afecto, percibe una "afección", un fenómeno que categoriza como "somático", precisamente porque la cualidad psíquica, el significado afectivo de ese fenómeno, permanece inconciente (Chiozza, 1975b).

IV - AFECTOS FUNDAMENTALES Y ALGUNAS DE SUS INERVACIONES

"Es tan poco lo que hay
sobre la psicología de los procesos
de sentimiento, que las siguientes,
tímidas, puntualizaciones,
tienen derecho a reclamar
la mayor indulgencia."

(Freud, 1926d *, pág. 158)

a. Clasificación de los afectos

Freud (1926d *) sostuvo que los afectos son típicos y universales, sin embargo, tal como lo señala Bateson (1972, págs. 398-399), el lenguaje humano dispone de miles de palabras para designar a los objetos y muy pocas para designar afectos. La enorme riqueza, en variedades y matices, de los estados afectivos humanos, pasa así, en cierto modo, desapercibida, porque, aunque es posible concientizar afectos sin intermediación de la palabra, la carencia de vocablos alusivos a esas variedades y matices, determina que no podamos referirnos a ellos claramente, durante los procesos de comunicación o pensamiento.

A partir de Freud, caracterizamos (Chiozza, 1972a, pág. 195) distintos tipos de afectos. Cuando la descarga se realiza a plena cantidad estamos en presencia de un "afecto primario", que equivale a lo que se denomina una pasión. La atemperación de las emociones a través del proceso de pensamiento, o de la elaboración psíquica, configura un "afecto secundario", que corresponde a lo que suele llamarse sentimiento. Agregamos (Chiozza y col. 1991b, págs. 179-180) que la "nominación" de los afectos primarios o secundarios, su enlace con representaciones palabra adecuadas, puede alcanzar una nominación verbal "impasible", despojada totalmente de emoción, tal como ocurre en la formación del pensamiento lógico.

Entre las emociones encontramos algunas que son típicas y reconocidas como tales por una gran mayoría de personas, como la envidia, el odio, el rencor, el asco, la vergüenza, el anhelo, la nostalgia, etc., y también diferentes matices afectivos para cuya nominación el lenguaje resulta insuficiente (Bateson, 1972). La investigación psicoanalítica de los trastornos somáticos ha conducido a descubrir afectos que, por lo habitual, no son reconocidos o nominados como tales. Debido a la falta de vocablos unívocos para designarlos se hizo necesario recurrir a expresiones como, por ejemplo, el "sentimiento de ignominia" (Chiozza y col. 1983b, pág. 294), el "sentimiento de propiedad" (Chiozza y Obstfeld, 1991a, pág. 111) y los sentimientos de "desmoronamiento" y de "infracción" (Chiozza y col. 1991c, págs. 148-149), o a giros lingüísticos tales como el "estar en carne viva" o el "estar escamado" (Chiozza y col.,1991f, págs. 33-34).

La mayor parte de los estudios realizados en Medicina sobre la fisiología de los afectos suelen referirse a la relación entre el sistema nervioso y los cambios motores, secretorios, vasculares, etc. que configuran la descarga emocional, o a la relación entre las emociones y el estrés. No hemos encontrado en las investigaciones médicas consultadas5 una vía de acceso a la comprensión de la "figura" particular de los diferentes afectos. Los trabajos clásicos acerca de la expresión de las emociones que desarrollaron Darwin (1872) y Dumas (1933), o los más actualizados, que provienen del campo de la Etología (Lorenz, 1965; Morris, 1967), permiten, en cambio, identificar signos físicos típicos, que forman parte de la expresión específica y particular de determinados afectos.

Dumas (1933c, págs. 278-280) diferencia dos tonalidades afectivas básicas: lo agradable y lo desagradable, que corresponderían a las sensaciones de placer y displacer que, de acuerdo con Freud (1916-17*, pág. 360), confieren al afecto su tono dominante.

En "El corazón tiene razones que la razón ignora" (Chiozza, 1978f, págs. 357-362) decíamos que la fundamental participación de la actividad vasomotora en el acontecimiento que llamamos emoción, permite comprender que el corazón, un vaso modificado hasta alcanzar una gran complejidad funcional, se preste para simbolizar a los sentimientos en general y, en especial, al proceso mediante el cual se prefiguran o pre-sienten los afectos. Señalábamos también que el ritmo cardíaco, el fenómeno que más típicamente caracteriza al corazón, se adjudica, como si se tratara de una especie de metrónomo o marcapaso, la representación del tono afectivo que cualifica al instante que se vive, de modo que el corazón es al tiempo lo que el ojo es al espacio.

