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Violencia
La
violencia en la sociedad actual
Dr.
Saul Franco (MD. MMS, Ph.D. Docente,
Universidad Nacional. Bogotá, Colombia.)
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02.07.2001
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Introducción
Estamos llegando tarde los investigadores y
trabajadores de la salud al problema de la
violencia.
En el mundo al revés en que vivimos,
nos acostumbramos a vivir como si la
violencia no existiera, o como si fuera un
problema ajeno o de menos cuantía, o como
si fuera parte natural del paisaje de la
sociedad contemporánea.
Y mientras tanto ella, la violencia,
ha penetrado todos los escenarios de la vida
individual y social, todas las fibras del
tejido colectivo y cada uno de los
territorios de la geopolítica mundial.
Como problema social de alta prioridad, la
violencia es también hoy un gran problema
para la salud pública internacional.
Aquí en la Argentina, hace ya una década que
la tercera parte de los niños y
adolescentes que mueren son víctimas de
violencia y ambos grupos son las principales
víctimas del gatillo fácil.
A nivel regional, son niños y niñas
las principales víctimas del maltrato doméstico
y callejero y de las violencias y
violaciones sexuales.
Decidí centrarme en hacer algunos enunciados y
provocaciones sobre cuatro puntos específicos
que considero de la mayor importancia para
la discusión y la acción.
1.Sobre el concepto de violencia
Como lo he expresado en varias ocasiones, entiendo
por violencia toda forma de interacción
humana en la cual, mediante la fuerza, se
produce daño al otro para la consecución
de un fin.
Es decir: entre las múltiples formas
que hemos desarrollado los humanos para
relacionarnos, la violencia es sólo una de
ellas.
Y es justo aquella que reúne tres
características esenciales: que para la
consecución de un fin recurre a la fuerza y
le produce daño al otro.
Es entonces una relación de fuerza,
en cualquiera de sus modalidades e
intensidades y que, por tanto, acalla la
palabra y el discurso.
Fuerza que daña el funcionamiento
orgánico o psicoemocional, que hiere o
golpea, mata o presiona, suprime derechos o
limita su ejercicio.
Y siempre con un fin: sostener o
sustituir un poder, un conjunto de intereses
específicos, un ordenamiento social, una
escala valorativa o un mundo de
representaciones.
Puede decirse entonces que la
violencia es una realidad histórica, una
realidad ontológicamente humana y una
actividad socioculturalmente aprendida.
Podemos decir, en primer lugar, que no existe
una, sino múltiples violencias,
diferenciadas por los actores y sus fines,
por el tipo de víctimas escogidas y por las
modalidades, intensidades, escenarios y
contextos en que se desarrolla.
Podemos afirmar, en segundo lugar,
que la violencia es un proceso, un conjunto
organizado de pasos hacia la realización de
acciones conducentes a fines.
Esto quiere decir que hacen parte del
acto violento tanto la creación de las
condiciones que posibilitan la violencia,
como las acciones de preparación y ejecución
de dicho acto y sus condiciones inmediatas y
mediatas en los niveles individuales y
grupales.
Podemos decir también, que la
violencia no obedece ni a un determinismo
genético o bioquímico, ni a un
determinismo o fatalidad social.
No se trata de negar a priori la
posibilidad de que lleguen a encontrarse
asociaciones entre ciertas conductas
violentas y la presencia o ausencia de
determinadas estructuras o componentes del
orden bionatural.
Pero sí de sustentar la naturaleza
esencialmente histórica y sociocultural de
la violencia.
Podemos igualmente afirmar que, si
bien en casi todos los pueblos y períodos
históricos ha habido violencia, su
intensidad, sus formas y dinámicas han sido
muy variables.
Es decir, si bien resulta una utopía
pensar en una sociedad con violencia cero,
dado que siempre será una de las
posibilidades de relación interhumana, es
perfectamente pensable lograr sociedades con
niveles de violencia muy por debajo de los
altísimos que actualmente tenemos en países
como Colombia o Yugoslavia, en donde la
agresión bélica lleva la violencia hasta
sus máximos niveles, pues la guerra es eso:
el imperio absoluto de la violencia.
2. Algunos obstáculos para pensar y actuar hoy
ante la violencia
La
negación de la violencia.
En este mundo al revés, pretendemos
vivir como si no, como si la violencia no
existiera, o no nos afectara, o fuera algo
de los otros.
Por esta vía de la negación nos
vamos acostumbrando a la violencia, la banalizamos,
perdemos la capacidad de asombro y reacción
y siempre tenemos a la mano o en la boca una
razón para evadirla, ocultarla,
minimizarla. Con un agravante, estos procesos de negación y banalización
no son sólo de los individuos.
