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Grandes
Autores
Realidad
del alma
Carl
Gustav Jung
-
12.03.2001
-
La
importancia de la psicología en el presente
En
el mundo de los hombres existía una especie
de alma colectiva en lugar de una conciencia
individual, la cuál sólo surgió al llegar
la humanidad a grados superiores de su
desarrollo.
La
conciencia de grupo, dentro de la cual
pueden cambiarse los individuos, no es, sin
embargo, el peldaño ínfimo de la
conciencia, sino que ya constituye una
diferenciación.
Lo más primitivo posee una especie
de omniconciencia con completa
inconsciencia del sujeto que lo soporta.
En este nivel sólo existen sucesos
pero no personas que actúan.
La
suposición de que lo que me gusta a mí
gustará también a otro, constituye, pues,
un notable residuo de aquella penumbra
primitiva de la conciencia en la que no
existía diferencia alguna perceptible entre
yo y tú, y en la que todos pensaban, sentían
y querían del mismo modo.
Cuando alguien se diferenciaba de los
demás se producía una perturbación.
Nada causaba mayor pánico entre los
primitivos que lo extraordinario, de lo cual
inmediatamente se sospechaba, considerándolo
peligroso y adverso.
Esta reacción primitiva, también
sobrevive entre nosotros.
Con cuanta facilidad se siente
ofendida una persona cuando alguien no
comparte su convicción, cuando alguien no
considera bello lo que ella juzga así!
Se sigue persiguiendo a los que
piensan de modo distinto, todavía se
pretende imponer a los demás la opinión
propia, convertir a los descreídos para
librarlos del infierno que, sin duda, les
espera y, más aún, se siente un enorme
temor de quedar solo con la propia convicción.
La
igualdad psíquica de los hombres es una
suposición tácita, un hecho simplemente
existente que deriva de la inconsciencia
original del individuo.
En el mundo de los hombres existía
una especie de alma colectiva en lugar de
una conciencia individual, la cuál sólo
surgió al llegar la humanidad a grados
superiores de su desarrollo.
Si
la igualdad colectiva no fuese un hecho
original, fuente y madre de todas las almas
individuales, sería una ilusión de
proporciones gigantescas.
Por ello, a pesar de la conciencia
individual, subsiste imperturbable, en la
forma del inconsciente colectivo, comparable
a un mar sobre el cual flota, como una nave,
la conciencia del yo.
He aquí por qué no se perdió nada
del mundo espiritual y primitivo.
Así como el mar avanza en oleadas
entre los continentes y los rodea como
islas, así el inconsciente primitivo
rodea nuestra conciencia individual.
En la catástrofe de la enfermedad
mental el mar primitivo bate con recias olas
contra la isla y hace desaparecer
inmediatamente la ola que acaba de formarse.
Las perturbaciones nerviosas derriban
diques e inundan regiones fértiles.
Los neuróticos son habitantes de la
costa y por ello más expuestos a los
peligros del mar.
Los individuos llamados normales
viven tierra adentro sobre un suelo más
elevado y seco, junto a ríos y lagos
inofensivos.
No les alcanza ninguna marea por alta
que ésta sea, y el oleaje está a tan
grande distancia que incluso se llega a
negar su existencia.
La
conciencia individual está rodeada por el
mar amenazador del inconsciente.
Tan sólo en apariencia está segura
y confiada, pero en realidad es una cosa frágil
que descansa sobre bases vacilantes.
Basta a veces una emoción fuerte
para perturbar sensiblemente el equilibrio
de la conciencia.
El
habitante normal de la tierra adentro que se
olvidó del mar, no asienta en tierra
segura, sino sobre un suelo resquebrado,
donde en cualquier momento puede irrumpir el
mar a través de grietas continentales
causando escisiones.
El hombre primitivo conoce ese
peligro, no sólo a través de su psicología
propia, los perils of the soul, los
peligros del alma, según la expresión técnica.
Tales peligros consisten en la
llamada pérdida del alma o en el estar
hechizado.
Se trata, en ambos casos, de fenómenos
de escisión; en el primer caso, el alma del
hombre diríase que ha emigrado, mientras
que en el segundo se trataría de una
inmigración.
Este modo de decir parecerá
seguramente algo raro, pero expresa con
bastante exactitud los síntomas que hoy
llamamos fenómenos de disociación o
estados esquizoides.
No son en absoluto síntomas
morbosos, ya que también se presentan en el
hombre normal.
Se trata de transformaciones de
los sentimientos generales, cambios
irracionales del humor, emociones excesivas,
desgano repentino, cansancio psíquico, etc.
Incluso es posible encontrar entre
los llamados hombres normales fenómenos
esquizoides que corresponden al estado
proceso primitivo.
El hombre normal tampoco está a
salvo del demonio de la pasión.
