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Olfato
Etapa
nasal
Dr.
Luis
Carlos Delgado y Lic. Graciela García
-
16.07.2001
-
CONSTRUCTO
DE UNA ETAPA OLFATIVA DEL DESARROLLO
PSICOLIBIDINAL
INTRODUCCIÓN
Las modernas investigaciones
neurofisiológicas de la última década
comenzaron a reclamar atención sobre el
sentido del olfato del cual era lo habitual
destacar en el hombre, último en la escala
de los mamíferos, su involución. Hoy se
revaloriza esta función ligada a la memoria
y al aprendizaje, así como su función
apetitiva gracias a la inmensa gama de
sensaciones que recepta la dotación de su
analizador periférico. Con todo, la represión
que se cierne sobre este sentido sigue
velando el correlato de su papel en el
psiquismo.
En
el año 1992 publicamos un texto fruto de
las elaboraciones emprendidas en este campo*
Nuestras investigaciones nos permitió
desarrollar un cuerpo teórico que
intentamos insertar en la metapsicología
psicoanalítica impulsando replanteos y
reacomodamientos tales como la constitución
de los núcleos de la conformación de lo
femenino-masculino, las funciones
materno-paternas y la vinculación sexual,
ligadas a las primeras experiencias
olfativas. Asimismo, estudiamos la gravitación
de sus improntas en la drogadicción por
inhalantes, toxicomanías en general y
trastornos alimentarios, su retorno en los
desarrollos paranoicos, melancólicos y maníacos
así como en las crisis evolutivas. La
trascendencia psicoanalítica de estas hipótesis,
que postulan al olfato como primer
organizador del psiquismo, implica la revisión
de la teoría falocéntrica, ya que el
primer órgano significado desde nuestra
construcción es la vagina, antes que el
pene. Modifica la teoría de la represión
anal, ya que lo realmente reprimido no es lo
fecal sino el olor materno vaginal.
Prematuriza al complejo de Edipo, en tanto
la triangularidad se inicia con la irrupción
del olor paterno. El complejo de castración
en el hombre queda potenciado, pues al temor
por la pérdida del pene se suma ahora la
vuelta a una identidad y/o identificación
femenina.
Tras
estos aportes, la teoría psicopatológica
que sustenta el concepto de fijación en o
regresión a las primigenias etapas del
desarrollo psicosexual, debiera incluir los
núcleos primarios de la identificación e
identidad con basamento olfativo.
DELGADO, Luis Carlos H. – GARCÍA,
Graciela Verónica: La etapa nasal. Galerna.
Buenos Aires. 1992
La
teoría de la regresión sostiene que el
desarrollo evolutivo se cumple con la
diferenciación del aparato psíquico como
un sistema de inscripciones; acontecimientos
privilegiados en conexión a sucesivas
organizaciones sensoriales psicolibidinales
van ingresando al sistema nervioso y
pautando al sujeto en su desarrollo. Las
vicisitudes de estas etapas son decisivas
para la producción de las distintas
patologías. Cada psicosis, neurosis o
afección psicosomática estaría
estructurada en virtud de la dominancia de
una fase psicoevolutiva y del predominio de
sus registros específicos que marcan
definitivamente la vida del sujeto o a cuyos
condicionamientos se vuelve a partir de
factores precipitantes.
La
demarcación psicoanalítica clásica
corresponde a las fases cronológicamente
ordenadas de la oralidad, analidad y
falicidad con sus correspondientes
subdivisiones que a su vez aportan la base
estructural de diversas afecciones y
caracterologías. En “La etapa nasal”
realizamos el constructo de una etapa
olfativa que antecede a la oral y cuya
elaboración y convalidación clínica no se
había realizado hasta entonces. Sostuvimos
que la olfacción es una función autónoma
del yo postfetal y componente instintivo
comparable a los de las fases
psicoanalíticas. Su zona erógena es la
pituitaria o mucosa olfativa, cuya
excitación predomina durante las primeras
semanas de vida estableciendo un modo
especial de relación de objeto y cumpliendo
un papel estructurante y normativo en la
organización de la vida psíquica. Le
atribuimos por tanto el lugar de primera
fase libidinal y propusimos al cuerpo
materno y la vagina materna como sus
primeros perceptos los que a su vez dan
origen a los primitivos núcleos de
identificación e identidad. El correlato
neurológico de estas inscripciones
corresponde al cerebro olfativo y al sistema
límbico con los cuales la olfacción tiene
de temprano relación directa.
