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Ciencia
La
transformación del afecto en enfermedad
Dr.
Luis Chiozza, Dr. Luis Barbero, Lic. Liliana
Casali, Dr. Roberto Salzman
-
03.09.2001
-
"Al
llegar a su término,
por ahora indeterminable,
todos aquellos conocimientos
que hayamos logrado
adquirir en nuestro camino,
por mínimos que parezcan, se encontrarán
transformados en poder terapéutico."
(Freud,
1916-17, pág. 190)
I
- ALGUNAS REFERENCIAS HISTÓRICAS
Desde
la antigüedad las emociones fueron objeto
de interés para la filosofía, la teología,
la psicología y la fisiología. Numerosos
pensadores —Platón, Aristóteles, Santo
Tomás de Aquino, Maquiavelo, Bacon,
Hobbes, Harvey, Pascal, Spinoza, Locke,
Kant, Rousseau y W. James, entre otros—
han explorado diferentes aspectos de la
experiencia emocional como, por ejemplo,
la naturaleza de la emoción y sus causas;
su clasificación y enumeración; su
consideración desde el punto de vista de
la moral, la política y la oratoria; su
relación con la razón y la voluntad; las
alteraciones corporales en la emoción; la
descripción de afectos particulares; etc.
(Great Books, 1990).
En
el siglo VI A.C. los griegos vincularon la
fuerza sensitiva con el corazón y la
fuerza mental o cognoscitiva con el
cerebro. Desde la época de Hipócrates y
de Galeno hasta el siglo XIX, el mundo médico
suscribió la teoría de que los
pensamientos transcurren por el cerebro,
mientras que las emociones circulan por el
sistema cardiovascular (Babini, 1980, págs.
38-39; Pribram y Melges, 1969, pág. 319).
La
idea de que las emociones alteran el curso
normal del funcionamiento del cuerpo se
conoce desde la antigüedad. Aristóteles
sostenía que la mera advertencia de un
peligro no induce a la fuga "a menos
que el corazón se conmueva". En la
Edad Media, Santo Tomás de Aquino declara
que "la pasión se encuentra donde
hay una transmutación corporal" y
describe algunos cambios somáticos que
ocurren en el enojo y en el miedo (Great
Books, 1990, págs. 329-330).
Descartes
suele ser considerado como el primer autor
que estudió metódicamente las emociones,
separándolas de las consideraciones prácticas
de la oratoria, la moral y la política
(Dumas, 1933a, págs. 58-64; Great
Books, 1989, pág 326). En su obra Las
pasiones del alma, publicada en 1650, se
apoya en los conocimientos científicos
rudimentarios de su época, y vincula a
los sentimientos con su manifestación en
la fisonomía y en el sistema circulatorio
(Dumas, 1933a).
En
un libro que llegó a constituir una obra
clásica sobre el tema, Darwin (1872a,
pág. 8) estudia la expresión de las
emociones en el hombre y en los animales.
Considera que uno de los principios que
rigen la expresión emocional es la
reproducción, en un grado más débil, de
acciones que fueron útiles en otra época,
histórica o prehistórica, aunque
carezcan de utilidad en la actualidad. En
la configuración de la emoción tendría
importancia la herencia de gestos,
movimientos y costumbres que debieron
adquirirse durante una larga serie de
generaciones, y que aparecerían en los
descendientes a una edad más temprana que
aquella en la que fueron contraídos por
sus antecesores.
Según
Strachey, Freud (1926d *, pág.
126n) retoma esta idea de Darwin y
desarrolla la teoría psicoanalítica de
los afectos. El descubrimiento de que la
represión de las emociones es
determinante en la producción de las
neurosis ubica a los afectos en un lugar
central dentro de la teoría y la práctica
psicoanalíticas.
El
estudio psicoanalítico de las funciones
corporales y de las enfermedades orgánicas
(Chiozza, 1980a, págs. 136-137)
busca interpretar esos fenómenos como
desarrollos equivalentes específicos de
afectos que permanecen inconscientes.
Intentaremos realizar en este trabajo el
camino complementario. Partiremos del
estudio de los afectos para introducirnos
en la tarea de identificar los signos físicos
que configuran la clave de inervación
específica de cada uno de ellos, y
comprender el significado de esos signos
como parte del acto motor, justificado en
la filogenia, que los constituye.
II
- FISIOLOGÍA DE LAS EMOCIONES
a.
Introducción
Los
estudios fisiológicos acerca de la emoción
giran alrededor de dos teorías principales:
las periféricas, que vinculan la emoción
con las reacciones víscero-glandulares y
las centrales, que sostienen que la emoción
está condicionada por el sistema nervioso.
En
1884 James y Lange plantean la cuestión de
la naturaleza de las emociones y postulan la
tesis de que la emoción es la percepción
de las sensaciones periféricas que
corresponden a los cambios motrices,
secretorios, vasculares, etc., que siguen a
la percepción de un hecho excitante. Una
emoción es inconcebible sin su expresión
corporal; sólo resultaría entonces una
forma puramente cognoscitiva, un juicio
abstracto.
Las
emociones particulares son la percepción de
las diferentes sensaciones periféricas y la
función de la corteza cerebral consistiría,
en cuanto se refiere a los afectos, en
recibir y percibir los cambios que se operan
en cada uno de los órganos (Dumas, 1933b).
Autores
posteriores discuten la idea de que la emoción
es un fenómeno afectivo de naturaleza periférica.
Cannon y Bard (en Pribram y Melges, 1969, pág.
319) sostienen que este aspecto es
secundario, y que la emoción —resultado
de la interacción córtico-talámica—
estaría condicionada centralmente. El tálamo
tiene conexiones con la corteza cerebral,
que permite la conciencia de los procesos
emocionales, y con los músculos y las vísceras,
que expresan la emoción en todo el cuerpo.
Papez
(1937) y MacLean asignan importancia tanto a
los procesos viscerales como corticales.
Sostienen, sin embargo, que el responsable
del control visceral no es el tálamo sino
el sistema límbico, que MacLean denomina cerebro
visceral (Pribram y Melges, 1969, pág.
320).
Pribram
y Melges (1969, págs. 316-342) desarrollan
la teoría cibernética de las emociones y
plantean que ellas constituyen un grupo de
procesos que reflejan el estado de
desorganización relativa de una configuración
habitualmente estable de los sistemas
neuronales, y constituyen también aquellos
mecanismos que operan para restablecer el
equilibrio inicial.
La
reequilibración se efectúa a través del
control sobre los estímulos que ingresan (input)
más que sobre la acción en el ambiente, en
tanto aquellos pueden interrumpir los planes
que están en funcionamiento. Se produciría
una discontinuidad temporaria, literalmente
una "emoción" (término que
proviene del latín e-movere que
significa estar "fuera" o
"lejos" del movimiento como acción
sobre el mundo exterior).
