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Grandes
Autores
La
medusa y el caracol. El zoo de Tucson
Lewis
Thomas
-
27.11.2000
-
La
ciencia obtienen la mayor parte de su
información por el proceso del
reduccionismo, explorando los detalles y
luego los detalles de los detalles, hasta
que quedan al descubierto las menores
porciones de la estructura o las partes más
pequeñas del mecanismo, para contarlos y
escudriñarlos.
Sólo cuando se ha hecho esto puede
extenderse la investigación para abarcar
al organismo entero o a todo el sistema.
Así decimos.
A
veces parece que trabajamos a pura pérdida.
Gran parte de la ansiedad pública
de hoy acerca de la ciencia se debe al
temor de que dejemos pasar inadvertido
para siempre, el todo, en virtud de
nuestra obsesiva e interminable obsesión
por las partes.
Tuve una breve experiencia personal
de esta preocupación en Tucson, donde una
tarde en que tenía tiempo de sobra, visité
el zoológico, situado fuera de la ciudad.
Los proyectistas del lugar trazaron
en él un camino entre dos pequeños
estanques artificiales con paredes de
cristal transparente, de modo que,
colocado uno en pie en el centro del
camino, puede mirar a las profundidades de
cada estanque y al mismo tiempo contemplar
la superficie.
En un estanque, a la derecha del
camino, vive una familia de nutrias y, al
otro lado, una familia de castores.
A uno y otro lado, a unos palmos de
distancia de la cara del observador,
castores y nutrias juegan bajo el agua y
en la superficie, nadan hacia la cara de
uno y luego se alejan más llenos de vida
que cualesquiera otras criaturas que haya
yo visto antes en toda mi vida.
A no ser por el cristal, uno
hubiera podido alcanzarlos y tocarlos.
Quedé
absorto.
Según lo evoco ahora, sólo había
una sensación en mi cabeza: júbilo puro
mezclado con asombro ante tal perfección.
Como si mis pies no tocaran el
suelo, flotaba yo de un lado al otro, el
cerebro girándome en la cabeza,
contemplando asombrado a los castores y
luego a las nutrias.
Oía voces que atravesaban mi
cuerpo calloso, de un hemisferio cerebral
al otro.
Recuerdo haber pensado, con lo de
mi conciencia había quedado, que no quería
parte alguna de la ciencia de los castores
y las nutrias; no quería llegar a saber
nunca como realizaban sus maravillas; no
deseaba noticia sobre la fisiología de su
respiración, la coordinación de sus músculos,
de su vista, sus sistemas endocrinos ni
sus aparatos digestivos. Esperaba no tener que pensar nunca acerca de ellos como
conjunto de células.
Todo lo que pedía era la completa
y vellosa complejidad de castores y
nutrias en movimiento, enteros e intactos,
ahí, ante mis ojos.
Duró,
lamento decirlo, sólo unos cuantos
minutos, y luego regresé a fines del
siglo XX, reduccionista como siempre
elucubrando acerca de los detalles por
fuerza del hábito, aunque, por una vez,
no acerca de los detalles de las nutrias y
los castores, sino sobre mí mismo.
Algo digno
de recordar había ocurrido en mi mente;
estaba seguro; tendría que ponerlo en
alguna parte de mi tronco cerebral; quizá
fuera esto mi sistema límbico en función.
Me convertí en un científico de
la conducta, un psicólogo experimental,
un etólogo, y en ese instante
desaparecieron por completo el prodigio y
la sensación de estar abrumado.
Quedé aplanado.
No
obstante, me alejé del zoológico con
algo, un trocito de noticias sobre mí
mismo: en alguna forma, estoy codificado,
para las nutrias y los castores.
Manifesté
comportamiento instintivo en su presencia,
cuando se acercaban a mi alcance, detrás
del cristal, simultáneamente bajo el agua
y en su superficie. Tengo
receptores para esta exhibición.
