|
Cerebro
Cerebro
y mente: el seso psicosomático
José
Luis Díaz
(http://omega.ilce.edu.mx:3000/sites/ciencia/volumen3/ciencia3/152/htm/elabaco.htm)
-
16.07.2001
-
La
función del cerebro
lOS
notorias fronteras de la investigación
científica fundamental avanzan a gran
velocidad y ofrecen resultados
crecientemente fascinantes: la astronomía y
las ciencias cerebrales o neurociencias.
Estas últimas constituyen un ejemplo
acabado de lo que podríamos denominar una
transdisciplina, es decir, la interacción
de diversas especialidades que operan en los
distintos niveles de organización de la
realidad (molecular, celular, tisular, orgánico,
organísmico) para entender integralmente la
función del sistema natural biológico más
complejo que conocemos: el cerebro.
Ahora
bien, ¿cuál es esa función que las
neurociencias intentan comprender? Se trata,
nada menos, que de penetrar el misterio de
la relación entre la mente, la conducta y
la actividad propia del tejido nervioso. Es
decir, se trata de desentrañar la manera
como la actividad del cerebro se relaciona
con la psique y el comportamiento, las dos
manifestaciones que constituyen el tema de
estudio de la psicología. Por ejemplo, se
supone que existe una huella cerebral en la
que se halla inscrita la memoria, o mejor
dicho, cada recuerdo específico. Otras
huellas deberán ser responsables, al
activarse, de conductas como la agresión,
el sexo, la alimentación o el habla. Unas más
serían la contraparte de experiencias
subjetivas como la percepción, la imaginación,
el pensamiento, la emoción o el ensueño.
La pregunta, entonces, se refiere a la
naturaleza de estas huellas. Para abordarla
debemos esbozar de manera general cómo
funciona el cerebro.
Los
elementos funcionales fundamentales del
cerebro son las neuronas, células
especializadas en el manejo de la información.
Las neuronas tienen como principal característica
la excitabilidad. Son células dotadas de múltiples
prolongaciones ramificadas, llamadas
dendritas, por las que reciben información,
y de una prolongación larga, llamada axón,
que se ramifica y la conecta hacia otras
neuronas. Podemos calcular que una neurona
recibe información directa de varios miles
de neuronas y envía información a otras
tantas. El número de neuronas de un cerebro
humano probablemente se sitúe por los 100
000 millones, un número similar al de las
estrellas en una galaxia normal, como
nuestra Vía Láctea. Ahora bien, el número
de unidades de información del cerebro es
mucho mayor debido precisamente al número
de contactos que se establecen entre las
neuronas y que hemos dicho que es de varios
miles por unidad, con lo cual tenemos al
menos 10 billones de contactos que
constituyen, para usar una analogía en
boga, otros tantos bits de información.
Es así que la unidad fundamental del
cerebro es la neurona desde el punto de
vista estructural, y el contacto entre
neuronas desde el punto de vista
informacional. A ese contacto se le llama
sinapsis.
Figura
14. Sinapsis y comunicación entre neuronas.
Una
sinapsis está constituida por la terminal
de una neurona llamada emisora, la parte de
la membrana de otra neurona, llamada
receptora con la que casi hace contacto la
terminal, y una señal que es la responsable
de la transmisión de la información. Esa
señal está conformada por pequeñas moléculas
químicas que reciben el nombre de
neurotrasmisores. Se conocen varias familias
de ellos, que se pueden agrupar en tres:
aminas biológicas como la acetilcolina, la
serotonina o la dopamina; algunos aminoácidos
como el ácido gamma-aminobutírico, la
glicina o el ácido glutámico; y péptidos
o cadenas de aminoácidos como las
encefalinas y porciones de hormonas. Estos
neurotrasmisores son sustancias químicas
ubicuas en la naturaleza, pero sólo en el
tejido nervioso se convierten en moléculas
semioquímicas, es decir, en moléculas que
acarrean información. La neurona que envía
la información está capacitada para
sintetizar y liberar al neurotrasmisor a un
espacio sellado que facilita que el
trasmisor llegue a sitios especializados de
la membrana de la neurona que recibe la señal
y que reconocen al trasmisor y decodifican
el mensaje: se trata de los receptores sinápticos.
Estas estructuras son proteínas de la
membrana que funcionan como minúsculas
cerraduras que admiten sólo una forma de
llave para accionar la cerradura. Como
sucede con la información binaria de la
computadora en la que el mensaje está
codificado por unos o ceros, la llave-neurotrasmisor
sólo puede tener dos efectos inmediatos
sobre la cerradura-receptor: o la neurona
receptora se excita y trasmite la información
o se inhibe y la bloquea.
La
irradiación y la transmisión de información
a través de las neuronas sucede gracias a
los potenciales eléctricos que recorren la
membrana y que obedecen a la propagación de
ondas eléctricas que se forman por la
salida o entrada, a través de la membrana,
de iones de sodio, potasio y cloro que están
cargados eléctricamente, con lo cual la célula
y sus prolongaciones se comportan como un
cable.
Pero
todo esto no explica más que el fundamento
de la organización nerviosa. El cerebro,
dotado de esta maquinaria fisicoquímica de
información cuyas propiedades son similares
en todos sus sectores, tiene una
arquitectura que organiza sus elementos
neuronales de manera intrincada y exquisita,
bastante distinta en sus partes. Los
diferentes tipos de neuronas están
organizados sea en cúmulos celulares o en
capas. Las zonas superficiales del cerebro,
como la corteza cerebral, que es la arrugada
superficie que lo distingue, o la corteza
del cerebelo, tienen un arreglo horizontal
de varias capas constituidas por tipos específicos
de neuronas y un arreglo vertical formado
por columnas de fibras que conectan a las células
en una infinidad de circuitos de uniones
extraordinariamente precisas. Las zonas más
especializadas de la corteza cerebral, como
aquellas en las que se recibe la información
visual o la que se encarga de los
movimientos corporales, tienen una
organizacion particularmente elaborada y
compleja. En suma, las neuronas se agrupan
en sistemas multineuronales perfectamente
estructurados en su arreglo espacial, específicamente
interconectados por dendritas y axones y
particularmente definidos por la naturaleza
química de sus contactos sinápticos. Es así
que la mente y la conducta tienen como
fundamento material una morfología
particularmente intrincada.
Ahora
bien, sobre la base del lenguaje sináptico
y de la exquisita e intrincada arquitectura,
los sistemas neuronales operan mediante
pautas espacio-temporales de actividad.
Pensemos en cada neurona de la red como el
instrumento de una orquesta o la voz
individual en un coro. Según su disposición
espacial y la naturaleza de la sinapsis
involucrada estos sistemas interneuronales
pueden procesar distintos tipos de melodías.
