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Grandes
autores
El
olfato y el ratón rastreador
Lewis
Thomas (1983)
-
09.10.2000
-
Se
sabe que las células olfatorias son las únicas
neuronas que están expuestas al mundo
exterior y actúan como sus propios
receptores de la información que proviene
del medio ambiente.
Todas las demás neuronas, aquellas
encargadas de los sentidos del sabor, audición,
visión, posición y tacto dependen de la
llegada del impulso nervioso desde la
periferia donde se encuentran los receptores
altamente específicos que perciben el estímulo.
Lo más curioso de las neuronas
olfatorias es que van y vienen, replicándose
y reemplazándose sobre la mucosa olfatoria
en la parte supero posterior de la nariz.
Ninguna otra célula neuronal tiene
la propiedad de multiplicarse o regenerarse.
Otra peculiaridad de estas células
es que aunque se encuentran expuestas al
exterior, en una región rica en bacterias y
virus, los tejidos en los que residen no se
infectan.
Se piensa que las células están, de
alguna manera, protegidas por la propiedad
antimicrobiana de la capa de moco que las
recubre.
Hace
diez años, me encontré con referencias de
observaciones hechas en los años 20 sobre
los logros de los sabuesos rastreadores.
Se habían realizado muchas
investigaciones en los Departamentos de
Policía Europeos sobre la capacidad de los
perros entrenados de rastrear las huellas de
un único ser humano a través de campos
marcados, a su vez, con huellas de otras
personas.
La mayoría se encontraba en forma
anecdótica, pero las anécdotas eran
abundantes y consistentes creando un
consenso general: un sabueso bien entrenado
podía distinguir con precisión el olor de
las huellas de un ser humano, hasta 48 horas
después de dejadas las huellas, y podía
distinguir éstas de las de otros seres
humanos.
Si
esto era verdad, significaba que el perro
era capaz de oler una señal que provenía
de las huellas que identificaba a cada ser
humano como un único individuo.
Al mismo tiempo, se conocía otro
sistema biológico con la misma utilidad:
los marcadores inmunológicos que señalan
individualidad que se encuentran en la
superficie de todas las células del cuerpo.
Estas moléculas químicas son
responsables del rechazo de injertos de piel
cuando estos provienen de otra persona, a
menos que la piel extraña provenga de un
gemelo.
Se
cree que éste es un fenómeno universal:
excepto por el intercambio de tejidos entre
gemelos, no se pueden realizar injertos con
la piel de ninguno de los 4 billones de
seres humanos.
Hoy en día, se pueden realizar
injertos con riñones y hasta corazones pero
solo con la ayuda de drogas que bloquean los
linfocitos responsables del rechazo inmunológico
de los tejidos ajenos.
Me
parecía tan extraño que dos sistemas
diferentes hubieran surgido con la misma
función durante la evolución, por separado
y no relacionados, que comencé a especular
que podrían haber evolucionado de un solo
sistema ancestral que permitía,
tempranamente en la evolución, que los
primeros organismos pudieran hacer
distinciones entre sus propias superficies
celulares y aquellas de otros organismos.
Se sabe que estos mecanismos existen
en criaturas metazoarias como corales y
esponjas.
Se
ha observado el mismo tipo de rechazo de
injertos en corales y esponjas. Por ejemplo,
dos esponjas de una misma colonia se
adhieren permanentemente, pero cuando las
esponjas son de la misma especie pero de
distintas colonias se rechazan 10 a 12 días
después de adherirse.
Además, las esponjas parecen tener
memoria del hecho ya que el segundo rechazo
se produce aceleradamente, 2 a 3 días después.
El fenómeno es muy similar al
rechazo de injertos en el ratón.
En
los ratones, la reacción de rechazo de
injertos es en mayor medida una función de
una clase de linfocitos, los llamados
linfocitos-T (así designados por su origen
en la glándula de Timo).
La reacción es controlada por un set
especial de genes, llamado locus H-2,
siempre situado junto en un mismo cromosoma.
En el hombre, el correspondiente gen
locus, que gobierna la distinción entre
tejidos propios y ajenos y el rechazo de
injertos, es conocido como el locus HLA.
