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Grandes
autores
El
olfato
Havelock
Ellis
-
11.09.2000
-
La
Selección Sexual en el Hombre
I.
El sentido organizado que más pronto
responde a la sensibilidad táctil de la
piel es, en la mayoría de los casos, el del
olfato. En un principio es hasta difícil
diferenciar su sensibilidad de la
sensibilidad del tacto. El hoyo del epitelio
ciliado o las movibles y delicadas antenas
que en algunos animales son sensibles y
delicadas al estimulante del olor, lo son
también al estimulante del tacto, y esto
ocurre con el caracol, por ejemplo, el cual
tiene al parecer la sensibilidad
olfatoria repartida por todo el cuerpo
[1].
El sentido del olfato se especializa
gradualmente, y cuando el del gusto o
paladar se desarrolla, forman ambos
una especie de sentido químico. A
medida que recorremos por su orden la escala
zoológica, observamos que el sentido del
olfato adquiere nueva y mayor importancia.
Entre los vertebrados inferiores, una vez
que empezaron su vida sobre la
tierra, el sentido del olfato fue el que
más utilidad les produjo, desarrollándose
en ellos con una rapidez pasmosa. Edinger ha
descubierto que en el cerebro de los
reptiles el “área olfatoria” es de una
extensión enorme, llegando a cubrir la
mayor parte de la corteza.
Entre los mamíferos, el
olfato es el más desarrollado de todos los
sentidos,
el que primero y con mayor precisión les
informa el carácter de todo cuanto a ellos
se aproxima; el que dirige sus operaciones
mentales y despierta sus impulsos
emocionales. Entre los monos, sin embargo,
ha perdido ya mucho de su importancia, y en
el hombre
se ha convertido en sentido casi
rudimentario, dejando el lugar de
preeminencia y supremacía al sentido de la
vista.
El
profesor G. Elliot Smith, una de las
primeras autoridades del cerebro, ha
recopilado los hechos referentes a la
influencia del sentido olfatorio entre los
mamíferos, Elliot Smith divide el cerebro
en rhinencephalon
y neopallium. Lo primero se refiere
a todas aquellas regiones que son
principalmente olfatorias: el bulbo
olfatorio, su pedúnculo, el tuberculum
olfactorium y el locus perforatus, el lóbulo
periforme, el cuerpo paraterminal y toda la
formación hipocampal. El
neopallium es el casco dorsal del
cerebro,
con su frontal, su parietal y su
occipital
correspondientes, comprendiendo toda
aquella parte del cerebro en donde se reúnen
las
principales actividades asociativas, las
cuales alcanzan su mayor desarrollo en el
hombre.
En
los primeros mamíferos
- dice Elliot Smith - las regiones
olfatorias ocupan la mayor parte del
hemisferio cerebral, cosa que no debe extrañarnos
si tenemos en cuenta que la parte
delantera del cerebro es en los animales
primitivos un apéndice (llamémosle así)
del aparato olfatorio.
Todas
las regiones del rhinencephalon, tan
definidas en los mamíferos macrosmáticos,
se encuentran también en nuestro cerebro.
El pequeño bulbo olfatorio elipsoidal se
halla sujeto a la plancha del hueso etmoides
por los nervios olfatorios.
La
preponderancia de la región olfatoria en el
sistema nervioso de los vertebrados ha
producido casi siempre una relación
psíquica y muy íntima entre el estímulo
olfatorio y el impulso sexual.
Con
los monos, y sobre todo con el hombre
todo ello ha variado en absoluto. El sentido
del olfato sigue existiendo universalmente,
es cierto, y en idéntico grado de
delicadeza, pero se ve hoy muy descuidado
e inobservado. Es, no obstante, un
auxiliar poderoso en la exploración del
mundo exterior. A los salvajes se los acusa
a veces injustamente de ser indiferentes a
los malos olores; pero lo cierto es que
tienen una comprensión especial del
significado de los distintos olores, a pesar
de que en ellos no está este sentido más
desarrollado que entre los pueblos
civilizados.
Además,
el olor sigue tomando parte activa en la
vida emocional del hombre, sobre todo en los
países cálidos. Sin embargo, tanto en la
vida práctica como en la emocional, en la
ciencia y en el arte, el olfato es en
condiciones normales un simple auxiliar de
los demás sentidos.
