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Genética
Reconocimiento
quimiosensorial de la individualidad
genética
Gary
K.Beauchamp, Kunio Yamazadi y Edward A.Boyse
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09.10.2000
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Ciertos
genes que regulan funciones inmunológicas confieren a los ratones
olores característicos. Así, husmeando, un ratón llega a discernir
entre las diferencias genéticas de sus potenciales parejas.
Nuestros
estudios con roedores demuestran que el olor que desprende un animal
esta determinado en parte por sus genes, principalmente por genes
localizados en una región cromosómica de vital importancia en todos
los mamíferos, por el papel que desempeña en el reconocimiento inmunológico
y porque, además, decide la suerte de los órganos y tejidos
transplantados.
Iniciamos
nuestra investigación en el centro de estudios del cáncer Memorial
Sloan-Kettering, de Nueva York, a raíz de observaciones casuales sobre
el comportamiento social de ratones. Se advirtió que los ratones que
diferían genéticamente solo en una región cromosómica que contiene
un grupo de genes implicados en funciones inmunológicas, conocidos con
el nombre de Complejo Principal de Histocompatibilidad o MHC (el MHC de
ratones se denomina H-2, y el humano, HLA), se reconocían unos a otros
por el olor. Paralelamente, Lewis Thomas, que presidía el centro pero
desconocía aun esas observaciones, propuso que los genes de
histocompatibilidad conferían un olor característico a cada individuo.
La afortunada coincidencia entre observaciones y teoría fue el punto de
partida de una serie de estudios sobre el reconocimiento olfativo de la
identidad genética, con su epicentro en el Centro de Estudios
Quimiosensoriales Monell, de la Universidad de Pennsylvania.
La
importancia del grupo de genes MHC es grande.
En el hombre, ese complejo se conoce sobre todo por su influencia
en los trasplantes de riñones y otros órganos y tejidos. Tanto el
donante como el receptor del trasplante deben tener tipos HLA similares;
de lo contrario, el transplante se reconocerá como extraño y será
atacado y rechazado por las células inmunológicas, o linfocitos, del
receptor.
El olfato reconoce también gran cantidad de señales químicas,
por mediación de las células del sistema nervioso.
Algunos
de los genes que forman el MHC, principalmente los llamados H-2K y H-2D
son extraordinariamente mutables. Constituyen lo que se denomina un
“punto caliente genético”, es decir, un lugar del genoma donde las
mutaciones se dan con una frecuencia considerablemente alta.
Resulta
extremadamente improbable que dos animales no emparentados posean el
mismo tipo MHC. Esa es la razón principal de que resulte tan difícil
encontrar en el hombre donantes y receptores de órganos con MHC que
“case”, salvo entre miembros de una misma familia. En células de
individuos distintos, los productos sintetizados a partir de las
instrucciones determinados por los genes MHC suelen ser, pues muy
diversos. Tales productos son proteínas, que tras la adición de
ciertos carbohidratos se convierten en glicoproteinas, localizadas
fundamentalmente en la membrana externa que forma la superficie de una célula.
Así la variabilidad existente entre los genes MHC determina en gran
medida la individualidad bioquímica de la superficie celular, y lo que
P.B. Medawar denominó “la singularidad del individuo”.
Tras
realizar diferentes combinaciones de tipos H-2 se advirtió un notable
sesgo hacia los apareamientos entre individuos de tipo diferente.
Observamos
que las preferencias de apareamiento de los homogocitos de la F2 no se
correspondían en todos los casos con las preferencias de los ratones
genéticamente idénticos a sus abuelos.
Nuestra conclusión fue que tales preferencias, en lo que
concierne a los grupos MHC, son el resultado, al menos en parte, del
“sello” (imprinting) quimiosensorial familiar.
En
1978 finalizamos nuestros primeros trabajos. Confirmamos que los ratones
lograban distinguir diferentes tipos de H-2, y que a ello se debían las
preferencias de apareamiento entre individuos que diferían en esos
tipos. Si tal preferencia opera también en la naturaleza, debería
favorecerse los cruzamientos no consanguíneos y, por tanto, la
heterocigosis para H-2, y promoverse la diversidad de genes H-2 y la
propagación de sus mutaciones. El fenómeno del “vigor híbrido”
(mayor aptitud de la heterocigosis genética) es bien conocido. En el
caso de los genes MHC, heterocigosis y diversidad pueden conferir
ventaja en la capacidad de respuesta frente a una amplia gama de antígenos
(material extraño de cualquier tipo, capaz de provocar una respuesta
inmunológica); también favorecen la adaptación del sistema inmunológico
de sus hospedadores. La endogamia (consanguinidad), que tiende a
restringir la diversidad del acervo genético, pueden constituir un
riesgo para los ratones, pues en la naturaleza, a partir de uno o pocos
cruzamientos estacionales, aparecen poblaciones considerablemente
grandes. De ahí la importancia de las preferencias de
apareamiento
basadas en una discriminación de los tipos H-2.
La
observación de las preferencias de apareamiento resultaba un
procedimiento demasiado engorroso para indagar la naturaleza y los
mecanismos genéticos de la individualidad del olor.