La
vinculación madre-hijo durante la etapa
nasal es, por mediación del olfato, de
naturaleza fusional: plena, cerrada,
capsular, envolvente, penetrante. Por el vínculo
olfativo niño y madre son la misma persona.
No sólo el niño inhala a su madre
fusionalmente sino que también es inhalado
por ella. Esta experiencia de identificación
ingresa y se inscribe en el cerebro del bebé
incorporando en el aparato psíquico núcleos
primarios de identificación e identidad.
Sea
varón o mujer, el recién nacido se
identifica con el aroma de su madre en una
burbuja que lo incorpora fisiológica y
afectivamente a ella pero de la cual al fin
será necesario desprenderse para cumplir el
ciclo evolutivo. Desde nuestra postulación,
la defusión comienza cuando el olor del
padre, traído por la piel de la madre,
interfiere entre ellos. La triangularidad se
establece desde lo olfativo, situación que
resulta dolorosa en tanto el bebe pierde la
ilusión de ser completo y fuente de
completud. En el varón, por la defusión,
se pierde el objeto de amor y la
identificación e identidad femenina, pero
se encuentra en el olor paterno la
posibilidad de otra identificación. En la
niña, condicionada por la diferencia de su
propio olor con el olor paterno, éste le
mueve a acercarse a él identificada con el
deseo de la madre.
LA
ETAPA NASAL
Desde
que el bebé nace hasta que se conecta con
la fuente alimenticia hay un tiempo de vida
y vivencias no enteramente descifrado
todavía.
El
bebé comienza a respirar en el último
tramo del canal vaginal. Si las condiciones
son las normales, quedarán depositados en
sus fosas nasales restos de líquido amniótico
y de excreciones que corresponden a la
lubricación vaginal sin dificultar
groseramente el pasaje del aire a sus
pulmones.
La
entrada y salida del aire por las fosas
nasales pondrán a éstas en función,
incorporando a los registros del bebé una
experiencia de novedad, hasta que su trabajo
se haga mecánico y monocorde al ritmo
vital. Mientras tanto, esta experiencia
configurará el basamento de una zona erógena
estimulada por el olor de la madre,
exultante de aromas en la circunstancia del
alumbramiento —uterinos, vaginales, de la
piel— reforzada por el mantenimiento del
contacto con ella en el reencuentro y a
partir de allí, continuamente, cada vez que
sus necesidades fisiológicas requieran de
satisfacción en su ámbito. La mucosa
pituitaria se convertirá en el punto de
detección de los contactos con el ambiente
y por
ende en fuente de placer.
Los
primeros intercambios significativos para la
vida afectiva del bebé se dan en ese mundo
de olores reconocidos como exclusivos de su
madre. Esa “madre olorosa” será el
primer eslabón de conocimiento, la primera
forma de incorporar al mundo con un mínimo
criterio de realidad. Si al momento de nacer
se le brinda la oportunidad de que lo
acerquen al cuerpo de su madre, el niño
podrá tranquilizarse, serenarse,
organizarse. El placer de oler a la madre
eleva a la mucosa olfativa a la categoría
de zona erógena, potencializándose como
tal, en la nutrición. Luego será por la
erotización del olor del padre, como
distinto y defusionante, con todas las
implicancias conflictivas que esta
experiencia ocasiona.
