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Para
pensar
Biología
de la guerra
Jorge
F. Nicolai (1916)
-
11.12.2000
-
Es
la humanidad
Si
se quisiera fundar una religión que en eterna
juventud sea inmutable y, sin embargo, se
adapte capaz de evolución a las necesidades
de la humanidad, hay que fundar sobre algo
inmutable y, sin embargo, capaz de
transformación. Sabemos lo que no necesita ser expuesto, que no hay tal vez
nada absoluto en sí, pero es una banalidad
para nosotros, los hombres, el hombre mismo es
algo absoluto.
Nuestra organización con todas sus
posibilidades para abarcar de determinada
manera el mundo exterior, es decir el hombre
incluso su medio, es un hecho para nosotros
realmente existente, un hecho que se
desarrolla ciertamente, que en el curso de los
siglos se ha vuelto distinto y que en el curso
de los milenios incontables del futuro será
nuevamente diverso, pero que en todo momento
representa algo absoluto para nosotros.
Así, la humanidad en sí es mutable
eternamente, pero es en todo momento para
nosotros, los seres vivos, la única medida
absoluta existente de todas las cosas.
Pero
está también por encima de los hombres y,
sin embargo, es humana.
La humanidad se ha desarrollado y
continúa desarrollándose en una vía y en
una dirección que se puede llamar accidental,
pero que está dada de una vez para siempre.
Tras nosotros está extendida
recognosciblemente la serie.
Éramos animales y nos hicimos hombres;
pero también del futuro podemos decir al
menos con seguridad: el hombre de mañana será
distinto al de hoy, si el hombre del futuro
puede estar ya contenido in potentia en el
hombre del presente.
Así,
pues, el superhombre no es nada nuevo, pero es
algo distinto.
Es ocioso imaginar sobre eso si tal
evolución es buena. Existe, y por eso es absurdo oponerse a ella.
Animal y hombre y superhombre como
futuro son una unidad ligada por el tiempo,
por eso también el superhombre es y permanece
algo puramente humano, aún cuando está por
sobre los hombres.
Igualmente
hombre y superhombre son una unidad, si se
concibe a los superhombres como un resumen de
los hombres actualmente vivientes, como
humanidad total.
Tenemos entonces la unidad en el
espacio. Así el concepto del superhombre en el espacio y el tiempo
sobrepasa al hombre aislado, y persiste, sin
embargo, un hombre.
Pero
finalmente el concepto de la humanidad es
ideal y real al mismo tiempo.
Que la humanidad es objetivamente una
realidad se ha intentado ya mostrar.
Pero aun cuando se reconozca la
exactitud de mis manifestaciones, es decir, si
se reconoce la realidad, la humanidad seguirá
siendo en cierto sentido, sin embargo, una
idea en sentido platónico.
Es el principio regulativo, pero hay
que confesar también que nosotros, como somos
especial y temporalmente una parte de ella, no
poseemos los órganos para abarcarla
plenamente, para nosotros queda la idea de una
perfección, que hace como conjunto en grande
“lo que el mejor hace o quisiera hacer en
pequeño”, pero el que esto pueda ser así
no es imaginable sin la idea de la
“corriente eterna”.
Así la humanidad en sí es una
realidad, pero para nosotros es ideal
eternamente inaccesible.
Así
llena la humanidad todas las condiciones para
poder edificar sobre ella la religión.
En el fondo esto es natural, pues
nadie, y tampoco la humanidad, puede
perfeccionarse de otro modo que en la fe
sagrada en sí mismo.
Todos los grandes pensadores del
pasado, cuanto querían tener una religión,
la han cimentado en el propio pecho.
La ciencia moderna ha demostrado también
que hasta los pueblo más primitivos han
obrado así, pues “los hombres han creado a
sus dioses de acuerdo a la figura humana”.
Pero por qué se dio a esas figuras de
dioses así creadas un más o menos de vida
absoluta, que se hizo por eso independiente de
los acontecimientos en nosotros, se tuvo el
peligro que se ha visto siempre de que esas
figuras de dioses se convirtieran en cadáveres
rígidos que no podían vivir más la vida de
los hombres.
El
que quiere poseer una religión real, tiene
que basarla en la realidad de los hombres,
pero no en ideales imaginados.
De esta realidad eternamente mutable,
que se perfecciona en el curso de los tiempos,
resulta por sí mismo que para nosotros el
futuro se nos aparecerá como una realidad
superior, en la que podemos creer, a la que
podemos amar y en la que debemos esperar.
Las tres virtudes cardinales cristianas
son, en realidad, la piedra angular de toda
verdadera religión, pero no se debe creer en
algo probadamente inverosímil, no se debe
amar nada pasado ni esperar en algo solamente
imaginario.
¿Merece
tal consideración todavía el nombre de una
religión?
Sí y no.
En el fondo propiamente sí.
Pues esa manera de considerar hable de
la ligazón, exige ciertamente que nos
sintamos ligados con lo inseparable, con lo
que estamos inseparablemente ligados, es
decir, con nuestro cuerpo y con las
impresiones de los sentidos recibidas en
nuestro cuerpo.
En última instancia, esto es una cosa
tan natural o al menos debería serlo en tal
forma que no necesitara un nombre especial.
Pero se le llame religión o no, en la
humanidad tendría que creer todo el que
atribuye valor al nombre de hombre.
Estamos
habituados a resumir con el nombre de
humanidad todas las necesidades que resultan
del hecho que somos innegablemente hombres
organizados, y que podemos interpretar como
exigencias morales.
Pero humano no quiere decir otra cosa
que hemos comprendido la historia de la
evolución de la humanidad, que sabemos de
donde venimos, que presentimos adónde vamos,
y que, en consecuencia, intentamos acomodarnos
en ese devenir general de la naturaleza que se
produce para nosotros en la historia del
desarrollo de la humanidad.
Creemos en ese desarrollo, amamos la
humanidad y esperamos el desarrollo venidero,
es decir, el superhombre que deviene
lentamente todos los días y todas las horas.
Importa
solo que reflexionemos y comprendamos que el
hombre es un individuo y al mismo tiempo una
parte de un organismo superior.
El que sabe eso y no lo siente sólo
como una verdad enseñable, sino como una ley
y un sentimiento vivientes en él, es, no se
puede decir de otro modo, un hombre.
Pero el que no siente eso, puede ser en
la forma todo lo análogo al hombre que
quiera, es decir, como dice una vez Kant, todo
lo civilizado que quiera, no es un hombre,
pues le falta lo esencial, lo que divide a los
hombres de los demás seres vivos, el
sentimiento de pertenencia al genus humanum.
Todo
lo particular tiene frente a eso importancia
fenomenal.
También la guerra.
Si la humanidad triunfa, la guerra ha
muerto. Pero
sólo entonces; pues la humanidad no puede
romper y no romperá la espada, mientras no
sepa que la espada no pertenece al concepto de
la humanidad, sino que es sólo una
herramienta que se puede deponer.
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