II.
El sentido olfatorio participó del ímpetu
que recibieron las investigaciones
sensorias. A fines del siglo XIX un eminente
médico francés, Hyppolyte
Cloquet, discípulo de Cabanis, se dedicó
al estudio de esta especialidad. Después de
publicar en el año 1815 un trabajo
preliminar, editó en 1821 su obra Osprhrésiologie
ou Traité des odeurs, du sens et des
organes de l’olfaction, monografía
completa acerca de la anatomía, la fisiología,
y la patología de los órganos del olfato y
de las funciones de los mismos, obra que
puede ser aún considerada de consulto, a
pesar de los nuevos descubrimientos que
luego se han hecho sobre la materia. Después
de la época de Cloquet, el estudio del
sentido del olfato fue cayendo poco a poco
en desuso.
El
escrito que más ha influido en dar
nuevamente al estudio del olfato toda la
importancia que merece y requiere, es, sin
duda alguna, el profesor Zwaardemaker
de Utrecht. La aparición de su primer olfatómetro
en 1888, y en 1895 la de su notable trabajo Die
Physiologie des Geruchs, dieron a la
fisiología del sentido olfatorio nueva y
mayor importancia y abrieron camino a
grandes y positivos estudios, dedicándose
los observadores de todos los países al análisis
de dichos trabajos.
La
tendencia más general y antigua en lo que a
la teoría del olfato se refiere, se
inclinaba a considerar a éste como una
especie de sentido
químico al que estimulaban pequeñas
partículas de sustancias sólidas. También
prevaleció, sin embargo, la
teoría de la vibración que hacía del
olfato un sentido parecido al del oído.
La
hipótesis vibradora de la acción de los
olores ha influido algo en los últimos fisiólogos
que se han ocupado particularmente de la
olfación. “Es
probable”, dice Zwaardemaker (l’Année
Psychologique, año 1989),”que
el aroma sea un atributo psíquico-químico
de las moléculas”.
El
carácter principal de las imágenes del
olfato es el ser una cosa intermedia entre
las del gusto o el tacto y las de la vista y
el sonido. Es decir, tienen algo de la
vaguedad de las primeras y algo de la
riqueza y variedad de los segundos. Estéticamente,
también ocupan un lugar intermedio pero de
menor utilidad práctica que los otros. Nos
procuran una cantidad enorme de pequeñas
sensaciones de poca utilidad práctica en sí,
pero que se asocian de tal modo a la
realidad de la vida, que al
fin adquieren un significado emotivo, a
veces muy considerable.
Su fuerza emocional tal vez dependa de que
su centro anatómico esté situado en la
parte más antigua del cerebro. Desde
ese lugar remoto de nuestra mente nos
muestran el encanto o la repulsión de las
cosas distantes y vagas. Por
esta razón es por lo que están sujetas a
la influencia del recuerdo emocional, y en
un grado sorprendente si consideramos que
son mucho mas precisas que las sensaciones
del tacto. Un olor imperceptible puede
en un instante sernos agradable y
desagradable, según sea el momento
emocional que resulte de su recuerdo.
De modo que nuestra experiencia
olfatoria constituye una serie más o menos
continua de sensaciones secundarias que nos
acompañan toda la vida y que, si bien no
tienen un gran significado práctico,
encierran por su variedad, su intimidad, su
facilidad emocional y sus reverberaciones
remotas en nuestro cerebro un significado
emotivo de bastante trascendencia.
Estos
caracteres - a la vez tan vagos y tan específicos,
tan inútiles y tan íntimos - fueron los
que indujeron a algunos autores a descubrir
el sentido del olfato como un sentido
imaginativo ante todo. Ningún otro sentido
tiene como éste el poder de sugestión
,
la habilidad de despertar antiguos recuerdos
con reverberaciones amplias y profundas. Ningún
otro nos procura impresiones que varían de
color y de tono emocional, según la actitud
general del recipiente. Los olores pueden a
la vez dominar la vida emocional o servirla
como esclavos. Con
el uso del incienso, las religiones han
utilizado las virtudes simbólicas e
imaginativas de la fragancia. Las
leyendas de los santos
hablan del olor de santidad que emana de
los cuerpos de personas virtuosas, sobre
todo después de su muerte. Bajo
el influjo de la civilización tienden a
desaparecer estas ideas primitivas sobre el
olor; pero en cambio se acentúa más el
lado imaginativo del sentido olfatorio,
apareciendo entonces numerosas impresiones
personales de todo género.
