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Diabetes
Diabetes
Dra.
María Laura Eandi
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20.11.2000
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Eventos
psiconeuroinmunoendócrinos en diabetes: rol de la emoción en la
evolución del tratamiento, de la Dra. María Laura Eandi, médica del
staff del Servicio de Nutrición y Diabetes, Hospital General de Niños
Dr. Pedro de Elizalde, Buenos Aires, Argentina.
Nos
proponemos en esta breve exposición, tratar de describir cómo impactan
sobre el paciente las características de la enfermedad y de su
tratamiento, las emociones que generan y el rol de éstas en el curso y
la evolución de la enfermedad.
La
DBT tipo 1 es una enfermedad INCURABLE,
CRÓNICA caracterizada por la destrucción parcial o total de
las células B de los Islotes de Langerhans del páncreas, con la
consiguiente incapacidad para producir insulina. Es una enfermedad
autoinmune, con predisposición genética y desencadenantes ambientales.
Tiene
BAJA
PREVALENCIA (en contraste con la Diabetes Mellitus tipo 2),
aunque en aumento progresivo. Se presenta habitualmente en la infancia
y adolescencia (siendo raro su comienzo en la adultez) y se
está observando un incremento en menores de 3 años.
Antes
del descubrimiento de la insulina en 1922, los niños diabéticos tenían
una expectativa de vida de 2-3 años y el 90% morían en cetoacidosis.
La introducción de la insulina, abrió el camino a una nueva realidad,
la de VIVIR
CON DIABETES y desenmascaró la segunda consecuencia de la
enfermedad: las complicaciones
crónicas tardías.
Las
complicaciones tardías representan el evento más temido en la evolución
del paciente diabético tipo 1, y teniendo en cuenta que está
claramente establecida la relación entre la hiperglucemia y la aparición
de las mismas, el
esfuerzo por mantener niveles glucémicos lo más parecidos a los
normales reconoce como fundamento casi exclusivo la intención de
evitarlas o posponerlas.
Lamentablemente,
es sumamente frecuente que el paciente no logre el buen control deseado
aún realizando todos los esfuerzos a su alcance, no sólo por la
natural complejidad de las interacciones biológicas, sino sobretodo por
el poderoso efecto de las emociones y los factores inconscientes que,
mediados por mecanismos contra-regulatorios propios del estrés, se
comprueban claramente en la clínica.
En
efecto, fisiológicamente, sólo la insulina está al servicio de
reducir la glucemia. Los mecanismos hiperglucemiantes son en cambio
redundantes, como resultado de una protección homeostática destinada a
garantizar una oferta de glucosa suficiente al cerebro y órganos
nobles. Al
glucagon, contrarregulador metabólico por excelencia, se suman la
adrenalina, el cortisol, la hormona de crecimiento y probablemente otros
mediadores, especialmente los involucrados en los procesos de stress.
Las citoquinas inflamatorias también contribuyen a este fenómeno: la
IL-1 estimulando el eje HPA con aumento del cortisol, así como la GH y
el glucagon; el TNFa
determinando mayor resistencia insulínica especialmente a nivel hepático.
La adolescencia sobreagrega la resistencia insulínica fisiológica
secundaria al aumento de GH. En este marco, la hiperglucemia resultante,
promueve per se, por procesos de glucotoxicidad, una mayor resistencia
insulínica.
A
estas dificultades fisiológicas, se suman las que derivan de las
propias características de la enfermedad y de su tratamiento y que se
manifiestan como obstáculos para el cumplimiento de este último
En
primer lugar, es interesante remarcar que los niveles glucémicos que
mantienen al paciente libre de cetoacidosis y de síntomas subjetivos,
son - para la mayoría de los pacientes- niveles que no lo protegerán
de las complicaciones crónicas. Esto significa que para cumplir con el
objetivo terapéutico el paciente no se limitará a corregir una situación
que le produce molestias - lo cual, salvando el inconveniente de la
inyección, sostendría la motivación a través de mecanismos de
recompensa- sino que, por el contrario, se le plantea manejar desde la
voluntad, desde la conciencia, una situación de la que no tiene
registro salvo que se monitoree en sangre y orina.
Para
peor, la amenaza bajo la cual debe realizar estos procedimientos es la
de sufrir daños de consecuencias terribles. La motivación para
realizar el extenuante esfuerzo de intentar reemplazar los mecanismos
homeostáticos perdidos está sostenido entonces básicamente por un
reforzador negativo. Y dado que el objetivo metabólico es tan
dificultoso, la ecuación hiperglucemia=complicaciones crónicas
se constituye en el núcleo de los procesos generadores de
angustia y estrés en el tratamiento de la enfermedad.
Tenemos
entonces una enfermedad que durante toda la vida, sin exceptuar un día,
exigirá disciplina y sacrificio para la realización de un tratamiento
traumático, a cargo activo del paciente, que debe apoyarse
permanentemente en la voluntad (y no en la necesidad de paliar una
molestia subjetiva), voluntad sostenida sólo por la amenaza de
reforzadores negativos. Este largo camino es cansador y frustrante: como
en el Mito de Sísifo, cada día es el primero, no importa todo lo que
se hizo bien un día, o toda una etapa. A la mañana siguiente todo debe
recomenzar en el mismo punto.