El
hombre primitivo, igual que nosotros,
consideraba la escisión del alma como algo
morboso.
Con la diferencia de que cuando esto
sucede nosotros hablamos de
“conflictos”, nerviosidad y enfermedades
mentales.
La
conquista de la conciencia fue la fruta más
deliciosa del árbol de la vida, el arma mágica
que dio al hombre el triunfo sobre la tierra
y que esperamos le facilitará la victoria,
mayor todavía, sobre sí mismo.
El
hecho de que la conciencia individual
signifique separación y enemistad, ha
proporcionado a los hombres una infinita
experiencia particular y colectiva.
Y si en el individuo la escisión es
una enfermedad, otro tanto ocurre en la vida
de los pueblos.
Difícilmente podremos negar que
nuestra época es también uno de esos períodos
de escisión y enfermedad.
Las situaciones políticas y
sociales, el desgarramiento religioso y
filosófico, el arte y la psicología
moderna están acordes en esto.
Y puede sentirse cómoda cualquier
persona dotada, al menos, con cierto sentido
de la responsabilidad humana?
A fuer de sinceros debemos confesar
que nadie se siente satisfecho en este mundo
actual y la desazón crece continuamente.
La palabra crisis es también un término
médico que señala siempre la culminación
peligrosa de la enfermedad.
Al
despertar la conciencia, quedó depositada
en el alma de la humanidad el germen de la
morbosa escisión, como supremo bien y
supremo mal a la vez.
Es difícil juzgar el presente en que
vivimos; pero si volvemos sobre la hipótesis
de la enfermedad mental que padece la
humanidad, nos daremos cuenta de que en
tiempos pasados sufrió también ataques
morbosos que ahora nos resultan más fáciles
de comprender.
La
esquizofrenia de un mundo es a la vez un
proceso de saneamiento o, mejor aun, el
punto culminante de una gestación que entraña
dolores de parto.
Una época de escisión es simultáneamente
una época de nacimiento.
La
filosofía china clásica distingue dos
principios universales opuestos, el claro
Yan y el oscuro Yin.
Afirma con respecto a ello, que cada
vez que uno llega a la cima de su poder,
despierta en él como un germen, el
principio opuesto.
Cuando una cultura alcance su
punto culminante, sobrevendrá, más tarde o
más temprano, la época de la dispersión.
La descomposición aparentemente sin
sentido y sin esperanza en un conjunto múltiple,
carente de trabazón y que podría despertar
ala repugnancia, y la desesperación,
contiene sin embargo en su fondo oscuro, el
germen de una nueva luz.
Verdad
es que nadie que no haya experimentado cree
que fuera de la conciencia puede haber en el
hombre otra actividad psíquica
independiente, y de modo especial que pueda
haber una actividad que tenga lugar no sólo
en el yo, sino simultáneamente en otras
partes del alma, pero si se compara la
psicología del arte moderno con los
resultados de la psicología, y éstos a su
vez con la mitología y la filosofía de
otros pueblos, se encuentran pruebas
irrefutables de la existencia de ese factor
colectivo inconsciente.
Los
sueños son los productos del alma
inconsciente, imparciales, espontáneos,
sustraídos al albedrío de la conciencia.
Son verdaderamente naturales, de una
verdad no falseada y por lo mismo, adecuados
para mostrarnos el camino de una actitud
concorde con el carácter fundamental del
hombre, cuando nuestra conciencia se ha
alejado demasiado de su posición básica
proponiéndose algo imposible.
Aunque
se acepte la idea general de que los sueños
no son inventos voluntarios, sino el
producto natural de la actividad
inconsciente del alma, quedan los sueños
reales para ver en ellos un mensaje de
cierto alcance.
Si
tenemos presente que en el inconsciente
existe con exceso todo aquello que falta a
lo conciente, y que el primero tiene pues
una tendencia compensadora, llegaremos a
ciertas conclusiones, siempre y cuando que
el sueño no proceda de profundidades psíquicas
extraordinarias.
Tratándose de un sueño de esta última
categoría contiene por regla general algo
de lo que se denomina motivos mitológicos,
es decir, asociaciones de ideas o imágenes
como las de la mitología del pueblo
aborigen o de otros extraños.
En tal caso, el sueño contiene lo
que se llama un sentido colectivo, es decir,
un sentido humano general.
Esto
no contradice mi observación de que siempre
soñamos de nosotros y desde nosotros.
Como sujetos y como individuos no
somos absolutamente únicos, sino como los
demás hombres.
Un sueño que tenga sentido colectivo
tiene, por ello, valor máximo para el soñados
mismo, pero al mismo tiempo expresa que su
problema momentáneo es también el de otras
personas.
Tales comprobaciones tienen a veces
gran valor práctico, pues hay infinidad de
hombres que permanecen interiormente
aislados de la humanidad y convencidos de
que los otros no tienen los mismos problemas
que ellos.