Hace
varios años, cuando me invitaron a un
congreso de Inmunología sobre las posibles
líneas de investigación inmunológica en
el futuro, discutí el problema sobre los
marcadores propios y la idea de que sería
poco económico por parte de la naturaleza
el haber inventado dos sistemas tan
elaborados y complejos con este fin- un
costo alto en términos de energía, uno
involucrando los marcadores inmunológicos
de histocompatibilidad y el otro usando el
olfato- y evolucionando sin estar
fuertemente relacionados uno con el otro.
En ese momento hice un chiste biológico,
prediciendo que los mismos sets de genes se
encontrarían responsables de ambos
sistemas, y que algún día, “el mejor
amigo del hombre sería utilizado para
olfatear donantes histocompatibles”.
Después
de haber realizado numerosos experimentos
con ratones se descubrió que existe una
sustancia de identificación propia en la
orina.
Sería de gran valor saber cuales son
las células responsables de elaborar esta
sustancia.
Los candidatos más favorables son
los linfocitos mismos porque tienen un rol
central en la mediación del mecanismo de
rechazo de injertos.
Este
mismo olor es responsable también del fenómeno
de bloqueo de la preñez, el llamado efecto
Bruce.
Esta es la peculiar reacción que
ocurre cuando un ratón recién preñado se
pone en contacto con un macho extraño: la
preñez finaliza y la hembra entra en estro.
No se conoce explicación
satisfactoria para el efecto Bruce.
Quizás represente una respuesta
innata que trata de resaltar la
heterocigozidad e impedir la endogamia.
O quizás, la simple presencia de un
macho extraño, que difiere en el olor de su
H-2 del macho original, significa la
ausencia del padre y la pérdida de protección
por parte de éste.
Debería
ser posible aprender algo sobre la
naturaleza química del H-2 en la orina de
ratones. Surgirían preguntas interesantes:
¿Qué tipo de sustancia térmicamente
estable podría ser que posee suficiente
variabilidad en su estructura como para
proveer únicos marcadores propios para los
innumerables ratones, o para los 4 billones
de seres humanos?
Yo imagino que va a ser un set de
varios compuestos químicos, probablemente
de la misma clase pero con variaciones
estructurales, dispuestos en un número
infinito de posibles configuraciones y con
cada olor individual sonando como una única
nota.
Quizás
un grupo de señales moleculares con una
configuración similar sean responsables de
la infinita variedad de marcadores celulares
en el sistema inmunológico.
Es concebible que los antígenos de
los tejidos son similares sets de diferentes
señales que se encuentran en distintas
concentraciones para obtener una forma única.
Se
puede llegar a imaginar que las actuales
configuraciones moleculares que activan las
células olfatorias pueden llegar a ser las
mismas, o estar fuertemente relacionadas, a
las que activan a los linfocitos-T.
Cooperación
-
The Fragile Species, Lewis Thomas,
1992, Cap. IV
Mi
argumento es que la fuerza impulsora de la
naturaleza, en este planeta con esta
biosfera, es la cooperación.
En la competitividad por
supervivencia y éxito durante la evolución,
la selección natural tiende, a largo plazo,
a elegir como ganadores a los individuos y
luego las especies, cuyos genes proveen la
manera más efectiva e inventiva de
relacionarse.
La forma más inventiva de todos los
esquemas de la naturaleza es la simbiosis,
que es simplemente la conducta cooperativa
llevada a un máximo.
Pero algo vagamente parecido a la
simbiosis, con menor compromiso, un cierto
deseo de juntarse, prevalece en la biosfera.
Esta
noción se observa mayormente a muy largo
plazo.
Sin embargo, hay evidencias que la
respaldan a corto plazo.
Aquí comienza entonces mi primera anécdota:
La historia empieza con varios experimentos
realizados en la Universidad de Buffalo en
los años 60 con algunas clases de amebas.
Se sabía que el núcleo podía ser
transplantado con éxito entre amebas de una
misma clase pero no entre dos clases
diferentes.
El núcleo era rechazado y la ameba
moría.
