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Ciencia
Tendencias
científicas: la ciencia, pervertida
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03.09.2001
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Hace
una quincena de años, un representante del
Congreso americano, no sin humor, desvelaba
la verdadera naturaleza del problema. Lo más
peligroso, escribía a propósito de la
revolución biológica, no es que hayamos
descubierto el árbol del conocimiento, sino
que lo hayamos vendido a Wall Street.
Ironía
premonitoria, en efecto. Hoy, mientras
debatimos cuestiones éticas y nos
proponemos legislar con prudencia, una
potente industria biotecnológica se
desarrolla a través del mundo completamente
gobernada por la búsqueda del beneficio.
Esta industria se beneficia, día a día, de
la debilidad política. Se vale de la
desregulación-privatización generalizada
para adquirir una fuerza y una autonomía
sin equivalente en la historia.
Cuando
se trata de genética, esta captación de
potencia es angustiosa. Porque la biología
genética se ha convertido ya en un gran
negocio, objeto de una competencia
internacional descarnada. Regularmente, la
prensa norteamericana compara este boom
industrial con la carrera por el oro del
siglo XIX.
Para
evocar esta fortuna por venir, se habla a
veces de "genodólares", en
referencia a las masas de petrodólares
producidos por los choques petrolíferos de
1974 y 1979.
Ampliamente
dominado por Estados Unidos, este vasto
mercado cuenta con nuevos actores,
impacientes, en la mayor parte de los países
desarrollados: Gran Bretaña, Francia, pero
también Brasil o India.
Estados
Unidos albergaba, en noviembre pasado, miles
de empresas especializadas, 300 de ellas en
el Estado de Maryland, en la costa este.
Gran Bretaña (la primera de Europa) cuenta
ya con 560, es decir, más de la mitad de
todas las empresas similares del continente.
Francia,
por su parte, a levantado un polo de
investigación biotecnológica en Evry,
cerca de París, presentado ya como una
especie de "genetic valley" a la
francesa. En la India, el gobierno alienta
la investigación biotecnológica desde 1986
con la creación de un ministerio
especializado y favoreciendo la formación
universitaria de investigadores en este
campo.
Frente
a una carrera de estra amplitud, los
argumentos humanitarios no pueden pesar
demasiado y no solamente por una relación
de fuerzas desfavorable a la regulación
democrática. Entre la inquietud moral
suscitada por la inmensa transgresión genética
y el laisser-faire neoliberal existe un
antagonismo teórico.
De
un lado, la necesidad de reglas, de medidas,
de enmarcación, de reflexión. De otro
lado, una precipitación industrial y
comercial determinada por el principio de
libre competencia. En estas condiciones,
cuando el legislador se ve obligado con
frecuencia a rodear un estado de hecho ya
renunciar, sin decirlo, a dictar normas o
prohibiciones duraderas.
Esta
nueva debilidad de la ley, esta fragilidad
de los límites, son considerados
lamentables por algunos juristas. Para
ellos, la ley está enfrentada hoy a un
proceso anónimo de desarrollo científico,
industrial y técnico que avanza con una
fuerza y casi automatismo desconcertante.
Parece
lejana la época (1987) en la que el Comité
Consultivo de Ética de Francia denunciaba
con solemnidad la irrupción del dinero en
el terreno de la biología.
Dolly y la bolsa
Pero
eso no es todo. En el terreno de las
biotecnologías, el progreso de la
investigación, como el anuncio de los
descubrimientos, están determinados por las
reacciones, en tiempo real, del mercado. Se
sabía que la clonación de la oveja Dolly,
el 23 de febrero de 1997, iba a provocar una
subida del 56,7% de la bolsa de Londres y
las acciones de la sociedad PPL Therapeutics.
Hoy,
la evidencia de esta relación directa entre
la bolsa y los descubrimientos cientíticos
(o pseudo descubrimientos) se ha convertido
en una rutina mediática. El 14 de marzo de
2000, la PPL anunciaba haber clonado cinco
lechones. A continuación sus acciones
subieron un 50%.
En
Francia, en el primer semestre del año
2000, las acciones de la sociedad Transgène
triplicaron su valor y las de Genset se
duplicaron. En Frankfurt, la subida más
importante de este período fue también la
de una empresa biotecnológica, MorphoSys,
cuyas acciones se multiplicaron por once.