Darwin (1872b, pág. 61) y Dumas (1933d, pág. 440) afirman que casi todos los fisiólogos y los psicólogos han clasificado a las emociones en dos grandes grupos: 1) las que excitan, dentro de las cuales Darwin coloca en primera línea a la alegría y a la cólera, y 2) las que deprimen, entre las cuales ubica a la tristeza y al miedo.

Dumas (1933d, pág 442), en cambio, sostiene que las emociones tienen una forma activa, que se traduce mediante reacciones de excitación (propias del sistema nervioso simpático: taquicardia, hipertensión, hipertonía, horripilación, etc.) y una pasiva, que se caracteriza por reacciones de depresión (correspondientes a la acción del sistema nervioso parasimpático: bradicardia, hipotensión, hipotonía, etc.). Distingue cuatro emociones principales: la alegría, la tristeza, el miedo y la cólera, y describe, como hemos dicho, una expresión activa, y una pasiva, para cada una de ellas.

Consideramos que cada una de estas emociones básicas nuclea un grupo de afectos emparentados entre sí. Estos afectos comparten algunos signos físicos de una clave de inervación común y presentan otros diferentes, que le otorgan un matiz particular a su figura y a su significación. Así, por ejemplo, la cólera, la ira, la furia, la rabia, el enojo, el enfado, el rencor, el encono y el resentimiento, son distintas emociones que integran un mismo grupo afectivo.

Freud (1915c *, pág. 128) plantea que la vida anímica se organiza alrededor de tres polaridades básicas, una de las cuales está constituida por el par amor-odio que, a su vez, presenta una correspondencia con las fuerzas de atracción y de rechazo que operan en el ámbito del universo. Ambos conceptos, tanto el que se vincula con el "mundo" psíquico como el que se refiere al físico, aluden a dos tipos fundamentales de relación: uno signado por la valencia positiva, que promueve atracción y acercamiento, y otro caracterizado por la valencia negativa, que provoca rechazo y alejamiento. Pensamos que la tristeza y la alegría se constituyen, predominantemente, como vicisitudes del amor; la cólera y el miedo, en cambio, como vicisitudes del odio.

Dentro del orden de los afectos, en la esfera del pathos, encontramos otro modo de referirnos a estas dos formas básicas de vínculo: la "simpatía" y la "antipatía".

La palabra simpatía —del griego syn (con) y pathos (pasión)— significa "sentir con", es decir, una "inclinación natural a participar de los sentimientos e impresiones que los demás experimentan" (Corominas, 1961). Antipatía, por el contrario, es "repugnancia, aversión, repulsión que instintivamente se experimenta hacia una persona o cosa". Los vocablos amor, atracción, agrado son sinónimos de simpatía, y las palabras odio, repulsión, desagrado, sinónimos de antipatía (Sainz de Robles, 1979).

Weizsaecker (1947, págs. 106-109) sostiene que, junto a las categorías ónticas, existen cinco categorías páticas constituidas por el querer, el poder, el deber, el "tener permiso de" y el "estar obligado a", las cuales, interrelacionadas entre sí, configuran una especie de estructura pentagonal, un "pentagrama pático", que encuadra el sentido de toda vida humana. Cada una de esas categorías constituye un estado afectivo, y para referirnos a cualquiera de ellas solemos utilizar la palabra sentimiento. Óntico es todo lo que pertenece a la categoría del ser actual. Todo lo que es, es óntico. Pático, en cambio, es lo que pertenece a la categoría del pathos, es decir del sentir o, también, del padecer, aquello que se quiere, se puede, se debe, se tiene permiso de, o se está obligado a, ser, justamente porque todavía, sin embargo, no se es.

Desde ese punto de vista podemos decir que la actualidad del padecer consiste, precisamente, en una disposición latente para ser lo que, actualmente, no se es. Los afectos, como ataques histéricos universales y congénitos, no sólo conmemoran un acontecimiento filogenético caracterizado por el sufrir una carencia, sino que, como hemos visto, perpetúan, en el presente, una falta que testimonia el grado de fracaso de una acción eficaz, fracaso que se resignifica con una eficacia secundaria gracias a que el afecto adquiere un nuevo sentido como acto de comunicación.

