La bendición de ser un «Insider», de estar dentro

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Autor: Harry Wiener

A diferencia de los outsiders (es decir los extraños, los que están afuera), los insiders (los que forman parte, los que están dentro) suelen ser personas felices: una bendición, una gloria paradisíaca con la que los outsiders apenas pueden soñar. Y los más felices de todos son los ex-outsiders que por fin encontraron su nicho de pertenencia. Encontraron la salvación.

En sus mejores momentos el insider puede sentir que está en la cima del mundo, epifanías difíciles de relatar, excepto en un lenguaje metafórico. El outsider, en cambio, a veces siente que está en el fondo del pozo, una pesadilla incluso para contarlo.

El outsider se da cuanta instintivamente de que existen las experiencias cumbre y busca un portal de salvación a través del cual podría pasar para alcanzar un estado de bendición extrema. Las religiones y los cultos que ofrecen esa esperanza son “salvacionistas”.

FARRAGO 

Algunos desafortunados y, por suerte, pocas madres y sus niños se ven unos a otros como demonios por la severa disonancia entre sus mensajeros externos, los identificadores clave de los que no se tiene conciencia y que pasan entre todos los seres humanos. Esa es la causa de los enfrentamientos horribles y a veces fatales entre ellos. Los mensajes inconscientes que intercambian dos seres humanos despiertan alteridad y miedo en algunos y atracción y amor en otros. El código innato de la madre puede ser del tipo C, D, O o CD. Eso la lleva a esperar un determinado lenguaje se señales sociales específicas de parte del niño. Como, en cambio, recibe una jerigonza extraña, se da cuenta de que el niño no es humano, cálido, cariñoso, amable. En cambio, puede estar poseído por un demonio extraño, una entidad monstruosa y traidora que merece ser exterminada con un daño extremo.

Pero si es usted uno de mis pocos lectores con una mentalidad dura del tipo C, se preguntará: ¿qué es esto de los mensajes inconscientes entre la gente? Yo veo lo que veo, oigo lo que oigo, dice usted con razón. Todo esto a mi me suena a fárrago new-age, a sensiblería. A lo que respondo: lo lamento. Suene como suene, no es ningún fárrago, sino datos experimentales razonablemente bien confirmados y reconfirmados. Las vibraciones que se dan entre los cuerpos humanos son tangibles, no metafísicas. El enfrentamiento entre ellos, la sensación de que hay una mala química, es tan real como una trompada en la nariz. Si usted, al igual que la mayoría de los lectores de libros que tratan sobre temas blandos, como las fallas entre las relaciones humanas, es del tipo D, sensible, es posible que no se haga esa pregunta, porque su instinto y su experiencia ya le habrán enseñado la importancia de esas vibraciones entre seres humanos.

El hecho es que los seres humanos no nos relacionamos en base a la racionalidad, la voluntad y el intelecto. Continuamente emitimos y recibimos un torbellino se señales sociales o indicios sociales. Estos indicios viajan en muchos canales. En cada caso, percibimos conscientemente sólo una pequeña parte de ese correo, una pequeña punta visible de un gran iceberg. Las personas del tipo D perciben conscientemente una proporción relativamente mayor de mensajeros externos que se ocupan de las relaciones humanas y se interesan por aprender más acerca de ellas. Esa es, espero, una de las razones por la que usted, mi estimado lector del tipo D, ha soportado el relato confuso y poco atractivo que le infligí.

El enfrentamiento núcleo está en todas partes, todo el tiempo. ¿Cómo se implementa ese enfrentamiento entre tipos de base? Yo personalmente no veo la necesidad de dar explicaciones sobrenaturales, a pesar de los demonios, las brujas y los exorcismos. Creo, en cambio, que se trata de lo que yo llamo fenómenos xenocientíficos. Son fenómenos de una ciencia ajena a los científicos profesionales pero no necesariamente a los científicos que trabajan en un lugar recóndito de la investigación…hechos y experiencias conocidas para algunos observadores que trabajan en las márgenes pero que no se han incorporado al canon de la ciencia. Y todos esos hechos se suman al tema de las señales sociales inconscientes entre los seres humanos. Me sorprende la cantidad de psicólogos clínicos a los que le resulta ajeno el concepto de señales inconscientes. O no se enteraron de los informes o no los fundieron en un único concepto aplicable a sus prácticas.