Las neuronas son exquisitamente sensibles a
un tipo de información particular. Las
neuronas de la zona visual sólo descargan
ante un estímulo muy especifico del campo
visual, como podría ser una línea en
determinado ángulo. Otros miembros de la
orquesta visual descargan en respuesta a
otras características, como el color, la
textura o la forma y entre todos ellos
interpretan una melodía final, la cual
suponemos, corresponde a la experiencia de
ver. Otras orquestas situadas en otros
sectores tocan la melodía del oír, del
recuerdo, del ensueño, de la agresión, de
la vergüenza, de la creencia. Por lo que
sabemos, algunas orquestas están
especializadas en un solo tipo de melodía,
o sea de información, como la visual, la
auditiva o la motora, pero otras tienen un
repertorio más amplio y melodías similares
pueden ser ejecutadas por diversos grupos de
neuronas.
A
pesar de lo extraordinario de toda esta
información, aún no sabemos con exactitud
cómo es que la actividad cerebral, o bien
cuál es esa actividad específica. En
respuesta a este interrogante hay varios
modelos hipotéticos. Veamos a continuación
un modelo muy controvertido pero verosímil
e inquietante.
EL
HOLOGRAMA Y EL ARCO IRIS
Está
usted frente a un estanque de agua en un
bosque. No hay viento. La superficie lisa y
bruñida ante sus ojos es un espejo que
refleja los árboles de la orilla opuesta y
el sol del atardecer. Algunas hojas secas
flotan inmóviles, aquí y allá, sobre el
agua. Imagine que toma tres piedras de
diferente tamaño y las arroja, una tras
otra, a puntos diferentes del estanque. Las
piedras caen con segundos de diferencia y,
de acuerdo con su peso y velocidad de caída,
se forman en el agua ondas de diferente
amplitud que se propagan en círculos
crecientes y silenciosos a partir del punto
central donde la piedra rompió la
superficie. El frente de cada círculo
avanza diáfanamente extendiéndose a una
velocidad constante y una amplitud
decreciente. Los frentes de onda se
encuentran, se entrelazan, se traspasan y
continúan su viaje centrífugo hasta
rebotar en las orillas. Las hojas flotantes,
al ser alcanzadas por las ondas, en vez de
desplazarse, simplemente suben y bajan
cabalgando la onda en su sitio. La
superficie del estanque es ahora una danza
de círculos que se dilatan y entrelazan en
pautas de interferencia y zonas en calma.
Poco a poco los árboles y el Sol, rotos en
fragmentos parpadeantes por la deformación
del líquido espejo, vuelven a reunirse y a
tomar su forma.
Suponga
usted ahora que tuviera los datos físicos
necesarios sobre las leyes que rigen el
movimiento descrito y que incluyen la
velocidad de propagación de las ondas, la
viscosidad del agua y la intensidad o
amplitud de la onda que depende del tamaño
de la piedra y su velocidad de entrada. Con
estos datos podría, desde cualquier
punto del estanque en el que ocurran
interferencias de las ondas, determinar el
tamaño de las piedras y su tiempo y lugar
precisos de entrada. Es decir, en cada punto
de la superficie deformada por las ondas está
codificada la información del todo.
El
movimiento de las ondas consiste en un número
de ondulaciones que se denominan un tren de
ondas. El pulso de un tren no consiste en
una vibración pura de una sola frecuencia,
ya que otras vibraciones de diferentes
frecuencias están superimpuestas sobre la
onda mayor, como sucede con una cuerda de
guitarra al ser tañida. De esta forma, un
pulso consiste en un grupo de vibraciones de
diferentes frecuencias, amplitudes y fases.
Estas características de las ondas fueron
aplicadas por un matemático y egiptólogo
francés, Jean Baptiste Joseph Fourier
(1768-1830) para analizar el movimiento periódico.
En el caso del estanque esto podría
visualizarse al observar detenidamente el
movimiento de la hoja sobre la superficie al
paso de la onda, un movimiento que equivale
a la "armonía" musical.
Con
estos principios fundamentales,
ejemplificados por el movimiento de la hoja,
con el que podemos reproducir el evento
completo del estanque, Dennis Gabor
(1900-1979), el inventor húngaro a quien se
otorgó el premio Nobel en 1971, diseñó un
proceso de reconstrucción de un frente de
onda. El procedimiento es el siguiente: se
registra la forma de interferencia producida
por la interacción de una luz difractada
por un objeto en una película de alta
resolución. En la película queda grabada
la interferencia de la luz difractada por el
objeto de la misma manera que recibiríamos
la onda del estanque en la orilla después
de que pasó por un objeto rígido, digamos
una roca, situado entre la caída de la
piedra y la orilla. La deformación de la
onda traería a la orilla la información
del objeto de interferencia. En un segundo
tiempo la película se ilumina para producir
la imagen del objeto original y tal imagen
tiene la propiedad de reproducir
tridimensionalmente el objeto. El invento de
Gabor, al que denominó holograma, permaneció
como una curiosidad hasta el advenimiento
del rayo láser, a principio de los años
sesenta, con el que fue posible, merced a la
coherencia casi perfecta de su luz, producir
hologramas fidedignos.
Unos
años más tarde Karl Pribram, prominente
neurofisiólogo norteamericano de origen
checo, elaboró una teoría de la función
cerebral basándose en el holograma. Su
intento se ubicó como el último de una
cadena de modelos del cerebro que se
iniciaron con Pascal. Una de las maneras que
los científicos han usado para comprender
la función del cerebro ha sido compararla
con las máquinas o los artefactos de
comunicación y cálculo más actuales.
Pascal sugirió que el cerebro utilizaría
en sus cálculos algún proceso similar al
de su elemental máquina para realizar
operaciones y que era poco más que un ábaco
semiautomático. En los principios de la
telefonía al cerebro se le comparó con una
red de intercomunicaciones similar a un
conmutador. Más tarde se configuró la
analogía más interesante de la época
actual: la del cerebro como una computadora
electrónica, y nació así la inteligencia
artificial. Por ejemplo, se sugirió que
el cerebro era análogo a la máquina en su
sentido físico, lo que llaman los computólogos
el hardware, en tanto que la mente
correspondería a los programas, que
constituyen el software. Pribram
sugirió que la mente y el cerebro funcionan
de manera similar al holograma y explicaba
la memoria de una manera similar al proceso
por el cual, con los datos de un solo punto,
podría registrarse y recobrarse una enorme
cantidad de información.
Para
Pribram el cerebro funciona con pautas de
interferencia constituidas por frentes de
ondas eléctricas. Estos frentes serían las
excitaciones o inhibiciones de neuronas y
sinapsis en el árbol de las dendritas o
ramificaciones neuronales que, en conjunto,
concibe como pautas de microondas. Ahora
bien, ¿quién es y dónde está el
observador de la imagen construida por el
holograma cerebral, el yo que
percibe? Según la teoría holográfica, el
hecho de que esta información no tenga
fronteras, de que cada parte envuelva y
contenga la información del todo, implica
que la distinción entre observador y objeto
se borre. Esto es sorprendente ya que quiere
decir que existe una conexión intrínseca
entre la conciencia y la realidad física.
En suma: no hay un yo observador en el
cerebro o la mente. El holograma cerebral es
a la vez físico, en tanto sucede como
una interferencia de frentes de onda, y
mental en el sentido de que es experimentado
como una sensación, un pensamiento, un
recuerdo o una emoción.