Según
Pribram y Melges (1969, págs. 316-342), un
modelo excitatorio neuronal dado no produce
una emoción sino que, más bien, ambos
procesos se reflejan el uno al otro. La
distinción entre ellos es parecida a la que
existe entre el lenguaje compilado usado
para programar una computadora y la
secuencia electromagnética realizada por la
máquina. Partiendo de un enfoque integral,
consideran a la emoción desde dos marcos
conceptuales de referencia: el social-
comportamental, que comprende lo subjetivo
intrapsíquico, y el biológico, que incluye
lo físico, lo químico y lo neurológico.
Esos diferentes universos del discurso
permiten describir las imágenes "en
espejo" que, aunque pueden desplegar
características diferentes en los dos
contextos, corresponden a sucesos idénticos.
b.
Las emociones y el estrés
La
Medicina vincula frecuentemente la
influencia de las emociones sobre el
organismo con la teoría del estrés,
desarrollada por Hans Selye (1960). Este
autor, interesado en comprender qué es la
enfermedad, encuentra que la mayor parte de
los signos y síntomas son comunes a prácticamente
todos los trastornos. Describe el "sindrome
de estar enfermo" y concibe una teoría
unicista del enfermar. Sostiene que, aunque
el daño pueda ser causado por una variedad
de agentes nocivos, el organismo se defiende
desarrollando una reacción general inespecífica,
que denomina Sindrome de Estrés o Sindrome
General de Adaptación (SGA) 1.
La
palabra inglesa estrés significa,
como sustantivo: "fuerza, peso,
importancia; esfuerzo; tensión; acento, énfasis"
y, como verbo: "someter a esfuerzo, dar
importancia o énfasis, subrayar, poner de
relieve" (Appleton's, 1962). Podemos
pensar, por lo tanto, que su significación
compromete aquello que describimos (Chiozza,
1979c, pág. 468) con el nombre de significancia
—importancia del significado. En este
sentido, el estrés aludiría a aquello que
tiene "acento, énfasis,
importancia", y el sindrome de estrés
sería un sindrome de "énfasis",
que puede ser desencadenado por cualquier
agente que adquiere importancia. A veces
tiene valor curativo y resulta estimulante,
como en el caso de las tareas vitales nuevas
y complejas.
Aunque
en el empleo médico y psiquiátrico y,
también en el uso cotidiano, suelen tomarse
como equivalentes, Selye destaca que el estrés
no es tensión nerviosa o emocional. Las
emociones pueden ser uno de los múltiples
agentes productores de estrés, así como
las heridas, infecciones, traumatismos,
venenos, etc., o bien pueden constituir uno
de los síntomas subjetivos del sindrome de
estrés. Por ejemplo, cualquiera que se
siente agotado, que experimenta todo lo que
está haciendo o le está ocurriendo como
extenuante, tiene la vivencia de lo que
significa la fase de agotamiento del estrés.
Desde
un significado más amplio del que la
palabra ha conservado actualmente, el estrés
comprende tanto las modificaciones en la
estructura y composición química del
organismo, que son signos directos del daño
o la lesión, como los cambios que son
manifestación de las reacciones defensivas,
o de adaptación. El estrés no constituye
necesariamente una alteración en el estado
de salud; puede ser el precio que se paga
por el desgaste que se produce durante el
vivir normal.
c.
El cerebro y las emociones
Taylor
(1979, págs. 36-37), basándose en los
descubrimientos de Gall, describe la
existencia de cuatro cerebros: 1) el cerebro
antiguo o paleoencéfalo, al que denomina
"el jefe de máquinas, cuya función es
regular los latidos cardíacos, la respiración,
el tamaño de los vasos, etc.; 2) el cerebro
pequeño o cerebelo, que funciona como
"el piloto automático" y se ocupa
de los actos o habilidades que, ya
aprendidos, se realizan "sin
pensar"; 3) el cerebro nuevo o corteza
cerebral, cuya función es la de ser
"el capitán", y 4) el rinencéfalo2,
que se relaciona con las emociones.
La
corteza es el analista de la visión y el
ejecutor del comportamiento. Funciona como
una computadora a la que se recurre para
efectuar estudios precisos y detallados, y
parece referir sus hallazgos sobre el mundo
al rinencéfalo, para que éste los
"evalúe" emocionalmente. De
acuerdo con Ewert (citado por Taylor, 1979,
pág. 39), el cerebro nuevo "nos dice
qué es" y el rinencéfalo "nos
comunica si tiene importancia".
Olds
(citado por Taylor, 1979, pág. 39) denomina
al cerebro vinculado con las emociones
"cerebro caliente" y a la corteza
"cerebro frío". El primero
"es impulsivo y porfiado, se impacienta
por conseguir todo enseguida e intenta
imponer sus normas al mundo exterior".
El segundo "medita el futuro y calcula
el resultado de sus actos; a veces dice 'no'
al 'caliente' y trata de establecer la
organización externa en la interna. Sin
embargo, en los momentos extremos de miedo,
ira o alegría, el cerebro 'caliente' se
halla tan hiperactivado que ignora o acalla
los datos provenientes de la corteza"
(Taylor, 1979, pág. 40).
Según
Koestler (citado por Taylor, 1979, pág. 40)
los problemas humanos se deben al enorme
desarrollo del cerebro "frío" a
expensas de nuestros sentimientos, es decir,
al exceso de razón que genera la búsqueda
de propósitos intelectualmente impuestos,
en aras de los cuales es posible encarcelar,
torturar y matar. Considera que las
emociones del cerebro "caliente"
serían amistosas si éste se hallase exento
del hipertrofiado dominio cortical.
Taylor
(1979), en cambio, piensa que nuestro
cerebro "caliente", que ansía
poder, prestigio y riqueza, es poderoso y
esclaviza al "frío", que ingenia,
sumiso, proyectos y armas con los cuales
alcanzar sus fines. Sugiere la posibilidad,
si es que existe, de modificar las
exigencias del cerebro "caliente"
orientándolas en dirección más pacífica
y comunitaria.
En
un trabajo anterior acerca de las cefaleas y
los accidentes cerebrovasculares, (Chiozza y
col., 1991b) sostuvimos que el
cerebro interviene preponderantemente en la
actividad de pensar y que, por este motivo,
el cerebro o la cabeza suelen arrogarse la
representación de los procesos de
pensamiento. Retomamos entonces la concepción
de MacLean (1949) quien, de acuerdo con la
antigüedad filogenética, diferencia tres
cerebros: 1) el arquiencéfalo o cerebro
"reptil", que regula el
funcionamiento visceral y los mecanismos
reflejos, y posee un sistema de alarma
frente a la información sensorial; 2) el
paleoencéfalo o cerebro "roedor",
denominado también "cerebro
caliente", que integra las emociones.
Su vinculación con el cerebelo, órgano que
incorpora las habilidades aprendidas y las
transforma en hábitos automáticos, permite
admitir la existencia de automatismos
afectivos, adquiridos y heredados, tal como
sostenía Darwin (1872a, págs.
