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autores
La
psicología de la transferencia
Carl
Jung
-
28.08.2000
-
[...]
La creciente vinculación internacional
y la debilidad de las regiones han ido
borrando o superando estas limitaciones, e
irán borrándolas más aún en el futuro,
lo que engendrará
una masa amorfa cuyos pródromos comprobamos
en los fenómenos modernos de la psique de
masas. Con ello la primitiva estructura exógama
se acerca poco a poco al estado de caos
tan trabajosamente dominado. Frente a eso no
hay más que un remedio y es la fortificación
interna del individuo, de lo contrario se
halla amenazado por un inevitable
embrutecimiento y una disolución
en la psique de las masas. Lo que esto
entraña el pasado reciente nos lo ha enseñado
claramente. Contra ello no se encontró
defensa alguna en ninguna división, e
incluso nuestro factor de orden, el Estado,
se ha revelado como un activo apóstol de la
masificación. En tales circunstancias sólo
puede ser útil
la inmunización del individuo contra el
veneno de la psique
de masas. Según se ha dicho, es
de creer que la tendencia endógama podría
intervenir compensadoramente y volver a
producir en el plano psíquico, esto es, en
el interior del hombre, la unión de
parentesco o unificación de los componentes
personales desintegrados, como contrapeso a
la dicotomía progresiva, es decir, a la
disociación psíquica del hombre
masificado.
Ahora
bien, es
de la mayor importancia que este proceso se
cumpla de un modo consciente, pues
de lo contrario las consecuencias psíquicas
de la masificación se afianzarían irremisiblemente.
Si la fortificación del individuo no se
restablece conscientemente, emerge de manera
espontánea bajo el aspecto ya conocido de
que el
hombre masa se endurece de un modo
inconcebible frene a sus semejantes. Se
convierte en una bestia de rebaño movida
tan sólo
por la avidez y el pánico. Pero su alma,
que solo vive de relaciones humanas, se
pierde. La realización consciente de la
unión interna requiere terminantemente la
relación humana como condición
inexcusable, pues
sin una vinculación con el prójimo
conscientemente aceptada
y reconocida no es posible ninguna síntesis
de la personalidad. Aquel algo en el que
se efectúa la unión interna no es en
absoluto personal ni yoico, sino que se
halla supraordenado al yo, pues, como
“si-mismo”, entraña una síntesis entre
aquel y lo inconsciente suprapersonal. La
fortificación
interna del individuo no implica,
pues, de ningún modo el endurecimiento del
hombre masa en una etapa superior,
verbigracia en forma de un aislamiento e
inaccesibilidad espiritual, sino, por el
contrario, su
vinculación con el prójimo. No siendo
el fenómeno de la transferencia otra cosa
que una proyección, sus efectos son tanto
de separación como de enlace.
Pero
la experiencia enseña que ni siquiera
cuando la proyección se elimina desaparece
cierto enlace en la transferencia. Porque
detrás de él se halla un factor sumamente
significativo, instintivo que
es la
libido de parentesco. Por supuesto,
ésta se rechazaba a segundo plano por la
extensión ilimitada de la tendencia exógama,
hasta tal punto que sólo encuentra una
limitada satisfacción en el más estrecho círculo
familiar, y aún en éste no siempre, a
causa de la oposición (justificada) al
incesto. La exogamia limitada por la
endogamia había creado en otro tiempo un
orden social natural que hoy ha desaparecido
por completo. Cada
uno es extraño
ante extraños. La
libido de parentesco, que por ejemplo en
las antiguas
comunidades cristianas creaba todavía
una interrelación satisfactoria al
sentimiento,
ha perdido desde hace ya mucho su objetivo.
Mas como se trata de un instinto, no basta
para satisfacerlo ningún sustitutivo en
forma de confesión, partido, nación o
Estado. Exige la vinculación humana.
Este
es el germen, que no debe ser pasado por
alto, del
fenómeno de la transferencia, pues la
relación consigo mismo es al propio tiempo
la relación con el prójimo, y nadie tiene
una vinculación con este si antes no la
tiene consigo mismo.
Quedando
la transferencia como lo que es, es decir,
proyección, el vinculo que crea se muestra
propenso a una concretizaron regresiva, o al
restablecimiento atávico del orden social
primitivo.
Pero esa tendencia resulta tanto más
imposible de realizar en nuestro mundo
moderno cuanto que cada paso en esa dirección
conduce a conflictos cada vez más
profundos, es decir, a una neurosis de la
transferencia propiamente dicha. El
análisis de la transferencia se torna,
pues, ineludible, porque los contenidos
proyectados deben ser integrados, a fin de
posibilitar a éste la visión necesaria
para una decisión libre.
Eliminada
la proyección, la vinculación negativa
(odio) o positiva (amor), determinada por la
transferencia, puede por decirlo así
derrumbarse momentáneamente, de modo que en
apariencia sólo quede la natural afabilidad
de una relación profesional. En tal caso no
se le puede negar a nadie un respiro de
alivio, aunque el médico sepa que tanto
para él como para el enfermo el problema sólo
ha sido postergado: tarde o temprano, aquí
o allí, volverá a surgir, pues tras él se
halla el impulso jamás interrumpido hacia
la individuación.
El
fenómeno
de individuación tiene dos aspectos
principales: por una parte es un fenómeno
interno, subjetivo, de integración, pero
por la otra parte es un fenómeno igualmente
esencial de relación objetiva. El uno no
puede existir sin el otro, aún cuando ya el
uno, ya el otro, aparecen en el primer
plano. A este doble aspecto corresponden dos
peligros típicos: el primero consiste en
que el sujeto utilice las posibilidades de
desarrollo espiritual que proporciona la
explicitación de lo inconsciente para
rehuir ciertas obligaciones fundamentales
del hombre y afectar una
“espiritualidad” que no resiste a una crítica
moral; el otro estriba en que las
propensiones atávicas alcancen un
predominio excesivo y hagan bajar la relación
a un nivel primitivo. Entre este Escila y
aquel Caribdis pasa el estrecho camino a
cuyo esclarecimiento han contribuido en tan
grande medida la mística cristiana del
medioevo así como la alquimia.
Contemplando
a esta luz, el lazo de la transferencia,
por muy insoportable e incomprensible que
parezca, resulta de una importancia vital no
sólo para el individuo, sino también para
la sociedad, y con ello para el progreso
moral y espiritual de la humanidad en
general. En consecuencia, cuando el
psicoterapeuta se ve obligado a luchar con
problemas arduos de la transferencia, que le
sirvan de consuelo estas consideraciones. Su
esfuerzo no beneficia solamente a tal
paciente singular, acaso insignificante,
sino también a él mismo y a su propia
alma, y quizás pone con ello un grano pequeña
e imperceptible que resulte su aportación,
es un opus magnum, pues se realiza en una
esfera en que el numen ha vuelto a penetrar
y en la que se ha asentado el centro de
gravedad de la problemática humana. Los últimos
y más elevados problemas de la
psicoterapia. no son en absoluto de
incumbencia privada, sino que comportan la
mas alta responsabilidad.
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