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Allá del Principio del Placer
Sigmund
Freud
-
11.09.2000
-
La
conclusión obtenida hasta este momento, que
estatuye una tajante oposición entre las
“pulsiones
yoicas” y las
pulsiones sexuales, y según la cual las
primeras se esfuerzan en el sentido de la
muerte y las segundas en el de la continuación
de la vida, resultará sin duda
insatisfactoria en muchos aspectos, aun para
nosotros mismos.
En efecto, de acuerdo con nuestros
supuestos, las pulsiones yoicas provienen de
la animación de materia inanimada y quieren
restablecer la condición de inanimado. En
cambio, en cuanto a las pulsiones sexuales,
es palmario que reproducen estados
primitivos del ser vivo, pero la meta que se
empeñan en alcanzar por todos los medios es
la fusión de dos células germinales
diferenciadas de una manera determinada. Si
esta unión no se produce, la célula
germinal muere como todos los otros
elementos del organismo pluricelular. Sólo
bajo esta condición puede la función genésica
prolongar la vida y conferirle la apariencia
de la inmortalidad. Ahora bien, ¿qué
acontecimiento importante sobrevenido en el
curso evolutivo de la sustancia viva es
repetido por la reproducción genésica o su
precursora, la copulación entre dos
protistas?.
No sabemos decirlo, y por eso, si todo
nuestro edificio conceptual hubiera de
revelarse erróneo, lo sentiríamos como un
alivio. Caería
por tierra la oposición entre pulsiones
yoicas (de muerte)
y pulsiones sexuales (de vida), y con ello
también la compulsión de repetición
perdería el significado que se le atribuye.
Según
la grandiosa concepción de W.
Fliess [1906], todos los fenómenos
vitales de los organismos - incluida su
muerte, desde luego - están sujetos al
cumplimiento de ciertos plazos en lo que se
expresa la dependencia
de dos sustancias vivas, una masculina y una
femenina, respecto del año solar.
Reviste
máximo interés para nosotros el
tratamiento que ha recibido el tema de la
duración de la vida y de la muerte de los
organismos en los trabajos de A. Weismann
(1882, 1884, 1892, entre otros) A este
investigador se debe la diferenciación
entre sustancia viva en una mitad mortal y
una inmortal. La mortal es el cuerpo en
sentido estricto, el
soma; sólo ella está sujeta a la
muerte natural. Pero
las células germinales son en potencia
inmortales, en cuanto son capaces bajo
ciertas condiciones favorables, de
desarrollarse en un nuevo individuo (dicho
de otro modo: de rodearse con un nuevo
soma).
Lo
que nos cautiva aquí es la inesperada
analogía con nuestra concepción,
desarrollada por caminos tan diferentes.
Weissman, en un abordaje morfológico de la
sustancia viva discierne en ella un
componente pronunciado hacia la muerte,
el soma, el cuerpo excepto el
material genésico y relativo a la herencia,
y otro inmortal, justamente ese
plasma germinal que sirve a la
conservación de la especie, a la reproducción.
Por nuestra parte, no hemos abordado la
sustancia viva sino las fuerzas que actúan
en ella, y nos vimos llevados a
distinguir dos clases de pulsiones: las
que pretenden conducir la vida a la
muerte, y las otras, las pulsiones sexuales,
que de continuo aspiran a la renovación de
la vida, y la realizan.
Pero
la ilusión de un acuerdo significativo se
disipa tan pronto nos enteramos del juicio
de Weismann sobre el problema de la muerte.
En efecto, él hace que la distinción entre
soma mortal y plasma germinal inmortal valga
sólo para los organismos pluricelulares; en
cambio, en los animales unicelulares,
individuo y célula de reproducción son una
y la misma cosa. Por eso declara a estos últimos
potencialmente inmortales; la muerte aparece
únicamente entre los metazoos, los
pluricelulares.
Esta muerte de los seres vivos superiores
es, si, una muerte natural, producto de
causas internas, pero no descansa en una
propiedad originaria de la sustancia viva,
no puede entenderse como una necesidad
absoluta, fundada en la naturaleza de la
vida.
No
se ha cumplido nuestra expectativa de que la
biología habría de desechar de plano el
reconocimiento de la pulsión de muerte.
Podemos seguir ocupándonos de su
posibilidad si tenemos otros fundamentos
para hacerlo. Comoquiera que fuese, la
llamativa semejanza de la separación que
traza Weismann entre soma
y plasma germinal, y nuestra división
entre pulsiones de muerte y pulsiones de
vida, queda en pie y recupera su valor.
Detengámonos
un poco en esta concepción eminentemente
dualista de la vida pulsional.