Yo fui uno de esos observadores en las márgenes. En 1965, estaba descansando en la biblioteca de la Academia de Medicina de Nueva York, mirando sin apuro los libros nuevos que permanecían en la Sala de Becarios un mes antes de pasar a la circulación general. Encontré un libro de Searle, un psiquiatra muy conocido y de gran reputación, según me enteré después. Se trataba de una recopilación de anécdotas de su experiencia clínica. Al hojear el libro hice una doble interpretación. Me pareció que Searle estaba diciendo que sus pacientes le leían la mente. Algunos individuos perturbados llegaban a decir que Searle pensaba en matarlos, violarlos, mutilarlos. Que estupidez, pensaba él, hasta que a la noche se sinceró consigo mismo y se dio cuenta de que ellos tenían razón y que el equivocado era él. No se sorprendió demasiado. Los psiquiatras (al menos algunos psiquiatras del tipo D) ya se sentían cómodos con algunas nociones relacionadas, como la contra-transferencia y el “darse cuenta” de los pacientes esquizofrénicos.

Pero fue un gran shock para mí. Para mí la telepatía no era más que una forma de charlatanería. Vuelvo a leer una y otra vez con la esperanza de haber entendido mal. No entendí mal. Searle no sólo dijo que algunos de esos pacientes veían en su mente cosas que ni él mismo percibía conscientemente sino que no lo decía como algo que le llamara la atención, no incluyó un capítulo entero sobre la lectura de la mente, sino que relataba su experiencia en un tono calmo, tranquilo, no como algo que le quitara el aliento o el habla, y eso fue lo que me pareció más importante. Le creí. Pero seguí sin creer en la magia ni en la telepatía. Me pregunté si había algún mecanismo biológico que me ayudara a entender. No conocía ninguno.

A la mañana siguiente, revisando mi correo, me encontré con un artículo muy importante sobre las feromonas en la revista Science.  Aprendí que los insectos sociales, como las termitas, las hormigas y las abejas “hablaban” entre sí en un lenguaje complejo hecho de feromonas, químicos complejos identificables que actúan sobre los órganos del olfato. También me enteré de que, salvo algunas excepciones, los seres humanos no pueden percibir conscientemente esas señales. Per mi parte, eso cerraba el misterio. Si los seres humanos, a pesar del acuerdo del ámbito científico en general, podían emitir y percibir sustancias similares, a las que yo llamé mensajeros químicos externos (ECM, external chemical messengers) o exohormonas, mi dilema estaba resuelto. Los pacientes de Searle leían los estados de ánimo, no la mente.

Después recorrí toda clase de literatura aparentemente inconexa. Acumulé unas mil referencias que parecían indicar que los seres humanos, por lo general en forma no consciente, participaban en el intercambio de señales sociales olfatorias. Hice un rastreo. Le pregunté a Ernest Shiftan, la “nariz” o el arquitecto de perfumes de la compañía de cosméticos Coty, si él podía percibir a través del olfato estados de ánimo, como la rabia o el miedo. Me dijo que si, y se sorprendió de que tuviera que preguntárselo.

En 1966, publiqué cinco artículos sobre mi descubrimiento en el New York State Journal of Medicine. Pensé que las pruebas circunstanciales eran apabullantes, si bien todavía sigue faltando la prueba final. La noción de las feromonas humanas se ha difundido hasta el día de hoy y forma parte del espíritu de la época, tanto entre el común de la gente como entre los científicos. También hacia 1967, el término “química personal” se había vuelto actual.

No obstante, las exohormonas humanas constituyen sólo una pequeña parte de la historia. Dos seres humanos pueden comunicarse información crucial a través de muchos canales sin tener consciencia de ello. Eso es un hecho indiscutible, se los puedo asegurar. También creo que el intercambio subliminal de señales sociales explica que los individuos de diferentes tipos base no se lleven bien. Los del tipo C emiten señales diferentes a los del tipo D con el mismo significado, y sus códigos para recibir mensajes externos (señales sociales) también son diferentes. Esto no es un hecho indiscutible pero, si no es cierto, está bien inventado (se non e vero, e ben trovato).

Les voy a contar una historia que me parece fascinante. William Condon utilizó una cámara rápida para filmar a dos personas mientras dialogan. Al analizar varios segundos de la película, cuadro por cuadro, descubrió para su sorpresa que pasaba algo entre esas dos personas que iba más allá de la conversación audible y el lenguaje corporal visible. Se puede ver de que manera los cuerpos de los hablantes y los oyentes realizan innumerables movimientos rápidos y delicados en respuesta a los movimientos del otro y a las palabras del hablante. Más que sorpresa: él y sus colegas padecían los mismos síntomas del enfrentamiento de base que trataban de ocultar como mera “fatiga de observador”. Pero se les erizó el cabello, sintieron náuseas y una sensación de horror. Vieron en sus películas, que, a velocidades demasiado altas para ser captadas por el ojo humano consciente, del 1/96 de segundo, los dos cuerpos humanos se respondían entre sí, dialogaban entre sí, en lo que Condon denominó la danza del cuerpo. La danza del cuerpo es tangible, es real, no se la puede eludir con palabras y ocurre sin que las dos personas que están hablándose, que están “danzando” juntas tengan conciencia de lo que está pasando.