Lo que no se sabía era si el núcleo
rechazaba a la célula huésped o viceversa.
De esta manera, surgía una nueva técnica
para estudiar la intimidad de la relación
entre el núcleo y la célula y los factores
genéticos involucrados en la relación.
Luego,
ocurrió una catástrofe, las amebas fueron
invadidas por bacterias y comenzaron a
morir.
Afortunadamente, se las pudo curar
hasta disminuir el número a 50000 bacterias
por cada ameba.
De esta manera las amebas se mantenían
vivas y sanas.
La única explicación era que éstas
se hubieran aclimatado a sus residentes, o
que las bacterias hubieran perdido la
toxicidad hacia sus huéspedes.
Pero algo más sutil y profundo había
ocurrido.
Luego
de vivir con las bacterias por meses, las
amebas desarrollaron una dependencia hacia
ellas y una incapacidad de vivir sin ellas.
Cuando se trataban con antibióticos
apropiados, las bacterias morían, pero
luego morían las amebas.
El
núcleo de las amebas adaptadas había
sufrido un cambio fundamental durante la
adaptación.
En consecuencia, surgen dos
importantes eventos de la interacción entre
la célula huésped y el patógeno que
parecen involucrar una adaptación genética
que permite a la célula huésped sobrevivir
y prosperar.
El patógeno es designado como
organela indispensable y el núcleo de la
ameba cambia su rótulo de ´lo propio´
a algo como ´lo propio + x´.
De
estos eventos, el más interesante es el
paso de la bacteria de ser patógena a ser
indispensable.
El mecanismo no se conoce todavía ya
que no se puede estudiar a la bacteria fuera
de su huésped.
En mi opinión, no es muy posible que
este cambio resulte de una alteración en la
bacteria o sus propiedades.
Lo que parece haber ocurrido es que
las células infectadas no solo aprendieron
a resistir la acción tóxica de las
bacterias , sino que, dada la prolongada
estadía en el citoplasma, aprendieron a
hacer uso de éstas, y finalmente
pasaron a depender de ellas para
vivir.
Se
ha descubierto, que el cambio adaptativo en
el núcleo de la ameba, como también el
cambio de parasitismo a simbiosis, ocurre
con mucha rapidez.
Se
sabe que las bacterias primitivas
aprendieron a vivir en comunidades.
Una sólida evidencia la constituyen
los estromatolitos, que son varias capas de
roca laminada habitadas por varias especies
de células procariotas. Contienen colonias
vivas de organismos anaeróbicos que viven
del azufre, otros que usan dióxido de
carbono y producen metano, otros que viven
del metano y producen materiales orgánicos
para la capa siguiente y así sucesivamente.
Lo poco que se sabe sobre estos
organismos es que viven todos juntos y no
sobreviven solos.
Hasta
hace poco parecía razonable pensar que
estas bacterias representen los
descendientes lineales de la primera célula
o grupo de células que surgieron en el
planeta entre 3,5 y 4 billones de años atrás.
Ahora, sin embargo, se piensa que un
subgrupo, las arqueobacterias son mejores
candidatas.
Una de las especies tiene ADN similar
al nuestro en un aspecto significativo: los
genes están interrumpidos por intrones.
Pero es la habilidad de vivir en
condiciones muy hostiles lo que las hace
atractivas como candidatas.
Cualquiera que halla sido su origen,
lo más difícil para las bacterias fue
aprender a sobrevivir la primera aparición
de oxígeno en la atmósfera, alrededor de 3
billones de años atrás cuando aparecieron
los primeros organismos capaces de realizar
fotosíntesis.
Al ir aumentando el oxígeno en la
atmósfera, las bacterias expuestas tendrían
que haber desarrollado mecanismos químicos
para protegerse, y luego, surgieron los
organismos aeróbicos con la capacidad de
utilizar el oxígeno eficientemente para sus
necesidades energéticas.
A
esta altura, surgen las células nucleadas.
Esto no pudo haber ocurrido sin la
existencia de las cianobacterias
fotosintetizadoras y las bacterias aeróbicas
respiradoras.