La
condición de incurable es devastadora y alimenta fantasías
ambivalentes (de curación, de muerte).
Por
ser poco frecuente y presentarse en las etapas de niñez y adolescencia
genera la angustia de “ser diferente”, el temor - y a veces la
realidad- de la discriminación.
La
dificultad objetiva para el logro del buen control es fuente de
permanente angustia para el niño y sus padres y contamina la
convivencia diaria.
Las
características de la enfermedad y el tratamiento sientan entonces las
bases para el desencadenamiento de emociones negativas y un estado de
stress crónico, que puede reforzarse
por las características que trae el paciente (su estilo de
afrontamiento, sus esquemas nucleares, la eventual patología de los vínculos
familiares o la presencia de patología psiquiátrica de base),
condicionando la hiperglucemia y el mal control crónico, que incentivarán
a su vez el estado de stress.
En
la clínica es posible observar emociones, sentimientos y conductas que
se repiten con frecuencia: miedo -en general no explícito- que se
manifiesta como evitación (no hacerse los controles), parálisis/
compulsión (no "poder" aplicarse la insulina), fantasías de
muerte -abiertas o solapadas: no “pensarse” en el futuro-,frustración,
impotencia, baja autoestima, rabia y rebeldía (por padecer la
enfermedad,-¿por qué a mi?-, por no lograr el buen control metabólico
-"·si hice todo, no me merezco que el control esté mal"-.
Aparecen
asimismo con frecuencia ciertas fantasías y creencias erróneas específicas:
de curación, de premio-castigo, de “promoción” - es posible a
veces detectar el desencanto y frustración del adolescente que tuvo muy
buena aceptación y cumplimiento del tratamiento de niño y al pasar al
secundario encuentra que "su diabetes no fue promovida", sus
esfuerzos no derivaron en la curación fantaseada inconscientemente y
tal vez apoyada en alguna frase de su médico que le habló de que la
investigación iba a encontrar una cura en un número de años.
Sentimientos de culpa (del niño o los padres) pueden originarse en la
falta de logros en el tratamiento, o en un estilo cognitivo que atribuya
a la enfermedad el significado de un castigo por "algo que habrá
hecho". En niños pequeños, la fantasía de muerte ocupa un lugar
de símbolo del riesgo ominoso de las complicaciones crónicas (a veces,
ante las presiones para que se cuiden, estallan diciendo "total, el
que me voy a morir soy yo"). En otros casos esa fantasía se
convierte en una creencia familiar, lo cual constituye un signo de alto
riesgo, ya que muchas veces se convierte en una profecía autocumplida.
Conclusiones
El
stress ( o el mal manejo del stress) condiciona la mala evolución del
tratamiento, porque dificulta el cumplimiento correcto y altera en forma
directa el metabolismo.
Es
imprescindible lograr un "ajuste" a la situación, una situación
de negociación que permita aceptar los esfuerzos necesarios como
condición para lograr en definitiva una vida normal. Colaborar con el
paciente en ese camino es en definitiva EL tratamiento.
Como
médicos, no debemos olvidar las implicancias que la relación con el
paciente tienen para la terapéutica y el curso de la enfermedad. El médico
es parte de la terapéutica y por lo tanto potencialmente de la
iatrogenia. El médico debe evitar dañar, en primer término. En una
enfermedad donde la educación es una herramienta esencial y por lo
tanto también lo es la comunicación, se nos impone como
responsabilidad básica -tanto a los médicos como al resto del equipo
de salud involucrado en el tratamiento- saber de qué se habla y también
cómo y cuándo se habla, evitando generar creencias erróneas.
Es
necesario también tener en mente que el paciente procesa la información
que recibe -aún cuando haya sido cuidadosa y apropiada- de acuerdo a
sus propios recursos, a su historia, a su paradigma, elaborando
creencias erróneas que pueden manifestarse como conductas que afecten su
capacidad de ajustarse a su situación e impidan su adecuado
tratamiento, condicionando así su evolución.
El
médico que atiende niños y adolescentes diabéticos deberá ser capaz
de rastrear y decodificar las emociones y creencias subyacentes en las
conductas del paciente y su padres. Adicionalmente, es esencial entender
los procesos de transferencia y contratransferencia para comprender
reacciones y actitudes de los pacientes y de uno mismo, evitando derivar
en situaciones que desvirtúen el tratamiento.
El
paciente no expresa en general en palabras sus emociones, fantasías y
creencias erróneas - de las que en general no es consciente- Su mal
cumplimiento del tratamiento, sus conductas evitativas, fóbicas o
compulsivas - que muchas veces el paciente oculta y sólo se hacen
evidentes luego de un rastreo cuidadoso o cuando se ha logrado una gran
confianza -, nos permiten tomar contacto con sus temores, su sensación
de ineficacia, su falta de autoestima, sus sentimientos de culpa e
incluso con los muy frecuentes estados depresivos.
El
rol del médico que aspire a tratar verdaderamente a este tipo de
pacientes requiere un abordaje integrador, que tome en cuenta la emoción
y la cognición del paciente y el papel que le cabe al propio médico en
la construcción y modificación de las mismas.
Dra.
María Laura Eandi
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