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Sociedad
Los
beneficios del progreso se agotan
El
País (Noviembre 3, 2000)
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11.12.2000
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Rene
Thon abrió la puerta aquello de que el 20 %
de la población mundial disfruta del 80 %
de la riqueza total del planeta. Burda pero
expresiva reducción a cifras de algo que
ciertamente resulta mucho más burdo. Porque
más ajustado a lo comprensible es aquello
de los 225 hipermillonarios con más dinero
que 2.500 millones de personas del mundo
desfavorecido. Por tanto, un 47 % de la
humanidad posee tanto como el 0,0000004 de
la misma. Lo cual nos extravía
definitivamente por aquello de los ceros a
la izquierda ya que, sin duda, están más
bien a la derecha.
Algo
más de comprensión de lo que nos pasa se
puede extraer del juego de los veinte y los
ochenta, que por sorprendente coincidencia
nos acecha en otros muchos campos. Por
ejemplo, esa es la proporción en que se
derrochan los recursos naturales básicos
para la humanidad. Quiero expresar que el 80
% de los seres humanos no opulentos sólo
desgasta los silos de la vida en un 20 %.
Más
irracionalidad acude a este desgarro de las
cifras, frías y mudas para tantos, porque,
en sociedades como la nuestra, el 80 % de
los objetos, servicios y recursos que
compramos y consumimos son utilizados
solamente una vez. Lo que pone abundancia,
sobre todo, en la basura, en el ruido y en
la contaminación.
Sumemos,
porque un porcentaje muy similar es el que
mantenemos entre los recursos básicos y lo
que realmente aprovechamos, es decir,
convertimos en mercancía. El resto queda
sobre el terreno casi siempre empeorando lo
que contemplamos.
Hay
una nueva coincidencia, eso sí fatal, entre
lo que resulta útil e inútil de nuestro
furor en lo que al gasto energético se
refiere. Porque sólo el 20 % de lo que se
quema en nuestros motores, calderas, fábricas
y, sobre todo, en los vehículos se
transforma en verdadero ahorro de trabajo físico
y en comodidad, que por supuesto nos
merecemos. El resto, el inmenso residuo, de
esta pésima eficacia va a parar al
empeoramiento de la salud común que,
invariablemente, tiene relación con la de
la atmósfera.
Algo
muy cercano sucede con la comunicación y,
por tanto, con lo que forma parte de la
formación de los criterios y de las imágenes
del mundo. Algunos estudiosos estiman que
tan sólo el 20 % de lo que aparece en los
periódicos, de lo que se oye en las radios
o se llega a ver en las televisiones tiene
alguna posibilidad de ocupar un mínimo
lugar en la memoria de las personas. El
porcentaje, al parecer, resulta todavía
menor cuando se analiza la oferta de
Internet.
Todo
esto podría estar derivado, me asusta la
intuición, de que, a su vez y como seres
vivos, somos la especie menos eficaz desde
un punto de vista fisiológico. Prácticamente
todos los animales y las plantas aprovechan
mucho mejor las posibilidades de su entorno.
Casi siempre en proporción inversa a como
lo hacemos nosotros. Es decir, que ellos
transforman en posibilidades de
supervivencia el 80% de lo que toman del
derredor y así no lo agotan, ni ensucian,
ni destruyen.
Ante
todo esto, la más que lógica conclusión
es que no aplicamos una mínima coherencia
en los proyectos de eso que, aunque lo
llamemos progreso no quiere progresar.
Porque aumentar la eficiencia, en todos los
campos mencionados, nos haría más
duraderos, sensibles, coherentes y por
supuesto progresistas. Pero impera todo lo
contrario: los grandes objetivos son seguir
incrementando el abismo. Porque desde el 20
al 80 no hay sólo 60 puntos de diferencia,
lo que se desploma por esa pendiente es,
sencillamente la mejor parte de la condición
humana, esa que más olvidamos: la
racionalidad. Base de toda equidad, de toda
ética.
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