En
las tradiciones literarias y psicosomáticas,
el pneuma ha eclipsado al olfato; contribuye
a este desacierto la consideración
desplazada de este último a la etapa anal
que en realidad llega mucho después. La
identificación del aliento o hálito, con
el alma, su doble significación de
intercambio y vida anímica, las ideas de
vida y muerte relativas a la oxigenación
y la asfixia, se han sumado para que la
respiración aérea pareciese dominar lo
fundamental del nacimiento y primeras
adaptaciones al mundo externo. No cabe
ninguna duda de toda esta trascendencia biológica
y fantasmática. Su participación en la
vida afectiva será constante y a través de
la fonación se adaptará y denunciará sus
más sutiles estremecimientos. Su estudio
justifica tratados.
Con
todo, el olfato le precede adaptativamente;
si bien estrechamente relacionado con ella
como sentido químico es independiente y
aunque en las primeras horas de vida la
respiración constituye una función
fundamental de sobrevivencia, es la olfación
la que puebla en el psiquismo, un paso más
allá de la necesidad, las imágenes
elementales asociadas con el goce y el
deseo.
Se
ha señalado que los términos que utiliza
Freud para designar las etapas del
desarrollo psicosexual responden al concepto
que define al yo como la proyección de una
superficie. La denominación “etapa
nasal” que hemos adoptado, obedece a
connotaciones semejantes. Nasal, oral, anal,
fálica... genital. Otros desarrollos teóricos
postularon niveles y puntos de fijación más
“interiores” del yo corporal, como
centros de organización yoica. Tal el caso
de la etapa oral digestiva propuesta por
A. Garma o la hepática, por L Chiozza y aún
la fetal, de A. Rascovsky. La erogeneidad
nasal, ocuparía un lugar intermedio entre
la superficial y profunda y podría haber
sido designada más propiamente como bulbo
olfatoria, olfatoria o pituitaria. Puede
destacarse como zona
erógena
de la etapa nasal la mucosa olfativa. Aunque
los orificios catectizados por su función
—por sus características hiperémicas,
excretoras, sensitivas— posibiliten
renovadas sensaciones placenteras y
displacenteras, y sus excretos —húmedos,
mucosos, pegajosos, salobres— atraigan la
atención del niño y aún del adulto
entregado automáticamente a escarbar en
ellos; la referencia al apéndice nasal para
designar esta etapa debiera diferenciarse de
los simbolismos fálicos y vaginales que
pesan sobre este órgano.
La
definición de “zona erógena” implica
la existencia de un “revestimiento cutáneo
mucoso susceptible de ser asiento de una
excitación de tipo sexual, y de un modo más
especifico, ser funcionalmente el asiento
de tal excitación”. La mucosa pituitaria
junto al bulbo olfatorio, desde nuestra
perspectiva, parecen predestinados como lo
expresaba Freud, para tal función. Punto de
elección para iniciar intercambios con el
ambiente, a cuyos códigos se adosa la madre
sensibilizada por las mismas
estimulaciones. Los modernos textos de
fisiología aportan descripciones que cubren
con creces los requerimientos anátomo-funcionales
de una zona erógena. Por lo pronto, su
ubicación en porción especializada de la
mucosa nasal, con sus células de sostén
secretando moco que constantemente tapizan
sus finas microvellosidades en número de 10
a 20 millones de células receptoras. En
cuanto a su sensibilidad, basta pensar que
tales receptores no son otra cosa que
neuronas, las más próximas al exterior del
organismo entre todas las existentes en el
sistema nervioso. En los bulbos olfatorios
los axones de los receptores terminan entre
las dendritas de las células mitrales para
formar complejas sinapsis globulares
llamadas glomérulos olfativos, donde
convergen en promedio de 26.000 axones por
glomérulo, cuyas sinapsis posteriores, a su
vez, se conectan profusamente. Su inervación
suma a las fibras aferentes de la neurona
olfatoria, entradas de otras partes del
encéfalo a través de los nervios
olfatorios con actividades de regulación e
integración de las sensaciones, a través
de mecanismos de facilitación e inhibición,
y cuyo conocimiento profundo recién se va
develando. Conexiones rinencefálicas y límbicas
nos dicen de su participación en la vida
emocional e instintiva del individuo como de
la formación de sus engramas mnésicos.
