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Genética
El
origen del sexo
La
Nación (Septiembre 20, 2000)
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25.09.2000
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El
sexo apareció en forma rudimentaria entre
diminutas bacterias en los primeros días de
la Tierra, cuando el oxígeno escaseaba, no
había mucha capa de ozono y el planeta se
bañaba en radiación ultravioleta, que al
contener una onda que encajaba con la llave
en las rendijas del ADN, resultó decisiva
para producir los cambios.
Desde
entonces, el sistema de dos sexos permite la
variabilidad y minimiza la posibilidad de
que se hereden genes defectuosos.
Y la biología terrestre se rige por
un principio draconiano: cuanto más
distinto, mejor.
De
allí que muchos crean que, en el amor, la
última palabra no la tiene el corazón, ni
siquiera el cerebro: sino que son nuestros
genes los que eligen pareja por nosotros.
Claus Wedekind, de la Universidad de
Berna, hizo algunos provocativos
experimentos para demostrarlo.
Se
sabe desde hace algún tiempo que entre los
genes que controlan nuestro sentido de lo
propio y lo extraño se encuentra el
complejo mayor de histocompatibilidad (CMH),
que puede revelarse, por ejemplo, en
fragancias particulares.
Wedekind
demostró que las damiselas roedoras siempre
se inclinan por el galán cuyo CMH es más
diferente del propio.
Pero a continuación le pidió a un
grupo de hombres que durmiera con una
camiseta de algodón durante el fin de
semana y , luego, le dio esas mismas prendas
a un grupo de mujeres.
Al interrogarlas sobre sus
sensaciones, descubrió que ellas
encontraban tanto más sexy la remera cuanto
más opuesto al propio CMH era el hombre que
había dormido en ella.
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