Son sociales e institucionales.
A muchos gobiernos no les conviene o
no les interesa aceptar ciertos tipos de
violencia.
Ciertas instituciones, la escuela o
algunas de salud, por ejemplo, se
escandalizan de saberse o sentirse señaladas
como violentas.
Y aun en las familias, los niños y
hasta los adultos terminan por no
identificar violencia sino a partir de un
golpe fuerte o de la sangre. La superación de este obstáculo, equivalente a quitarnos el
velo que nos impide ver y aceptar las
propias violencias y asombrarnos con ellas,
es precondición tanto para la comprensión
del problema como para su adecuado
enfrentamiento.
Otro obstáculo frecuente, mantenido en parte
por los medios de comunicación, es él
de reducir la violencia a la lógica
policial de buenos y malos.
Por supuesto que nos sitúan o nos
situamos en el bando de los buenos y desde
allí vemos a distancia y con desinterés
y desprecio a los malos, los
violentos.
Es un guión perverso que nos aliena
ante el problema, nos aleja de la realidad,
nos clasifica de manera incorrecta y
convierte la violencia en espectáculo que
vemos desde la barrera.
El guión de la violencia es mucho más
complejo.
Ni los bandos parecen ser el de los
buenos y el de los malos, ni siempre somos
de los buenos.
Y, a menudo nos encontramos no detrás
de la barrera sino en el centro mismo de la
confrontación violenta.
También es necesaria la remoción de
este obstáculo para comprender la realidad
del problema e intentar superarlo.
Y un tercer obstáculo, específico de quienes
hemos formado y trabajado en el campo
llamado de la salud.
Es el intento de aplicar a la
violencia la lógica bionatural de la
enfermedad y pretender enfrentarla con ella
y con las prácticas que le son propias.
Como sabemos, el paradigma aún
dominante es el de las enfermedades
infecciosas, construido desde finales del
siglo pasado.
La enfermedad es una infección,
producida por un agente específico, con una
historia natural propia, tratable en la
medida en que se conozca suficientemente
bien la historia natural y haya los recursos
específicos.
Con esta lógica se asume la
violencia como enfermedad, al victimario
como el agente etiológico y a la víctima
como el paciente y se procede, en
consecuencia, a identificar factores de
riesgo y puntos de intervención.
La violencia no cabe en la lógica de
la enfermedad.
Casi nunca tiene un único agente
causal.
Sus víctimas no son sólo enfermos.
Las disciplinas médicas, incluida la
epidemiología convencional, no alcanzan a
dar cuenta de las múltiples y complejas
dimensiones del problema. Y ni todo es prevenible, ni existen vacunas o medicamentos
antiviolencia.
De los peores aportes que haríamos
desde el campo de la salud a la violencia
sería medicalizarla, pretender someterla a
nuestra lógica, a nuestras prácticas y a
nuestras instituciones.
Necesitamos, por el contrario,
aproximarnos a las lógicas y dinámicas de
la violencia, a la complejidad de contextos
y actores implicados, a las distintas
disciplinas requeridas para comprenderla,
entre ellas: la economía política, la
sociología, el derecho, la ética, la
antropología, la psicología y la
epidemiología social.
3. Contextos explicativos de la violencia en la
sociedad actual
He empezado a pensar que existen, en la sociedad
contemporánea, tres contextos explicativos
básicos para las múltiples y graves
violencias que padecemos, a saber: uno
económico, otro político y otro
socio-cultural.
El primero tiene que ver con la
conflictividad derivada de la posesión y
distribución de la riqueza en el mundo y en
el interior de los países, con los juegos
del poder económico a distintos niveles y
con las relaciones sociales, entre naciones,
instituciones y personas, derivadas del
ordenamiento económico establecido.
El segundo tiene que ver con las
confrontaciones derivadas de las
interacciones Estado-ciudadano-sociedad, con
la distribución y el ejercicio del poder
político en los escenarios internacionales,
nacionales, regionales y locales y con la
vigencia o no de los derechos de los
ciudadanos y de los estados.
Y el contexto socio-cultural integra
el conjunto de las situaciones, condiciones
y razones que, desde las relaciones entre
las personas y las instituciones, entre las
instituciones mismas y en las
confrontaciones de las diversas
representaciones culturales y las
construcciones valorativas, generan la
posibilidad de los intentos de resolución
por la vía de la fuerza.
Creo que, de lejos, la inequidad constituye en
la actualidad la principal condición
estructural posibilitadora y dinamizadora de
la violencia a nivel internacional.