A
la inversa, bastó que en el otoño pasado
Tony Blair y Bill Clinton se declararan
opuestos a patentar el genoma humano para
que la sociedad Celera Genomics perdiera el
25% de su valor en el mercado.
Cabe
preguntarse lo que queda de la deontología
científica, si es que subsiste su razón de
ser, cuando la investigación obedece a lógicas
mediáticas y bursátiles tan extravagantes.
Según un gentetista belga, "los
anuncios orquestados por las empresas de
biotecnología sobre la secuencia del genoma
se han concebido para dopar el valor de las
acciones en la bolsa."
Podría
añadirse que esta famosa secuencia del
genoma humano, presentada en los medios como
una empresa más importante que la conquista
espacial, es objeto de una competencia
despiadada, al límite de la estafa ética,
entre el programa público Hugo y la
ofensiva, privada, del laboratorio americano
Celera, que pertenece al bioquimista y
empresario californiano Craig Venter, que se
considera como el Bill Gates del gen.
Venter
ha conseguido meter las manos en el genoma y
podrá, mañana, comercializar sus
licencias. Los métodos de Craig Venter,
fundados en la carrera de velocidad del
efecto de anuncio, suscitan intensas polémicas
en Estados Unidos. De hecho, lo único que
hacen es llevar hasta el fin una lógica
mercantil que se ha convertido en regla.
El
anuncio espectacular y mediáticamente
planificado de la terminación del
decriptaje del genoma humano en febrero
pasado constituye el perfecto ejemplo de
este vértigo del espectáculo y del dinero
en que se engulle la verdadera ciencia.
En
medio de este clima tan desenfrenado,
exacerbado por una orquestación periodística
estruendosa con títulos como "nuestros
genes valen oro", ¿cómo pueden
prevalecer la prudencia, la ética y el
sentido común?
En
realidad, sin que nos demos cuenta, es el
modo de producción científica el que se
transforma: ya no se desarrolla en función
de la tradicional "validación académica"
(por definición gratuita y desinteresada),
sino en estrecha conexión con las
necesidades industriales o consumistas.
La
contaminación de la revolución genética
por la revolución neoliberal de la economía
es mucho más profunda de lo que nos
imaginamos. La esencia de la organización
de la investigación científica, el
estatuto del conocimiento, se destruyen poco
a poco por efecto de esta colisión de las
revoluciones genética y neoliberal.
Científicos empresarios
La
confusión, por ejemplo, entre el oficio de
investigador y el de industrial, es la
norma. Cada vez más, los jóvenes
diplomados quieren ser los empresarios de
sus eventuales descubrimientos. De esta
forma se instala una especie de vergüenza
permanente. Por un lado, como científicos,
explican las fabulosas promesas de la genética.
Por otro lado, crean su propia empresa
biotecnológica, pronto cotizada en bolsa.
Fortuna del investigador y ruina de la
palabra...
Esta
imbécil tiranía del mercado sobre la
definición del saber, este vértigo que
sacude a los mejores espíritus, nada de
esto debería perderse cuando se reflexiona
sobre la revolución biolítica. Es una
reflexión crítica global la que hay que
elaborar, un análisis resueltamente
transdisciplinar el que se impone.
Si
no lo hacemos, un abismo separará
ridiculamente de un lado a los debates sobre
la bioética y de otro lado a la brutalidad
cínica de lo real. Toda la cuestión es
saber si aceptamos abandonar la noción de
humanidad a los frenesís de un proceso sin
sujeto. Un proceso por el que el
estructuralismo buscaba, precisamente,
anunciar la muerte del hombre, es decir, la
desaparición pura y simple del principio de
humanidad.
Esta
funesta hipótesis es la que este libro
quisiera examinar. Pausadamente.
Condensado
del original (extractos de "El
principio de humanidad", Seuil, Paris,
2001):
http://www.lexpress.fr/Express/Info/Sciences/Dossier/Guillebaud/dossier.asp?id=320521
Más
información:
http://www.nouvelobs.com/epoque/epoque2_1.html
AUTEUR : Jean-Claude
Guillebaud DATE : 30 août
2001
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