Freud (1915c *, pág. 131) afirma que "Cuando el objeto es fuente de sensaciones placenteras, se establece una tendencia motriz que quiere acercarlo al yo, incorporarlo a él; entonces hablamos también de la 'atracción' que ejerce el objeto dispensador de placer y decimos que 'amamos al objeto'". Podemos pensar, por lo tanto, que, en rasgos generales, así como la proximidad del objeto amado engendra las emociones emparentadas con la alegría, la pérdida de ese objeto desencadena afectos que pertenecen al grupo presidido por la tristeza.

De acuerdo con Freud (1915c *), "el odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor: brota de la repulsa primordial que el yo narcisista opone, en el comienzo, al mundo externo prodigador de estímulos"[...] "Cuando el objeto es fuente de sensaciones de displacer, una tendencia se afana en aumentar la distancia entre él y el yo, en repetir con relación a él, el intento originario de huida frente al mundo exterior emisor de estímulos. Sentimos la `repulsión' del objeto, y lo odiamos; este odio puede después acrecentarse convirtiéndose en la inclinación de agredir al objeto con el propósito de aniquilarlo". Podemos pensar entonces que de la tendencia básica de odio-rechazo-antipatía, surgen dos grupos de afectos diferentes: uno vinculado con un acto motor justificado de huida, el miedo, y otro relacionado con un acto motor justificado de ataque al objeto, la cólera.

b. En torno del dolor, del duelo, de la tristeza y del llanto

A pesar de que solemos diferenciar claramente un dolor que llamamos físico de otro que denominamos pena o dolor psíquico, ambos acontecimientos, en cuanto constituyen, en sus "últimas" manifestaciones, estados de conciencia, son, por su conclusión, procesos psíquicos. Por lo tanto los adjetivos físico y psíquico , cuando los aplicamos al dolor, lejos de intentar tipificar las cualidades del suceso, deben necesariamente constituir el modo en que afirmamos, implícita o explícitamente, una teoría acerca de su origen.

En numerosos pasajes de la obra de Freud, desde el Proyecto... (1950a *, pág, 364-365) hasta Inhibición, síntoma y angustia (1926d *, pág. 159), encontramos la distinción entre el dolor físico y el psíquico. El dolor físico ocurre cuando un estímulo anormalmente intenso, partiendo de la periferia, o de los órganos internos, vence los dispositivos de protección, y actúa, entonces, como un estímulo pulsional continuado del cual es imposible sustraerse. El dolor psíquico, en cambio, es la genuina reacción frente a la pérdida de un objeto que, por obra de una necesidad actual, recibe una investidura " ... intensiva, que ha de llamarse 'añorante' "(Freud, 1926d *, pág. 159)6.

En cuanto a las diferencias cualitativas existentes entre el dolor psíquico, el duelo, y la tristeza7, por un lado, y el estado afectivo que denominamos angustia, por el otro, provienen, en opinión de Freud (1926d * pág. 160), de que el dolor anímico surge como consecuencia de la intensa investidura que deriva de un necesidad actual insatisfecha, "desesperada" y traumática, del objeto añorado y ausente, que se experimenta como un daño, mientras que la angustia es el producto de una vivencia de peligro que sólo es posible cuando la necesidad no es actual.

Freud (1926d *, pág. 159) sostiene que en la añoranza "... falta por completo el factor, esencial para el dolor, de la estimulación periférica", pero, señala que " ... no dejará de tener sentido que el lenguaje haya creado el concepto de dolor interior, anímico, equiparando enteramente las sensaciones de la pérdida del objeto al dolor corporal".

En Introducción del narcisismo Freud (1914c * pág. 79) se hace solidario con la afirmación de Busch, quien, refiriéndose al poeta con dolor de muelas dice que "En la estrecha cavidad de su muela se recluye su alma toda". A consecuencia del dolor corporal, sostiene (Freud, 1926d *, pág. 160), se genera una investidura elevada, narcisista, del lugar que duele. En otras palabras: un estancamiento hipocondríaco (Freud, 1914c, pág. 80), ya que recibimos entonces " ... representaciones espaciales, y de otras partes del cuerpo, que no suelen estar subrogadas en el representar conciente" (Freud, 1926d *, pág. 160).