De alguna manera éstas últimas se
incorporaron en forma simbiótica dentro de
células procariotas convirtiéndose en las
organelas conocidas como mitocondrias y
cloroplastos.
Estas son huéspedes permanentes,
absolutamente esenciales para la vida y
perfectos ejemplares del poder y estabilidad
de la simbiosis en el curso de la evolución.
Últimamente,
se ha puesto de moda negar la noción de
progreso en la naturaleza y aceptar que la
evolución no resulta en el aumento de la
complejidad y profundidad de los seres
vivos.
Esta noción es quizás aceptable si
uno toma en cuenta solo unos 600 años atrás.
Pero si se considera el tiempo en que
solo había bacterias y luego las células
nucleadas, es difícil rechazar la idea de
que la evolución se lleva a cabo con
progreso permanente.
Mucho
antes del surgimiento de la endosimbiosis y
la célula eucariota, las bacterias vivían
conjuntamente en ecosistemas microscópicos
estableciendo sistemas mensajeros y
receptores de información dentro de sus
comunidades.
Algunas de las señales químicas que
consideramos nuestras más sofisticadas
hormonas, como la insulina, ya eran
sintetizadas por las bacterias más simples
mucho antes de que apareciéramos en escena.
Podría ser que lo que para nosotros
son secreciones endocrinas, que mantienen la
integridad del ensamblaje de células
nucleadas, son los descendientes directos de
las moléculas usadas por las bacterias para
la regulación y el mantenimiento de sus
comunidades.
Lynn
Margulis, que contribuyó enormemente al
concepto de endosimbiosis, estudió la idea
de que las espiroquetas procarióticas se
habían adherido a las tempranas células
nucleadas y luego evolucionaron como la
cilia de las células modernas.
El
tracto intestinal de algunas termitas
contienen protozoarios móviles que deben su
motilidad enteramente a la cantidad de
espiroquetas adheridas a su superficie.
La termita es un paradigma viviente
de simbiosis.
El nido de las termitas es un modelo
de la conducta cooperativa.
Los miles de insectos se comportan
como las células que integran un solo
organismo.
A su vez, cada termita es un
ensamblaje en si misma.
El insecto vive de la madera, pero no
posee su propio sistema digestivo para
convertir celulosa en carbohidratos.
Esta es la función de los
protozoarios móviles.
Estos últimos no pueden moverse sin
las espiroquetas adheridas a sus
superficies.
Finalmente, dentro de cada
protozoario se encuentran las bacterias que
contribuyen las enzimas necesarias para la
digestión de la madera.
Margulis escribió hace un par de años:
“La simbiosis ha afectado el curso de la
evolución tan profundamente como el sexo
biparental.
Ambos significan la formación de
nuevos individuos que contienen genes de más
de un padre...Los genes de parejas simbióticas
están en cercana proximidad y la selección
natural actúa sobre ellos como una
unidad”.
El
altruismo de la naturaleza no es difícil de
explicar.
Dentro de muchas especies sociales es
común que un miembro individual sacrifique
su vida por la comunidad.
Un ejemplo lo constituyen las abejas.
De alguna manera, es la
autopreservación de los genes.
En biología, la preservación y
persistencia de los genes representa el éxito
de la reproducción , y así también el éxito
de la evolución.
Este tipo de comportamiento sería
favorable para la selección natural en el
curso de la evolución Darwiniana.
Algo
parecido al altruismo verdadero existe entre
nosotros también, aunque es más difícil
identificarlo como una conducta impulsada
genéticamente cuando ocurre.
Teóricamente, el altruismo tiene
sentido biológico para la preservación de
la línea de cualquier especie.
Pero, ¿Qué pasa con la cooperación,
que es tan diferente al altruismo?
Los genes involucrados entre parejas
cooperativas no son idénticos, ni siquiera
están relacionados.
¿Hay alguna manera de explicar la
cooperación pura, opuesta al altruismo
puro, en términos aceptables para la teoría
evolucionaria actual?
¿Se puede esperar que existan
circunstancias donde la conducta cooperativa
ofrezca ventajas para un individuo dentro de
una especie no cooperadora y egoísta, o
para una especie dentro de un mundo con
otras especies no cooperadoras?
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