Rousseau
(Emile, libro II) [3]
juzgaba el olor como el sentido de la
imaginación.
Cloquet se refería frecuentemente a
las cualidades de los olores que hablaban
particularmente a la imaginación, a sus
caracteres irregulares e inconstantes, al poder
que tienen de intoxicar la imaginación y la
mente y a las curiosas preferencias
individuales y de raza en materia de olores.
Passy
y Zwaademaker, las dos autoridades modernas
en materias de la olfación, insisten del
mismo modo acerca de los caracteres del
sentido del olfato: su extrema actividad y
su vaguedad. Las sensaciones olfatorias
despiertan en nosotros sensaciones vagas,
percepciones indefinidas acompañadas de una
fuerte emoción.
Maudsley
habla del
poder sugestivo de los olores. “Hay
ciertos olores que me traen infaliblemente a
la memoria escenas de mi niñez, y todos
creo yo que pudiéramos decir lo mismo”.
Otro escritor, E. Dillon [4]
observa que “ningún sentido tiene un
poder de sugestión tan grande como el del
olfato”.
Ribot
tiene hecho un interesante estudio acerca de
la naturaleza de la memoria emocional de los
olores. Por “memoria
emocional” entiéndase la revivificación
espontánea o voluntaria de una imagen bien
olfatoria, bien de otra índole. (Para tal
cuestión en general, véase un artículo de
F.Pillon, “La memoria
afectiva; su importancia teórica y práctica”
en la Revista Filosófica de diciembre de
1902 y de enero 1903).
Los
olores son unos estimulantes poderosos del
sistema nervioso, y como todo estimulante
producen un aumento de energía, que si es
excesivo o prolongado suele traer consigo el
agotamiento nervioso.
En
medicina es cosa sabida que los aromas que
contienen sales volátiles son antiespasmódicos
y anestésicos, y que sirven para estimular
la digestión, la circulación y el sistema
nervioso, pero que tomados en grandes dosis
producen una depresión general.
La
inhalación de los olores [5]
produce una especie de “intoxicación
sensorial”, y el sistema se estimula con
ello aumentando su actividad; la agudeza
visual se acentúa, y la excitación general
se exacerba. Estos efectos se obtienen en
personas sanas y normales; pero tanto
Shields como Feré observaron que en
personas con un sistema nervioso muy
sensible, los efectos eran mucho más
pronunciados.
III.
Al tratar el aspecto sexual del olor en la
especie humana, debemos partir de un hecho
fundamental - hecho que tratamos de
disimular en nuestras relaciones sociales -:
que todos los hombres y todas las mujeres
son olorosos. Este hecho existe en todas las
razas. El
olor penetrante de muchos, no todos, los
negros es harto conocido; y no es debido a
la falta de limpieza, pues Joest observa que
éste aumenta abriendo los poros
de la piel.
Aún
cuando el olor distintivo particular de la
mayoría de la gente no es lo
suficientemente pronunciado para ser
perceptible, hay casos en que es más
discernible para todo el mundo. El caso más
famoso que se conoce es el de Alejandro el
Grande, cuyo cuerpo, según Plutarco,
emanaba un olor tan delicioso que sus túnicas
quedaban como empapadas en un perfume aromático
(Convivalium
Disputationum, libro I, quest.6).
Kenedy y otros citan el agradable
olor de Walt Whitman. El perfume que, según
los antiguos escritores emanaba de los
cuerpos de las personas santas, (discutido
por Görres en el segundo toma de su Christliche
Mystik) y que se conoce en el idioma
vulgar por el nombre puramente metafórico
de “olor de santidad”, era debido a
condiciones nerviosas y anormales de los que
primero se hicieron distinguir por este fenómeno,
pues
es cosa sabida que estas condiciones de
anormalidad producen ciertos olores.
En la misma locura, por ejemplo, se
observa a veces un olor personal que es un
ayudante eficaz al hacer el diagnóstico.
Según
Georges Dumas (Journal
de Psychologie, septiembre-octubre de
1907), el olor de santidad es a veces debido
a la acetona y puede ser consecuencia de la
diabetes.
