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Grandes
autores
El
telar mágico
Robert
Jastrow
-
04.09.2000
-
Conocemos
la existencia de los primeros mamíferos......podemos
deducir que fueron animales pequeños y
activos.......gestaban a sus crías en su
interior. Sus ojos eran muy pequeños, sus
largos hocicos implicaban un sentido del
olfato muy desarrollado.
Ojos
pequeños, nariz y oídos desarrollados,
todo ello sugiere a un animal que vive de
noche, olisqueando el mantillo de hojas del
suelo boscoso. Los primeros mamíferos
fueron probablemente nocturnos; merodeaban
en la oscuridad, y durante el día permanecían
ocultos. Eso explica como unos animales
relativamente débiles e indefensos
sobrevivieron durante el largo reinado de
los dinosaurios.
Los
cráneos de los primeros mamíferos revelan
otro hecho importante. Esas pequeñas
criaturas poseían cerebros relativamente
grandes.
Estos pequeños mamíferos eran unos
animales inteligentes, más inteligentes que
cualquier otra criatura que hubiera
evolucionado hasta entonces en nuestro
planeta.
Pero
el tamaño de un cerebro no es tan
importante como la relación
de su tamaño con el tamaño del cuerpo al
que corresponde.
La razón de que el tamaño del
cerebro por sí solo pueda inducir a confusión
es que una parte del cerebro de todos los
animales es utilizada para el control de su
cuerpo.
Pero el cerebro de los pequeños mamíferos,
grande en comparación con sus cuerpos, tenía
materia gris disponible para el
almacenamiento de recuerdos y para pensar,
planear y dar respuestas flexibles a
condiciones cambiantes. Los pequeños pero
relativamente inteligentes mamíferos
debieron poseer esos rasgos mentales en un
grado mucho mayor que sus musculosos
contemporáneos los dinosaurios.
El
cerebro de una gran ballena es una enorme
masa de materia gris, de aproximadamente 50
cm. de diámetro, que pesa unos 9 Kg. El
poseedor de este gigantesco cerebro es un
animal inteligente. Algunas ballenas poseen
una notable capacidad de memoria; pueden
memorizar el complejo canto característico
de las ballenas, que dura varias horas, y
repetirlo nota a nota un año más tarde.
Quizás
esto parezca a primera vista un
rompecabezas, puesto que los mamíferos
primitivos y los dinosaurios brotaron ambos
de la misma fuente reptil. La respuesta
guarda probablemente relación con el estilo
de vida nocturno de los mamíferos y con el
hecho de que utilizaban más los sentidos
del olfato y del oído para sobrevivir que
el sentido de la vista.
Pero
los mamíferos, obligados a un hábitat
nocturno debido a la competencia de los
reptiles, no podían guiarse por la visión
en sus incursiones en medio de la oscuridad,
sino que percibían el mundo a su alrededor
a través de los olores y los sonidos. En
esa circunstancia reside la semilla del
nuevo desarrollo del cerebro de los mamíferos.
Olores
y sonidos...Un olor, por ejemplo, no refleja
el objeto en sí; tan sólo da un indicio de
su presencia.
Memoria,
planificación y una sabiduría nacida de la
experiencia son factores críticos para la
supervivencia en el incorpóreo mundo de los
olores.
Los cerebros más grandes, con
espacio disponible para los pensamientos,
para el análisis de indicios sutiles, para
almacenar recuerdos de experiencias pasadas
y planificar acciones futuras, son
esenciales para el animal que confía en los
olores.
La
vida en un mundo de olores plantea
exigencias distintas al cerebro.
Un olor no contiene detalles; un olor
es más vago, es tan sólo una mezcla
determinada de moléculas que actúan sobre
los receptores químicos de la nariz. [1]
¿Dónde
se halla almacenada la riqueza informativa
que conjura un olor? Desde luego no se halla
en la molécula que penetra por la nariz; ya
que una molécula no posee en su superficie
la imagen grabada de una marisma, un tocón
o una guardia. Una molécula es tan sólo
una pequeña aglomeración de átomos, como
carbono y oxígeno; no contiene ninguna
clase de imagen. La imagen se halla en la
memoria del animal, donde aguarda ser retraída
a la vida cuando la nariz
detecta un olor familiar; entonces surge de
una forma mágica a la mente consciente. Un
animal que dependa de la interpretación de
los olores para la supervivencia necesita
poseer un cerebro grande, con una memoria
capaz de almacenar todas las experiencias de
una vida entera, como un libro listo para
ser abierto por cualquier página al conjuro
de la nariz.
Cerebro
grande, diseño corporal mejor adaptado,
metabolismo de sangre caliente y cuidados
paternos. Todos estos rasgos eran
un gran avance para los primitivos mamíferos[2].
Los mamíferos nunca superaron a sus
parientes supremos, los reptiles.
En
los seres humanos, las sensaciones del
olfato son las únicas señales que pasan
directamente a la corteza cerebral. Todas
las demás sensaciones pasan primero a un
centro de recepción llamado tálamo, para
una revisión preliminar. Esta circunstancia
se remonta a los días en que la corteza
cerebral estaba evolucionando a partir de
los centros olfativos del cerebro de
nuestros antepasados de los bosques. La
conexión directa que vas desde la nariz del
hombre a la corteza cerebral explica el
hecho de que un aroma pueda evocar recuerdos
extraordinariamente vívidos de
acontecimientos pasados.
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