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Sociedad
Los
miedos del año 2000
Le
Monde Diplomatique (Diciembre, 2000)
-
11.12.2000
-
Para
los habitantes del mundo desarrollado, los
nuevos miedos, referidos a la salud, la
alimentación y la procreación, se
relacionan con la deriva de ciertos
desarrollos biotecnológicos, que
condicionados por la, lógica del lucro y en
manos de unos pocos decisores, se tornan
terroríficos en lugar de mejorar la suerte
del conjunto, tal como desde el siglo XIX se
esperaba tradicionalmente del progreso.
“En
la historia de las colectividades los miedos
se modifican, pero el miedo queda”, afirma
el historiador Jean Delumeau (1).
Hasta el siglo XX los infortunios de
los hombres resultaban principalmente de la
naturaleza, las intemperies, las
devastaciones, el hambre, y de flagelos como
la peste, el cólera, la tuberculosis y la sífilis.
El hombre de otro tiempo vivía en un
medio constantemente amenazador.
La desgracia lo acechaba
constantemente.
La
primera mitad del siglo XX se vio marcada
por el espanto de las dos grandes guerras,
de 1914-1918 y 1939-1945.
La muerte a escala industrial, las
destrucciones masivas, los campos de
concentración y exterminio.
En Europa occidental la segunda mitad
de este siglo que concluye se caracterizó
por el gradual apaciguamiento de los
conflictos armados y el ascenso de una
prosperidad generalizada.
Las condiciones de vida mejoraron de
modo espectacular.
La esperanza de vida se eleva a
niveles nunca alcanzados antes.
Los
historiadores de mentalidades se preguntarán
sin duda un día sobre los miedos del año
2000.
Descubrirán que ya no son como antes
del orden político o militar (conflictos,
guerras, terror atómico), sino más bien de
carácter ecológico: perturbaciones de la
naturaleza, alteraciones del medio ambiente.
Que conciernen a la intimidad (salud,
alimentación) y a la identidad (procreación
artificial, ingeniería genética).
Estos
nuevos miedos, especialmente referidos a la
enfermedad de la “vaca loca” y a los
organismos genéticamente modificados (OGM),
nacen de una decepción, del desencanto
suscitado por las evoluciones técnicas.
La utilidad del progreso científico
perdió su carácter evidente.
Tanto más cuanto que este progreso
fue absorbido por el campo económico,
fuertemente instrumentado por empresas
esencialmente ávidas de lucro.
La confusión entre interés público
e intereses industriales se saldó demasiado
a menudo a favor de estos últimos.
El neoliberalismo en boga, la adoración
del mercado, la reaparición de situaciones
de gran precariedad y el regreso de fuertes
desigualdades sociales fortalecieron todavía
más, en el curso de los últimos veinte años,
la sensación de que el progreso técnico
había traicionado su promesa de mejorar la
suerte de la humanidad.
Todos
pudieron constatar que las instituciones
(Parlamento, gobierno, expertos) que debían
garantizar la seguridad faltaron a su misión
en reiteradas ocasiones.
Dieron pruebas de imprudencia y
negligencia.
Por añadidura, los decisores se
acostumbraron a comprometer la suerte
colectiva sin remitirse antes a los
interesados, los ciudadanos, alterando el
pacto democrático (2).
Como
consecuencia, se ha introducido en los espíritus
una sospecha tenaz y sistemática, la
negativa creciente en delegar en esos
“responsables” el poder de comprometer
la suerte colectiva autorizando prácticas
fundadas en innovaciones científicas
riesgosas, no suficientemente probadas.
Una nueva desconfianza ante los
aprendices de brujo del neocientificismo.
Tanto
más cuanto que revelaciones espectaculares
referidas a una cantidad de “flagelos
silenciosos” vinieron a demostrar a
posteriori la incompetencia trágica de
autoridades y expertos.
No solo el escándalo de la sangre
contaminada, sino el del amianto, que
provoca en Francia alrededor de 10.000
muertes de obreros por año.
O de las infecciones nosocomiales, es
decir contraídas durante las internaciones
hospitalarias, que se encuentran en el
origen de otras 10.000 muertes por año.
O el de la contaminación del aire,
que en un 60 % se debe a los transportes por
ruta, y que provoca la cifra alucinante de
17.000 muertes prematuras anuales en
Francia.
El de la dioxina, producto cancerígeno
que emiten los incineradores de basura domésticos,
que provoca entre 1.800 y 5.200 muertes por
año.
Basta
con leer el informe de investigación dado a
conocer en el Reino Unido el pasado 26 de
octubre sobre la epizootia de encefalopatía
espongiforme bovina (ESB) para comprender la
desconfianza actual de las sociedades
europeas hacia la carne de vaca.
Se adoptaron medidas aberrantes,
avaladas por expertos, desdeñando leyes de
la naturaleza y los más elementales
principios de precaución.
Cuando se hizo evidente la enfermedad
se propagaba a los seres humanos, se
difundieron mentiras y simulaciones.
Demoras, señuelos y desmentidas,
como asimismo la actitud irresponsable de
las autoridades, llevaron inevitablemente a
la opinión pública británica a sentirse
engañada.
Si el comportamiento de las
autoridades en el resto de Europa no fue
fundamentalmente diferente ¿por qué los
ciudadanos no manifestarían una
desconfianza igual?
Sobre todo cuando comprueban, como en
Francia, que se autoriza la comercialización
de variedades de maíz trangénico, cuando
se trata de organismos genéticamente
modificados.
No
se trata de fantasías de seguridad absoluta
o riesgo cero, sino de la legítima
inquietud de los ciudadanos ante la
prioridad otorgada demasiado a menudo por
los poderes públicos a grupos económicos y
egoísmos corporativos antes que al bien común
y al interés general.
Definir el riesgo aceptable ¿no
debiera ser competencia de todos, y no
solamente de los expertos?
(1)
Jean Delumeau, Les malheurs des
temps, Larousse, París, 1987.
Olivier
Godard, “De la nature du principe de précaution”
en Le principe de précaution,
Significations et consequences,
Bruselas, 2000
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