7-32); y 3) el neoencéfalo (neocórtex) o
"cerebro frío", que suele ser
comparado con las computadoras digitales y
está ligado a los procesos del pensamiento
racional y a la ejecución de acciones
voluntarias. Se considera que posee,
asimismo, la importante función de inhibir
o atemperar la conducta afectiva. Cobb
(citado por Chiozza y col., 1991b)
sostiene que esto último se deduce al
observar las reacciones emocionales intensas
(por ejemplo, ataques de ira) que se
producen cuando, por medio de lesiones
experimentales, se libera al arquiencéfalo
y al paleoencéfalo del control ejercido por
el neoencéfalo.
De
acuerdo con la teoría psicoanalítica, la
descarga afectiva es una de las
manifestaciones que proviene de la
organización pulsional, y cuando la
descarga se realiza a plena cantidad, se
configura un afecto primario, que
corresponde a lo que suele denominarse una
"pasión". Tal como lo planteamos
en un trabajo anterior (Chiozza y col. 1991b),
si la descarga de una pasión resulta
displacentera para una parte del yo, o se
genera un conflicto entre emociones
contradictorias, puede surgir la necesidad
de atemperar los afectos, proceso que se
realiza a través del trabajo del
pensamiento, es decir, de la ligadura que
integra los componentes ideativos del afecto
conflictivo con los de otros afectos o con
procesos cogitativos y juicios previos. En
otras palabras: las investigaciones
desarrolladas por la neurofisiología acerca
del cerebro y, más específicamente, de la
corteza cerebral, coinciden con los
hallazgos provenientes del psicoanálisis en
sostener que una de las funciones de los
pensamientos es la de atemperar las
emociones.
d.
Las emociones y el sistema límbico
Los
estudios neurofisiopsicológicos (MacLean,
1949; Balcells Gorina y col. 1965; Best
& Taylor, 1991) han puesto de relieve la
importancia que tiene el sistema límbico en
la organización de la vida
instintivo-afectiva, así como en la
modulación de las funciones viscerales y
endócrinas.
En
el rinencéfalo pueden reconocerse dos
grandes componentes, el lóbulo olfatorio en
la parte basal y el lóbulo límbico,
formado por las estructuras dispuestas
circunferencialmente alrededor del hilio del
hemisferio y limitadas por fuera por el
surco del hipocampo, continuado por el seno
del cuerpo calloso.
En
el lóbulo límbico se distingue un limbo
medular, formado por la fimbria y el fórnix,
y un limbo cortical o hipocámpico. El
hipocampo tiene su mayor desarrollo en el
hombre y es sumamente importante, no solo
por su morfología compleja sino por su
significación funcional.
Al
rinencéfalo se aproximan otras estructuras
vecinas, que caben en una idea amplia del
sistema límbico: la circunvolución del
cuerpo calloso, el istmo del gran limbo
cortical de Broca, la región de la ínsula,
la corteza orbitaria y la región
teletemporal.
El
sistema límbico guarda íntimas conexiones
con el hipotálamo y con la formación
reticulada mesencefálica. Basándose en la
disposición circunferencial de las
estructuras en cuestión, Papez (Balcells
Gorina y col., 1965, pág. 990) propuso un
"circuito" que, partiendo del
hipocampo, pasa a través del trígono a los
tubérculos mamilares y luego por el fascículo
mamilotalámico, a los núcleos anteriores
del tálamo, de donde prosigue hacia el giro
cingular y de nuevo hacia el hipocampo. Sin
embargo, parecería que no está demostrado
que existan conexiones importantes que
"cierren" este circuito rinencéfalo-diencéfalo-rinencefálico.
Mayor justificación anatómica e
importancia funcional parece tener el
circuito retículo-rinencéfalo-reticular
descripto por Adey (Balcells Gorina y col.,
1965, pág. 990), que arranca de la formación
reticulada mesencefálica, pasa a las áreas
talámicas y septales, ingresa por el trígono
hacia el hipocampo, pasa al lóbulo
olfatorio posterior y de nuevo se proyecta,
a través de la stria medullaris,
sobre la sustancia reticulada.
En
conjunto, el sistema límbico tiene una acción
que puede llamarse moduladora, en comparación
con la función analizadora de la corteza.
Interviene como eslabón fundamental en la
integración de la vida emocional del hombre
aunque, a su vez, "el sistema límbico
se va construyendo a sí mismo -en sentido
anátomofuncional- a lo largo de la vida
humana, sobre todo en los primeros años, de
acuerdo con las sucesivas integraciones
emocionales en que va participando"
(Balcells Gorina y col., 1965, pág. 990).
El
lóbulo límbico recibe informaciones de
todos o prácticamente todos los sistemas
aferentes. Además de intervenir de manera
importante en los registros mnésicos, en la
modulación endocrina y de los mecanismos de
defensa, interviene en la modulación de las
funciones orales, sexuales, y de los
comportamientos emocionales (principalmente
el miedo y la cólera). Es un eslabón
primordial en la regulación de la actividad
visceral. Influye sobre una profusión de
actividades efectoras vegetativas y también
somatomotoras y tiene una participación
preponderante en la neurofisiología de las
integraciones emocionales.
En
tanto la emoción se configura como un
proceso de descarga vegetativa,
sensorio-motora, el sistema límbico,
cuya función consiste en regular dichos
procesos, parecería actuar como la
central organizadora (de los componentes
somáticos) de la clave de inervación,
que determina la figura específica de cada
afecto particular.
III - LA
TEORÍA PSICOANALÍTICA DE LOS AFECTOS
Freud
desarrolló sus ideas sobre los afectos en
distintos pasajes de su obra, sin reunirlos
en una concepción sistemática. Tal vez la
dificultad de integrar sus afirmaciones en
una teoría unificada dio lugar a
controversias, que subsisten hasta la
actualidad, entre los autores psicoanalíticos.
Los trabajos que acerca del tema publicaron
Brierley (1951), Rapaport (1962), Rangell
(1967), Sandler (1972), Green (1973) y
Limentani (1977), muestran la existencia de
diferentes lecturas de los textos freudianos
y de sus implicancias para la teoría y la
práctica clínica.
En el Apéndice
al trabajo de Freud "Las neuropsicosis
de defensa" (1894a *, págs.