Se
ha obtenido, por tanto, una explicación plausible de como esta
implicado el MHC en la determinación del olor característico de cada
animal. El MHC presenta un alto grado de diversidad genética; los genes
que lo forman participan directamente en los procesos de reconocimiento
y respuesta inmunológica, bien frente a una infección, bien frente a
cuerpos extraños, como los trasplantes. Además, se sabe que la
diversidad genética del MHC se correlaciona con la variabilidad
existente en muchos parámetros anatómicos, fisiológicos y del
desarrollo, del tipo de los que constituyen el rango normal de
variaciones estructurales y bioquímicas entre los miembros de cualquier
especie. Ello sugiere que los genes MHC desempeñan funciones
primordiales en el desarrollo de un animal a partir del óvulo
fecundado, funciones que pueden depender de señales químicas y que,
desde un punto de vista evolutivo, son bastante anteriores a las mas
evolucionadas y complejas del sistema de defensa inmunológico.
Parece
lógico que los animales consanguíneos, genéticamente idénticos,
huelan igual, ya que faltara el elemento de variación genética que
hipotéticamente afecta al olor de los subproductos evacuados a través
de la orina y de otras secreciones. Recuérdese que se obtienen perfumes
fácilmente distinguieres sin mas que variar las proporciones de los
constituyentes químicos de una mezcla de compuestos olorosos.
Una
serie de experimentos posteriores permitieron profundizar en las
sutilezas del mundo olfativo de los ratones. Durante las primeras etapas
de la preñez de los ratones, hasta cuatro días después de la concepción,
el embrión no esta todavía unido a la pared del útero. La pared
uterina se prepara para la implantación del embrión alterando el
equilibrio hormonal. Si en ese periodo se separa de su pareja a una
hembra preñada y se expone a la presencia, o el olor, de un macho extraño,
genéticamente diferente de su pareja, se transforma el equilibrio
hormonal de la hembra, incrementándose el riesgo de aborto por fallo de
la implantación del embrión.
Un
incremento menor, aunque significativo, en la incidencia de abortos se
obtenía también cuando las hembras preñadas se exponían a hembras
congénitas con un tipo H-2 diferente del de su pareja. Obviamente, el
olor de un tipo H-2 no familiar (aunque no fuera acompañado del
estimulo de la feromona, presente solo en la orina del macho) podía
desencadenar los procesos neuroendocrinos que determinan un
desequilibrio hormonal, fatal para la continuación de la preñez.
Queda
claro, por tanto, que entre los ratones se transmite información
sensorial de naturaleza química, indicativa de una cierta constitución
genética. Con todo, solo hemos
abordado un juego de genes, el Complejo Principal de
Histocompatibilidad, y solo una especie, el ratón. Además, hemos
descuidado una de las caras de la moneda. Los dos elementos implicados
en un sistema de comunicación son, de una parte, la producción y
transmisión de la señal y, de otra, su recepción y la correspondiente
respuesta. Obviamente, las variaciones genéticas que actúan sobre los
sitios de recepción del olor, y por tanto en los sistemas nervioso y
endocrino del animal, pueden constituir otra fuente de discriminación
sensorial, además de la variabilidad genética de la emisión de la señal,
que ha constituido hasta ahora nuestro objeto de estudio.
La
existencia, en el hombre, de ciertas hiposmias especificas (variaciones
de la sensibilidad al olor) permite suponer una determinación genética
en la recepción y respuesta al olor.
Faltan, no obstante, estudios sistemáticos sobre la variabilidad
genética de la capacidad receptora, comparables con los que ponen de
manifiesto la variabilidad de señales (olores) en el contexto del
reconocimiento sensorial de los tipos H-2.
Hemos comprobado que en la prueba del laberinto en Y se
distinguen estirpes de ratones no emparentados, si bien comparten el
mismo H-2, señal de que en la especificación del olor participa el
genoma entero.
Finalmente,
queda la extrapolación de nuestras investigaciones a otras especies.
Para el trabajo descrito en este articulo, los ratones resultan
imprescindibles, pues se cuentan con estirpes mutantes, congénitas y
consanguíneas, esenciales para este tipo de estudios. Pero podemos ya
avanzar algo mas.
El primer paso dado es investigar la capacidad de las ratas. La
rata es mas hábil y fácil de entrenar que el ratón, por lo que nos
valemos de un “olfatometro”
automático, un aparato construido por nosotros mismos que simplifica
enormemente los ensayos. Bajo el control de un microordenador, el
olfatometro dirige un flujo de aire sobre una muestra de olor, de entre
siete posibles, y suministra a una rata, encerrada en la cámara, una
cantidad justa de aire perfumado. (La rata ha sido previamente sometida
a un periodo de sed).
Existe
un abismo, no obstante, entre el reconocimiento de la individualidad genética
entre roedores y algo tan familiar como la identificación y rastreo de
personas por parte de los perros.
La capacidad de los perros para discriminar tipos H-2 de ratones
congénitos, aplazando las complicaciones, debidas a la variación genética
global, que habrán de afrontarse cuando se quiera comprobar la
capacidad de los perros para discriminar tipos HLA del hombre (predicción
realizada por Lewis Thomas hace mas de una década).
Cabe,
incluso, que personas, en condiciones adecuadas, perciban los tipos HLA
de otros individuos, sin que pueda descartarse una posterior respuesta
fisiológica.
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