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      “La  Humanidad  tiene  razones  que  la  Razón  del  Hombre  ignora”    

NOTAS

Ciencia

Ciencia para el bien común

La Nación (Enero 8, 2001)

- 19.02.2001 - 


En los países política y económicamente más poderosos, tanto en su dirigencia como en gran parte de su población existe el convencimiento de que el principal componente productivo ya no es el capital ni el contar dentro de sus fronteras con fuentes de materia prima: el principal valor para triunfar es la materia gris de sus investigadores y tecnólogos.

Un problema que en la Argentina está sin resolver y que en dichos países van solucionando es el de una ágil comunicación y relación entre el sector productivo o el Estado con el sector científico. En las naciones más adelantadas, tanto la dirigencia del Estado como la del sector productivo están siempre atentas a los descubrimientos y al avance de los conocimientos que producen sus investigadores y, a través de estos, de los hallazgos de los investigadores del resto del mundo.

Cuando alguno de esos países poderosos tiene un problema serio, los investigadores son de consulta prioritaria por parte de sus gobernantes o, en el caso de las empresas más progresistas, por parte de sus dirigentes empresarios.

Casos emblemáticos del interés de los estadistas por la ciencia y la tecnología se produjeron cuando la Unión Soviética puso en el espacio los primeros satélites de la Tierra generados por el hombre. Los Estados Unidos respondieron a dicho desafío movilizando el esfuerzo de sus investigadores y superando finalmente el retraso en ese campo. De resultas del desarrollo satelital se produjeron grandes avances en el campo de su uso pacífico: en la predicción meteorológica, la mejor prevención de los desastres naturales y en otros numerosos campos.

También Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial movilizó a sus investigadores. Eso permitió, mediante el uso de las primeras computadoras de aquel entonces, desentrañar los códigos de comunicación de los mandos alemanes o conocer por adelantado la aproximación y ubicación de los bombarderos alemanes mediante el uso de una novedad para esa época, el radar.

¿Por qué la Argentina, que durante la primera mitad del siglo XX era la nación latinoamericana que estaba a la vanguardia en investigación científica, la que contaba con más premios Nobel científicos de la región, ha dejado de ser la más adelantada y, lo que es peor, no ha aprovechado más de los conocimientos de sus investigadores en bien de nuestra sociedad?

La verdad es que la causa principal de ese poco aprovechamiento de la capacidad científica de nuestros investigadores es su aislamiento del resto de los sectores sociales.

Para los miembros del Estado, sean los ministros, legisladores o jueces; para los empresarios, cualquiera que sea el rubro de sus actividades; para los educadores o los periodistas, no es fácil saber con quién deben contactarse o quién es el investigador con más conocimientos y capacidad para ayudar, con la información científica necesaria, a resolver los problemas que los aquejan. Habitualmente estos sectores suelen contar con buena cobertura de sus necesidades en el campo jurídico y económico, pero son muy carecientes en el de la ciencia y la tecnología.

Existe una herramienta bastante simple para saber quién es el investigador que puede encarar el problema que necesita resolver el dirigente político o empresario.

Esta herramienta es simplemente una base de datos que contendría el listado de los investigadores científicos en actividad en nuestro país. Dicho banco de datos debería permitir que fácilmente cualquier potencial usuario del conocimiento científico tuviera la posibilidad de conectarse con los hacedores de ese conocimiento. Esa conexión puede comenzar con una simple consulta y terminar, en algunos casos, con un emprendimiento en común.

Consultantes y consultados

Esta base de datos debería permitir que el potencial usuario -en principio, sin mayor saber científico, pero plenamente consciente de la necesidad que tiene- pueda entrar en la base ya sea por la disciplina a la que pertenece el posible consultado, por su especialidad, por sus temas de trabajo, e incluso por la zona o institución en que trabaja, lo que podría facilitar una relación más personal entre consultante y consultado.

Para permitir un fácil y ágil acercamiento al investigador por consultar, los datos facilitados al consultante deberían contener: el domicilio laboral, teléfono, fax y, mejor aún, su dirección de correo electrónico.

Por supuesto que, construida esta base, puesta al servicio de los potenciales usuarios y utilizada por estos, nada impediría que en una segunda etapa se incluyera también en ella a los miles de investigadores científicos argentinos que trabajan en el exterior, cuyo número, hoy día, es mayor aún que el de los que trabajan en el país. En general, estos "exiliados" tienen una buena disposición a cooperar para el avance del país.

Un caso en el que este tipo de solución ha operado eficientemente es el de la base de datos de investigadores científicos estadounidenses implementada con el apoyo económico de la National Science Foundation y utilizada intensamente por todos los sectores interesados de ese país, hoy el más poderoso del planeta.

Creo que ha llegado el momento de construir esta base de datos con el apoyo privado y la buena voluntad de los sectores públicos involucrados, como son las universidades, la Secretaría para la Tecnología, la Ciencia y la Innovación Productiva, el Conicet, la Comisión Nacional de Energía Atómica, INTA, INTI, Conae, Citefa y todas las demás instituciones que alberguen el trabajo de los investigadores argentinos.

Deberíamos tener en cuenta lo que en 1871 dijo Domingo Faustino Sarmiento en la inauguración del Observatorio Astronómico de Córdoba: "Los pueblos modernos son los que resumen en sí todos los progresos que en las ciencias y en las artes ha hecho la humanidad aplicados a las necesidades del mayor número".

 

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Junio 2000