62-66), Strachey señala que en numerosos
pasajes de varias obras Freud parece emplear
indistintamente los términos afecto
, emoción y sentimiento. Sin
embargo, su distinta denominación parece
aludir a matices que los diferencian. La
etimología señala que el término
"afecto" deriva del latín afficere,
"influir, obrar sobre alguno",
"afectar" (Blánquez Fraile,
1960). Un "afecto" es, entonces,
en primera instancia, algo que
"afecta" al yo. Cuando el afecto,
por la deformación de la clave mediante la
cual se descarga, no puede ser reconocido
como tal, suele ser percibido por la
conciencia como una "afección"
somática, privada de su significado emotivo
(Chiozza, 1975b). La palabra emoción
proviene del francés emouvoir, que
significa "conmover",
"emocionar" (Corominas, 1961). Está
formada por motion,
"mover", "poner en
movimiento", y por la partícula e-
que, según Skeat (1882) quiere decir out.
que significa "fuera", "sin
participación en", y much
equivalente a "mucho". De allí
que el término emoción puede
aludir, como señalan Pribram y Melges
(1969), a estar fuera del movimiento que
implica una acción sobre el mundo exterior,
o puede referirse al movimiento afectivo
que, como conmoción neurovegetativa, recae
sobre el yo. El término
"sentimiento" deriva del latín sentire,
que condensa los significados de
"sensación", "percibir a
través de los sentidos" y "darse
cuenta de algo", "pensar,
opinar". (Blánquez Fraile, 1960;
Corominas, 1961). Pensamos que, en un
sentido más restringido, la palabra
"sentimiento" designa a los
afectos que, atemperados por los procesos de
pensamiento, llegan a la conciencia y allí
reciben un nombre (Chiozza, 1976a).
En diferentes
pasajes de su obra, Freud afirma que la
agencia representante de la pulsión consta
de dos elementos: a) la representación o
idea, y b) el factor cuantitativo o energía
pulsional que inviste la representación, y
que denomina "monto de afecto" o
"suma de excitación", términos
que según Strachey Freud equipara (Freud,
1894a *, pág. 61). El afecto
aparece, entonces, como una cantidad, es
decir, como algo que es susceptible de
aumento, disminución, desplazamiento o
descarga. Sin embargo, en un artículo que
escribe en francés (Freud, 1893c *,
págs. 208-210), utiliza la expresión
"valor afectivo", cuyos términos
comprometen una idea de significación que
va más allá de la mera cantidad.
Freud (1915d
*, pág. 151; 1915e *, pág. 174)
sostiene que la meta genuina de la
represión es la sofocación del afecto
y establece diferencias entre los afectos o
emociones inconcientes y las ideas o
representaciones inconcientes. La
posibilidad de acceso a la conciencia de una
idea inconciente depende de la transferencia
de una investidura inconciente actual sobre
huellas mnémicas preconcientes verbales o
visuales, mientras que los afectos son
procesos actuales de descarga, cuyas
exteriorizaciones últimas son percibidas
como sensaciones y sentimientos.
Considera que no puede hablarse de afectos
inconcientes en un sentido análogo al que
utilizamos cuando nos referimos a las
representaciones inconcientes. A diferencia
de la idea inconciente, que sigue existiendo
como formación "real", "al
afecto inconciente le corresponde sólo una
posibilidad de planteo (o amago) a la que no
se le permite desplegarse". Esta
disposición potencial al desarrollo de
afecto constituye las "formaciones
de afecto" (Freud, 1915e *,
pág. 174) o "estructura afectiva
disposicional inconciente" (Chiozza,
1976c, pág. 219).
El afecto se
configuraría entonces como disposición o
potencia en lo inconciente y como
actualidad3 en la conciencia, en tanto posee
las características de la sensación somática
(Freud, 1917d *, pág. 222; Chiozza,
1991b, págs. 31-32). El afecto como
actualidad es un acto, un proceso de
descarga que incluye: 1) determinadas
inervaciones o descargas motrices (inervación
secretora y vasomotriz), y 2) ciertas
sensaciones que son de dos clases, percepción
de las acciones ocurridas y sensaciones
directas de placer y displacer que
prestan al afecto su tono dominante (Freud,
1916-1917*, pág. 360), con diferentes gamas
y matices.
Los afectos
constituyen una clase determinada de
procesos de descarga: son actos motores o
secretores que se realizan en el propio
cuerpo, a diferencia de la acción específica,
eficaz, que se desarrolla sobre el mundo
"exterior". Freud considera que
los afectos tienen una clave de inervación
que está situada en las ideas del
inconciente (Freud, 1900a *4, pág.
573) . La palabra "inervación"
parece tener un significado ambiguo. Si bien
se usa en Medicina para denominar la
distribución anatómica de los nervios del
organismo o de alguna región del cuerpo,
Strachey (ibídem) interpreta que Freud la
utiliza más a menudo para denotar la
transmisión de energía a un sistema de
nervios, específicamente a un sistema de
nervios eferentes, para indicar un proceso
que tiende a la descarga de energía. Freud
(1900a *) utiliza el término
"clave" para indicar, además, que
la descarga se realiza de acuerdo con una
particular figura o configuración.
La
interpretación de los fenómenos histéricos
y su comparación con los afectos llevó a
Freud (1916-17*) a un nuevo enfoque. Por
extraño que pueda parecer, entre los
numerosos autores que se han ocupado de la
teoría psicoanalítica de los afectos, la
gran mayoría —Brierley (1951) y Rapaport,
(1962) son una excepción— no han reparado
en esta fundamental contribución freudiana
a la comprensión simultánea de los afectos
y la histeria. Freud sostiene que el ataque
histérico, que constituye la reminiscencia
de un suceso individual perteneciente a la
vida infantil, sería comparable a un afecto
neoformado. El afecto normal, en cambio,
equivale a la expresión de una histeria
general, universal, que se ha hecho
hereditaria (Freud, 1916-17*, pág.
360). Los afectos serían equivalentes a
ataques histéricos heredados y universales
(Freud, 1926d *, pág. 126), es
decir, son reminiscencias, símbolos mnémicos
que, en lugar de corresponder a una situación
actual, constituyen un "modo de
recordar" un suceso pretérito que
permanece fuera de la conciencia (Chiozza,
1976c, pág. 220). Este suceso
arcaico es un acontecimiento motor que
pertenece a la filogenia y que, en su
momento, fue "justificado" por su
adecuación a un fin. Los afectos son los
arquetipos normales de los ataques histéricos
(Freud, 1926d *, pág. 126).
Para explicar
el ataque histérico es necesario buscar en
la historia personal —ontogenia
infantil— la situación en la que los
movimientos correspondientes formaron parte
de una acción justificada (Freud, 1926d *,
pág. 126). El acto motor vegetativo
denominado afecto es, en las condiciones
actuales en que se produce, tan
"injustificado" como un ataque
histérico. Si, cuando un sujeto se enoja,
"se pone colorado, aumenta su presión
sanguínea y circula más sangre por sus músculos,
es porque lo que es hoy una discusión era,
en el pasado remoto, una pelea física para
la cual tenían sentido esos cambios
corporales" (Chiozza, 1986a, pág.
79). A diferencia de la acción específica,
eficaz, que se ejerce sobre el mundo
exterior y satisface la necesidad, el afecto
es una acción ineficaz, pues, a la manera
de un síntoma histérico, se descarga sobre
el propio organismo y sólo puede lograr que
la excitación cese momentáneamente, a
expensas de recrearla en otra zona erógena
(Chiozza, 1976 c, pág. 218). El
hecho de que los afectos son
"universales" explica que pase
desapercibido, para la conciencia, su carácter
de síntomas.
