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Leche
del paraíso y del infierno.
Charles
F. Levinthal
-
04.06.2001
-
La
naturaleza brinda excelentes medios para
aliviar el dolor con los subproductos de la
amapola del opio: el opio mismo y los opiáceos
–morfina, heroína y codeína- que pueden
derivarse de él.
La ironía reside en que el alivio
del dolor y la sensación de euforia
producida por los opiáceos tienen su
precio: la dependencia.
Por
primera vez en la historia alcanzamos a
comprender cuáles son realmente los orígenes
del dolor y de la euforia, infierno y cielo
de nuestra existencia. Su comprensión surge de una notable serie de descubrimientos
que preanunciaron toda una revolución en el
campo de la investigación biomédica.
En esencia, el descubrimiento
científico clave partió de un hecho: que
el organismo fabrica sus propios opiáceos,
productos químicos que actúan como el opio
y, en verdad, mejor aún.
Gracias
a estos nuevos descubrimientos, podemos
ahora examinar la historia de nuestros
sentimientos ambivalentes hacia el opio en sí.
Ocurre que, durante siglos, el opio
había sido un producto común y corriente,
valorado por igual en las civilizaciones de
Occidente y Oriente, sin estar asociado a
ninguna de las imágenes negativas que hoy
lo rodean.
La
primera descripción detallada del opio
procede de comienzos del siglo III a. de C.,
pero podemos afirmar en forma bastante categórica
que el opio se consumía ya por lo menos
unos mil años antes.
En excavaciones realizadas en Chipre
se halló una pipa para opio en cerámica,
que databa de fines de la Edad de Bronce,
hacia 1200 a. de C.
Europa
Occidental fue iniciada en el consumo de
opio durante los siglos XI y XII, con el
regreso de los cruzados, que, a su vez, lo
habían aprendido de los árabes. En un comienzo, el opio era utilizado por los hechiceros como
ingrediente común en una amplia variedad de
pociones. Posteriormente, en los albores de la medicina moderna, el
opio comenzó a emplearse como droga terapéutica.
En 1520 Paracelso, descollante
autoridad médica de su época, promovió el
uso de una bebida en la que se combinaban el
opio, el vino y una serie de sustancias, a
la que denominó láudano; calificándola de
“piedra de la inmortalidad”, inició una
larga tradición médica al recomendar su
uso para prácticamente toda enfermedad
conocida.
No hay ninguna referencia histórica
de esa época que hiciera mención a la
posibilidad de que el opio pudiera crear
adicción.
El
opio en Inglaterra
Para
el inglés común de mediados del siglo XIX,
la Guerra del Opio era algo de índole
totalmente comercial, de interés para el
Gobierno de su Majestad pero que muy poco
incidía en su vida cotidiana.
No obstante, el opio cundía por
doquier.
No era importado de la India, ni
mucho menos de la China, sino desde Turquía.
Todos los años ingresaban al país
enormes cantidades de opio: entre diez y
veinte toneladas en 1820, y cuatro veces esa
cifra en 1860.
La diferencia más importante
entre China e Inglaterra respecto del opio
no era la medida de su consumo sino el modo
en que era consumido.
Su forma aceptable de consumo en la
Inglaterra victoriana era su ingestión, más
precisamente bebiéndoselo en forma de láudano,
en tanto que los fumadores de opio que
constituían la práctica oriental eran, por
el contrario, identificados por los ingleses
con el vicio y la degradación, asociados
con los estratos más marginales de la
sociedad.
Los fumadores de opio arrastraban
todas las perversas connotaciones que se han
transmitido hasta los tiempos modernos, en
tanto que los respetables salones de las
familias inglesas de clase media eran los
sitios donde el opio se bebía.
En
gran medida, el difundido consumo de opio en
Gran Bretaña puede rastrearse en la
popularidad de un libro, Mysteries of
Opium Reveal’d (Los Misterios del Opio
revelados), escrito por John Jones en 1700.
Las conclusiones del libro acerca del
consumo no llegaban a justificarlo en su
totalidad pero, lamentablemente, tan poco se
decía acerca de los riesgos potenciales de
la adicción que el lector desprevenido muy
bien podía creer que se trataba de una práctica
aceptable si se la mantenía dentro de los
niveles moderados.
A la vez, una destacada autoridad médica,
el doctor John Brown, enseño a miles de
estudiantes de medicina de Europa, mediante
sus textos, que recetar opio,
particularmente en su forma de láudano, era
la mejor manera de mantener el apropiado
equilibrio del organismo.
Con
escritos de este tipo, la Inglaterra del
siglo XIX, así como otros países europeos
de la época, podían sentirse justificados
en su afición al opio, un producto que
levantaba tanto el ánimo que los nuevos
obreros industriales le aplicaron el mote de
Elevación.
Sus raciones eran limitadas y baratas
(menos costosas que el gin o la cerveza); la
opinión médica, en el mejor de los casos,
estaba dividida acerca de cualquier peligro
potencial; no se había formado una opinión
pública negativa (a un adicto no se lo
consideraba peor que a un borracho); y rara
vez o nunca había problemas con la policía.
No se necesitaba ninguna autorización
especial para su venta, de modo que
terminaba siendo ofrecido por los minoristas
junto con muchos otros productos corrientes.
En los registros de un “farmacéutico
y almacenero” de Londres que constaba el
ingreso de cerveza de jengibre, pintura,
trementina y láudano.
En ese sentido, el opio era la aspirina
de la época.
A
casi todos los bebés y niños pequeños de
Inglaterra por aquel entonces se les
administraba opio; para su nacimiento, por
ejemplo, ya se tenía un preparado con
anticipación.
Se
los administraba para el dolor de muelas,
los cólicos, o como simple manera de tener
quietos a los niños.
