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Ciencia
El
fraude científico
La
Nación, por Mario Bunge
-
30.10.2000
-
MONTREAL
Un fraude
científico
no es un delito que pueda cometer
cualquiera. Es una estafa perpetrada con
pericia científica y a la vista de una
comunidad científica. Para cometerla es
necesario saber bastante, lo suficiente para
engañar a quienes lo evalúan. En esto es
igual a la falsificación de moneda o de
pinturas famosas.
Los
fraudes científicos no son frecuentes, y
ocurren casi exclusivamente en la
investigación biomédica. Quizás esto se
deba a dos motivos. Uno es que los médicos
no son entrenados como científicos sino
como artesanos, de modo que se engañan y
autoengañan más fácilmente que los
investigadores básicos. El otro motivo es
que los investigadores en esa área están
sometidos a una mayor presión para publicar
que en cualquier otra.
El
problema del fraude
biomédico se ha vuelto tan agudo que la
prestigiosa revista Science le dedicó el
editorial de su edición del 18 de agosto de
2000, en la que se publicaba justamente una
retractación de una nota, firmada por tres
investigadores de la universidad angelina de
Southern California que habían publicado un
artículo en un número anterior de la misma
revista.
El
primer autor de esa retractación "ha
reconocido una alteración de los datos que
pone en cuestión las principales
conclusiones del artículo". No se sabe
qué sanción le aplicó su universidad. Lo
que es seguro es que será exiliado de la
comunidad científica.
El
editorial de marras enumera los perjuicios
colaterales causados por el fraude
en cuestión. Por ejemplo, algunos
investigadores se fundaron sobre los
presuntos hallazgos, y ahora tienen que
rehacer sus trabajos da capo. Los referís
del artículo perdieron su tiempo. El
distinguido investigador que de buena fe
escribió un comentario encomioso sobre un
experimento que no se hizo perdió aún más
tiempo y arriesgó su prestigio.
Pero
el daño mayor es social: consiste en la
depreciación de la confianza, no sólo
dentro de la comunidad científica, sino
también en el seno del público que
contribuye a pagar las cuentas de la
investigación.
¿De
qué confianza se trata? De la confianza en
que los investigadores van a buscar la
verdad y decirla si tienen la suerte de
encontrarla. Porque la verdad es la moneda
del reino de la ciencia. (En el reino de la
técnica circulan dos monedas: la verdad y
la eficiencia.)
De
modo que quien falsifica la verdad equivale
al falsificador de moneda, al fabricante de
autos con graves defectos que conoce pero
oculta, al que vende yerbitas para tratar
tumores cancerosos y al político que
adultera los resultados de un sufragio. Los
cinco nos perjudican a todos.
Por
este motivo, los fraudulentos merecen
sanciones mucho más severas que los
plagiarios. Éstos son meros rateros que
difunden artículos casi tan buenos como los
originales. Roban, pero apenas adulteran, de
modo que su delito no se propaga ni
perjudica más que a los autores originales.
Si los expertos no logran diferenciar un Van
Gogh falsificado de uno legítimo, será
porque la diferencia entre uno y otro es tan
diminuta que no afecta el placer que
proporciona su contemplación.
Estas
reflexiones obvias no cuadran con el credo
posmoderno, según el cual no existe la
verdad objetiva. Por ejemplo, los sociólogos
de la ciencia posmodernos, tales como Michel
Foucault, Bruno Latour y Steve Woolgar, han
afirmado que los científicos no buscan la
verdad sino el poder. Pero si así fuera, no
se entiende por qué los investigadores
aprecian tanto la comprobación ni por qué
condenan la falsificación. Pero volvamos al
fraude.
Revisión
por los pares
El
editorial citado recuerda que la mayoría de
los fraudes científicos no se cometen en sótanos
anónimos sino en laboratorios activos y
prestigiosos, ni son motivados por intereses
económicos sino por el ansia de prestigio
instantáneo.
En
esos laboratorios los investigadores
principales no suelen tener tiempo para
participar personalmente en los
experimentos, o siquiera para vigilarlos de
cerca. El maestro se ha convertido en
administrador a cargo de un microimperio
excesivamente poblado y con un presupuesto
millonario. Invierte demasiado tiempo en
buscar fondos, colocar a ex alumnos y
corregir el estilo de los papers que van a
someter a publicación.
Ese
líder científico
ya no investiga sino por delegación. No le
queda tiempo para aprender a dominar las
nuevas técnicas, que deja a cargo de
estudiantes graduados y posdoctorales. Pero,
puesto que suele sugerir el problema de
investigación y participar en la redacción
del informe final, su nombre figura como
coautor del trabajo. A veces por mera cortesía.
O porque consiguió el subsidio. Es más
jefe honorario que con comando de tropa.
El
problema de la investigación delegada es
tan grave que ha sido objeto de novelas del
famoso bioquímico Carl Djerassi, el
inventor de la píldora anticonceptiva. Una
de ellas, El gambito Bourbaki, trata de un
grupo de investigadores de primera línea
obligados a jubilarse tempranamente. Al
principio, la única finalidad del grupo es
mantenerse activo y vengarse del
"establecimiento". Pero sus
miembros investigan con tanto ingenio y
tanta suerte que obtienen un resultado
sensacional, que da lugar a que se
reproduzcan todos los problemas de los que
creían haberse librado. Por ejemplo... No,
no sigo: mejor será que lea usted la
novela.
¿Qué
puede hacerse para evitar el fraude?
Las comunidades científicas ya disponen del
mecanismo necesario para detectar fraudes y,
en general, evaluar la calidad del trabajo científico:
consiste en la revisión de proyectos y
productos por parte de pares. No es un
mecanismo infalible y a veces da lugar a
injusticias, pero es el único conocido.
Por
favor, no se le ocurra a usted mejorar este
procedimiento proponiendo que detrás de
cada investigador se instale un detective,
censor o sacerdote encargado de mantener la
pureza del ethos científico.
Eso sí que daría lugar a fraudes en gran
escala, como los que ocurrieron en la
Alemania nazi y en la Unión Soviética
estalinista. Si ha de haber fraude, más
vale que sea al por menor y no al por mayor.
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