Figura
15. Cortes senados del cerebro de ratón.
Así
como la información de las ondas del
estanque no se puede identificar con el agua
o con la piedra que las engendra, así como
la hoja que cabalga en su superficie al paso
de la onda es sólo un instrumento por el
que podemos conocer el todo, así como el
arco iris depende de las gotas de vapor, de
la luz del Sol y de alguien que lo vea sin
ser idéntico a ninguno de éstos, la
actividad del proceso cerebro-mente forma
una unidad de información continua con el
mundo de los objetos y es una parte
consciente de ese mundo. Una experiencia
cuidadosa de lo que ocurre cuando sentimos o
percibimos algo confirma esta vertiginosa
aseveración.
EL
LUGAR DEL SABER
Si
tratara de definir la función del cerebro
en una frase diría que es la de recibir,
procesar, almacenar y enviar información al
medio ambiente. Es decir, concebido como órgano
mental, el cerebro percibe, memoriza, decide
y actúa por medio de la conducta. Unas
preguntas básicas serían: ¿cómo están
codificados y dónde están los recuerdos?,
¿de qué manera se organiza la conducta en
el cerebro? Debe existir una huella, alguna
forma en la que la experiencia deje su marca
en el tejido nervioso. A esa huella o
templete se le ha llamado engrama,
pero nadie sabe exactamente en qué
consiste.
Con
el aprendizaje aumenta en el cerebro la síntesis
de proteínas; se activan y con ello se
favorecen nuevas rutas de comunicación
entre ciertas neuronas; se hacen circuitos
de retroalimentación. Cientos de
experimentos se han realizado para
esclarecer esto, pero una de las evidencias
recientes de mayor interés ha surgido del
estudio de una de las conductas naturales más
hermosas y llamativas: el canto de los pájaros.
El
canto de un pájaro lleva mucha información
a distancia: atrae consortes potenciales,
previene a otros machos, ahuyenta a
predadores. El canto está constituido en
canciones funcionales, es decir, melodías
para situaciones conductuales específicas.
Algunas son proclamaciones; verdaderas
fanfarrias que delimitan territorios. Otras
son cantos agresivos y otras más son de
cortejo. Se han identificado, además,
canciones de cuidado paternal, de alarma y
de defensa. En los extensos tiempos que
dedican algunos pájaros a cantar se mezclan
diversos tipos de canciones y, con ello, se
logran funciones diversas de comunicación.
Sin embargo aún desconocemos el significado
de los fraseos completos. Probablemente una
misma canción tenga tantos significados
cuantos escuchas existan, según su especie,
sexo y aun su estado fisiológico.
Además
de que los cantos son particulares de la
especie, hay también dialectos: tipos de
modulación característicos de una región
geográfica determinada que difiere de
miembros de la misma especie en otras áreas.
Más aún, hay individualidad en el canto.
En varias especies la canción se compone de
una serie de frases comunes a todos los
machos y, sin embargo, hay fraseos
individuales que permiten reconocer al pájaro
que los emite.
En
experimentos de aislamiento y producción de
híbridos se ha descubierto una característica
del canto que es común prácticamente a
todos los comportamientos: el hecho de que
tenga un componente genético y otro
aprendido. A diferencia de los insectos,
cuyos cantos casi no se pueden moldear o
modificar por el aprendizaje, los pájaros
pasan por estadios de maduración durante
los cuales la estructura y la tonalidad se
refinan de acuerdo con el dialecto y la
individualidad de quienes los rodean. Los pájaros
aislados desde el nacimiento o los que son
sordos producen cantos elementales y, aunque
maduran durante el desarrollo, nunca
alcanzan la riqueza de expresión de los
criados en su ambiente. Esto demuestra que
existe un templete codificado en el sistema
nervioso por ciertos genes que llevan la
información del canto de padres a hijos,
pero que ese templete debe de ser modificado
y enriquecido por la experiencia para que
ocurra el producto acabado. Pero, además de
la codificación del canto, existe un
templete de reconocimiento. O sea que no sólo
hay un mecanismo para emitir el canto, sino
que existe otro para reconocerlo. Esto se
asemeja mucho a lo propuesto por Noam
Chomsky, el conocido lingüista del
Instituto Tecnológico de Massachusetts,
para el lenguaje humano, el cual tendría un
componente genético para la estructura
fundamental y otro adquirido durante etapas
cruciales de maduración.
Ahora
bien, ¿cómo se codifica el canto en el
cerebro? Fernando Nottebohm, investigador
argentino ubicado en la Universidad
Rockefeller, sorprendió a los científicos
del cerebro con un hallazgo sensacional: la
evidencia de que un área muy restringida
del cerebro de los canarios aumentaba al
doble de su tamaño durante la primavera, la
época del apareamiento anual y del inicio
del canto, para reducirse al final de ella a
su talla previa. Esta zona es un núcleo que
controla las neuronas motoras de los órganos
vocales, en particular la siringe, con la
que el ave emite la voz; se trata del núcleo
cerebral donde se halla codificado el canto.
En experimentos posteriores encontró que la
aplicación de testosterona, la hormona
masculina producida por el testículo y que
aumenta en los machos durante la época del
apareamiento, produce un incremento en la
talla del núcleo y desencadena el canto en
los machos, incluso fuera de la estación. Más
aún, las hembras adultas que normalmente no
cantan, si se les aplican inyecciones de
testosterona desarrollan el mismo cambio que
los machos, es decir, expansión del núcleo
y producción de canto.
Estas
evidencias vinieron a echar por tierra la
noción de que el cerebro adulto era
inmutable, y de que las neuronas, por su
extrema especialización, ya no se producían
en el animal adulto. Pero, además, el
descubrimiento podría dar cierto apoyo a
una teoría del siglo pasado que hace tiempo
ha caído en el descrédito. El anatomista
Franz Joseph Gall (1758-1828) supuso que el
tamaño de las áreas cerebrales con
funciones especializadas variaría de
acuerdo con el grado de desarrollo de la
función. En donde seguramente se equivocó
Gall fue en postular que estas zonas
agrandadas por el uso se manifestaran en la
superficie del cráneo humano. Así surgió
la frenología, que pretendía establecer el
carácter y la personalidad del sujeto con
mediciones del cráneo. Lo que sorprende es
la posibilidad de que el grado de actividad
de ciertas zonas cerebrales se correlacione
con modificaciones anatómicas.
Las
investigaciones del grupo de Fernando
Nottebohm se han abocado a responder a la
pregunta de cómo se produce el incremento
de tamaño del núcleo cerebral donde el
canto se codifica. Inyectando a canarios una
sustancia marcada con radiactividad y que
normalmente se incorpora a las moléculas
del código genético que se activan durante
la división celular pudieron establecer con
seguridad que ocurría producción neuronal,
es decir, neurogénesis. La testosterona
aumentaba notablemente el proceso. Con el
tiempo han podido establecer que las
neuronas que en buena parte van a constituir
la expansión del núcleo no se originan allí,
sino que algunas células que rodean a los
ventrículos cerebrales empiezan a emigrar y
a madurar hasta localizarse en el núcleo de
control del canto.
