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Comunidad
El
mito de la semilla y el futuro argentino
La
Nación (Diciembre 9, 2000)
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11.12.2000
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El
desafiante optimismo de la expresión es
bien conocido: "Usted, en la Argentina,
tira en cualquier parte una semilla y los
alimentos prácticamente brotan solos".
Estamos todos unidos, desde los viejos
criollos y los abuelos inmigrantes hasta los
verborrágicos comunicadores de la televisión
de hoy, en estas palabras que marcan nuestro
orgullo y a la vez nuestra desazón y
perplejidad frente a una realidad que
desmiente sin miramientos las expectativas
del pasado.
No
hay quizás una metáfora mejor de un país
que en realidad ya murió hace siete décadas,
en la crisis del 30. Y es cierto: alguna vez
fuimos una gran promesa en el concierto de
las naciones: tierra fértil y próspera, a
la vez granero y frigorífico del mundo, que
abríamos nuestras fronteras a los
ambiciosos y desesperados de todas partes,
mientras nuestros millonarios y estancieros
se codeaban con príncipes y derrochaban
fortunas en Madrid, París o Niza.
El
mito persiste y nos sofoca con su
empecinamiento. Por un lado, está esa mano
abierta que esparce la semilla, sin fijarse
en cómo ni dónde, porque no es necesario,
y allí mismo la recibe la tierra esponjosa
y sabia que por sí sola la convertirá en
cereales y frutos espléndidos. Pero el
reverso de la medalla es desconcertante: la
Argentina se obstina en no crecer, suma cada
vez mayor desempleo y marginación, es poco
competitiva en su sector externo y parece
relegada a un papel de socio menor en el
mercado regional.
Un
lugar al sol
Las
calificadoras de riesgo exhiben
insensibilidad ante el poder germinativo de
nuestras semillas y la feracidad de nuestro
suelo. El mito convertido en quejumbrosa
fuga de la realidad deriva, finalmente, en
la incredulidad total.
Un
elemental análisis semántico del mito
despliega sus falacias. La ilusión
agropecuaria es pura quimera, sobre todo si
se basa en la facilidad y la casualidad.
Nada hay de menos natural que ocupar un
lugar relevante, o apenas digno, en el mundo
global. Nada exige más trabajo, lucidez,
proyectos comunes y audacia creadora. Nada
depende menos de conjeturales destinos
manifiestos.
La
Argentina de la comodidad y las dádivas se
ha terminado, y lo que de ella sobrevive nos
ahoga con su insolencia. Por supuesto que
hay reservas para construir un futuro, pero
ese futuro exigirá muchos sacrificios y
privaciones. Hay millones de argentinos que
ya no pueden sacrificar nada ni privarse de
lo que no tienen. Otros deberán hacerlo si
les interesan el país y su propio destino,
más expuesto de lo que ellos mismos creen.
El
mundo global espera que la Argentina ocupe
su lugar, a través de un proyecto propio y
con la comprensión plena de sus límites y
posibilidades. Pero no nos dará ninguna
ayuda especial ni tendrá para nosotros la
consideración que merecen los hijos pródigos.
Hace mucho tiempo que no lo somos. Con
liderazgos racionales, con el esfuerzo de
nuestra gente, con convicción e
inteligencia, quizá podamos resurgir desde
el fondo de nuestro descreimiento, para que
nunca más hagan falta los mitos de la
facilidad, las semillas mágicas del país
de Jauja.
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