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Seminarios
clínicos y cuatro textos
Wilfred
R. Bion
-
04.09.2000
-
...]Yo
haría una distinción entre la existencia
(la capacidad de existir) y la ambición o
la aspiración de llevar una existencia que
valga la pena (la calidad de una existencia,
no la cantidad; no la extensión de la
propia vida, sino la calidad de esa vida).
No hay escalas que nos permitan medir
calidad y cantidad, pero la existencia debe
ser contrastada con la esencia
de la existencia. El
hecho de que el paciente, como el analista,
aún existan no alcanza: esta carencia es
inseparable del manejo responsable de la
existencia de las dos personas, analista y
analizando, en la misma habitación al mismo
tiempo.
Yo
proclamo que este trabajo es científico,
pero no creo que ustedes estén de acuerdo
en que merezca ser categorizado de ese modo,
pues continuaré con una serie de afirmaciones
para las que no tengo ni el mas mínimo
respaldo fáctico. Son las siguientes:
el self
que el psicoanalista observa - cuando el
analista tiene las mismas características-
tiene, de acuerdo con los embriólogos,
ciertos objetos en crecimiento que ellos
denominan corteza y médula de la glándula
suprarrenal. Tales nombres dan cuenta de
un patrón que se observa en individuos
diferentes en momentos y épocas diferentes.
Con el transcurso del tiempo, estos cuerpos
se hacen funcionales y producen una
sustancia química que se relaciona con la
agresión, la lucha o el vuelo. Prefiero
ser menos preciso
y excluir todo elemento finalista
diciendo que
la glándula suprarrenal no provoca lucha o
vuelo, sino su “iniciativa”. Los términos
que utilizo, lucha, vuelo, iniciación, serían
apropiados si el objeto que se observa
tuviera una psiquis. Para superar la
dificultad, el obstáculo que surge a causa
de mi falta de inteligencia o conocimiento, recurriré
a conjeturas imaginativas en contraste a
lo que yo llamaría hechos.
La
primera y mas inmediata de estas conjeturas
imaginativas se refiere a que
los cuerpos
suprarrenales
no piensan, sino que las estructuras
que lo conforman se desarrollan físicamente
y como anticipación física al cumplimiento
de una función que conocemos como pensar y
sentir. El embrión (o sus cavidades ópticas,
auditivas, glandulares) no piensa ni ve ni
escucha ni se evade, pero el cuerpo físico
se desarrolla anticipándose al hecho de
tener que proveer el aparato que cubra las
funciones de pensar, ver, escuchar,
evadirse, etc., etc.
A
partir del hecho de que no puedo saber - y
resulta de lo mas improbable que llegue a
tener la inteligencia necesaria para ello en
el curso de mi efímera existencia, -
intento transmitirle al cuerpo político
esta dificultosa pesquisa hacia el
conocimiento, por si mis propias
anticipaciones conducen a la contagiosa e
infecciosa transmisión de estas conjeturas,
las que pueden, a su debido tiempo,
convertirse en realidades.
Hasta
aquí solo estoy tratando el cuerpo físico
como si anticipara funciones que se darían
mas tarde, pero que ya tendrían un
equipamiento corporal apropiado para servir
a los propósitos de una función particular
a la que llamamos “psiquis”. Esto es lo
yo llamo una “anticipación física”,
una anticipación corporal que hace posible
la posterior operación funcional
de la mente. Recurro a la psicología para
describir una cuestión física; luego
recurro a una cuestión física para
describir algo psicológico.
Paso
ahora a referirme al problema de la
comunicación en el interior del self.
(No me gustan
los términos
que implican “el
cuerpo” y “la mente”, por lo
tanto,
utilizo el término self
para incluir lo que llamo cuerpo o mente y
“un espacio mental” para ideas
posteriores que pueden llegar a
desarrollarse. La
expresión filosófica de esta aproximación
es el monismo) Cuando nos ocupamos del
psicoanálisis, donde la observación debe
jugar un rol extremadamente importante -como
siempre se lo ha admitido en una indagación
científica-, no demos restringir nuestra
observación a una esfera demasiado
estrecha. ¿Qué observamos entonces? La
mejor respuesta que conozco la provee Milton
en la introducción al Libro Tercero de El
paraíso perdido. Cuando
el paciente viene al consultorio, el
analista tiene que ser sensible a la
totalidad de esa persona; debiera ser
posible, por ejemplo, percibir cierto rubor
en el rostro, propio de la manifestación física
de la corriente sanguínea, tanto como ser
capaz
de escuchar las palabras que esa persona
murmura como parte integrante de la operación
de la musculatura vocal; no enfatizar
particularmente la actividad de los músculos
voluntarios, como tampoco los sonidos que
producen las cuerdas vocales y el aparato
vocal, sino mas bien la cosa en su totalidad.
O para ponerlo de otra manera, el
analista debe ser capaz de oír no sólo las
palabras, sino la melodía, de modo de poder
percibir ciertos detalles que no pueden
transcribirse con facilidad mediante los
trazos negros que hacemos sobre el papel,
que tienen distintos significados cuando se
producen en tono sarcástico o como
manifestación de afecto o comprensión, o
cuando los produce una persona que tiene
experiencia en el ejercicio de la autoridad,
por mas que las palabras puedan ser las
mismas en cada instancia.[...]