En el trabajo
citado anteriormente (Chiozza y col. 1991b)
diferenciábamos las acciones
"eficaces, específicas", de las
acciones "justificadas". Señalábamos
entonces que las acciones eficaces son
aquellas que logran hacer cesar las
excitaciones que emanan de las
fuentes
pulsionales. En tanto cada fuente pulsional
es cualitativamente diferente, queda implícito
que estas acciones deben ser específicas y,
por ese motivo, Freud en su Proyecto ...
(1950a *) las denomina acciones
específicas. Las acciones son justificadas,
en cambio, cuando su sentido, su dirección
hacia la meta, o su finalidad, resultan
comprensibles, independientemente de cuál
sea su eficacia.
En relación
al origen de los afectos, Freud (1950a *)
plantea que cuando no se logra realizar la
acción específica, eficaz, que lleva a la
alteración "exterior", los
afectos surgen como una vía de descarga
hacia la alteración "interior", y
operan al modo de una válvula reguladora.
Cuanto menos eficaz resulta la acción,
mayor es el remanente de excitación que se
descarga como afecto; cuanto mayor es la
eficacia del acto en el mundo exterior,
menor es el desarrollo de afecto (Chiozza,
1976c). La acción y el afecto
constituyen una serie complementaria.
Cuando la
pulsión reinviste la huella mnémica de la
experiencia de satisfacción, se conforma el
deseo inconciente. El deseo se experimenta
como ganas de y se acompaña de
sensaciones corporales, de allí que cada
deseo posea su particular clave de inervación
y sea cualitativamente específico. Cuando
el deseo se descarga como realización,
constituye una acción eficaz que sigue las
pautas de la clave de inervación
correspondiente a ese acto específico y
culmina en la satisfacción de la necesidad
que "sostenía" al deseo.
"Una parte" de ese deseo se
descarga siempre, al mismo tiempo, como
cumplimiento, configurando un afecto, es
decir, una descarga sobre el propio cuerpo,
que sigue una pauta filogenética, la huella
mnémica de un suceso motor que formó parte
de un acto justificado en la prehistoria y
actualmente injustificado. Cuando la
descarga eficaz resulta lograda, el
remanente afectivo queda integrado con la
acción, constituyendo un acto pleno de
sentido (Chiozza, 1995g).
La descarga
afectiva cobra, posteriormente en el Proyecto...
(Freud, 1950a *), una función
secundaria al llamar la atención del objeto
auxiliador, y sirve entonces para el
entendimiento con los otros. De este modo
los afectos configuran, en un cierto
sentido, a los fines de la comunicación,
una acción eficaz.
Tal como
hemos visto los afectos, las emociones, o
los sentimientos, constituyen un modo
inconciente de repetir un suceso pretérito
filogenético que, como recuerdo,
permanece fuera de la conciencia. Podemos
preguntarnos ahora de que depende, entonces,
la posibilidad de aquello que denominamos
crecimiento, o progreso, en la vida
emocional de un sujeto. Cuando nos ocupamos
de investigar el significado inconciente de
las cardiopatías isquémicas (Chiozza y
col., 1983 b) reclamó nuestra atención
el hecho de que determinados afectos
permanecen, en algunas personas, como
disposiciones inconcientes que nunca fueron
actuales. Tales disposiciones pueden pre-sentirse,
constituyendo lo que denominamos
protoafectos, o desarrollarse plenamente,
actualizándose como emociones que son
"nuevas" para esa persona. El
crecimiento emocional de un sujeto dependerá,
por lo tanto, no solamente de la posibilidad
de atemperar algunas pasiones, sino también
de cuales serán las disposiciones afectivas
inconcientes que se actualizarán en su
vida, permitiéndole "desplegarse"
en la plenitud de su forma.
Basándonos
en las ideas de Freud, afirmamos (Chiozza,
1986a, págs. 70-80) que el afecto
posee las características de los fenómenos
"somáticos" y "psíquicos".
Por un lado, es una descarga
"real", somática, y por el otro
una reminiscencia, un "recuerdo"
psíquico.
Todo
afecto cualitativamente diferenciado puede
ser reconocido como tal, precisamente porque
posee una particular "figura".
Cada emoción distinta es un movimiento
vegetativo, que proviene de una excitación
nerviosa que se realiza de una manera típica,
determinada filogenéticamente por una
huella mnémica inconciente, por un
"registro" motor y sensorial
heredado, que corresponde a lo que Freud
denominó "clave de inervación" (Freud,
1900a* pág. 573; Chiozza, 1976c,
pág. 219).
La clave de
inervación del afecto es una idea
inconciente que determina la particular
cualidad de cada una de las distintas
descargas motoras vegetativas que
caracterizan a los diferentes afectos.
Cuando un afecto conserva íntegra la
coherencia de su clave, es posible
reconocerlo como una determinada emoción.
A diferencia
de las neurosis y psicosis, en las que la
coherencia del afecto se conserva,
sostuvimos (Chiozza, 1975b, pág.
250) que en la enfermedad somática se
produce una "descomposición patosomática"
del afecto. Cuando una emoción que resulta
intolerable a la conciencia se reprime, la
importancia o investidura puede desplazarse
"dentro" de la misma clave de
inervación, de modo que algunos elementos
de la clave reciben una carga más intensa,
en detrimento de otros. Cuando el proceso
de descarga se produce a partir de esa clave
"deformada", la conciencia no
registra un afecto, percibe una "afección",
un fenómeno que categoriza como "somático",
precisamente porque la cualidad psíquica,
el significado afectivo de ese fenómeno,
permanece inconciente (Chiozza, 1975b).
IV -
AFECTOS FUNDAMENTALES Y ALGUNAS DE SUS
INERVACIONES
"Es
tan poco lo que hay
sobre la psicología de los procesos
de sentimiento, que las siguientes,
tímidas, puntualizaciones,
tienen derecho a reclamar
la mayor indulgencia."
(Freud,
1926d *, pág. 158)
a.
Clasificación de los afectos
Freud
(1926d *) sostuvo que los afectos son
típicos y universales, sin embargo, tal
como lo señala Bateson (1972, págs.
398-399), el lenguaje humano dispone de
miles de palabras para designar a los
objetos y muy pocas para designar afectos.
La enorme riqueza, en variedades y matices,
de los estados afectivos humanos, pasa así,
en cierto modo, desapercibida, porque,
aunque es posible concientizar afectos sin
intermediación de la palabra, la carencia
de vocablos alusivos a esas variedades y
matices, determina que no podamos referirnos
a ellos claramente, durante los procesos de
comunicación o pensamiento.
A
partir de Freud, caracterizamos (Chiozza,
1972a, pág. 195) distintos tipos de
afectos. Cuando la descarga se realiza a
plena cantidad estamos en presencia de un
"afecto primario", que equivale a
lo que se denomina una pasión. La
atemperación de las emociones a través del
proceso de pensamiento, o de la elaboración
psíquica, configura un "afecto
secundario", que corresponde a lo que
suele llamarse sentimiento. Agregamos (Chiozza
y col. 1991b, págs. 179-180) que la
"nominación" de los afectos
primarios o secundarios, su enlace con
representaciones palabra adecuadas, puede
alcanzar una nominación verbal
"impasible", despojada totalmente
de emoción, tal como ocurre en la formación
del pensamiento lógico.