[6]
Es un hecho significativo, tanto en lo que
se refiere a la relación sexual ancestral
de los olores del cuerpo y su asociación
sexual en estos tiempos, aquel que hace
mucho tiempo declaró Hipócrates, que hasta
la pubertad no reúnen dichos olores los
caracteres que son especiales a los adultos.
El niño, el adulto y el anciano tienen cada
cual su olor particular.
Durante
la menstruación las mujeres exhalan un olor
distinto al del fluido menstrual, y que se
nota particularmente en el aliento, parecido
al de las violetas y al del cloroformo.
Pouchet declaró que uno o dos días antes
de la menstruación suelen exhalar un olor
especial. Las jóvenes cuando menstrúan,
dicen algunos, que huelen a cuero. Aubert de
Lyon (citado por Galopin), describe el olor
de una mujer durante la menstruación
diciendo que es una mezcla agradable y aromática
que recuerda el olor del cloroformo.
Yo mismo conozco a un hombre que
tiene fuertes simpatías y antipatías
olfatorias y que advierte la presencia de la
menstruación por el olfato.
Se
ha dado el caso de una mujer que exhalaba
olor a rosas hasta dos días después del
coito. (Mc Bride, citado por Kernan en un
interesante sumario titulado “El olor en
la patología”, Revista
del Doctor,
diciembre de 1900) [...]
Gustav
Klein (citado por Adler, Die
Mangelhafte Geschlechtsemp- findungen
des Weibes, página 25) dice
que la misión especial de las glándulas
que se hallan junto al orificio vulvario - glandulæ
vestibulares majores - consiste en
exhalar una secreción olorosa que sirve de
estimulante al macho, pero que dicho fenómeno,
reliquia de la periodicidad sexual, no
ejerce ya gran influencia en la especie
humana.
Es
pues, posible que al desarrollo sexual
defectuoso vaya unido a algún defecto
olfatorio correspondiente.
Heschl[7]
cita un caso en el que la ausencia de ambos
nervios olfatorios coincidía con un
desarrollo defectuoso de los órganos
sexuales. Féré observa que los impotentes
sienten repugnancia por los olores sexuales.
El doctor Kiernan asegura que en las
mujeres, después de la ooforectomía tiende
a disminuir ( y a veces a aumentar) el
sentido del olfato. Dichas cuestiones, sin
embargo, requieren un más profundo y
detenido estudio.
Son,
por lo demás, muy raros los casos en que el
único factor de selección sexual es el
olfato.
Sin embargo, la eficacia exclusiva
del sentido olfatorio es raro, no tanto por
que las impresiones de dicho sentido sean
ineficaces, sino porque los olores
personales agradables no son lo bastante
fuertes y penetrantes, y el
órgano del olfato es demasiado obtuso para
permitir que el olor supere la vista.
Sin embargo, para mucha gente resultan
agradables dichos olores, sobre todo si
emanan de una persona sana y sexualmente
atractiva, y siendo ésta la persona amada
son a veces de un encanto irresistible,
aumentándose su potencia por el hecho de
ser muchos los olores corporales, como ya
hemos dicho, estimulantes nerviosos de
bastante importancia.
Es
fácil también que las asociaciones
sexuales del olor se hayan definido y
fortificado más por la correlación que
existe entre el desarrollo del órgano
olfatorio y el aparato sexual. Ya de
antiguo, y también en estos tiempos, se ha
observado que una nariz grande implica a
veces un miembro masculino de gran tamaño
también. En el período de la pubertad se
verifica un crecimiento en el septum de la
nariz, cosa que concuerda perfectamente con
la teoría de asociación que venimos
explicando, y que, dada la simpatía entre
la región sexual y la región olfatoria,
ambas se desarrollan a un tiempo por el
impulso de una influencia común.[8]
De
una y otra cosa puede, pues, deducirse que
existe una
relación íntima tanto en hombres
como en mujeres, entre la membrana mucosa
olfatoria de la nariz y el aparato genital,
que ambas dan a veces muestras de cierta
armonía de acción, que las influencias que
dominan a la esfera genital afectan también
a la nariz y que, en ocasiones, las
influencias que dominan a ésta afectan a la
esfera genital. Algunos se inclinan a creer
que la asociación es extremadamente intima,
hasta el punto de que ambas regiones
responden al más ligero estimulo aplicado a
una de ellas.