Lo
que digo puede resultar penosamente obvio.
Mi justificación es que
muy a menudo lo obvio no se observa,
especialmente aquello que constituye la diferencia.
Por eso pienso que vale la pena mencionar
estos hechos obvios, los que, por otra
parte, no pasarán a ser el objeto de
estudio del que dependa ningún tipo de
progreso científico. Cuando digo “científico”
en este contexto, me refiero al proceso de
real-ización en contraste con el proceso
que se halla en el otro “polo” del mismo
concepto, ideal-ización, la sensación de
que el mundo, la cosa, la persona, no se
adecuan a menos que alteremos nuestra
percepción de esa persona o cosa idealizándola.
Real-ización es hacer lo mismo cuando
sentimos que el cuadro ideal que presentamos
en nuestras formulaciones es inadecuado. Por
eso debemos considera cual es el método de
comunicación del self
con el self.
Se
ha trabajado mucho en el estudio del sistema
nervioso central, el parasimpático y
el aparato nervioso periférico. Pero
no hemos considerado el papel que
desempeña (en caso de que desempeñe
alguno) en la comunicación del pensamiento
o en la anticipación del pensamiento, el
sistema glandular. Así como la
tuberculosis del pulmón puede estar
comunicada, dicen, con los linfáticos de
los miembros inferiores, así tal vez los
pensamiento que estamos acostumbrados a
asociar con las esferas cerebrales podrían
estar comunicados con el simpático o
parasimpático y viceversa. Tal conjetura
podría servir para el particular estado que
el paciente manifiesta cuando dice que está
aterrorizado o muy ansioso y no tiene la más
mínima idea de por qué. Estamos
familiarizados con el uso de la asociación
libre a los fines de la interpretación; me
pregunto si también será posible usar o
interceptar estas comunicaciones antes que
alcancen las esferas cerebrales, antes que
alcancen el área a la que consideramos
propia del pensamiento consciente o
racional.
¿Pueden desempeñar algún papel en todo
esto las que yo he llamado “conjeturas
imaginativas”? Agregaría también
“conjeturas racionales”, es decir
conjeturas que parecen estar vinculadas con
la actividad razonadora o con la actividad
que ejerce una ratio.
Compárese este tipo de pensamiento con
el que se manifiesta mientras nos damos
vueltas en la cama cuando dormimos y tenemos
lo que describimos como una “mala
noche”, o con el paciente que habla sobre
su catarro o rinitis. Los
anatomistas llaman a una parte del cerebro
el “rinencéfalo”, como si
pensaran que existe algo así como el
cerebro nasal. Se por los embriólogos y
fisiólogos que el sentido del olfato es un receptor
a distancia en un medio acuoso (los
tiburones proveen un modelo de este tipo de
receptor). Pero el ser humano tiene que
llevar al mundo algo de este fluido
intracelular tras el nacimiento cuando el
medio ya no es acuoso sino gaseoso. El
fluido acuoso, en vez de ser una ventaja,
puede transformarse en una carga; el
individuo puede sufrir de rinitis y dificultades para respirar. O un paciente
quizá se lamente de no poder detener el
torrente de lágrimas (otra secreción de
los fluidos que tiene sus aplicaciones:
puede irrigar el globo ocular y eliminar el
polvo y la suciedad, pero un exceso
enceguece con lágrimas al paciente).
A
riesgo de parecer monótono o, de que, en
caso contrario, se considere que estoy
cambiando de tema, propongo ahora repetir
los aspectos esenciales de lo que he estado
diciendo. Supongamos cuando estamos dormidos
nos encontramos en un particular estado
mental en el que vemos paisajes, visitamos
lugares y desarrollamos actividades que no
solemos desarrollar cuando estamos
despiertos- aunque podemos
desarrollar actividades cuando
estamos despiertos que son reminiscencias de
sueños; la gente dice que va a un lugar a
donde siempre ha soñado con ir, hablando
metafóricamente-. El
cambio del estado mental en el que nos
encontramos cuando dormimos (estado D) a
aquel en el
que nos encontramos cuando estamos
despiertos (estado P) recuerda el
pasaje del fluido acuoso al fluido gaseoso,
de lo prenatal a lo postnatal. Tenemos un
prejuicio en favor del estado P: la
gente, sin dudar, comenta que ha tenido un
sueño cuando, por lo general, quiere decir
que eso no
ocurrió realmente. Yo diría que ése es un
prejuicio propio de una persona que está a
favor de la musculatura voluntaria, que no
le atribuye importancia a donde pueda ir a
menos que pueda hacerlo mediante el uso de
sus músculos voluntarios. No escuchamos
mucho acerca de los lugares que visitamos,
los paisajes que vemos, las historias que
escuchamos y la información a la que se
puede acceder cuando estamos dormidos, a
menos que traduzcamos todo eso a algo propio
de un estado de vigilia.
¿Quien
o que decide la prioridad del estado P sobre
el estado D?
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