También hay personas tan
excesivamente modestas, que juzgan demasiado
insignificante su contribución a la labor
colectiva, dejándose guiar por un
“sentimiento que penetra hasta la nada”.
Por otra parte, cada problema
individual está relacionado, en alguna
forma, con el problema de la época, por
cuya razón cada dificultad subjetiva debe
ser observada desde el punto de vista de la
situación general de la humanidad.
Pero prácticamente esto sólo es lícito
en el caso de que el sueño tenga, en
verdad, un simbolismo mitológico, es decir,
colectivo.
Nadie
que no conozca a sí mismo puede conocer a
otro. Y
en cada uno de nosotros hay también un
“otro” que desconocemos.
El “otro” nos habla a través del
sueño y nos comunica de cuan diferente
manera nos ve, en comparación de cómo nos
vemos nosotros.
Al encontrarnos, pues, en una difícil
situación el extraño “otro” quizá
puede iluminarnos orientándonos de modo
adecuado para cambiar fundamentalmente la
actitud que nos llevó a aquella complicada
situación.
La
tendencia netamente individualista de
nuestro reciente desarrollo tiene por
consecuencia una reacción compensadora
de la conciencia colectiva, cuya autoridad
continúa siendo el centro de gravedad de la
masa. No
es sorprendente, pues, que hoy predomine una
especie de acusación de catástrofe, como
si se tratara de una avalancha que nadie
puede detener.
El hombre colectivo amenaza ahogar al
individuo, sobre cuya responsabilidad
descansa al fin y al cabo toda obra humana.
La masa como tal siempre es anónima
e irresponsable.
Los llamados dirigentes son el síntoma
inevitable de un movimiento de masas.
Los verdaderos adalides de la
humanidad son siempre aquellos que
reflexionan sobre sí mismos y que alivian
el peso de la masa, cuando menos en lo que
se refiere a ellos, manteniéndose
concientemente alejados de la ciega
necesidad natural del movimiento que
experimenta la masa.
¿Pero
quién logra resistir ese poder de atracción
que lo inmola todo, en el que un individuo
se apoya sobre otro y éste arrastra consigo
aquél?
Solamente lo consigue quien vive no sólo
el mundo exterior sino también el interior.
Si
antes me referí con preferencia al sueño,
sólo lo hice para mencionar uno de los
puntos de partida más inmediatos y
conocidos de la experiencia interior.
Fuera del sueño quedan otros
factores que no puedo examinar ahora.
La investigación de las
profundidades del alma pone en claro muchas
cosas que a lo sumo pueden soñarse
superficialmente.
No es extraño, pues, que pueda
descubrirse también la más fuerte y autóctona
de las actividades espirituales, como es la
religiosa.
En el hombre moderno esa actividad
yace más profundamente sepultada que la
sexualidad y la adaptación social.
Cuando
se da el nombre de neurosis al diablo, queda
en evidencia que hoy se considera a esa
experiencia diabólica como enfermedad, lo
que es muy significativo para nuestro
tiempo.
Cuando se le considera como
desplazamiento o represión de la sexualidad
o afán de hacerse valer, es evidente que
ello también disgusta gravemente a esos
instintos fundamentales.
Cuando se lo denomina “Dios” se
demuestra que se pretende expresar algo que
involucra todo y tiene una profundidad
universal.
Si se tiene en cuenta su fondo
absolutamente irreconocible, esta última
designación es la más cauta
y a la vez la más modesta, pues
concede a la experiencia amplio margen y no
le da forma corriente de un esquema de
conceptos, al menos que alguien tenga la
idea extravagante de pretender saber con
exactitud lo que es Dios.
Llámese
como se quiera a ese fondo anímico, nada
modifica el hecho de que influye de modo
extraordinario sobre la existencia y el carácter
de la conciencia, y en una medida tanto
mayor cuanto menor es la noción que de ello
se tenga.
El laico difícilmente podrá
formarse una idea respecto hasta que punto
sus inclinaciones, estados de ánimo y
determinaciones dependen de los hechos
oscuros de su alma, y cuán peligrosas o útiles
pueden resultar las fuerzas de las mismas y
en qué medida influyen en su destino.
Nuestra conciencia cerebral es un
histrión que se olvidó que está desempeñando
un papel.
Pero cuando la representación llega
a su fin tiene que recordar su realidad
subjetiva, pues no puede seguir viviendo
como Julio Cesar y Otelo, sino únicamente
conforme a su modo de ser particular, del
cual le alejó momentáneamente un fraude de
la conciencia.
Tiene que volver a saber que sólo
fue una simple figura teatral, que se
interpretó una obra de Shakespeare y que
hay un director de escena y un empresario
que, tanto antes como después, podrán
hacerle una crítica esencial respecto a su
labor.
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