Los
receptores olfatorios responden a las
sustancias en contacto con el epitelio
olfativo disueltas en la delgada capa del
moco que la cubre, con umbrales
inusitadamente bajos. Por ejemplo, para el
metilmercaptano (sustancia característica
de olor del ajo) basta una concentración
menor de una millonésima de miligramo por
litro de aire. Remitimos una vez más al
lector a los textos de fisiología
especiales.
Al
nacer el bebé es bañado y el pediatra y el
neonatólogo realizan los exámenes de
rutina para descartar la existencia de
patologías. La madre recibe las primeras
recomendaciones entre las cuales figura no
bañarlo hasta que el nudo del cordón
umbilical haya cicatrizado y se desprenda.
Se le aconseja, además, no bañarse ella
inmediatamente después del parto por el
peligro de una descompensación que ocasione
una lipotimia. Además, que las ropas del
bebé sean lavadas con jabón neutro. A través
de todos estos sucesos, madre y niño han
sido sumergidos y vinculados en un aroma a
sangre vaginal, sudor, hedor de líquido
amniótico, calostro, leche de senos que difícilmente
escapen a la sensibilidad olfativa. Se suman
ropas de bebé con regurgitos, sábanas con
vómitos del lactante, senos que desbordan
leche y aún, mientras ama-manta,
contracciones uterinas que predisponen a
nuevas hemorragias: toda una burbuja de
sensaciones olfativas que los ha impregnado,
implica, fusiona.
Si
es que trae el bebé almacenados en el
bagaje filo-ontogenético olores, recibirá
un abanico de otros nuevos que coincidan o
contrasten con su dotación inconsciente en
la experiencia diaria, rutinaria,
permanente, que se instaura con el contacto
materno que le brinda atención.
Conceptualizamos por todo ello un primer
momento en la etapa nasal que denominamos
“pasiva”.
Desde
que se instala el hambre hasta la aparición
de la leche que lo sacie, se da un espacio
en el tiempo donde el bebé recurrirá al
primer aprendizaje que estableció con esa
madre olorosa. En el aroma de sus senos
repletos de leche, o aún de la cocina donde
se prepara el biberón, hay una oportunidad
de placer que modifica o aporta a la
ansiedad de la espera. Podrá, a través del
olfato, gozar y decodificar ese tiempo de
preparación, antesala de la satisfacción
que puede moderar el dolor del hambre. Como
objeto de pulsión, el estímulo olfativo,
procura ya una satisfacción relativa, que
con la concreción de la gratificación, va
integrando a la madre como objeto de amor.
La experiencia olorosa con ella posibilita
unir su mundo interno, desbordante de
insatisfacciones y necesidades perentorias,
con un mundo externo que le pide postergar
momentáneamente la satisfacción inmediata
pero que le da a su vez estímulos que él
puede comprender y gozar.
Así
como M. Klein decía que el bebé alucina el
pecho bueno que lo sacie, en contrapartida y
al servicio del criterio de realidad, es
decir, al servicio del Yo, el olor
posibilita desalucinar al niño. El
principio de realidad transforma la energía
libre en energía ligada instaurando lo
preconsciente; tal la función de la
percepción olfativa en este caso. Tengamos
en cuenta, además, que el olor está
presente no solamente cuando el bebé
tiene hambre sino también cuando está
satisfecho. El olor proviene del mundo
externo, de la fuente que lo calmará, de la
madre, del entorno que trae la posibilidad
de mitigar la ansiedad básica, presentándole
un mundo más organizado y dispuesto para él.
En
el interjuego de la alucinación del pecho y
de la des-alucinación a través del olfato
se van instalando las experiencias de vida
del bebé y el objeto libidinal.