En este punto Freud (1926d *, pág. 160) escribe: "La intensiva investidura de añoranza, en continuo crecimiento a consecuencia de su carácter irrestañable, del objeto ausente [perdido] crea las mismas condiciones económicas que la investidura de dolor del lugar lastimado8 del cuerpo y hace posible prescindir del condicionamiento periférico [propio] del dolor corporal". Y añade: "La representación-objeto, que recibe de la necesidad una elevada investidura, desempeña el papel del lugar del cuerpo investido por el incremento de estímulo. La continuidad del proceso de investidura y su carácter no inhibible, producen idéntico estado de desvalimiento psíquico."

En los procesos de duelo (Freud, 1917e *, pág. 252), continúa diciendo, el examen de la realidad exige realizar el trabajo de "perder" al objeto, desligándose de él, en todas las situaciones en que ese objeto (Objekt) fue motivo (Gegenstand) de una investidura elevada9. Ese trabajo, elaborativo, de pérdidas repetidas, es doloroso, porque la investidura actual de añoranza es elevada e incumplible (Freud, 1926d *, pág. 161).

La etimología y el significado de las palabras duelo10, pena11, aflicción 12 y pesar13, que comprometen los sentimientos de culpa, castigo y condena, muestra que el proceso de duelo se integra en una serie continua en uno de cuyos extremos se halla la enfermedad, y la alteración del ánimo, que obtiene su nombre del sentimiento llamado melancolía14, caracterizado por una forma de tristeza "vaga, profunda, sosegada y permanente" (Real Academia Española, 1950) en la cual predominan la amargura y el humor bilioso.

Tal como surge de los párrafos que citamos antes, Freud aproxima la metapsicología del dolor psíquico a la del dolor físico, hasta un punto en que casi las convierte en coincidentes. Pero podemos encontrar, además, en sus afirmaciones, otras implicancias, ya que Freud equipara al dolor psíquico con el proceso de duelo y con la tristeza, que es un estado afectivo y, en tanto tal, un proceso de descarga actual y "real".

Podemos entonces afirmar que, en los procesos de descarga que corresponden al afecto, los componentes actuales que se manifiestan como sensación somática ("hipocondríaca") mimetizan las condiciones que, durante el dolor físico, se generan por la "percepción" de un trauma periférico presente, o por obra de estímulos surgidos de una sobreexcitación somática.

El dolor "físico", como producto de una acción traumática periférica, o como consecuencia de un estancamiento hipocondríaco narcisista que equivale a una sobreinvestidura, posee realidad y actualidad. El dolor "psíquico", como producto de la perdida de un objeto añorado cuya ausencia determina, por la carencia de satisfacción, una sobreinvestidura, también posee, por la carencia, realidad y por la sobreinvestidura, actualidad.

Ambos sucesos, por lo tanto, en cuanto constituyen procesos de descarga de sobreinvestiduras, poseen las características de la cantidad y también las de la cualidad de las distintas metas pulsionales. Por esta razón pudo decir Freud (1926d *, pág. 160) que " ... si un interés de otra índole provoca distracción [...] aún los dolores corporales más intensos no se producen". Y aclara: "no es lícito decir aquí: permanecen inconcientes".

Como vemos, el dolor corporal posee una característica que Freud (1915e *, pág. 174) atribuye a los afectos: en lo inconciente no permanece como actualidad, sino como una disposición potencial que sólo "se produce" durante la descarga. Pero, además, el dolor corporal no sólo depende, para "su producción", de la magnitud de sus investiduras, sino que, tal como ocurre con distintos afectos, puede impedirse mediante la substracción de las investiduras de atención, o el desplazamiento de los montantes de excitación sobre una clave de inervación, que determina un cambio en la cualidad de la descarga afectiva.

Tampoco parece injustificado atribuir, al dolor físico, otra de las características que la teoría psicoanalítica atribuye a los afectos. En tanto puede ser contemplado como el monumento conmemorativo, o la reminiscencia de un suceso filogenético que en su origen se adecuaba a un fin, podemos afirmar que el dolor corporal constituye una fantasía inconciente que se expresa mediante claves de inervación específicas.