En cambio otras niegan la existencia
de semejante relación, a pesar de que
indudablemente existe en gran número de
personas una relación refleja de esta índole.
Entre otras cosas se ha observado
que en muchos casos la congestión de
la nariz proviene de la menstruación.
Las
hemorragias nasales ocurren casi siempre en
la pubertad y durante la adolescencia.
El
profesor Hack, de Friburgo, llamó la atención
de los médicos en el año 1884 sobre la
relación íntima que a su juicio existía
entre la nariz y varios estados de
hiperexcitabilidad nerviosa en distintas
partes del cuerpo. Esta teoría, reconocida
ya desde hacía mucho tiempo por los médicos,
recibió nuevo impulso de Hack y sus discípulos,
los cuales llegaron a asegurar su
importancia. (Sir Félix Semon, Revista de
Medicina Británica, 9 de noviembre de
1901.) Otros observadores que en los años más
recientes han dedicado su tiempo al estudio
de esta misma teoría han incurrido a veces
en las mismas exageraciones que Hack.
Partiendo del principio de que las mujeres
durante la menstruación suelen padecer un
grado de congestión nasal que no existe en
épocas normales, Fliess
(Die
Beziehugen zwischen Nase und Weiblichen
Geschlechtsorganen, 1897),
ha lanzado una opinión que ha servido para
aclarar algunos puntos de este interesante
pero oscuro problema. Schiff, a pesar de
su escepticismo, ha confirmado algunos de
los estudios de Fliess, asegurando que en un
gran número de casos logró dominar la
menstruación dolorosa, pintando con cocaínas
las “puntas genitales” de la nariz,
evitando toda probabilidad de sugestión.
Benedikt demuestra que la nariz no es
el único órgano que tiene una relación de
simpatía con la esfera sexual; pero sugiere
la idea de que tal vez el mecanismo de dicha
relación esté implicado en el gran
problema de la armonía entre el crecimiento
y nutrición de las distintas partes del
organismo. Desde este punto de vista
adquiere gran significación la existencia
de un tejido eréctil en la nariz.
Hay
un hecho que demuestra y confirma la íntima
relación que existe entre los centros
sexuales y el órgano olfatorio: el
de ser muy frecuente, según aseguran los
alienistas, que la demencia de un carácter
sexual vaya acompañada de alucinación del
olfato.
Muchos
y muy eminentes alienistas de distintos países
opinan que existe una relación marcadísima
entre las alucinaciones
olfatorias y las manifestaciones
sexuales, y aun cuando algunos competentes
se han mostrado dudosos acerca de esta teoría,
lo evidenciado indica claramente la
existencia de dicha relación. Las
alucinaciones olfatorias son relativamente
raras; comparadas con las de la vista y del
oído, son más frecuentes en las mujeres
que en los hombres y suelen ocurrir en los
períodos de desarreglos sexuales, en la
adolescencia, después de fiebres
puerperales, al cambio de vida, en mujeres
que padecen desarreglos ováricos y en
personas ancianas sujetas a deseos sexuales
y sobre todo en los casos de excesiva
masturbación.
Féré
refiere el caso harto significativo de un
joven, el cual tenía alucinaciones
olfatorias siempre que experimentaba el
orgasmo; subsiguientemente padeció de
ataques epilépticos, y estas alucinaciones
constituyeron el aura.
Resulta
interesante tener presente a este propósito
que las alucinaciones del olfato y del
paladar son muy frecuentes en todas las
formas de locura religiosa.
El doctor Zurcher, por ejemplo, en su tesis
inaugural sobre Juana de Arco (Jeanne
d’Arc, Leipzig, 1895, página 72)
opina que en los casos de locura religiosa
un 60 % de las alucinaciones son del paladar
y del olfato; en ella cita las
alucinaciones olfatorias de los grandes
iniciadores religiosos, como San Francisco
de Asis, Katherina Emmerich, Lazzaretti y
los anabaptistas.
[9]
En
algunas personas el olor tiene una
preponderancia emocional singularísima.