Cuando
la madre recomienza a insertarse en los
modos convencionales de la participación en
la cultura, reemplazará jabones neutros por
productos cosmetológicos, perfumes, cremas
humectantes, aceites contra la irritación,
perfumes femeninos,
antitranspirantes,
apósitos mamarios, apósitos femeninos
menstruales con desodorantes, todo aquello
que intima alguna manera para contrarrestar
los feos hedores de los cuales está presa.
Cumple así con la sociedad mitigando en
parte su reintegro a ella con el orgulloso
producto de su larga preñez. Con la caída
del cordón umbilical se festeja el primer
baño del bebé en el seno de la familia. El
niño es sumergido en aguas tibias que
remueven los restos del parto. El varón
tiene secreciones particulares que se
detectan al higienizar su pene; huele a
hombre. La limpieza del prepucio desprende
una pastosidad blanco-amarillenta cuyo olor
semeja al esperma. En los labios vaginales
de la niña también se desprende un olor sui
generis. Secreciones, excremento,
orina, leche cortada, hacen un compendio del
cuerpo pequeñito del bebé.
La
etapa nasal pasiva ha estado desarrollándose
desde los momentos previos al alumbramiento,
en el canal del parto, y a posteriori a través
de un período en que el niño depende más
de los horarios de lactancia según los
ritmos de sueño y despertar, que de la búsqueda
activa del alimento. Los olores forman parte
de su diario contacto con la madre cuyo
alejamiento es a unos pocos pasos del niño
y a escasa distancia de su lecho.
La
fusión, característica primordial de la
primera etapa pasiva, era desde el comienzo
plena, cerrada, capsular, envolvente, penetrante.
Un círculo recurrente de espacio y tiempo.
Una amalgama. Niño y madre fueron la misma
persona, reeditando para el niño la fantasía
del Nirvana intrauterino y siendo para la
madre fuente magnética de posesión mutua.
A muy pocas funciones y personas la madre
catectiza como a su nuevo niño; posterga
profesión, trabajo, quehaceres domésticos,
marido, otros niños, para brindarle al recién
nacido la máxima atención que requiera.
La
fusión está imbricada con el olfato. Es a
través de él que se constituye el vínculo.
Aún para los adultos un sorpresivo aroma
tiene el efecto de un knoc-out.
Es descerebrante. Un algo que penetra por
las fosas nasales y parece rodear al encéfalo
extendiéndose entre este órgano y la concavidad
del cráneo. De tremendo efecto ligador
subsume toda la actividad mental bajo su
influjo y deja improntas mnémicas. En el
momento de oler se deja de pensar; sólo en
un segundo momento la conciencia toma una
actitud posicional. Mientras tanto lo único
que existe es el abandono, la entrega total
a lo que se aspira. Penetrado por ello el
ser cede su identidad a lo que le llega.
Posesión, entrega, unidad, todo al unísono;
pérdida de límites.
Ser
inhalado es la vivencia que trae aparejada
la fusión.
La
madre huele al niño para ver si ha defecado
o si está sucio, huele la leche de los
biberones para detectar su descomposición,
huele la ropa del bebé para saber si puede
o no vestirlo con ella, aproxima sus propias
prendas al cuerpo del niño cuando lo
recuesta en cama ajena. Un osito de peluche,
una sabanita, una muñeca de tela o
cualquier otro objeto que es propiedad del
niño, lo es en la medida en que ha sido
chupado, regurgitado, impregnado por los
olores conjuntos de la diada antes que
reconocido por la visión.
Este
período de fusión mitiga angustias de
muerte. El bebé está contenido por los
efluvios olorosos que enmarcan el espacio de
ambos. No son los brazos de la madre, ni el
mero pasaje de la leche por su boca y
aparato digestivo, es fundamentalmente por
el olor, el de todos los momentos, con
hambre o sin él, con cólicos o durante su
sereno dormir, inalterable durante esas
primeras semanas de vida.