Entre
las emociones encontramos algunas que son típicas
y reconocidas como tales por una gran mayoría
de personas, como la envidia, el odio, el
rencor, el asco, la vergüenza, el anhelo,
la nostalgia, etc., y también diferentes
matices afectivos para cuya nominación el
lenguaje resulta insuficiente (Bateson,
1972). La investigación psicoanalítica de
los trastornos somáticos ha conducido a
descubrir afectos que, por lo habitual, no
son reconocidos o nominados como tales.
Debido a la falta de vocablos unívocos para
designarlos se hizo necesario recurrir a
expresiones como, por ejemplo, el
"sentimiento de ignominia" (Chiozza
y col. 1983b, pág. 294), el
"sentimiento de propiedad" (Chiozza
y Obstfeld, 1991a, pág. 111) y los
sentimientos de "desmoronamiento"
y de "infracción" (Chiozza y col.
1991c, págs. 148-149), o a giros
lingüísticos tales como el "estar en
carne viva" o el "estar
escamado" (Chiozza y col.,1991f,
págs. 33-34).
La
mayor parte de los estudios realizados en
Medicina sobre la fisiología de los afectos
suelen referirse a la relación entre el
sistema nervioso y los cambios motores,
secretorios, vasculares, etc. que configuran
la descarga emocional, o a la relación
entre las emociones y el estrés. No hemos
encontrado en las investigaciones médicas
consultadas5 una vía de acceso a la
comprensión de la "figura"
particular de los diferentes afectos. Los
trabajos clásicos acerca de la expresión
de las emociones que desarrollaron Darwin
(1872) y Dumas (1933), o los más
actualizados, que provienen del campo de la
Etología (Lorenz, 1965; Morris, 1967),
permiten, en cambio, identificar signos físicos
típicos, que forman parte de la expresión
específica y particular de determinados
afectos.
Dumas
(1933c, págs. 278-280) diferencia
dos tonalidades afectivas básicas: lo
agradable y lo desagradable, que
corresponderían a las sensaciones de placer
y displacer que, de acuerdo con Freud
(1916-17*, pág. 360), confieren al afecto
su tono dominante.
En
"El corazón tiene razones que la razón
ignora" (Chiozza, 1978f, págs.
357-362) decíamos que la fundamental
participación de la actividad vasomotora en
el acontecimiento que llamamos emoción,
permite comprender que el corazón, un vaso
modificado hasta alcanzar una gran
complejidad funcional, se preste para
simbolizar a los sentimientos en general y,
en especial, al proceso mediante el cual se
prefiguran o pre-sienten los afectos. Señalábamos
también que el ritmo cardíaco, el fenómeno
que más típicamente caracteriza al corazón,
se adjudica, como si se tratara de una
especie de metrónomo o marcapaso, la
representación del tono afectivo que
cualifica al instante que se vive, de modo
que el corazón es al tiempo lo que el ojo
es al espacio.
Darwin
(1872b, pág. 61) y Dumas (1933d,
pág. 440) afirman que casi todos los fisiólogos
y los psicólogos han clasificado a las
emociones en dos grandes grupos: 1) las que
excitan, dentro de las cuales Darwin coloca
en primera línea a la alegría y a la cólera,
y 2) las que deprimen, entre las cuales
ubica a la tristeza y al miedo.
Dumas
(1933d, pág 442), en cambio,
sostiene que las emociones tienen una forma
activa, que se traduce mediante reacciones
de excitación (propias del sistema nervioso
simpático: taquicardia, hipertensión,
hipertonía, horripilación, etc.) y una
pasiva, que se caracteriza por reacciones de
depresión (correspondientes a la acción
del sistema nervioso parasimpático:
bradicardia, hipotensión, hipotonía,
etc.). Distingue cuatro emociones
principales: la alegría, la tristeza, el
miedo y la cólera, y describe, como hemos
dicho, una expresión activa, y una pasiva,
para cada una de ellas.
Consideramos
que cada una de estas emociones básicas
nuclea un grupo de afectos emparentados
entre sí. Estos afectos comparten algunos
signos físicos de una clave de inervación
común y presentan otros diferentes, que le
otorgan un matiz particular a su figura y a
su significación. Así, por ejemplo, la cólera,
la ira, la furia, la rabia, el enojo, el
enfado, el rencor, el encono y el
resentimiento, son distintas emociones que
integran un mismo grupo afectivo.
Freud
(1915c *, pág. 128) plantea que la
vida anímica se organiza alrededor de tres
polaridades básicas, una de las cuales está
constituida por el par amor-odio que, a su
vez, presenta una correspondencia con las
fuerzas de atracción y de rechazo que
operan en el ámbito del universo. Ambos
conceptos, tanto el que se vincula con el
"mundo" psíquico como el que se
refiere al físico, aluden a dos tipos
fundamentales de relación: uno signado por
la valencia positiva, que promueve atracción
y acercamiento, y otro caracterizado por la
valencia negativa, que provoca rechazo y
alejamiento. Pensamos que la tristeza y la
alegría se constituyen, predominantemente,
como vicisitudes del amor; la cólera y el
miedo, en cambio, como vicisitudes del odio.
Dentro
del orden de los afectos, en la esfera del pathos,
encontramos otro modo de referirnos a estas
dos formas básicas de vínculo: la
"simpatía" y la "antipatía".
La
palabra simpatía —del griego syn
(con) y pathos (pasión)— significa
"sentir con", es decir, una
"inclinación natural a participar de
los sentimientos e impresiones que los demás
experimentan" (Corominas, 1961). Antipatía,
por el contrario, es "repugnancia,
aversión, repulsión que instintivamente se
experimenta hacia una persona o cosa".
Los vocablos amor, atracción,
agrado son sinónimos de simpatía,
y las palabras odio, repulsión,
desagrado, sinónimos de antipatía
(Sainz de Robles, 1979).
Weizsaecker
(1947, págs. 106-109) sostiene que, junto a
las categorías ónticas, existen cinco
categorías páticas constituidas por el
querer, el poder, el deber, el "tener
permiso de" y el "estar obligado
a", las cuales, interrelacionadas entre
sí, configuran una especie de estructura
pentagonal, un "pentagrama pático",
que encuadra el sentido de toda vida humana.
Cada una de esas categorías constituye un
estado afectivo, y para referirnos a
cualquiera de ellas solemos utilizar la
palabra sentimiento. Óntico es todo lo que
pertenece a la categoría del ser actual.
Todo lo que es, es óntico. Pático, en
cambio, es lo que pertenece a la categoría
del pathos, es decir del sentir o, también,
del padecer, aquello que se quiere, se
puede, se debe, se tiene permiso de, o se
está obligado a, ser, justamente
porque todavía, sin embargo, no se es.