Podemos pensar que el estado de necesidad añorante, que puede manifestarse como desamparo15, y que motiva, en opinión de Freud, la experiencia que se denomina "dolor psíquico", constituye además el fundamento de un grupo de afectos emparentados, todos ellos, con la nostalgia y el anhelo, tales como la ambición, los celos, la tristeza, la penuria, el sentimiento de condena y, también, la culpa y la vergüenza. Cada una de estas emociones, en tanto posee un nombre diferente, será también el producto de la investidura y la descarga de una clave distinta, que compartirá, con las claves de los sentimientos próximos, algunas inervaciones comunes.

Especialmente importante, en cuanto se refiere al dolor "psíquico", es el fenómeno del llanto, en el cual confluyen la efusión de lágrimas, los sollozos, y los gritos o lamentos. Los sollozos, los gritos, o los lamentos, pueden faltar en el llanto, ya que su característica principal reside en la efusión de lágrimas. El llanto, tal como lo demuestra la experiencia, integra distintos estados emotivos y puede adquirir formas distintas, pero se configura, en su origen, como un acto motor arcaico específicamente vinculado con el doloroso proceso de desinvestir recuerdos (Chiozza y col., 1970b, págs. 163-165).

Dumas (1933) afirma que el término lágrimas posee un sentido más extenso que el término llanto. La cebolla, señala Dumas, hace correr lágrimas y no llanto. El estudio etimológico de la palabra lágrima o su equivalente inglés tear nos conduce hacia el término griego dakru, cuyo significado es el mismo y cuyo origen es incierto. El estudio etimológico de la palabra llanto 16, o sus equivalentes cry17 y weep18, nos introduce definidamente, en cambio, en los aspectos melancólicos del llanto. El significado de llamada, o de imploración, al cual aluden los términos llorar19, cry y weep, unido al autorreproche implícito en el significado de golpearse, contenido en el término llanto —y también en el vocablo afligirse— evidencian los aspectos melancólicos y los sentimientos de culpa que forman parte del llanto (Chiozza y col. 1970b).

c. En torno de la alegría y de la risa

Hemos visto que la tristeza y otros sentimientos semejantes, en tanto implican la vivencia de la pérdida del objeto de una necesidad actual "añorante", forman parte del duelo, y, en la medida en que se acompañan de sentimientos de culpa, o de falta frente a un ideal, configuran una melancolía. La alegría, en cambio, supone un encuentro gratificante con el objeto bueno, tanto sea interno como externo, que se acompaña de una vivencia de plenitud, equivalente al sentimiento de que "nada falta". Se constituyen de este modo los parámetros que determinan el incremento del sentimiento de autoestima, el cual, como producto de la vivencia de haber cumplido con los mandatos del ideal, constituye el exacto inverso de la culpa20.

La palabra alegría significa "grato y vivo movimiento del ánimo" (Real Academia Española, 1950). Proviene de alegre, y éste del latín alecris, que significa "vivo, animado". Entre sus sinónimos están "dicha, felicidad, gozo, placer, risa, júbilo, exaltación, buen humor, entusiasmo, optimismo, regocijo y jovialidad" (Sainz de Robles, 1979).

Para Dumas (1933e) la alegría es el sentimiento de bienestar, de potencia, de ligereza, de goce interior y de satisfacción íntima. Sostiene que, durante su expresión, el corazón se acelera y aumenta la fuerza de sus latidos; los músculos de los brazos y de las piernas se sienten más móviles y poderosos, las extremidades están calientes, y todo el organismo se experimenta vigoroso y activo. El talle se realza, la cabeza se yergue y el andar es más fácil. Se eleva el umbral para el dolor y hay sensaciones agradables. La imaginación es rica, aumenta la comprensión; la memoria, la vida psíquica y orgánica son más activas. La respiración es más profunda, hay vasoconstricción cutánea activa e hipertensión; el rostro está colorido y se aceleran todas las funciones vitales, que dan la apariencia de rejuvenecimiento. Los ojos brillan y la mirada es "chispeante". Las bromas, los gritos, los cantos, las idas y venidas, los saltos, la actitud enhiesta y casi desafiante son, según Lange (Dumas, 1933e, ibídem), las características del hombre feliz.