La inequidad, como expresión de
diferencias injustificadas, innecesarias y,
por tanto, evitables e irritantes en la
distribución y posición de las riquezas,
los recursos, las oportunidades, el
conocimiento y la información. Inequidades también en relaciones entre géneros, etnias, países
y grupos sociales y etarios.
La inequidad genera en su límite externo un fenómeno
que para algunos es el detonante final de la
violencia: la exclusión, que aun etimológicamente
significa quedar por fuera, sin opción
alguna, borrado del mapa de los mínimos de
la dignidad y los recursos.
Si del nivel planetario saltamos al
nivel individual, reafirmamos con mayor
claridad que, efectivamente, cuando nos
colocan en condición de exclusión es una
de las situaciones en las cuales se nos
hacen incontrolables fuerzas y sentimientos
arrasadores que, de otra manera, hasta
canalizamos constructivamente.
Otra condición estructural de algunas
sociedades contemporáneas es la
intolerancia, que tiene que ver con la
incapacidad de tramitar las diferencias de
manera civilizada, con negación de
diferente, dogmatismo, absolutismo y, también,
con exclusión.
La intolerancia generalizada a las
diferencias es otro caldo de cultivo de las
violencias contemporáneas tanto en los
espacios públicos como en los privados, y
en los niveles macro y micro.
Al menos en mi país se ha identificado otra
condición estructural de la violencia
actual.
Es la impunidad que, como sabemos,
hunde sus raíces en el mundo del derecho,
de la penalización y del castigo social a
las transgresiones de las normas en general
aceptadas, pero a veces impuestas.
La hipótesis en la relación
impunidad-violencia apunta en el sentido de
que si la sociedad pierde su capacidad de
censurar y castigar las transgresiones a los
acuerdos y normas fundamentales, facilita y
aun llega a estimular nuevas y mas graves
transgresiones.
Es también conveniente aclarar que
estas relaciones no siempre son sólo
unidireccionales.
La facilitación que la impunidad
hace a la violencia se revierte en ocasiones
a incrementos de la impunidad producidos por
la propia violencia.
La contribución que en varios países ha hecho
el alejamiento del Estado de su
responsabilidad de impartir justicia en la
creación de condiciones favorables para el
surgimiento de organizaciones y mecanismos
de justicia privada, y para forzar a los
ciudadanos y ciudadanas a intentar ejercer
la justicia con sus propias manos, es otra
responsabilidad estatal en el incremento
actual de las violencias.
4. La violencia actual como problema de salud pública
internacional
Sin pretender diluir en una vaga responsabilidad
internacional la génesis y dinámica de
nuestras violencias, ni pretender asignar a
la “comunidad internacional” y sus
organismos mediadores la tarea de la búsqueda
de soluciones al problema, planteo para la
discusión que tanto en su genética como en
su fisiología, en sus manifestaciones y
consecuencias como n sus posibles
soluciones, la violencia es un fenómeno
internacional, un problema de salud pública
internacional.
En primer lugar: Como campo de conocimiento, la
SPI debe contribuir al estudio e investigación
de las dimensiones internacionales de la
violencia y de su impacto negativo sobre el
bienestar y la calidad de vida de las
personas y de los pueblos.
Se trata, claro está, de un
conocimiento no médico, no sólo bionatural,
sino multidisciplinario e
interprofesionalmente trabajado, como
corresponde al problema en cuestión.
En segundo lugar: Las enormes implicaciones que
por distintos mecanismos está teniendo el
problema de la violencia sobre la práctica
de los profesionales de la salud están
demandando repensar aspectos de la práctica,
de la organización y distribución de los
servicios y aun de la fundamentación ética
del quehacer profesional en salud.
En tercer lugar: Como mínimo la SPI debe
contribuir a que el sector reduzca su
participación tanto en propiciar la
violencia mediante sistemas excluyentes y
mercantiles de prestación de servicios,
como mediante sistemas autoritarios o
inadecuados de atención a la población en
general y a las víctimas de la violencia en
particular.
La reducción de las inequidades en
salud puede ser la contribución más
importante al respecto.
Cuarto: El fomento de la cooperación
internacional en situaciones de intensa
conflictividad nacional o regional y en los
procesos regulares de planeación, ejecución,
implementación y evaluación de políticas
y programas es otro campo privilegiado y
largamente experimentado de la SPI, que bien
puede intensificarse de cara
a la situación de violencia.
Y, finalmente, la promoción de la salud como práctica
positiva del bienestar, como defensa del
derecho a la vida con dignidad y cultivo de
la calidad de vida y de valores positivos
equidad, solidaridad, tolerancia y
convivencia, puede ser un instrumento clave
en la acción de la salud pública
internacional.
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