Dicha
fusión es necesaria y fundamental para la
constitución de su estructura psíquica,
aunque no in
eternian.
Al
mes, aproximadamente acaban las metrorragias
post-parto y la episiotomía cicatriza. Es
la época de “las candelarias”. La
madre pasa al bebé a otra habitación y
coincidentemente reinicia la actividad
sexual con su pareja. Entonces el bebé
empieza a incorporar el olor a coito que
trae su madre en la piel, instaurándose a
partir de ella y de su propia genitalidad,
el olor del padre.
Este
nuevo olor es hito inaugural de la
triangularidad, el niño transitará por
ella una nueva “fase” de la etapa nasal.
Con
la entrada del olor del padre seguirá una
“etapa nasal activa”. La búsqueda
del pezón será más intensa e intencional.
Desde la sensación displacentera del hambre
hasta el reclamo a llantos hay un período
de búsqueda. Puede estar en brazos del
padre y en tanto la madre llegue explorar zonas
en la piel de éste donde detectar el olor
del alimento, rozará con su nariz las ropas
y hasta chupará los antebrazos. Mientras,
la madre prepara su seno y busca un lugar
adecuado para explayarse con su bebé el
tiempo que requiera el acto de amamantar. Al
niño se le presentan sustitutos del pezón
pero él no se prende. Otras veces, mediante
movimientos de búsqueda prueba un
chupete, lo reconoce y juguetea con él
calmándose momentáneamente. El olor le permite
anticipar la llegada de aquello que
realmente satisface, ordenar el ímpetu
pulsional. La dosis de frustración que
elabora es la que desalucina con el dato
externo que le aporta la comprobación de la
posesión de lo que desea. Y eso es más que
por la ejercitación de un reflejo en
ausencia de la leche, allí es el olor el
que marca la presencia.
Resumiendo:
la etapa nasal se iniciaría ya en el canal
del parto y se extendería aproximadamente
hasta los tres meses, época en que la etapa
oral se instala con plenitud. Comprende
una forma nasal pasiva y una activa
separadas por una fase de triangularidad. La
fusión es la característica primordial del
comienzo, ligadora, capsular, penetrante. La
inclusión del olor paterno inaugura la
triangularidad, y a través de él el niño
se ve obligado a rastrear activamente lo que
estableció en el comienzo las primeras
catexias libidinales. Destaquemos que esta
etapa imprime hondamente en el sujeto sus
huellas. El imago clave del proceso es la representación
materna en su versión incestuosa. De todos
los olores, la modalidad olfativa habrá
seleccionado aquellos que la soporten. La
evolución modificará la clave y sumará
otros mandatos que se inscriben en la
conflictiva edipiana. Mientras los adultos
circunscriban sus placeres y repulsas en
contextos olorosos, será porque la historia
de la evolución olfativa, arrancando desde
muy lejos, da sustento a estas modalidades.
Aromatizando el cuerpo, vestimentas, ambientes,
alimentos; codificando la comunicación o
sacralizando el espacio propio; manifiéstase
el estilo nasal que los impregna.
Dr.
Luis
Carlos Delgado:
Especialista
Jerarquizado en Psiquiatría y Psicología
Médica (Médico Psiquiatra) (UBA)
Doctor
en Psicología Clínica (UB)
Especialista
en Medicina Interna (AMA - SMI)
Actualmente
Profesor Titular de Biología y
Neurofisiología del Comportamiento en la
Facultad de Psicología de la Universidad de
Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) y
Profesor Titular de Psiquiatría Dinámica
en la Licenciatura de Fonoaudiología de la
Universidad del Salvador desde 1981.
Libros
publicados: "Medicina Psicosomática y
Psicoterapia" Paidos, 1973;
"Análisis Estructural del Dibujo
Libre" Paidos, 1983 En colaboración:
"La Etapa Nasal", Galerna, 1992;
"Fonoaudilogía Psicodinámica",
Editorial del Salvador, 2000.
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