Estos casos excepcionales pertenecen a lo
que
Binet en su estudio del fetichismo sexual
llama el tipo olfatorio, y forman un
grupo, aún siendo más pequeño y menos
importante que
los de tipo visual, auditorio y
psicomotor, que puede sin embargo ser
clasificado y comparado con ellos. Las
personas que lo componen son más sensibles
que la generalidad a los olores, y sienten
simpatías y antipatías olfatorias mucho más
pronunciadas.
Es
indudable también que gran número de
personas neurasténicas, y sobre todo las
que padecen de neurastenia sexual, son
extraordinariamente susceptibles a las
influencias olfatorias. En este caso se
encuentran muchos poetas y novelistas; los
franceses sobre todo. Baudelaire
[10]
es, de los grandes poetas, el que más ha
insistido acerca del significado imaginativo
y emocional del olor; las Flores del mal y
muchos de sus Pequeños poemas en prosa son,
desde este punto de vista, de gran interés
para nosotros. No cabe la menor duda de que
en la vida imaginativa y emocional de
Baudelaire el sentido del olfato representa
un papel de gran importancia, y que, según
dijo el mismo poeta, para él era el olor lo
que para otros el arte de la música. En
todas las novelas de Zola
[11],
pero particularmente en La
falta del abate Mouret, se ve la misma
insistencia acerca del significado y
trascendencia de los olores de todas clases.
El profesor Leopold Bernard
hizo un detenido estudio sobre el particular
en las obras de Zola [12],
atribuyendo el interés en los olores que
aquellas demostraban, a una sensibilidad
olfatoria anormal y a un desarrollo
extraordinario de la región olfatoria del
cerebro del gran novelista. Dicha suposición,
sin embargo, no tenía razón de ser ni
fundamento, y un examen detenido de la
sensibilidad olfatoria de Zola, dirigido por
M. Passy, demostró que en realidad ésta
era inferior a lo normal [13].
Al mismo tiempo se comprobó que Zola era de
un tipo olfatorio psíquico, que en él
influían de un modo especial los olores y
que tenía para ellos una memoria
extraordinaria, como sucede a veces con los
perfumistas: con menos agudeza olfatoria que
en la generalidad, tenía más facilidad que
otros en distinguir los distintos olores, y
es fácil que en la juventud su agudeza
olfatoria fuese superior a la normal. Del
mismo modo que Zola, Nietzsche, en sus
escritos, demuestra una gran sensibilidad y
marcada antipatía hacia varios olores,
cosas que consideran muchos como prueba de
una sensibilidad física de extraordinaria
agudeza.[14]
Puede,
en verdad, decirse que todos los poetas
- si bien en menor grado que los mencionados
- rinden
culto especial a los olores, cosa que no
debe extrañarnos, ya que, al parecer, el
sentido del olfato es el sentido imaginativo
por excelencia
[15]
Los
caracteres que de la olfación hemos podido
señalar hasta ahora nos demuestran que, por
lo general, entre los hombres civilizados
ejercen gran influencia los olores
personales desde el punto de vista de su
atracción sexual. Es
sin duda alguna el sentido del olfato un
sentido primitivo que estaba en su apogeo
antes de que los hombres elevaran su espíritu:
puede decirse que es un sentido antiestético,
y entre los europeos, un sentido obtuso, ya
que son incapaces de percibir el olor de la
“la flor humana” - como lo llama Goethe
- a no ser en momentos de íntimo contacto,
y siendo, como es, un sentido esencialmente
excepcional, es natural que en el trato
social y ordinario, los olores personales
tiendan más bien a despertar el instinto
antisexual. Siendo necesario cierto grado de
tumescencia para que el olor personal, ( lo
bastante potente para ser percibido antes de
lograr grado alguno de tumescencia), inspire
repulsión consciente o inconscientemente,
este tiende a despertar prejuicios contra
todo género de olores personales. Así
ocurre actualmente en la civilización; la
mayor parte de la gente siente cierta antipatía
por los olores corporales de toda
persona que no las atrae sexualmente y
adopta una actitud neutra frente a aquellos
individuos por quienes sienten predilección
sexual.[16]
En
literatura se habla más del olor personal
de la mujer que del olor corporal del
hombre, cosa natural si se tiene en cuenta
que la mayor parte de los libros han sido y
son escritos por los hombres; pero aun así
y todo, no es fácil comprobar cual de los
dos sexos es el que sexualmente se deja
influir por los olores. Entre los animales,
al parecer, éstos influyen lo mismo en los
machos que en las hembras, pues aun cuando
los primeros son los que generalmente están
dotados de glándulas olorosas especiales,
las segundas, en la época del celo, exhalan
un olor peculiar que sirve de incentivo
eficacísimo para atraer al macho.