Es
opinión general que la unión de numerosas
células en una “sociedad” vital, el carácter
pluricelular de los organismos, constituye
un medio para la prolongación de su vida.
Una célula ayuda a preservar la vida de las
otras, y ese “Estado” celular puede
pervivir aunque algunas de sus células
mueran, podría ensayarse transferir a la
relación recíproca entre las células la
teoría de la libido elaborada por el
psicoanálisis. Imaginaríamos entonces que
las pulsiones
de vida o sexuales, activas en cada célula,
son las que toman por objeto a las otras células,
neutralizando en parte sus pulsiones de
muerte (vale decir, los procesos provocados
por estas últimas) y manteniéndolas de ese
modo en vida; al mismo tiempo, otras células
procuran lo mismo a las primeras, y otras,
todavía, se sacrifican a sí mismas en el
ejercicio de esta función libidinosa. En
cuanto a las células germinales, se
comportarían de manera absolutamente
“narcisista”, según la designación que
solemos usar en la doctrina de las neurosis
cuando un individuo total retiene su libido
en el interior del yo y no desembolsa nada
de ella en investiduras de objeto. Las células
germinales han menester de su libido - la
actividad de sus pulsiones de vida - para sí
mismas, en calidad de reserva, con miras a
su posterior actividad, de grandiosa dimensión
anabólica. Quizás
habría que declarar narcisistas, en este
mismo sentido, a las células de los
neoplasmas malignos que destruyen al
organismo, en efecto, la patología está
preparada para considerar congénitos sus gérmenes
y atribuirles propiedades embrionales. De
tal suerte, la libido de nuestras pulsiones
sexuales coincidiría con el Eros de los
poetas y filósofos, el Eros que cohesiona
todo lo viviente.
Hay
una concepción que despoja al problema de
la reproducción de su secreto encanto,
presentándola como un fenómeno parcial de
crecimiento (multiplicación por división,
por renuevo, por gemiparidad). En un espíritu
sobriamente darwinista podría concebirse la
génesis de la reproducción por células
germinales diferenciadas sexualmente: la
ventaja de la amphimixis, lograda en cierto
momento por la copulación casual de dos
protistas, fue mantenida durante largo
tiempo en la evolución y después se sacó
partido de ella[3].
Lo
mismo que a raíz de la muerte [cf. pág.48],
se plantea aquí el problema: ¿ Acaso hay
que suponer en los protistas sólo lo que
muestran? ¿No puede conjeturarse que
nacieron por primera vez en ellos fuerzas y
procesos que sólo se volvieron visibles en
los seres vivos superiores? La citada
concepción de la sexualidad sirve de muy
poco a nuestros propósitos. Se podría
objetarle que presupone la existencia de
pulsiones de vida que actúan ya en el ser
vivo más simple; de lo contrario, en
efecto, la copulación, que contrarresta el
curso vital y dificulta la tarea de
de-vivir, no habría sido mantenida y
desarrollada, sino evitada.
Entonces,
si no queremos abandonar la hipótesis de
las pulsiones de muerte, hay que asociarlas
desde el comienzo mismo con unas pulsiones
de vida. Pero es preciso confesarlo:
trabajamos ahí con una ecuación de dos incógnitas.
¿Aventuraremos,
siguiendo la indicación del filósofo
poeta,[4]
la hipótesis de que la sustancia viva fue desgarrada,
a raíz de su animación, en pequeñas partículas
que desde entonces aspiran a reunirse por
medio de las pulsiones sexuales? ¿Y que
estas, en las que persiste la afinidad química
de la materia inanimada, superan poco a
poco, a lo largo del reino de los protistas,
las dificultades que opone a esta aspiración
un medio cargado de estímulos que hacen
peligrar la vida, medio que obliga a
la formación de un estrato cortical
protector? ¿Que
estas partículas de sustancia viva
dispersadas alcanzan así el estado
pluricelular y finalmente transfieren a las
células germinales, en concentración
suprema, la
pulsión a la reunión?[5]
Es
probable que los defectos de nuestra
descripción desaparecieran si en lugar de
los términos psicológicos pudiéramos usar
ya los
fisiológicos o químicos. Pero en verdad
también estos pertenecen a un lenguaje
figurado, aunque nos es familiar desde hace
más tiempo y es, quizá,
más simple.
Advirtamos
bien que la incerteza de nuestra especulación
se vio aumentada en alto grado por la
necesidad de tomar prestamos a la ciencia
biológica. La biología es verdaderamente
un reino de posibilidades ilimitadas;
tenemos que esperar de ella los
esclarecimientos mas sorprendentes y no
podemos columbrar las respuestas que
decenios mas adelante dará a los
interrogantes que le planteamos. Quizá las
dé tales que derrumben todo nuestro
artificial edificio de hipótesis.[6]
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