La
imagen del cerebro que tenemos a partir de
estos y otros muchos experimentos recientes
que apuntan en la misma dirección es muy
diferente de la de antaño. Se trata de un
órgano con movilidad anatómica y celular.
Una conducta específica está de alguna
manera inscrita en neuronas que se han
localizado y que emigran de un lado a otro
para ejercer su función. Y digo "de
alguna manera" porque no se sabe
exactamente en qué consiste la huella o el
engrama de este comportamiento. Lo más
probable es que se trate de la actividad de
múltiples neuronas que en conjunto
constituyen un sistema, o sea un campo de
actividad en el espacio-tiempo. Pero ése es
otro cantar.
EL
ÓRGANO DEL LOGOS
Pensemos
en lo que significa manejar un lenguaje.
Significa que desde la infancia, a pesar de
que escuchamos un número limitado de
frases, podemos producir y entender un número
infinito de frases nunca antes habladas o
escuchadas. Manejar un lenguaje significa
poder identificar una palabra hablada, de
entre un acervo de más de 100 000 que tiene
un adulto culto, en menos de 300
milisegundos. Significa poder armar frases
en el mismo tiempo que se requiere para
pronunciar las palabras. Todo ello supone el
contar con un cerebro especializado en el
manejo del lenguaje.
El
cerebro humano está espléndidamente dotado
para la adquisición y uso del lenguaje. Es
así que los simios, nuestros parientes más
cercanos sobre la Tierra, aunque pueden
aprender palabras y expresarlas por signos
del lenguaje manual de los sordomudos, no
alcanzan, aun con el más dedicado
entrenamiento, a manejar más lenguaje que
el de un niño de dos años, lo cual no deja
de ser sorprendente y significativo. En
franco contraste con esta limitación, a
partir de esa edad cualquier niño,
independientemente de su raza, cultura y aun
de su inteligencia, puede adquirir cualquier
lenguaje al que se le exponga sin ningún
esfuerzo y sin enseñárselo a propósito.
En efecto, antes del año el niño da señales
de entender algunas palabras, al año
empieza a usarlas, entre los 12 y los 15
meses se expande su vocabulario
exponencialmente para, a los 20 meses,
empezar a emitir combinaciones de palabras.
Finalmente, entre los dos y los tres años
las palabras se colocan en sus sitios
adecuados en las estructuras de sus frases y
se presentan casi todas las reglas sintácticas.
Con sólo estos datos que todos
atestiguamos, es difícil evitar la conclusión
de que el cerebro está estructuralmente
armado para manejar el lenguaje. La
contraprueba de esta aseveración está en
que la lesión de las estructuras cerebrales
asociadas al lenguaje previene su adquisición
o su manejo.
Ahora
bien, aunque nadie duda hoy día que el
cerebro está armado para manejar el
lenguaje, un debate común en los lingüistas
como Noam Chomsky y en los neurobiólogos
como Alexander Luna es que si la habilidad
del cerebro humano para el lenguaje es específica
o derivada de otros sistemas relacionados
con la inteligencia y la cognición en
general. Las evidencias parecen favorecer la
idea de que la habilidad lingüística tiene
estructuras y funciones que le son
particulares y la diferencian de otras
habilidades cognitivas. Además, se sabe
desde hace un siglo que el hemisferio
cerebral dominante para la habilidad motriz
—el izquierdo en los sujetos diestros—
es también dominante para el lenguaje. Se
pensaba hasta hace poco que en el hemisferio
izquierdo se ubicaba fundamentalmente el
sistema motor del habla más que el que
subyace al significado, pero los estudios en
personas sordas que usan lenguaje de signos
manuales para hablar y que pierden esa
habilidad cuando tienen accidentes
vasculares cerebrales que afectan el área
motora del lenguaje llevan a concluir que lo
que está representado en esa zona es la
función y no sólo la capacidad motora para
producir palabras. Más aún, parecen
existir módulos o zonas cerebrales
especializadas en funciones particulares del
lenguaje. Es así que se puede perder la
producción del habla (afasia motora) y
retener la comprensión del lenguaje leído
o escuchado, o viceversa (afasia de Wernike).
Es lógico constatar que la afasia motora
ocurre cuando se lesionan las áreas de
producción o codificación lingüística y
que éstas se encuentren cercanas a la zona
motora del cerebro, la responsable de los
movimientos voluntarios, y también que la
afasia de Wernike se produce cuando la lesión
se encuentra cerca de las zonas auditivas
responsables de la decodificación. Las
evidencias más recientes indican incluso
que el procesamiento de los sustantivos y de
los verbos ocurre en dos zonas distintas del
cerebro. Los sustantivos se reconocen rápidamente
en las zonas del lóbulo temporal aledañas
a la zona auditiva, en tanto que los verbos
se desarrollan en vecindad de las zonas
motoras del lóbulo frontal. Esta topología
adquiere sentido si recordamos que los
sustantivos denotan usualmente objetos que
reconocemos de una manera sensorial en tanto
que los verbos designan actos y movimientos.
Por
otra parte, aunque la inodularidad o
localización de los sistemas cognitivos está
más o menos bien establecida, es decir, el dónde
se encuentran las funciones comunicativas,
lo que no sabemos es cómo se
ejecutan las habilidades lingüísticas (o
de hecho ninguna de las facultades mentales
superiores) en su sustrato nervioso.
A
partir de evidencias empíricas los lingüistas
han desarrollado un robusto cuerpo teórico
según el cual el lenguaje comprende cuatro
componentes diferentes en términos de sus
principios operativos: 1) la
estructura de los sonidos lingüísticos, 2)
el vocabulario que analiza la lexicografía,
3) las reglas de estructuración de
las frases que constituyen la sintaxis,
y 4) la representación del
significado, que es el campo de la semántica.
En el primer caso se distingue claramente la
fonética, es decir, la realización
de las propiedades físicas de la señal, de
la fonología, que corresponde a la
organización y estructura del sistema de
sonidos en una lengua. La forma fonológica
de la palabra, su categorización sintáctica,
su representación semántica y su producción
sea hablada, escrita o actuada, son
funciones que desafían a la nueva ciencia
de las bases cerebrales del lenguaje: la
neurolingüística.
Algunos
hallazgos recientes en esta área son de
gran interés. Es así que parece haber una
disociación en los sistemas cerebrales que
comprenden la sintaxis y los que juzgan la
gramática de las frases. Por otra parte, la
adquisición y el manejo de la lectura y la
escritura, que como sabemos son facultades
lingüísticas que hay que aprender, emplean
sistemas diferentes que los del habla y la
comprensión. Por eso las lesiones del lóbulo
frontal del cerebro en la zona anterior a la
región motora producen alteraciones en la
lecto-escritura, que conocemos como dislexia
y disgrafía.
