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Ciencia
Genes
solidarios y egoístas
Revista
La Nación (Agosto 26, 2001)
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27.08.2001
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La
idea de evolución es la más polémica de
la biología contemporánea. La mitad de las
personas no cree que la evolución haya
tenido algo que ver con nuestra aparición
sobre la Tierra. Al mismo tiempo, la idea de
evolución nunca ha sido más importante
para los científicos, los que la usan para
lograr una comprensión más profunda de
todos los aspectos de la vida, desde las moléculas
biológicas hasta los ecosistemas, desde la
conducta hasta las enfermedades humanas.
Prácticamente todo el mundo ha oído
hablar de Darwin y de su teoría. Pero casi
nadie conoce a fondo el principio de selección
natural que Darwin postuló, a partir de dos
supuestos básicos. El primero de ellos es
que nuevos cambios heredables aparecen al
azar en los organismos individuales. El
segundo es que ciertos cambios heredables
proporcionan a algunos individuos una mejor
oportunidad de sobrevivir y de reproducirse
que a los demás. Por sorprendente que
parezca, si uno acepta estos dos supuestos
como hechos consumados -y han sido probados
por toda la historia pasada de la vida sobre
la Tierra-, debe aceptar la idea de evolución
como lógica consecuencia.
Ahora sabemos que los cambios
heredables son resultado de mutaciones que
producen nuevas versiones de los genes. Si
un nuevo gen hace que los individuos logren
transmitírselo a más hijos, con cada
generación habrá un mayor porcentaje de la
población portadora del nuevo gen, hasta
que en última instancia el gen estará
presente en toda la población. Según el
lenguaje de la evolución, ese gen ha sido
seleccionado por la naturaleza. Sin embargo,
tarde o temprano aparecerá una versión aún
más nueva del gen, capaz de permitir que
algunos individuos superen a aquellos
portadores del ahora envejecido nuevo gen.
Este infinito proceso de superación se
realiza simultáneamente en miles de genes
de cada población de seres vivos. Aunque
los principios básicos de la teoría de la
evolución de Darwin son simples, la cosa se
complica cuando pasamos a los detalles, que
son fascinantes y que han dado lugar a la
aparición de una serie de libros. The
Cooperative Gene¸de Mark Ridley, un zoólogo
de Oxford, es el último de esa serie.
Ridley se ocupa de las batallas
que se efectúan dentro del micromundo de la
célula y sus cromosomas. Para entender el
origen del conflicto dentro de ese
micromundo, hay que tener en cuenta un
problema importante de la visión darwiniana
de la evolución, que el propio Darwin
reconoció: si la selección natural sólo
favorece a los individuos más aptos para
sobrevivir y reproducirse, ya no deberían
existir los ejemplares que desperdician
tiempo y energía en ayudar a los otros. ¿Cómo
explicar entonces, por ejemplo, la
existencia del macho de la mantis religiosa,
que sólo tiene una oportunidad de copular
con la hembra antes de que ella se lo coma?
¿Y por qué los hormigueros y las colmenas
están repletos de obreros que jamás se
reproducen?
Una explicación de estas y otras
conductas de los organismos que contradicen
la supervivencia de los más aptos fue
proporcionada por Richard Dawkins en su
libro The Selfish Gene (El gen egoísta),
publicado en 1976. Suele suponerse que los
animales, individualmente -como en nuestro
caso-, son el eje en torno del cual gira la
evolución. Pero, en realidad, los
individuos que viven más sólo sobreviven
una fracción minúscula de tiempo dentro
del gran esquema de la vida. Lo único que
puede sobrevivir más tiempo es un gen
inteligente. Y sólo a principios de la década
del sesenta los biólogos evolucionistas
empezaron a reconocer la importancia de ese
hecho: advirtieron que los genes no eran
usados por los organismos, sino más bien a
la inversa. Son los genes los que compiten
entre sí, y sólo el gen egoísta puede
sobrevivir durante millones de años, no los
organismos individuales.
El enfoque genético del mundo es
muy diferente del orgánico, porque un gen
exitoso puede dominar a todo un conjunto de
congéneres genéticos. Es perfectamente lógico
que ese gen sacrifique a otros si eso lo
ayuda a aumentar su capacidad de
supervivencia y reproducción. Esta lógica
explica todos los fenómenos biológicos en
los que los organismos individuales expresan
conductas instintivas contrarias a su propia
supervivencia y reproducción. Los genes de
la mantis religiosa sacrifican a los machos
para que las hembras, mejor alimentadas,
puedan producir más copias de los genes.
Los genes de la abeja organizan grandes
colonias de obreras estériles con el único
propósito de asistir a la reina en la
producción de grandes cantidades de genes.
Según explica Ridley, el sexo
también tiene sentido analizado a la luz
del gen egoísta. Si lo importante fuera
realmente el organismo, éste se reproduciría
por clonación. En cambio, casi todos los
organismos complejos se reproducen
contribuyendo solamente con la mitad de los
genes de sus crías, y la otra mitad de los
genes es aportada por otro organismo. Desde
la perspectiva genética, el sexo
proporciona la oportunidad de participar en
varios organismos, en compañía de
combinaciones de genes. Un pequeño número
de vástagos conseguirá existencia, debido
a que tienen una combinación genética única
que les permite evitar nuevas y dañosas
mutaciones y superar virus y otros gérmenes.
El egoísmo de los genes se
atempera con la necesidad de cooperar con
los genes vecinos en la construcción de un
organismo que los reproduce a todos. Pero,
como dice Ridley, los genes pueden ser
despiadados en cuanto se les presenta una
oportunidad. En algunas especies de ratones
y moscas, existe una banda de genes
mentirosos que coopera silenciosamente con
sus vecinos en el desarrollo del organismo,
hasta la producción de células espermáticas.
Al igual que los otros genes, esta banda está
presente sólo en la mitad del esperma. Pero
en cuanto se realiza la división, estos
genes asesinan todo el esperma en el que no
están presentes. Como resultado, logran
evitar toda concesión sexual, transmitiéndose
a todos los retoños masculinos. Pero estos
genes asesinos no son muy comunes, porque
sus víctimas (los otros genes) acaban por
descubrir maneras de protegerse.
Ridley
relata otros intentos de motín genético.
El más fascinante es el conflicto entre los
genes que el padre da a un feto y los que le
proporciona la madre. Los genes del padre
impulsan al feto a absorber todos los
recursos de la madre, a expensas de la
fertilidad y salud futuras de ella. Pero los
genes de la madre han desarrollado la
capacidad de resistir esos ataques. Nuestro
genoma es en realidad la tregua en esa
guerra entre los sexos.
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