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Grandes
Autores
Mensajeros
del paraíso
Charles
F. Levinthal
-
22.01.2001
-
Las
endorfinas, drogas naturales del cerebro
Primer
paso hacia el paraíso: Combatiendo el dolor
Cuando
pienso en el dolor, en la ansiedad que
carcome como el fuego y la soledad que se
extiende como un desierto, y la desgarradora
rutina de la monótona desdicha, o,
nuevamente, en los sordos dolores que
ennegrecen todo nuestro panorama o los
repentinos y nauseabundos que extinguen el
corazón de un hombre de un solo golpe...se
“sobrecoge mi espíritu”.
Si conociera alguna manera de escapar
me arrastraría por las alcantarillas para
encontrarla.
Pero, ¿de qué vale contarles de mis
sentimientos?
Ustedes ya los conocen, son los
mismos que en ustedes...El dolor duele.
Eso es lo que significa la palabra.
C.
S. Lewis, El problema del dolor, 1962
Tu
dolor es la rotura de la cáscara que
circunda tu entendimiento.
Así
como la pepita de la fruta debe romperse
para que su corazón pueda estar al sol, así
debes tú conocer el dolor...
Es
la poción amarga mediante la cual el médico
que hay dentro de ti cura a tu ser enfermo.
Khalil
Gibran, The Prophet, 1923
El
dolor que dura un breve plazo puede ser una
señal vital incorporada en el curso de
nuestra evolución, que nos advierte que
estamos en una suerte de peligro biológico;
pero a largo plazo, el dolor inescapable
es una maldición, la peor que
concebirse pueda.
Sus tormentos son sinónimos de las
imágenes del Infierno mismo.
No
es de extrañar que a través de toda la
historia aun aquellos que han alcanzado el mínimo
grado de eficacia aplacando el dolor de
otros hayan adquirido una dimensión enorme.
Han sido chamanes, curadores por la
fe, mesmeristas, médicos de la tribu y
sumos sacerdotes.
Cuando la morfina estuvo al
alcance de la profesión médica a mediados
del siglo XIX, los médicos por fin pudieron
verdaderamente curar.
Podían de una vez por todas hacer
algo verdaderamente mágico por sus
pacientes, brindándoles alivio casi instantáneo
a su dolor crónico.
Medicamentos
tales como la aspirina, por útiles que
sean, nunca han estado cerca de tener el
poder analgésico del opio o la morfina.
La razón que explicaba la eficacia
de estos opiáceos siguió siendo en gran
medida un misterio, hasta la década de
1970, cuando se descubrió que el sistema
nervioso central tenía la capacidad para
producir sus propias sustancias naturales
denominadas endorfinas, con propiedades
analgésicas prácticamente idénticas a las
de los opiáceos originados en forma
natural a partir de la amapola o sintéticamente
en los laboratorios químicos.
Aquí estaba por fin la razón de la
potencia de las drogas opiáceas:
simplemente sustituían a sustancias químicas
que ya teníamos en el organismo.
Pero,
¿por qué habría de desarrollarse
semejante sistema “opioide” interno de
endorfinas?
Parece ser una característica
repetida en los sistemas nerviosos de cada
especie vertebrada.
¿por qué el sistema opioide ha
estado presente desde hace tanto tiempo?
La activación de este sistema parece
estar inexorablemente ligada con las
circunstancias que provocan estrés.
¿por qué es un factor tan
importante el estrés?
Por detrás de toda conjetura, se
toma conciencia del hecho de que, en el
espectro de la experiencia humana, ninguna
sensación es tan primitiva ni ninguna puede
experimentarse tan profundamente como el
dolor.
Está claro que las endorfinas pueden
servir como ventana abierta hacia nuestro
pasado evolutivo.
En
ese pasado hay un punto que la mayoría de
nosotros afortunadamente nunca hemos
conocido, un medio en el que debíamos
experimentar terror por la presencia de las
huestes de depredadores naturales que podían
matarnos en cualquier momento.
Una defensa posible sería la de
evitar primero ser detectado visualmente,
quedándonos paralizados.
Más allá de esa postura defensiva,
sin embargo, podría ocurrir algo más,
sumamente ventajoso para la supervivencia:
una temporaria condición analgésica.
La razón es que el dolor comúnmente
produciría conductas que obstacularizarían
las posibilidades de sobrevivir, en vez de
incrementarlas.
Haber desarrollado cierto grado de
analgesia en momentos de estrés representaría
una poderosa ventaja evolutiva para una
especie, cualquier especie.
En
un sentido importante, nosotros, como seres
humanos, seguimos funcionando con un tipo
similar de analgesia durante los períodos
de mayor estrés en nuestras vidas.
Estrés,
dolor y endorfinas
En
la investigación con animales, una manera
de simular estrés en condiciones de
laboratorio es plantear a éstos la
posibilidad de recibir una descarga eléctrica.
Si a una rata de laboratorio, por
ejemplo, se le diera por optar entre recibir
una descarga son o sin una señal de
advertencia, descubriríamos que preferiría
una señal que lo advirtiera.
De tener que recibir una descarga, el
sentido común parece dictar que por lo
menos será mejor tener una advertencia
antes de lanzarse aquella.
Se
observó que, así como los perros de Pavlov
habían aprendido a salivar ante el sonido
de una campana que señalaba la entrega de
alimentos, los animales que recibían una señal
previa a la descarga podían estar asociando
el estrés de la descarga con esa señal; el
resultante aumento del nivel de endorfinas
tal vez hiciera menos dolorosas la descarga.
Tras
administrárseles la naloxona (droga
antagonista de los opiáceos) a las ratas no
parecía importarles el que la descarga
fuese o no precedida por una señal.
Si la señal de advertencia había
desencadenado una analgesia de tipo
endorfina, y si la naloxona había cancelado
su efecto, entonces era razonable presuponer
que el dolor que las ratas experimentaban en
ambas circunstancias era ahora idéntico.
Era
evidente que una emoción como el miedo podía,
en las circunstancias adecuadas,
desencadenar la activación de un sistema de
endorfinas que inhibiera el procesamiento
del dolor y cualquiera de las conductas
asociadas con ese dolor.
En otras palabras, las endorfinas
asegurarían primero la supervivencia y
luego la recuperación.
Las
zonas del cerebro implicadas en la liberación de endorfinas para producir
analgesia durante las situaciones de estrés –estructuras de mesencéfalo
y encéfalo- se encuentran entre las regiones más primitivas de nuestro
cerebro.
Se trata de partes del cerebro cuyo desarrollo se remonta a días
muy antiguos en la evolución de los vertebrados, hace más de 200 millones
de años. En el contexto de
la concepción triádica de Paul McLean acerca de la evolución del cerebro,
estas estructuras cerebrales configuraron el primero de tres importantes
embates en el desarrollo evolutivo del cerebro y estaban asociadas a la
aparición de una gama de especies reptilianas.
Nuestro propio cerebro todavía depende de esos sistemas neurales,
que poco cambiaron en el curso de cientos de millones de años.
Así, podemos considerarnos parte de esa herencia biológica que
produjo un sistema de endorfinas para la analgesia.
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