Los
estudios de los déficit lingüísticos en
pacientes con afasia sugieren que el
lenguaje está organizado en subsistemas
similares a los componentes gramaticales
postulados por la teoría lingüística pero
que, aunque estos subsistemas tienen su
propia estructura y mecanismos operativos,
probablemente no tienen una localización
muy precisa en el cerebro. Así, aunque los
pacientes con afasia de Broca tienen un déficit
predominantemente sintáctico y los enfermos
con afasia de Wernicke tienen problemas
fundamentalmente semánticos, los dos
componentes se afectan ostensiblemente en
cada grupo de estos sujetos. Esta y otras
evidencias implican que, si bien las
facultades comunicativas (codificadoras y
decodificadoras) del lenguaje están anatómicamente
localizadas, las habilidades propiamente
lingüísticas son operaciones más
distribuidas que emergen de la interacción
de los subsistemas.
Por
otro lado es necesario mencionar que el
lenguaje cotidiano no sólo abarca las
habilidades puramente lingüísticas sino
una importante porción llamada pragmática,
que incluye las intenciones, actitudes y
emociones que se expresan en el lenguaje,
como gestos o entonaciones que acompañan al
habla o las connotaciones que se manifiestan
en la escritura. Múltiples funciones del
lenguaje son pragmáticas, como el lenguaje
figurado, el sarcasmo, el humor, la
inferencia o la metáfora. Al parecer el carácter
pragmático del lenguaje es una habilidad
del hemisferio cerebral no dominante, como
lo es en general el marco mental en el que
se desarrolla.
Con
esta nueva tendencia regresamos, con nuevos
elementos y marcos de referencia, a la feliz
época cuando la psicología y la neurología
estaban aún unidas en personalidades de
neurólogos científicos óptimamente
entrenados para el análisis psicológico y
cerebral. Entre ellos vale la pena recordar,
además de los pioneros Gall, Broca y
Wernike, a Hughlings Jackson y a Kurt
Goldstein, quienes precozmente postularon
(en 1884 y 1927 respectivamente) que si bien
existe una localización de funciones
cognitivas fundamentales, las propiedades
cognitivas superiores son producto de la
interacción de esos sistemas.
EL
CUERPO ES UN CONCEPTO
El
sentido común nos dice que existe una realidad
que percibimos y que esa percepción
es una reconstrucción o una representación,
como lo es una fotografía o un modelo a
escala. Sin embargo, las cosas no son tan
sencillas. Muchos filósofos han defendido
la idea de que buena parte de esa realidad
está construida por la mente o por la razón
y en la actualidad varios resultados
concretos de las ciencias cognitivas y del
cerebro vienen a respaldar su punto de
vista.
El
asunto al que me voy a referir se remonta al
naturalista suizo Charles Bonnet
(1720-1793), el primero en usar la palabra evolución
en un contexto biológico. Bonnet descubrió
la partenogénesis (reproducción sin
fertilización) y desarrolló la idea de que
la Tierra sufre catástrofes sucesivas. Más
tarde, al experimentar ceguera progresiva,
se interesó por la filosofía y fue el
primero en describir los fenómenos visuales
complejos que surgen en los ciegos. Este
tipo de alucinaciones son frecuentes y se
presentan en personas mentalmente sanas que
han perdido partes del cuerpo. Quizás el
fenómeno más llamativo de este tipo es el
llamado miembro fantasma, que ha sido
analizado por el decano de los psicofisiólogos
mexicanos Augusto Fernández Guardiola y
estudiado durante décadas por el psicólogo
canadiense Ronald Melzack, quien ofrece una
hipótesis fascinante.
Con
el fenómeno del miembro fantasma se tiene
la sensación de poseer una extremidad que
ha sido amputada. Esta sensación dista de
ser vaga o confusa. El amputado siente su
miembro faltante de manera completa y
precisa, lo puede "mover" a
voluntad y, desgraciadamente, le suele doler
intensamente. ¿Cómo sucede este fenómeno?
Las explicaciones que se han dado, como
sucede con todas las hipótesis científicas,
son hijas de su época. Así, la primera
descripción del miembro fantasma, a pesar
de que fue realizada por S. Weir Mitchell,
un eminente neurólogo en 1866, no apareció
en una revista científica sino literaria:
el Atlantic Monthly. Es probable que
Mitchell haya considerado que el hallazgo
iba a resultar increíble para sus colegas
en plena época del positivismo y que por
esa razón haya decidido publicarlo en una
revista literaria. Sin embargo, el hecho de
que el miembro fantasma sea un fenómeno muy
común en los amputados hizo que se
estableciera como un genuino síntoma neurológico
poco después, especialmente durante la
primera Guerra Mundial, cuando tuvieron
lugar, desgraciadamente, un número muy
elevado de amputaciones.
Muy
de acuerdo con la noción positivista de que
la sensación surge de la
"realidad" del mundo o del cuerpo,
la primera hipótesis de por qué se siente
y duele una parte amputada proponía que los
nervios cercenados en el muñón continúan
generando impulsos hacia el cerebro. Con
esta idea el tratamiento del dolor fantasma
consistió en cortar las puntas de esos
nervios o las raíces de su entrada a la médula
espinal. Sin embargo, estos tratamientos,
aunque podían atenuar el dolor por un
tiempo no eliminaban el fantasma.
Consecuente y consecutivamente las
siguientes hipótesis se fueron moviendo de
la periferia del organismo hacia su centro:
el sistema nervioso. Así, la siguiente idea
fue que el fantasma se originaba en la médula
espinal, el primer centro de relevo de las
sensaciones, debido a un exceso de actividad
en las neuronas que forman ese relevo. Sin
embargo esta hipótesis quedaba descartada
por el hecho de que también los parapléjicos,
las personas que han sufrido un corte de la
médula espinal y pierden la movilidad y la
sensación de todas las partes del cuerpo
inferiores al corte, suelen tener dolores
fantasmas. No quedaba más que una explicación
posible: el fantasma se producía en el
cerebro.
El
último relevo de las vías nerviosas que
conducen la sensación es el tálamo, un núcleo
de feliz nombre situado en la base del
cerebro, y se supuso que sus células,
desprovistas de las señales sensoriales de
los miembros, podrían generar señales anómalas.
Finalmente, el destino último de las vías
sensoriales es una franja de la corteza
cerebral situada bajo el hueso parietal,
digamos entre la punta de la oreja y el vértice
del cráneo. Sin embargo, las evidencias de
Melzack apuntan a que el fantasma se genera
por la actividad de una porción mucho mayor
del cerebro que éstas.
Y
es que las sensaciones, sean normales o
fantasmas tienen, aparte de un componente
sensorial, otro emocional que las hace
placenteras o desagradables, y uno más que
reconoce de qué parte del cuerpo provienen.
La sensación se debe entonces integrar en
lo que Melzack llama una neuromatriz
que abarque las áreas sensoriales, el
sistema cerebral de las emociones que
conocemos como sistema límbico y partes de
la corteza del lóbulo parietal en las que
sabemos se encuentra una especie de mapa del
propio cuerpo. Esta matriz, aparte de ser
activada por las señales que vienen de la
periferia del cuerpo, se activa intrínsecamente
generando una sensación, independientemente
de que al cuerpo se le haya amputado alguna
parte. Así la matriz no sólo analiza la
información de entrada sino que genera la
información que experimentamos como sensación
o dolor. De manera aún más sorprendente
verificamos que esta matriz, aunque puede
ser modelada por la experiencia, lo cual
explicaría que el miembro fantasma vaya
desapareciendo con los años, está
codificada genéticamente y puede generar la
sensación por sí misma. A favor de esta
idea está el hecho de que haya miembros
fantasmas en personas que nacen sin manos o
pies y que los sienten vívidamente.
