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Olfato
Aporte
teórico a la fisiopatología de la
drogadicción por inhalantes
Dr.
Luis Carlos H. Delgado, Lic.
Graciela Verónica García
-
23.07.2001
-
El
desarrollo evolutivo se cumple con la
diferenciación del aparato psíquico como
un sistema de inscripciones. Esto significa
que acontecimientos privilegiados de
distintas épocas de la vida van ingresando
al sistema nervioso y pautando al sujeto. A
su vez, estas etapas de los acontecimientos
son decisivas para la producción de las
distintas patologías. Según la “teoría
de la regresión” en psicopatología, cada
psicosis, neurosis o afección psicosomática
estaría estructurada en virtud de la
dominancia de una fase psicoevolutiva y del
predominio de sus registros específicos, a
cuyos condicionamientos se vuelve como
respuesta a factores precipitantes.
Se sabe
que en psicoanálisis los puntos de fijación
y regresión de la libido corresponden a las
fases, cronológicamente ordenadas, de la
oralidad, analidad y falicidad con sus
correspondientes subdivisiones, que a su vez
aportan la base estructural de diversas
afecciones y caracterologías. Nuestro
aporte a la psicopatología de la drogadicción
por implantes se apoya en la teoría de la
regresión pero utiliza además el
constructo de una etapa nasal que antecede a
la oral y cuya elaboración y convalidación
clínica no se había intentado hasta la
publicación de nuestro libro “La etapa
nasal”.
La
vinculación madre-hijo durante la etapa
nasal es, por mediación del olfato, de
naturaleza fusional: es una vinculación
plena, cerrada, capsular, envolvente,
penetrante. Por el vínculo olfativo niño y
madre son una misma persona. No sólo el niño
le inhala fusionalmente sino que él es
también inhalado por la ella. Esta
experiencia ingresa y se inscribe en el
cerebro límbico del bebé, incorporando en
su sistema nervioso y aparato psíquico, núcleos
primarios de identificación e identidad.
Hipotetizamos
que en el adicto el vinculo olfativo
fusionante madre—hijo ha sido inadecuado
de alguna manera, en consecuencia serán
inadecuados también la función yoica y el
desarrollo de la identidad.
En
consonancia, el Yo del adicto es un Yo
primitivo (lo que se manifiesta en lo
pueril, omnipotente y mágico de sus
actitudes), lábil (es decir, falto de
continencia, lleno de contradicciones y de
fracasos en los propósitos y las promesas),
débil (como lo muestra la falta de firmeza
de la voluntad, motivaciones e intereses) y
frágil (sujeto a fáciles derrumbes y
quiebras)
Los
factores precipitantes de la regresión son
las exigencias de la realidad. Ante estas
demandas tiene el adicto la sensación de
perder la vida y no ser nadie ya que su ser
quedó inconstituido y fijado en la etapa
nasal. El incremento de ansiedades a que lo
expone la realidad lo compulsa a la búsqueda
de su ser atrapado en la vinculación
olorosa fusional con el cuerpo materno. Y
como no puede, como el esquizofrénico,
desarrollar una regresión alucinatoria y
delirante espontánea, acude a lo que le
provea el delirio y la alucinación de
manera artificial: la droga, que al ser
inhalada le concede la posibilidad de
sobrevivencia ya que le permite reconstruir
la fusión primitiva.
La droga
genera estados que hacen pensar en otras
nosologías -psicopatías, psicosis,
histerias- pero en definitiva son falaces ya
que están allí sustituyendo por “el
parecer’ la “falta de ser” que es lo
esencial en el cuadro.
Desde
lo olfativo, con su erogeneidad
incrementada, los adictos a inhalantes
logran el escape del mundo externo recreando
un estado fusional narcótico, donde inhalan
y son inhalados por una existencia ilusoria,
de cualidades volátiles, donde el ser se
despliega fantasiosamente.
Si
analizamos las modalidades de un grupo de
adictos, encontraremos también la característica
fusional de este estado; veremos que en el
momento de inhalar desdibujan sus limites.
Fuman el mismo porro, inhalan el mismo polvo
y con el mismo tubo, practican una
sexualidad promiscua e indiscriminada pues
para ellos todos son uno. El código verbal,
la jerga, toma las características
sectarias de un idioma según el cuál aquél
que no lo habla, no entra.
La
estructura psíquica del drogadicto por
inhalantes es un castillo edificado sobre
nube o polvo, en el aire. El sujeto es
continuamente invitado a su mágica
construcción, prontamente y sin trabajo,
ventaja que no puede ofrecerle la realidad.
Esto es una trampa tendida por el Superyo
olfativo al que hemos denominado catador -o
cazador en su modalidad menos benigna- un
Superyo que exige siempre oler y establece
el código de las sustancias adecuadas a las
que sujetarse. Este Superyo encuentra su
representante en la figura del traficante,
corruptor o compañero que obliga al yo del
sujeto a proyectar el ordenador nasal al
exterior, donde está la droga. Ella es
ahora el organizador -calma, tranquiliza,
organiza la secuencia de los pensamientos,
acelera, alucina, evade, posibilita la
huida- La trampa está tendida desde el
Superyo para aliviar la tensión que
despierta el sentimiento de “no ser’. Sólo
en lo profundo y primitivo de su psiquismo,
arraigado en la fusión con el ser de la
madre, el drogadicto puede recuperar un modo
de existir y soportar la defusión
evolutiva.