Desde
ese punto de vista podemos decir que la
actualidad del padecer consiste,
precisamente, en una disposición latente
para ser lo que, actualmente, no se es. Los
afectos, como ataques histéricos
universales y congénitos, no sólo
conmemoran un acontecimiento filogenético
caracterizado por el sufrir una carencia,
sino que, como hemos visto, perpetúan, en
el presente, una falta que testimonia el
grado de fracaso de una acción eficaz,
fracaso que se resignifica con una eficacia
secundaria gracias a que el afecto adquiere
un nuevo sentido como acto de comunicación.
Freud
(1915c *, pág. 131) afirma que
"Cuando el objeto es fuente de
sensaciones placenteras, se establece una
tendencia motriz que quiere acercarlo al yo,
incorporarlo a él; entonces hablamos también
de la 'atracción' que ejerce el objeto
dispensador de placer y decimos que 'amamos
al objeto'". Podemos pensar, por lo
tanto, que, en rasgos generales, así como
la proximidad del objeto amado engendra las
emociones emparentadas con la alegría, la pérdida
de ese objeto desencadena afectos que
pertenecen al grupo presidido por la
tristeza.
De
acuerdo con Freud (1915c *), "el
odio es, como relación con el objeto, más
antiguo que el amor: brota de la repulsa
primordial que el yo narcisista opone, en el
comienzo, al mundo externo prodigador de estímulos"[...]
"Cuando el objeto es fuente de
sensaciones de displacer, una tendencia se
afana en aumentar la distancia entre él y
el yo, en repetir con relación a él, el
intento originario de huida frente al mundo
exterior emisor de estímulos. Sentimos la
`repulsión' del objeto, y lo odiamos; este
odio puede después acrecentarse convirtiéndose
en la inclinación de agredir al objeto con
el propósito de aniquilarlo". Podemos
pensar entonces que de la tendencia básica
de odio-rechazo-antipatía, surgen dos
grupos de afectos diferentes: uno vinculado
con un acto motor justificado de huida, el
miedo, y otro relacionado con un acto motor
justificado de ataque al objeto, la cólera.
b.
En torno del dolor, del duelo, de la
tristeza y del llanto
A
pesar de que solemos diferenciar claramente
un dolor que llamamos físico de otro
que denominamos pena o dolor psíquico,
ambos acontecimientos, en cuanto
constituyen, en sus "últimas"
manifestaciones, estados de conciencia, son,
por su conclusión, procesos psíquicos. Por
lo tanto los adjetivos físico y psíquico
, cuando los aplicamos al dolor, lejos de
intentar tipificar las cualidades del
suceso, deben necesariamente constituir el
modo en que afirmamos, implícita o explícitamente,
una teoría acerca de su origen.
En
numerosos pasajes de la obra de Freud, desde
el Proyecto... (1950a *, pág,
364-365) hasta Inhibición, síntoma y
angustia (1926d *, pág. 159),
encontramos la distinción entre el dolor físico
y el psíquico. El dolor físico ocurre
cuando un estímulo anormalmente intenso,
partiendo de la periferia, o de los órganos
internos, vence los dispositivos de protección,
y actúa, entonces, como un estímulo
pulsional continuado del cual es imposible
sustraerse. El dolor psíquico, en cambio,
es la genuina reacción frente a la pérdida
de un objeto que, por obra de una necesidad
actual, recibe una investidura " ...
intensiva, que ha de llamarse 'añorante'
"(Freud, 1926d *, pág. 159)6.
En
cuanto a las diferencias cualitativas
existentes entre el dolor psíquico, el
duelo, y la tristeza7, por un lado, y el
estado afectivo que denominamos angustia,
por el otro, provienen, en opinión de Freud
(1926d * pág. 160), de que el dolor
anímico surge como consecuencia de la
intensa investidura que deriva de un
necesidad actual insatisfecha,
"desesperada" y traumática, del
objeto añorado y ausente, que se
experimenta como un daño, mientras que la
angustia es el producto de una vivencia de
peligro que sólo es posible cuando la
necesidad no es actual.
Freud
(1926d *, pág. 159) sostiene que en
la añoranza "... falta por completo el
factor, esencial para el dolor, de la
estimulación periférica", pero, señala
que " ... no dejará de tener sentido
que el lenguaje haya creado el concepto de
dolor interior, anímico, equiparando
enteramente las sensaciones de la pérdida
del objeto al dolor corporal".
En
Introducción del narcisismo Freud
(1914c * pág. 79) se hace solidario
con la afirmación de Busch, quien, refiriéndose
al poeta con dolor de muelas dice que
"En la estrecha cavidad de su muela se
recluye su alma toda". A consecuencia
del dolor corporal, sostiene (Freud, 1926d
*, pág. 160), se genera una investidura
elevada, narcisista, del lugar que duele. En
otras palabras: un estancamiento hipocondríaco
(Freud, 1914c, pág. 80), ya que
recibimos entonces " ...
representaciones espaciales, y de otras
partes del cuerpo, que no suelen estar
subrogadas en el representar conciente"
(Freud, 1926d *, pág. 160).
En
este punto Freud (1926d *, pág. 160)
escribe: "La intensiva investidura de añoranza,
en continuo crecimiento a consecuencia de su
carácter irrestañable, del objeto ausente
[perdido] crea las mismas condiciones económicas
que la investidura de dolor del lugar
lastimado8 del cuerpo y hace posible
prescindir del condicionamiento periférico
[propio] del dolor corporal". Y añade:
"La representación-objeto, que recibe
de la necesidad una elevada investidura,
desempeña el papel del lugar del cuerpo
investido por el incremento de estímulo. La
continuidad del proceso de investidura y su
carácter no inhibible, producen idéntico
estado de desvalimiento psíquico."
En
los procesos de duelo (Freud, 1917e
*, pág. 252), continúa diciendo, el examen
de la realidad exige realizar el trabajo de
"perder" al objeto, desligándose
de él, en todas las situaciones en que ese
objeto (Objekt) fue motivo (Gegenstand)
de una investidura elevada9. Ese trabajo,
elaborativo, de pérdidas repetidas, es
doloroso, porque la investidura actual de añoranza
es elevada e incumplible (Freud, 1926d
*, pág. 161).
La
etimología y el significado de las palabras
duelo10, pena11, aflicción
12 y pesar13, que comprometen los
sentimientos de culpa, castigo y condena,
muestra que el proceso de duelo se integra
en una serie continua en uno de cuyos
extremos se halla la enfermedad, y la
alteración del ánimo, que obtiene su
nombre del sentimiento llamado melancolía14,
caracterizado por una forma de tristeza
"vaga, profunda, sosegada y
permanente" (Real Academia Española,
1950) en la cual predominan la amargura y el
humor bilioso.