Las
implicaciones filosóficas de esta
investigación, y de varias más en la
neurociencia moderna, son tan claras como
inquietantes. Las sensaciones y percepciones
no se generan sólo del mundo externo o del
cuerpo. El cerebro hace mucho más que
analizar sus entradas de información: el
cerebro genera la experiencia, aun cuando no
haya tales entradas. No necesitamos un
cuerpo para sentir un cuerpo, dice
maliciosamente Melzack.
Lo
que está en juego es ni más ni menos que
nuestra noción de "realidad" y la
conclusión es inescapable: la
"realidad" es una fabricación del
cerebro. Los límites entre realidad y
alucinación son borrosos. La mente, que es
la misteriosa correlación de esa y muchas
otras neuromatrices, adquiere una realidad
concreta y objetiva. El cuerpo se vuelve una
sensación, un concepto. La distinción clásica
entre objeto (algo real situado en el
espacio-tiempo: lo objetivo) y sujeto
(el ego insustancial de la experiencia: lo subjetivo)
resulta obsoleta. Necesitamos redefinir
aquello que consideramos objetivo y
subjetivo.
Volvemos
así la cara hacia el antiguo mentalismo
pero con una nueva actitud. No setrata ya de
establecer un espíritu descarnado e
intangible, sino de un fenómeno psicofísico,
evolutivo, dinámico, concreto: la
conciencia. Las obras de los pensadores clásicos,
como el Ensayo analítico de las
propiedades del alma (1760) del citado
naturalista y filósofo Charles Bonnet, se
vuelven heraldos de la nueva psicobiología.
SOMA
Y PSIQUE CORREN POR LOS CAMPOS
Un
neurocientífico cognitivo es alguien
interesado en las funciones del cerebro o,
mejor dicho, en el cerebro en referencia a
tales funciones que son, desde luego, las
mentales y el comportamiento. El neurocientífico
tiene entonces una meta ambiciosa: encontrar
los fundamentos cerebrales de estas
actividades. Trabajando con el sistema
nervioso no debe perder de vista en sus
experimentos a la conciencia y a la
conducta. Fiel a su objetivo inicial, al
neurocientífico cognitivo le interesa
establecer puentes entre el primero y las
segundas. Este es el punto que es necesario
subrayar: al establecer algunas
correlaciones entre cambios anatómicos, eléctricos
y químicos del cerebro, específicos en lo
que se refiere a tiempo y espacio, con los
cambios cognitivos y conductuales, el
neurocientífico está aportando datos empíricos
sobre el tradicionalmente misterioso
problema de la relación entre la mente y el
cerebro.
La
llamada plasticidad cerebral ofrece,
dentro de este campo, un panorama
particularmente prometedor porque se muestra
coherente con la naturaleza cambiante de la
mente y el comportamiento. En tanto no se
comprenda que estas actividades son dinámicas
y cambiantes hay pocas perspectivas de
avance. Por esta razón es necesario darle
al término plasticidad cerebral su
carta de naturalización. Después de todo
la plasticidad es una característica de la
mecánica de la deformación y de los
flujos. El término sugiere apropiadamente
movimiento, procesos activos y reactivos de
un material físico, en este caso, del órgano
más complejo y evolucionado que conocemos.
A diferencia de las computadoras, y de
acuerdo con su naturaleza biológica, el
cerebro se comporta como la materia viva que
es: cambia su estructura y sus funciones según
la edad, el aprendizaje, la patología, el
uso. Y de acuerdo con el citado paradigma
neurofisiológico, la plasticidad se refiere
no sólo a los cambios celulares del órgano
sino a la producción, modificación o
recuperación de la conducta o la cognición
perdidas.
Existe
en el núcleo de esta discusión un concepto
que mantiene una inquietante vaguedad a
pesar de su significado aparentemente claro
incluso para el público no científico. Me
refiero al concepto de función. En
una primera aproximación parece claro que
la distinción de las categorías de forma y
función es perfectamente clara y que,
aunque no se conciben una sin la otra,
constituyen dos aspectos de la realidad fácilmente
separables. En el caso del cerebro esto se
ejemplifica con una distinción, por
ejemplo, entre enfermedades orgánicas y
funcionales, de tal manera que las primeras
serían campo de la neurología y las
segundas de la psiquiatría o del psicoanálisis.
En las primeras habría una lesión anatómica
y en las segundas una falla de la función,
pero no de la estructura del órgano. Sin
embargo, un análisis mínimo de esta
dicotomía revela que es terriblemente
inadecuada y que se basa en conceptos vagos
o equívocos de la relación mente-cuerpo.
En muchas de las enfermedades llamadas
"funcionales", como las psicosis y
las neurosis, se han encontrado
modificaciones anatómicas y químicas del
cerebro. Al hablar de ellas como
enfermedades funcionales, lo que se quiere
decir es que, además de que no se detectarían
cambios en el cerebro por medio del
microscopio o por análisis molecular, no
habrían de encontrarse cambios en ningún
nivel.
Es
así que tenemos dos opciones. O los cambios
son modificaciones temporales y dinámicas
de elementos subcelulares, como podrían ser
diversas tasas de liberación de los
neurotrasmisores y diversas sensibilidades
de sus receptores neuronales, o los cambios
funcionales no son tampoco de este tipo. En
el primer caso queda claro que existen
modificaciones orgánicas, así sean en el
nivel molecular y de evolución dinámica más
o menos reversible. En el segundo nos
acercamos más bien a un dualismo en el cual
la mente puede sufrir alteraciones que no se
reflejen en el cerebro en ningún nivel. En
cualquier caso, está claro que la distinción
entre orgánico y funcional requiere una
cautelosa revaloración. Por ejemplo,
podemos mantener hoy día la dicotomía orgánicofuncional
siempre y cuando convengamos en que lo orgánico
constituye una alteración anatómica
relativamente ostensible y duradera y que lo
funcional implica una modificación
molecular y transitoria, pero ¿qué hacer
conceptualmente con las recuperaciones plásticas
después de averías masivas del cerebro?
Aquí tenemos una alteración orgánica
permanente con recuperación funcional.
Pareciera entonces que la función es una
categoría de mayor jerarquización que la
estructura.