Las niñas adquieren una mayor
sensibilidad olfatoria desde que en ellas se
inicia la vida sexual, cosa que, al parecer,
no ocurre con los otros sentidos. Parece
ser, además, que las niñas de ocho a doce
años demuestran mayor interés y
conocimiento de los olores que a los niños
de la misma edad, y Alice Thayer asegura que
en lo que a las flores se refiere, su
fragancia influye en las simpatías y
antipatías de las niñas en una proporción
de un 10% mayor que en los niños.
IV
-Hasta
aquí nos hemos ocupado principalmente de
los olores personales; pero no es posible
limitar por más tiempo el significado
sexual del olor al terreno puramente animal.
Los caracteres varios del olor personal que
hemos venido observando - tanto aquellos que
le hacen repulsivo como los que le dan
atractivo y encanto - nos han llevado al uso
de los perfumes artificiales, ya par
acentuar el olor personal en los casos en
que resulte atractivo, ya para disimularle
cuando se tiene por repugnante, al propio
tiempo que servía a ambos impulsos
desarrollando el gusto por los perfumes y el
lado estético del olfato. De este modo -
claro que en una forma más sencilla y menos
constante - el cuerpo se acostumbró a
exigir cierto refinamiento al sentido del
olfato, así como con la indumentaria le
enseño a exigir el refinamiento de la
vista.
Pero
no quiere decir tal afirmación - y ésta es
ahora la base primordial de nuestro punto de
vista - que salimos de la esfera sexual, al
tratar de los perfumes puramente
artificiales, pues tanto aquellos que
extraemos de los productos animales, como
los que producimos, como ahora se hace
frecuentemente por medios químicos, son, o
bien olores sexuales de algunos animales o
parecidos en su carácter y en su composición
a los olores de personas que tratan de
acentuarlos y disimularlos. El almizcle es
el producto de las glándulas de la Moschus
moschiferus macho que corresponden a las
glándulas sebáceas del prepucio.
Y no sólo son casi siempre de origen
animal y de la parte sexual de éstos, los
perfumes que usa el hombre civilizado, sino
que hasta
el perfume de las flores puede
decirse que es de carácter sexual. Emanan
de las plantas en la época reproductiva de
éstas, y es indudable que uno de sus
primordiales objetos es atraer a los
insectos que aseguran la fertilización
vegetal, cosa que concuerda perfectamente
con el desarrollo olfatorio que en éstos se
efectuó en los momentos de apareamiento [17].
Si el olor de las flores se ha
desarrollado por ser de utilidad a las
plantas, atrayendo a ellos a los insectos y
otros seres vivientes, es evidente que tendrían
ciertas y determinadas ventajas las plantas
que exhalaran un olor sexual animal, de carácter
agradable, puesto que dicho olor sería de
irresistible atractivo para todos los
animales.
Pero
el olor del almizcle no se limita en la
naturaleza a los animales y las plantas; se
encuentra especialmente entre los hombres.
Incidentalmente hemos visto ya que dicho
olor es uno de los caracteres de algunas
razas humanas, y en particular de los
chinos. Se dice además del que el olor de
la negra es almizcleño, y entre los
europeos, las rubias se dice que tienen
también un olor almizcleño.
El
olor del cuero ejerce una influencia sexual
estimulante en muchos hombres y mujeres.
Este olor ocupa, al parecer, un lugar
intermedio entre los olores corporales y los
perfumes artificiales, a los que en
ocasiones sirve de base; tal vez sea debido
a esto su influencia sexual, pues, como ya
hemos visto, tienen por lo general atractivo
sexual los olores que no son precisamente
corporales, pero que están relacionados con
ellos. Moll opina, con mucha razón que el
fetichismo del calzado, tal vez la forma más
común de perversiones sexuales fetichistas,
debe en gran parte su razón de ser al olor
formado por el de los pies y los zapatos.[18]
El
olor del semen no ha sido aun analizado;
pero según Zwaardemaker, los olores que se
producen artificialmente se le parecen
mucho. El olor del fenogreco leguminoso,
dice un botánico que se parece al olor
axilar de algunas mujeres, y al propio
tiempo que contiene “cumarina”, elemento
que da fragancia al heno recién cortado y a
otras flores de olor parecido, que producen
en algunas personas efectos sexuales,
mientras que a otras les recuerda el olor
del semen. “Parece natural - me escribe
una señora - que las flores, etc.,
produzcan efectos excitantes, porque
primitivamente se hacia siempre el amor al
aire libre, entre las flores y las plantas.