Tal
como surge de los párrafos que citamos
antes, Freud aproxima la metapsicología del
dolor psíquico a la del dolor físico,
hasta un punto en que casi las convierte en
coincidentes. Pero podemos encontrar, además,
en sus afirmaciones, otras implicancias, ya
que Freud equipara al dolor psíquico con el
proceso de duelo y con la tristeza, que es
un estado afectivo y, en tanto tal, un
proceso de descarga actual y
"real".
Podemos
entonces afirmar que, en los procesos de
descarga que corresponden al afecto, los
componentes actuales que se manifiestan como
sensación somática ("hipocondríaca")
mimetizan las condiciones que, durante el
dolor físico, se generan por la
"percepción" de un trauma periférico
presente, o por obra de estímulos surgidos
de una sobreexcitación somática.
El
dolor "físico", como producto de
una acción traumática periférica, o como
consecuencia de un estancamiento hipocondríaco
narcisista que equivale a una
sobreinvestidura, posee realidad y
actualidad. El dolor "psíquico",
como producto de la perdida de un objeto añorado
cuya ausencia determina, por la carencia de
satisfacción, una sobreinvestidura, también
posee, por la carencia, realidad y por la
sobreinvestidura, actualidad.
Ambos
sucesos, por lo tanto, en cuanto constituyen
procesos de descarga de sobreinvestiduras,
poseen las características de la cantidad y
también las de la cualidad de las distintas
metas pulsionales. Por esta razón pudo
decir Freud (1926d *, pág. 160) que
" ... si un interés de otra índole
provoca distracción [...] aún los dolores
corporales más intensos no se
producen". Y aclara: "no es lícito
decir aquí: permanecen inconcientes".
Como
vemos, el dolor corporal posee una característica
que Freud (1915e *, pág. 174)
atribuye a los afectos: en lo inconciente no
permanece como actualidad, sino como una
disposición potencial que sólo "se
produce" durante la descarga. Pero,
además, el dolor corporal no sólo depende,
para "su producción", de la
magnitud de sus investiduras, sino que, tal
como ocurre con distintos afectos, puede
impedirse mediante la substracción de las
investiduras de atención, o el
desplazamiento de los montantes de excitación
sobre una clave de inervación, que
determina un cambio en la cualidad de la
descarga afectiva.
Tampoco
parece injustificado atribuir, al dolor físico,
otra de las características que la teoría
psicoanalítica atribuye a los afectos. En
tanto puede ser contemplado como el
monumento conmemorativo, o la reminiscencia
de un suceso filogenético que en su origen
se adecuaba a un fin, podemos afirmar que el
dolor corporal constituye una fantasía
inconciente que se expresa mediante claves
de inervación específicas.
Podemos
pensar que el estado de necesidad añorante,
que puede manifestarse como desamparo15, y
que motiva, en opinión de Freud, la
experiencia que se denomina "dolor psíquico",
constituye además el fundamento de un grupo
de afectos emparentados, todos ellos, con la
nostalgia y el anhelo, tales como la ambición,
los celos, la tristeza, la penuria, el
sentimiento de condena y, también, la culpa
y la vergüenza. Cada una de estas
emociones, en tanto posee un nombre
diferente, será también el producto de la
investidura y la descarga de una clave
distinta, que compartirá, con las claves de
los sentimientos próximos, algunas
inervaciones comunes.
Especialmente
importante, en cuanto se refiere al dolor
"psíquico", es el fenómeno del
llanto, en el cual confluyen la efusión de
lágrimas, los sollozos, y los gritos o
lamentos. Los sollozos, los gritos, o los
lamentos, pueden faltar en el llanto, ya que
su característica principal reside en la
efusión de lágrimas. El llanto, tal como
lo demuestra la experiencia, integra
distintos estados emotivos y puede adquirir
formas distintas, pero se configura, en su
origen, como un acto motor arcaico específicamente
vinculado con el doloroso proceso de
desinvestir recuerdos (Chiozza y col., 1970b,
págs. 163-165).
Dumas
(1933) afirma que el término lágrimas
posee un sentido más extenso que el término
llanto. La cebolla, señala Dumas,
hace correr lágrimas y no llanto. El
estudio etimológico de la palabra lágrima
o su equivalente inglés tear nos
conduce hacia el término griego dakru,
cuyo significado es el mismo y cuyo origen
es incierto. El estudio etimológico de la
palabra llanto 16, o sus equivalentes
cry17 y weep18, nos introduce
definidamente, en cambio, en los aspectos
melancólicos del llanto. El significado de llamada,
o de imploración, al cual aluden los
términos llorar19, cry y weep,
unido al autorreproche implícito en el
significado de golpearse, contenido en el término
llanto —y también en el vocablo afligirse—
evidencian los aspectos melancólicos y los
sentimientos de culpa que forman parte del
llanto (Chiozza y col. 1970b).
c.
En torno de la alegría y de la risa
Hemos
visto que la tristeza y otros sentimientos
semejantes, en tanto implican la vivencia de
la pérdida del objeto de una necesidad
actual "añorante", forman parte
del duelo, y, en la medida en que se acompañan
de sentimientos de culpa, o de falta
frente a un ideal, configuran una melancolía.
La alegría, en cambio, supone un encuentro
gratificante con el objeto bueno,
tanto sea interno como externo, que se
acompaña de una vivencia de plenitud,
equivalente al sentimiento de que "nada
falta". Se constituyen de este modo los
parámetros que determinan el incremento del
sentimiento de autoestima, el cual, como
producto de la vivencia de haber cumplido
con los mandatos del ideal, constituye el
exacto inverso de la culpa20.
La
palabra alegría significa
"grato y vivo movimiento del ánimo"
(Real Academia Española, 1950). Proviene de
alegre, y éste del latín alecris,
que significa "vivo, animado".
Entre sus sinónimos están "dicha,
felicidad, gozo, placer, risa, júbilo,
exaltación, buen humor, entusiasmo,
optimismo, regocijo y jovialidad"
(Sainz de Robles, 1979).
Para
Dumas (1933e) la alegría es el
sentimiento de bienestar, de potencia, de
ligereza, de goce interior y de satisfacción
íntima. Sostiene que, durante su expresión,
el corazón se acelera y aumenta la fuerza
de sus latidos; los músculos de los brazos
y de las piernas se sienten más móviles y
poderosos, las extremidades están
calientes, y todo el organismo se
experimenta vigoroso y activo. El talle se
realza, la cabeza se yergue y el andar es más
fácil. Se eleva el umbral para el dolor y
hay sensaciones agradables. La imaginación
es rica, aumenta la comprensión; la
memoria, la vida psíquica y orgánica son más
activas. La respiración es más profunda,
hay vasoconstricción cutánea activa e
hipertensión; el rostro está colorido y se
aceleran todas las funciones vitales, que
dan la apariencia de rejuvenecimiento. Los
ojos brillan y la mirada es
"chispeante". Las bromas, los
gritos, los cantos, las idas y venidas, los
saltos, la actitud enhiesta y casi
desafiante son, según Lange (Dumas, 1933e,
ibídem), las características del hombre
feliz.
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