Esto
nos lleva al segundo punto. No hace falta
ser dualista para mantener que la función
puede ejecutarse en diferentes estructuras
orgánicas. El gran neurofisiólogo ruso
Ivan Petrovich Pavlov fue uno de los
primeros en proponer que la función era una
jerarquía mayor y que las funciones
superiores, como las cognitivas de juicio y
razonamiento, podrían ser ejecutadas por
diversas zonas cerebrales. Sabemos, por otro
lado, que las funciones contenidas en un
algoritmo o en un programa pueden ser
corridas en diversas estructuras
computacionales. Este es el meollo de los
conceptos actuales de la neurofisiología y
la plasticidad cerebral. ¿Hasta qué punto
y de qué manera están localizadas las
funciones mentales y conductuales en el
cerebro? Existe una localización indudable,
por ejemplo de las zonas de recepción
sensorial, del lenguaje o de la codificación
motora, que las nuevas técnicas de imágenes
cerebrales no han hecho sino confirmar, pero
existe también una potencialidad de las
zonas cerebrales para desarrollar otras
funciones cuyos límites no están para nada
claros.
Esto
es muy inquietante. ¿Quiere esto decir que
en situaciones excepcionales, casi cualquier
parte del cerebro puede realizar las
funciones de cualquier otra? Curiosamente,
algunos datos parecerían apuntar en esa
dirección. Es interesante referirse a un
reporte por demás asombroso de Lewin que
llevó el título de "¿Es su cerebro
realmente necesario?" en el que
presentaba una docena de casos de pacientes
que habían desarrollado hidrocefalias
masivas en la infancia con una ocupación de
hasta 90% de líquido en el cráneo. Lo
extraordinario es que estos pacientes, con
apenas 10% de cerebro funcional, estaban
asintomáticos. Tenían coeficientes de
inteligencia normales y no presentaban ningún
síntoma motor o mental de lesión cerebral.
Parece despejarse el hecho de que la
localización y la potencialidad no son
conceptos antagónicos sino necesariamente
complementarios. Es posible que las neuronas
jóvenes sean multipotenciales; es decir,
que contengan los genes de gran parte de las
funciones moleculares del sistema nervioso
pero que, en el transcurso del desarrollo,
se especialicen, lo cual implica que
eliminen funciones potenciales. Esta
especialización es epigenética, es decir,
determinada por el genoma en interacción
con el medio ambiente, y es plástica, o sea
que es mutable según las circunstancias y
las restricciones históricas del tejido o
del organismo.
Estos
datos dan un fuerte apoyo a una doctrina muy
popular en el campo de la ciencia cognitiva
y de la relación mente-cuerpo. Me refiero
al funcionalismo, que afirma que las
funciones mentales superiores, como la
conciencia, la creencia o el significado
pueden ser ejecutadas por diversas bases orgánicas
de complejidad comparable. Esto parece ser
un hecho en lo que respecta al cerebro, ya
que diversas partes pueden tomar las
funciones de otras, a veces con facilidad,
muchas otras con dificultad. Pero el
funcionalismo va más allá. Estas
facultades podrían darse en otros sistemas
físicos activos y complejos, como máquinas
computadoras y, ¿por qué no?, en cualquier
sistema físico de complejidad y organización
comparables al cerebro, como plantas muy
evolucionadas, sistemas de estrellas, o de
una estructura de engranes acoplados en un
mecanismo tan complejo como el del cerebro y
creada por un neurocientífico que podría
estar representado por Vincent Price en una
película de ciencia ficción de los años
cincuenta. Aquí los neurocientíficos, que
en general son funcionalistas intuitivos, no
se sienten ya tan cómodos porque el
cerebro, precioso órgano de la mente pasa,
de alguna manera, a un segundo plano de
importancia. Lo que importa es la función y
la mente retoma la brillantez que tuvo
durante su época dorada del mentalismo.
El
funcionalismo trata de decir que lo
importante es el estudio de la mente en sí.
Algo similar sucede con la aerodinámica. Si
lo que nos interesa es analizar los factores
que permiten el vuelo y el desplazamiento en
el aire, no interesaría demasiado estudiar
la composición fisicoquímica de las alas
de los aviones, de las gaviotas o de las
moscas, sino la relación de su estructura
general con el viento y su comportamiento en
la situación dinámica real. Desembocamos
así a una especie de dualismo metodológico
sin aceptar que mente y cerebro sean
sustancias distintas. De hecho el
funcionalismo es una forma dura del
materialismo.
Bien,
el neurofisiólogo por ahora no debe
preocuparse demasiado por el funcionalismo.
Hasta donde sabemos mente y conducta son
atributos de seres dotados de cerebros y el
análisis de la estructura de éstos, tarde
o temprano desembocará o se encontrará con
los análisis digamos "aerodinámicos"
de la psicología, las ciencias cognitivas y
la filosofía de la mente. Podríamos decir
que en ese movimiento de acercamiento mutuo,
como el que vemos en ciertas películas
cuando los amantes largamente separados
corren uno hacia el otro con los brazos
abiertos por la dorada campiña las
neurociencias avanzan más rápido que las
ciencias cognitivas y mentales. Lo que cabe
esperar es, en primer lugar, que los
potenciales amantes corran en la dirección
correcta y que no se pasen de largo en una
carrera desquiciada y sin fin y, en segundo
lugar, que paren en el momento preciso y que
las neurociencias no atropellen y aplasten a
la frágil Psique. Después de todo, las
neurociencias son un joven atleta
decatlonista llamado Soma en plena potencia,
y la delicada Psique es una venerable
ancianita, otrora hermosa y de origen
greco-alemán que espera el beso de su
amante para rejuvenecer. No cabe sino
esperar que los protagonistas se porten a la
altura de las circunstancias, ya que buena
parte de los espectadores, excepto algunos
representantes del Vaticano, esperan con
ansiedad, ya no el beso del final feliz,
sino la cópula que engendre, al fin, una
nueva ciencia de lo mental.
Desgraciadamente
la realidad no es una película. De hecho,
las malas lenguas dicen que Soma y Psique
son unos amantes apasionados pero
desgraciados con una larga historia de
encuentros, desencuentros y abortos. ¿De qué
otra manera podemos denominar a las múltiples
teorías que en su época se consideraron
posibles soluciones al dilema mente-cuerpo?
Ninguna de ellas vino a acallar las
dificultades teóricas, lógicas, semánticas
o empíricas de este dilema. Y sin embargo
tenemos a Soma y a Psique otra vez corriendo
por los campos. Lo bueno es que sabemos que
se trata sólo de una película más de la
inacabable superproducción en serie de la
ciencia.
EL
LENTE DE PEREGRINUS
En
su sistemático ensayo sobre los modos
narrativos de presentar la conciencia en la
literatura y que lleva el magnífico título
de Mentes transparentes, la crítica
literaria Dorrit Cohn nos recuerda que el
dios Momo de los griegos inculpa a Vulcano
por haber hecho al hombre de barro sin una
ventana en el pecho para que fueran visibles
el pensamiento y el sentimiento.
Evidentemente, y como sucedía con muchas
otras culturas, incluyendo las indígenas
mesoamericanas, el corazón se tenía por el
asiento del alma. La misma idea fundamental,
pero con una topografía más acorde a la
ciencia actual, se presenta en un cuento de
E. T. A. Hoffmann, Maestro Pulga, en
donde el diminuto mago del título le da a
su amigo humano Peregrinus un lente mágico
que puesto sobre el ojo permite mirar el
interior de los cráneos ajenos y discernir
sus pensamientos y emociones. Tomemos en
serio estas fantasías, por demás
significativas de uno de los deseos y
curiosidades humanas más arraigadas. ¿Es
posible tener acceso a la conciencia ajena?