Resultaba particularmente atractivo
para la nueva forma de vida de las operarias
mujeres de la era industrial en las ciudades
fabriles de Inglaterra.
La
morfina, la jeringa y el advenimiento de la
heroína
En
1803 el empleado de una farmacia de Einbeck,
Alemania, llamado Friedrich Wilhelm Adam
Serturner, aisló por primera vez una base
alcalina de color blanco amarillento en el
opio puro: aquélla resultó ser su
ingrediente activo primario. Su descubridor la denominó morfina, en homenaje a Morfeo, el
dios griego de los sueños.
Por primera vez, el 75 por ciento del
peso total del opio –resinas inactivas,
aceites, azúcares, proteína- podían
separase y desecharse.
De
los productos opiáceos activos remanentes,
sin duda la morfina era el más potente. Representaba, aproximadamente, el 10 por ciento del peso
total del opio crudo, pero era casi diez
veces más potente. Todos los demás productos opiáceos que serían aislados con
el tiempo (por ejemplo, la codeína en 1832)
eran más débiles que la morfina y
representaban una porción muy inferior del
peso total del opio.
La
ventaja más notoria de los cristales de
morfina respecto del opio en sí residía en
su pureza y potencia sin altibajos.
Uno de los problemas que planteaba la
administración del opio había radicado
siempre en la variabilidad de sus efectos,
de una tanda a la siguiente.
Lentamente,
la morfina fue incorporándose en una gran
variedad de remedios patentados que estaban
al alcance del público.
Sin embargo, no fue sino en 1856,
cuando se inventó la jeringa hipodérmica
en Inglaterra, que la morfina se convirtió
en droga medicinal preponderante y, por
ende, encuadrada dentro de la esfera de la
profesión.
Hacia
1880, prácticamente todo médico
norteamericano poseía una jeringa, y la
nueva opción que brindaba una inyección de
morfina, poderosa y de rápida capacidad
para aliviar el dolor y provocar euforia,
transformó las prácticas medicinales.
David Courtwright expresó lo
revolucionario del cambio ocurrido: “una
jeringa de morfina era, en un sentido bien
real, una varita mágica”.
Contra
el marco de una creciente preocupación por
la adicción a la morfina, en 1898 la
empresa Bayer introdujo en Alemania un nuevo
derivado de ella, destinado a aliviar el
dolor y denominado heroína.
Fue desarrollado en el laboratorio de
un químico, Heinrich Dreser, quien ya
anteriormente, en la década de 1880, había
logrado desarrollar la aspirina como analgésico.
De veinte a veinticinco veces más
poderosa que la morfina, y supuestamente
libre de las propiedades adictivas de
aquella, la heroína fue aclamada como
preparado totalmente carente de riesgos.
Se la recomendó incluso como
tratamiento para la adicción a la morfina.
Entre 1898 y 1905, no menos de
cuarenta estudios médicos sobre inyecciones
de heroína no informaban sobre su potencial
adictivo.
Las poderosas propiedades adictivas
de la heroína, alrededor del doble de la
morfina, no fueron plenamente conocidas
hasta 1910.
Calmantes,
adicción y endorfinas
¿Por
qué existe un vínculo aparentemente
insoslayable entre calmar el dolor y la
adicción física?
¿Qué hay en el cerebro, que
responde con tanto deseo a estos productos
químicos?
En 1973 se descubrieron puntos
receptores específicos, en el cerebro y la
médula espinal, que eran sensibles a un
derivado del opio, la morfina.
La
existencia de una cerradura implicaba la
existencia de una llave (o llaves) dentro
del mismo sistema nervioso.
En 1975 comenzó a aclararse el tema.
John Hughes y Hans Hosterlitz, en
Aberdeen, Escocia, anunciaron el
descubrimiento de una sustancia con características
opiáceas en el cerebro, que reproducía los
efectos de la morfina.
En el curso de cinco años se
identificaron varios otros productos químicos
similares a los opiáceos.
En su conjunto, se los denominó
endorfinas, contracción de “morfinas endógenas”.
El modelo más simple parecía ser el
de que los receptores de opiáceos eran en
realidad receptores de endorfinas,
estructurados de manera coincidente, de modo
que todos poseían afinidad hacia los opiáceos
derivados de la amapola del opio y los
creados en el laboratorio.
Hace
mucho tiempo, algún aventurero desconocido
probó el zumo de la amapola, y su cerebro
lo reconoció como criatura propia.
Por algún accidente de la
naturaleza, la planta arrojaba una sustancia
que se correspondía con algo ya existente
en el cerebro.
Empezamos así a entender por qué el
opio, la morfina y los productos químicos
relacionados con él son adictivos.
De acuerdo con una teoría muy
difundida, en esencia el cerebro es engañado.
Los productos químicos son
confundidos con los que el propio cerebro ha
producido.
Como consecuencia, el cerebro detiene
su propia producción interna y comienza a
depender de la fuente externa.
Al ir en aumento esa dependencia, se
crea un círculo vicioso: puesto que la
producción interna se ha cortado, dejar de
abastecerse resulta inaceptable para el
cerebro.
Presumiblemente es por eso que,
durante los períodos de abstinencia, el
adicto sufre tan terribles tormentos.
¿Por
qué, entonces, no nos tornamos adictos a
nosotros mismos?
Se trata de una pregunta urticante,
base de todo el punto de vista bioquímico.
La manera más fácil de responderla
está en presuponer que las cantidades en
que normalmente actúan esas endorfinas están
a distancia sideral de las cantidades de
morfina o heroína que llegan al cerebro
desde afuera.
De ser cierta esta hipótesis, la
siguiente etapa sería desarrollar una droga
que funcione a un nivel más similar que el
de las endorfinas ya existentes en el
cerebro.
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