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Diabetes
El
niño diabético y su familia
Dra.
María Laura Eandi
-
13.11.2000
-
Atendiendo
al niño enfermo crónico y su familia
La
atención del paciente portador de enfermedades crónicas implica
siempre para el médico un desafío mayor: el de la integración.
Cuando
hablamos de enfermedad aguda aludimos a aquellos procesos, que de no ser
fatales, resuelven en un período corto, ya sea espontáneamente o con
la intervención de medios terapéuticos específicos a los cuales el
paciente responde según lo estadísticamente esperado (antibioticoterapia,
cirugía, ortesis, anti-inflamatorios, etc). Aún cuando no sea
totalmente cierto, tanto el médico como el paciente atribuirán el mérito
básicamente a la terapéutica (farmacológica o mecánica) y la
limitación del episodio probablemente no obligará al paciente a
ocuparse o preocuparse ulteriormente al respecto. El médico, por su
parte, podrá alimentar la fantasía de omnipotencia y de satisfacción
personal por el éxito obtenido.
La
enfermedad crónica alude en cambio a la existencia de procesos patológicos
que persisten, ya sea como un estado de enfermedad permanente o una
condición inestable que se manifestará como recurrencias agudas a lo
largo de la vida.
El
avance de la ciencia moderna ha permitido que este tipo de enfermedades
se haya multiplicado en número y permita una sobrevida cada vez más
prolongada, merced a la existencia de terapéuticas para las
reagudizaciones y tratamientos de mantenimiento y profilaxis.
Muchos
que antes habrían muerto en poco tiempo de ciertas dolencias hoy pueden
vivir. La reacción humanamente natural frente a este progreso es
evidente: lo consideramos una bendición. Sin embargo debemos también
comprender que representa un nuevo desafío para el paciente: VIVIR CON
LA ENFERMEDAD. Que es un vivir diferente. Y esto implica también un
desafío para quienes los tratamos.
Las
distintas enfermedades de manifestación crónica comparten algunos
rasgos que les son comunes. Otros presentan diferencias que definirán
paradigmas diversos tanto para el paciente y su familia como para el
equipo tratante.
En
el tratamiento de un niño con una enfermedad crónica, compartiremos en
general el objetivo de permitirle un buen crecimiento y desarrollo, con
el cumplimiento adecuado de sus pautas madurativas y sus etapas vitales.
Aspiraremos a evitar las recurrencias agudas y el deterioro que la
enfermedad pudiera generar a largo plazo. Todo esto en el marco de una
vida normal y feliz.
Aunque
las herramientas terapéuticas varían de una enfermedad a otra (no sólo
en cuanto a técnicas disponibles y a dónde y quién las aplicas, sino
también incluso en cuanto a la efectividad esperable), un rasgo
compartido en la enfermedad crónica en el niño es el involucramiento
de la familia que es el escenario natural en el que la enfermedad se
desenvolverá día a día. En mayor o menor medida, son el niño y su
familia quienes quedan a cargo del tratamiento las 24 horas del día,
todos los días, ya sea que éste exija tomar medidas activas, o que
simplemente represente el peso
emocional de enfrentar la discapacidad o el temor a recurrencias.
Aunque
todos proponemos y deseamos que nuestro paciente – si el tratamiento
lo permite- “haga una vida normal”, debemos comprender que las
características de la enfermedad y su tratamiento pueden plantear al
paciente y la familia dificultades tales que sólo enfrentándolas y
negociando con ellas harán el espacio para lograr un equilibrio
emocional que permita que el tratamiento se realice adecuadamente y se
haga realidad esa consigna. En este punto es donde probablemente es
preciso hacer aproximaciones específicas según la enfermedad de que se
trate. Cada enfermedad, probablemente implique una negociación
diferente. Pero sólo la aceptación permitirá al paciente y la familia
realizar el trabajo interno necesario para poder enfrentar los esfuerzos
del tratamiento con el menor daño emocional y sin disrupción de los vínculos
familiares.
Aquellas
enfermedades que exigen un tratamiento activo y comprometido por parte
del paciente y la familia constituyen un grupo con características
propias. En este caso, lograr “una vida normal” es habitualmente un
trabajo que implica aceptar que para conseguirlo es necesario “hacer
cosas que otros no tienen que hacer”.
Cada
enfermedad, y su tratamiento específico tenderá a generar per se ciertas
dificultades. Procedimientos traumáticos o cansadores y repetitivos,
que no siempre arrojan el resultado esperado, favorecerán el mal
cumplimiento. Pero las emociones, los significados que el paciente y la
familia asignen a la enfermedad, al
pronóstico, la valoración que hagan de sus propios recursos,
serán igualmente determinantes de la “capacidad para cuidarse” que
puedan poner en juego.
Muchos
de los significados que el paciente y la familia construyen se originan
en su propia historia, en sus sistemas de creencias. Para el médico es
importante aprender a escuchar al paciente y a descifrar aquello que no
dice. El paciente crónico muchas veces no
expresa en palabras sus emociones, fantasías y creencias erróneas - de
las que en general no es consciente- Su mal cumplimiento del
tratamiento, sus conductas evitativas, fóbicas o compulsivas - que
muchas veces el paciente oculta y sólo se hacen evidentes luego de un
rastreo cuidadoso o cuando se ha logrado una gran confianza -, nos
permiten tomar contacto con sus temores, su sensación de ineficacia, su
falta de autoestima, sus sentimientos de culpa e incluso los muy
frecuentes estados depresivos.
Es
entonces una herramienta esencial decodificar
las emociones y sentimientos que se ocultan tras conductas que pueden
parecer de rebeldía frente al tratamiento. Esto permitirá trabajar
para modificar pensamientos distorsionados y modificar emociones que se
interpongan en el tratamiento.
Pero
también es importante que el médico recuerde siempre las
implicancias que la relación con el paciente tienen para la terapéutica
y el curso de la enfermedad. El médico es parte de la terapéutica y
por lo tanto potencialmente de la iatrogenia. El médico debe evitar dañar,
en primer término. En enfermedades donde la educación es una
herramienta esencial y por lo tanto también lo es la comunicación, se
nos impone como responsabilidad básica saber de qué se habla y también
cómo y cuándo se habla, evitando generar creencias erróneas.
Todo
esto implica, como decíamos al principio la necesidad de un abordaje
integrador, que tome en cuenta la emoción y cognición del paciente y
el papel que le cabe al médico en la construcción y modificación de
las mismas.
Adicionalmente,
es esencial entender los procesos de transferencia y contratransferencia
para comprender reacciones y actitudes de los pacientes y de uno mismo,
evitando derivar en situaciones que desvirtúen el tratamiento.
Es
también de utilidad, para el médico que atiende a estos pacientes
conocer las conceptualizaciones del psicoanálisis referidas al papel de
la resistencia en el desarrollo de la enfermedad, al rol de los procesos
inconscientes que sostienen y dan significado a los síntomas de la
enfermedad. Esto lo ayudará a sostener una actitud indispensable: el
abandono de la omnipotencia, tanto cuando el paciente empeora como
cuando logra estar mejor.
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