Digamos
de entrada que pueden darse tres caminos
diferentes. El primero el habitual, el que
recorremos en la vida diaria. Conocemos
parcialmente la mente de otros por nuestras
propias interacciones con ellos mediante dos
códigos potentes de información. El
primero es el lenguaje. Buena parte de
nuestra comunicación, de hecho mucha de la
que consideramos más valiosa, se refiere a
nuestra experiencia interior. La gente
necesita comunicar sus ideas y emociones. La
conducta no verbal es el otro aspecto de esa
comunicación, que nos permite incluso
vislumbrar la conciencia animal. Sin
embargo, esto no es suficiente. lente de
Peregrinus es mucho más potente: penetra
dentro del cráneo y revela el mundo
interior directamente.
Bien,
aparte de la comunicación habitual hay dos
caminos más de acceso a la mente ajena: la
novela y la neurociencia. Como bien lo
destaca Cohn, el novelista crea personajes
cuyo interior puede revelar a su antojo y
los personajes más famosos de la literatura
son aquellos que conocemos más íntimamente
de lo que podemos conocer a los humanos de
carne y hueso que nos rodean. Curiosamente
la narrativa de ficción alcanza su máximo
realismo justo cuando presenta los
pensamientos que una figura solitaria jamás
comunicará a nadie. En a opinión de Ortega
y Gasset, la novela moderna, heredera de
Proust y Joyce, ha incluso sobrepasado al
realismo tradicional por ser meticulosamente
realista y descubrir, lente en mano, la
microestructura de la vida. Aparece de nuevo
el lente de Peregrinus.
Pero
abandonemos la narrativa por un momento. De
lo que se trata realmente es de poder tener
acceso a la mente mediante una técnica,
digamos un cerebroscopio, que sea
capaz de revelar la conciencia. La idea de
un cerebroscopio fue adelantada por un filósofo
de la ciencia, Herbert Feigl, como un
experimento mental para defender la idea de
que la mente y el cerebro son una sola cosa.
Imaginó a un científico que desarrolla una
máquina de registro cerebral cuya información
pudiera hacerse coincidir con los eventos
mentales. Para ello, el científico, a quien
podemos llamar doctor Peregrinus, debe
aplicar el aparato a su propio cerebro y
anotar, momento a momento, los aconteceres
de su mente y correlacionarlos con el
registro del cerebroscopio. De esta manera
irá encontrando "leyes psicofísicas"
que le permitan saber que un registro
determinado corresponde a tal emoción,
imaginación o pensamiento. Esto es teóricamente
posible y cabe recordar que el
descubrimiento del electroencefalograma por
Hans Berger, en los años treinta, se debió
a una idea de construir precisamente una máquina
que revelara la mente mediante el registro
de las corrientes cerebrales. Berger hubo de
desilusionarse porque el registro del
electroencefalograma no tendría una
correlación precisa con estados mentales,
aunque su descubrimiento inició una época
maravillosa para la neurofisiología.
En
la actualidad contamos con dos técnicas
cerebroscópicas de gran interés. La
primera es heredera precisamente del aparato
de Berger y consiste en hacer mapas de la
actividad eléctrica o magnética del
cerebro y filmarlos en tiempo real, y la
segunda es hacer mapas de la actividad metabólica
del cerebro al introducir moléculas químicas
radiactivas al organismo y registrar la
radiactividad a través del cráneo mientras
los sujetos realizan operaciones mentales.
Estas
llamadas imágenes cerebrales han
reafirmado la localización precisa de
operaciones mentales como la percepción, el
pensamiento y la emoción, y se acercan con
inmensas prespectivas a la idea de Feigl de
establecer correlaciones entre la mente y el
cerebro, al menos de dónde y cuándo
se efectúan actividades mentales
precisas. Sin embargo, aún estamos lejos de
saber cómo. Falta mucho por recorrer, no sólo
en las técnicas neurofisiológicas sino
también en el análisis de la conciencia.
¿Cómo
depurar el análisis de la conciencia para
poder relacionarla con la actividad del
cerebro? Afortunadamente, el estudio de la
conciencia ha cobrado gran actualidad porque
así lo reclama el desarrollo de las
ciencias que la abordan. En su libro más
reciente (Consciousness Explained),
el filósofo de la mente, Daniel Dennett,
dice que la tarea de explicar la mente no
debería ser muy distinta de la tarea de la
crítica literaria, con lo cual volvemos al
inicio de este escrito, pero con una idea
novedosa. Se trata de usar la teoría y quizás
las técnicas de una rama de las disciplinas
humanísticas muy desarrollada, la crítica
literaria, para tener acceso a la
conciencia. Es así que la introspección
sincera y sistemática puede dar datos
corroborables entre diversos sujetos, con lo
cual se cumple el objetivo empírico de la
ciencia, para con ellos construir modelos y
teorías. En este sentido vale la pena citar
que existen técnicas de meditación, como
la introspección vipassana del
budismo, una de cuyas prácticas consiste en
la etiquetación de la experiencia, que podrían
aprovecharse para elaborar registros sistemáticos
y en tiempo real de la conciencia que puedan
ser corroborados intersubjetivamente.
Por
lo demás, la ficción (incluida la ciencia
ficción y la fantasía literaria más
floridas) se basa en datos de conciencia y
conducta humanas. De hecho, es difícil
penetrar más profundamente en el alma
humana que, digamos, en las tragedias de
Shakespeare, en los dramas de Dostoievski y
en los inacabables análisis críticos de
ellas. La ficción ha contribuido de manera
cabal a un enriquecimiento de nuestra idea
de conciencia y de acción. La obra
literaria adquiere un significado no sólo
en la intersección del mundo del texto y el
mundo del lector, sino en la medida en que
puede proporcionar modelos de la mente
humana.
El
lente de Peregrinus viene a resultar dos
lentes, uno científico y otro literario.
Habría que usar uno en cada ojo para
integrar la imagen de la conciencia ajena en
una sola representación.
LECTURAS
Brailowsky,
S., D. G. Stein, B. WiII (1992), El
cerebro averiado, FCE, México.
Campbell,
K. (1970/1987), Cuerpo y mente,
Universidad Nacional Autónoma de México, México.
Cohn,
D. (1968), Transparent Minds, Harvard
University Press, Cambridge.
Dennett,
D. C. (1991), Consciousness Explained,
Little Brown, Boston.
Edelman,
G. M. (1992), Bright Air, Brilliant Fire,
Harper Collins/Basic Books.
Gazzaniga,
M. S. (1988), Mind Matters. How Mind and
Brain Interact to Create our Conscious Lives,
Houghton Mifflin, Boston.
Melzack,
R. (1992), "Phantom Limbs",
Scienific American (abril), pp. 90-96.
Plum,
F. (1988), Language, Communication, and
the Brain, Raven Press, Nueva York.
Young,
J. Z. (1978/1986), Los programas del
cerebro humano, FCE, México.
|