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Grandes
autores
La
inteligencia de las flores
Mauricio
Maeterlinck
-
14.08.2000
-
Los
perfumes
El
olfato es, en efecto, el más inexplicado de
los sentidos. Es el guardián del aire que
respiramos, es el higienista y el químico
que vela cuidadosamente sobre la calidad de
los alimentos ofrecidos, pues toda emanación
desagradable revela la presencia de gérmenes
sospechosos o peligrosos.
Pero
al lado de esta misión práctica, hay otra
que al parecer no responde a nada. Los
perfumes son del todo inútiles a nuestra
vida física.
Sin
embargo, poseemos una facultad que se
regocija de ellos y de ellos nos trae la
buena noticia con tanto entusiasmo y
convicción como si se tratase del
descubrimiento de un fruto o de un brebaje
delicioso. Esa inutilidad merece nuestra
atención. Debe ocultar un buen secreto. He
aquí la única ocasión en que la
naturaleza nos procura un placer gratuito,
una satisfacción que no adorna un lazo de
la necesidad. El olfato es el único sentido
de lujo que la naturaleza nos ha dado; por
eso parece ajeno a nuestro organismo.
¿Es
un aparato que se desarrolla o se atrofia,
una facultad que se duerme o se despierta?
Todo hace creer que evoluciona nuestra
civilización.
Hay,
pues, motivos para admitir que el olfato es
el ultimo de nuestros sentidos, el único
quizá que
no se halla en “vías de regresión”,
como dicen pesadamente los biólogos.
Hay
ahí un mundo inexplorado. Este sentido
misterioso que, a primera vista, parece casi
ajeno a nuestro organismo, cuando se le
observa mejor resulta quizá el que mas íntimamente
lo penetra.
No
sería sorprendente que ese lujo no
comprendido respondiese a algo muy profundo
y muy esencial, y mas bien, como acabamos de
ver, a algo aun no existente que a algo que
no existe ya. Es muy posible que este
sentido, el único que mira al porvenir,
aprecia ya las manifestaciones mas
impresionables de una forma o de un estado
feliz y saludable de la materia que nos
reserva muchas sorpresas.
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