Para
cada uno de nosotros evolucionar ha
significado aceptar la separación de la
fusión materna, que es al cabo fusión
incestuosa; todo desprendimiento moviliza
ansiedades de muerte, pero es necesario
enfrentarlas para crecer. En el drogadicto
por inhalantes, el anhelo de fusión y la
imposibilidad de defusionarse pivotea entre
el incesto y la nada, de allí que pueda
decirse de él, como de Mirra, su mitológico
antecesor incestuoso: “fatal le parece su
vida o su muerte”. Mirra, madre a su vez
de Adonis, el hijo oloroso, mito al cual será
oportuno referirse sumariamente. Los mitos
proveen las fantasías especificas que
subyacen a una afección y a la función de
los órganos. Con el personaje de Mirra nos
conectamos con lo olfativo ya que la mirra
es una gomorresina aromática, de gusto
amargo y con forma de lágrimas que los
antiguos tenía por bálsamo precioso. Mirra
es nieta de Pigamalión, escultor enamorado
de la criatura de mármol que esculpiera y a
quien Venus le concede el milagro de copular
con ella. A su vez Mirra sentirá un amor
incestuoso hacia su padre Ciniras, el hijo
de los amores de Pigmalión, y se introducirá
en su lecho amparada por la oscuridad y la
embriaguez del padre. Después de noches de
incesto, descubierta y furiosamente
rechazada, en su huida ruega el prodigio de
ni vivir ni morir, porque fatal le parece
para los otros su vida o su muerte, y
entonces se transforma en el árbol que
lleva su nombre y de cuyo tronco nacerá
tras diez meses el producto de su incesto,
el aromático Adonis, dotado de una seducción
irresistible, que atraerá en disputa los
amores de Afrodita y Proserpina y que se
entregará a los placeres amorosos a la edad
en que corresponden juegos inocentes. Pero
Adonis nunca madurará. No llegará a ser ni
guerrero ni esposo.
Embestido por un jabalí, que no
es otro que Ares, celoso de Venus,
en contraposición con sus características
aromáticas va a caer muerto sobre plantas
de lechuga, vegetal frío, húmedo, inodoro
y antiafrodisiaco. Con todo, de la sangre de
sus heridas nacerán las anémonas y Venus
inaugurará en su honor un culto fúnebre
que se celebra anualmente en los días de
las canículas, días de la recolección de
las plantas aromáticas, que son los días
de la conjunción de la tierra y el sol y
del desenfreno sensual femenino, celebrado
no en los templos sino en terrazas y techos,
donde amantes perfumados construyen los
llamados “jardines de Adonis” y entre
granos de incienso y panes de mirra gozan
sexualmente hasta la embriaguez.
Adonis es
el niño-adolescente, oloroso y seductor,
que es inhalado por las diosas madres a la
vez que se adosa a ellas en un vinculo ajeno
a otra mediación.
Reiteremos
ahora que en la relación madre—hijo, los
aromas de la madre y del cuerpo del bebé
organizan las funciones biológicas de la
necesidad y de la sobrevivencia, originando
los núcleos primigenios del placer y del
deseo. La función de sobrevivencia se
cumple apoyada por la erogeneidad olfativa.
La madre, consciente o no, posibilita,
ejecuta, adecua, prolonga la fusión
incestuosa para que el bebé pueda
establecer las raíces fundantes de su
psiquismo. Pero sobre estas circunstancias
se cierne la prohibición del incesto y la
necesidad de la desodorización cultural y
evolutiva. A través del bulbo olfatorio se
asentarán en el sistema nervioso los núcleos
de este conflicto que, o culpabilizan a la
madre por la estrechez de la relación, o al
hijo, por pretender retenerla plena y
permanentemente.
La
madre interna del adicto, tiene características
abandónicas. Ya sea por el sentimiento
experimentado por su real modalidad o por
las propias exigencias incrementadas del niño
de prolongar la fusión. Aunque no sea lo
que verdaderamente acontezca, siente que no
le pertenece exclusivamente. Con la inhalación,
el drogadicto intenta recuperarla y
recuperarse en identificación funcional
olfativa con ese imago, articulando los
restos fragmentarios de su pasaje por la
vida. O es la blanca estatua del pedestal
que amaba Pigmalion, intocable e inodora, o
supone en ella un goce de promiscuidad con
carcterísticas de prostitución, como si
ella se
entregara a muchos, a todos, a
cualquiera. Persigue así dos objetivos: la
pura y blanca droga o cualquier cosa, lo que
sea: pegamento embolsado, caños de escape,
vapores de nafta. Se provee al mundo interno
de una madre casta y nívea, o se cae en la
marginal. Ambas abandonan y a cual sea de
las dos se procura reencontrar. A la blanca
estatua del pedestal o a la abyecta.
Secretamente el drogadicto satisface sus
anhelos incestuosos con el recurso de la
narcotización. Como Mirra introduciéndose
en el lecho del padre embriagándolo, o como
su abuelo Pigmalión fornicando con la marmórea
criatura. La culpa se volatiliza, se
deposita en la droga, como se depositó en
la madre su identidad y el organizador nasal
propio de su yo. La droga es la madre, el
ser. La Virgen, la Reina, Afrodita y
Proserpina; el cielo y el infierno. ¿Y qué
del padre? La fusión está desmembrada
desde el inicio. El padre tiene poco margen
para instalarse en esta etapa y la
triangularidad -que nuestra teoría propone
se produce cuando la madre incorpora en la díada
el olor del padre y del coito que lleva en
su piel- es comprobatoria de que padre e
hijo se procuran la satisfacción de esa
mujer a quien le da lo mismo el uno o el
otro. Por
otra parte, el padre, al no detentar la ley
para la discriminación de los roles, parece
disponer de la madre de una manera
abusadora, por lo cual ofrece una imagen
negativa de identificación.
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