Los castores y las nutrias poseen
un “liberador” para mí, en la
terminología de la etología; y la
liberación fue mi experiencia.
¿Qué se liberó?
Comportamiento. ¿Qué comportamiento?
Estar en pie, tambaleante,
asombrado, sintiendo regocijo y un ímpetu
de amistad.
No podría, como resultado de lo
sucedido, decir nada más acerca de los
castores y las nutrias de lo que ya se
sabe.
Nada nuevo
aprendí acerca de ellos.
Sólo acerca de mí, y presumo que
también acerca de ti, quizá sobre los
seres humanos en general.
Estamos provistos de genes que
codifican nuestra reacción a los castores
y las nutrias y, tal vez, también
nuestra reacción a cada una de ambas
especies.
En nosotros están impresos modelos
de reacción estereotipados, inalterables,
prestos a liberarse.
Y la
conducta liberada en nosotros por tales
confrontaciones es, esencialmente, un
afecto sorprendido.
Es una conducta compulsiva y sólo
podemos evitarla, esforzándonos con todo
el poder de nuestra mente conciente, elaborando excusas
conscientes en todo momento.
Dejando a nosotros mismos,
mecanicistas y autónomos, anhelamos
amigos.
Todo
el mundo dice que nos mantengamos alejados
de las hormigas.
No tienen lecciones para nosotros;
son pequeños instrumentos locos,
inhumanos, incapaces de controlarse a sí
mismos, faltos de buenas maneras y sin
alma.
Cuando están
aglomeradas, en mutuo contacto,
intercambiando fragmentos de información,
sostenida en sus mandíbulas como
memorandos, integran un animal único.
Atendamos a ello. Es un envilecimiento, una pérdida de individualidad, una
violación de la naturaleza humana, un
acto no natural.
Hay
personas que abogan en pro de este punto
de vista con seriedad y profunda reflexión.
El mensaje
mira por los individuos, solitarios y egoístas.
Altruismo, palabra de jerga para lo
que acostumbraba llamarse amor; es peor
que la debilidad, es pecado, es una
violación de la naturaleza.
Permaneced separados.
No seáis animales sociales.
Pero este es un argumento que
difícilmente convencerá si tenemos en
cuenta que dependemos del lenguaje para
exponerlo.
Sería necesario imprimir folletos
o publicar libros, venderlos y enviarlos a
todas partes; se tendría que aparecer en
televisión y captar la atención de
millones de otros seres humanos y entonces
decirles a todos ellos: sed solidarios; no
dependáis unos de otros.
No se puede hacer esto y, al mismo
tiempo, mantener una expresión adecuada.
Quizá
sea el altruismo nuestro atributo más
primitivo, lejos de nuestro alcance, más
allá de nuestro control.
O tal vez lo tengamos a mano,
disponible, esperando a ser liberado,
disfrazado ahora, en nuestra civilización,
como afecto, amistad o vinculación. No veo por qué habría de ser irracional el que todos los
seres humanos tuviésemos cadenas de ADN
enrolladas en cromosomas, que codificasen
nuestros instintos para la utilidad y la
solidaridad.
La utilidad podría resultar que
fuera la prueba más dura de aptitud para
la supervivencia, más importante que la
agresión, más eficaz, a la larga, que la
usurpación violenta.
Si esta es la clase de información
que la ciencia biológica nos depara para
el futuro, aplicable tanto a nosotros como
a las hormigas, entonces estoy por
completo del lado de la ciencia.
Hay
algo que me gustaría saber más que nada:
cuando aquellas hormigas construyeron su
hormiguero y están todas en él
aglomeradas tocándose y cambiando
noticias, y la
masa entera comienza a comportarse como
una criatura única y enorme y piensa,
¿qué rayos es ese pensamiento?
Y, ya que estamos en ello, me
gustaría saber algo más:
cuando eso sucede ¿sabe algo
acerca de ello alguna hormiga en
particular?
¿se le ponen los pelos de punta?
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