Otro motivo físico que explica esos efectos
sexuales es el parecido que existe entre el
olor del semen y el polvo de las hierbas en
flor. La primera vez que yo me di cuenta de
esa semejanza se me ocurrió de repente que
con ella quedaba explicada la sensación
de sexualidad que produce un campo de
hierbas en flor y el perfume de ciertas
flores. Si tal teoría tiene fundamento, es
indudable que las flores deben producir
sexualmente en la mujer mayor efecto que en
el hombre. No creo que a nadie se le hubiera
ocurrido este parecido si antes no le
hubieran preocupado los tremendos efectos
del polvo de las hierbas. Yo, que lo había
notado varias veces, deseaba ardientemente
descifrar el enigma”.
Como
el polvo es el elemento sexual macho de las
flores, su efecto estimulante en este
sentido, tal vez sea el resultado accidental
de una unidad que recorre todo el mundo orgánico,
si bien pudiera también obedecer a esa
irritación nasal que ataca a innumerables
personas en los campos de heno. Otro
corresponsal, un hombre, me dice que
tiene observado cierto parecido entre el
olor del semen y el de las hierbas
machacadas. Un
amigo, hombre de ciencia que ha hecho
amplios estudios acerca de la química orgánica,
dice que el olor del semen es igual al que
se produce por la acción diastásica al
mezclar agua con harina y que es de carácter
sexual. Esta declaración nos coloca de
nuevo frente a los productos feculosos de
las plantas leguminosas. Es evidente que por
oscuras y sutiles que aun nos parezcan
muchas cuestiones de la fisiología y
psicología del sentido del olfato, las
relaciones sexuales de éste persisten y no
pueden en modo alguno ser negadas.
V-Es
cosa harto sabida que los que trabajan en
perfumería suelen sufrir por las
inhalaciones de los olores que de continuo
les rodean. Los que trafican con almizcle
están expuestos a la demencia. Son muy
conocidos los síntomas que padecen los
hombres y mujeres que trabajan en las fábricas
de vainilla, en donde se prepara la fruta en
bruto. Estos síntomas están estimulados
por la constante aspiración del perfume de
vainilla, el cual tiene todas las
propiedades del aldehído aromático; estos
síntomas son variadísimos, entre otros,
las erupciones de la piel, excitación
general, insomnio, jaqueca, menstruación
excesiva, irritación de la vejiga, y en
casi todos los casos excitación sexual más
o menos pronunciada.
Estamos,
pues, en presencia no sólo de una
influencia nerviosa, sino de un efecto
directo del olor sobre los procedimientos
vitales.
Son,
pues, más profundos los efectos de los
olores que los que se refieren a sus efectos
nerviosos; por lo antedicho queda demostrado
que influyen directamente en la nutrición.
Todo ello nos induce a creer, como dice
Passy, que los olores tienen relación íntima
con las propiedades de las sustancias orgánicas,
y que el sentido del olfato es un fragmento
de la sensibilidad general que reacciona al
mismo estimulante de éste, pero que
conserva su carácter especial por su
funcionamiento protector.
[3]
Referencia literaria: Rousseau
(Emile, libro II)
[15]
Hay varios ejemplos que demuestran que Goethe
era muy susceptible al atractivo de los
olores, hasta el punto de que él mismo
confiesa que en una ocasión en que tuvo
que marcharse de Weimar para hacer un
viaje oficial de dos días, se llevó un
corpiño de Frau von Stein para
conservar el recuerdo del olor de su
cuerpo.
Referencias
literarias:
¨
“El
cantar de los cantares” de las Noches
Arabes
¨
Casanova
“Memorias”,
prefacio del tomo III
¨
Sir
Kenelm Digby “Memorias
particulares”
¨
Tolstoi
“La
guerra y la paz”
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