Hasta ahí el hiperolfato (las señales olfatorias no conscientes de Wiener) y la hipervisión (las señales musculares / visuales no conscientes de Condon). Hay más tipos de señales experimentales que al principio parecen demasiado rápidas o demasiado débiles para ser captadas por los seres humanos. Existe el hipersonido (señales hiperauditivas), la reacción humana subconsciente a los sonidos acelerada en los experimentos de Kaser. También existe la forma de intercambio se señales sociales generalmente reconocida: el lenguaje  corporal, al que Hall llamó de manera más general proxémica, la dimensión oculta de la comunicación humana.

Mucho antes del hipersonido, el hiperolfato y la hipervisión, también se había descubierto el efecto de persona, descubierto por el psicólogo pavloviano Horsley Grantt. Se trata del efecto que ejerce sobre una persona la mera presencia de otra sin que la primera se dé cuenta, como lo demostró él mismo y otros científicos a través de muchos tests fisiológicos. Los tests demostraron que se producen cambios en la presión sanguínea, en los movimientos oculares, en el ritmo cardíaco y en la conductancia de la piel. Pero esos investigadores eran del tipo C (cuadrado) y no se dieron cuenta de lo que realmente implicaba su trabajo: de que constituía una prueba de que existía una comunicación no consciente entre los seres humanos.

Con el beneficio que nos da el poder ver todo esto en retrospectiva, ahora vemos que ese efecto de persona se asemeja mucho a lo que podríamos llamar efecto de computadora. Consideremos un par de computadoras conectadas por un módem. Salvo unas luces que titilan no se ve nada. Pero más allá de lo que se puede observar conscientemente, se está transmitiendo una cantidad enorme de datos. Las reglas son las siguientes: ninguna de las dos computadoras puede detener el influjo de información que le envía la otra, pero si puede alterar la manera en que la metaboliza y responde a ella. Y esas son las reglas del efecto de persona.

Esa analogía con las computadoras resulta útil sólo para los del tipo cuadrado, el tipo C. La gente redonda (del tipo D) no la necesita. En general, son personas altamente sensibles al intercambio de señales sociales. A diferencia de los de la clase de los cuadrados, se sienten y siempre se han sentido cómodos con lo que la mayoría de la gente llama “vibraciones”.

Los psiquiatras sensibles (del tipo redondo, Descartes) utilizan un término más exaltado para este tipo de fenómeno. Consideran que la contratransferencia, su reacción a la persona del paciente, es un órgano perceptivo importante en su trabajo. Esa reacción puede ayudar u obstaculizar el tratamiento. O, para decirlo más fríamente, el terapeuta puede ser un ayudante(si su tipo sintoniza con el del paciente) o un dañante (si su tipo choca con el del paciente).

La contratransferencia, como todas las otras instancias del enfrentamiento de base, se sitúa esencialmente a nivel inconsciente, como una falla para establecer una comunicación inconsciente normal entre dos o más personas cuyos diccionarios de señales sociales no combinan. Ninguno de los dos advierte el desfasaje entre los mensajeros externos, pero ambos ven claramente de que manera la conciencia se inunda de mensajes negativos: miedo, aversión y sentimientos similares.

Es aquí cuando, so los dos miembros del par están dispuestos, se puede hacer algo para reducir los resultados negativos de ese enfrentamiento de base. En el caso de la contratransferencia, una solución fácil consiste en “divorciarse” del terapeuta y empezar de nuevo con otro que se acerque más al tipo de base interno de uno. Pero en mucho otros casos no es fácil separarse. Lo que pueden hacer los miembros de una familia, de una pareja, de una sociedad y los pares en general que pertenezcan a distintos tipos de base (C y D) en su interés mutuo a largo plazo es admitir el área de incompatibilidad y aprender a atravesarlas y sortearlas.

La hostilidad que se niega y se contiene a la larga es seguro que va a surgir como una fuerza maligna y destructiva. La hostilidad admitida y reconocida por ambas partes es más tenue y se supera con mayor facilidad, según sospecho. Por caridad, si los actores no están en un pie de igualdad, o por negociación, si se trata de pares. De la negociación surge la cooperación y de la cooperación, surge la simbiosis de C más D. Sugiero que esa simbiosis es el propósito biológico del polimorfismo de C versus D en el hombre.

VIBRACIONES MADRE – NIÑO 

El intercambio inconsciente de señales sociales entre seres humanos determina el carácter social  del hombre. La asociabilidad humana está determinada, en particular, por la disonancia entre las señales sociales de una persona D o redonda y su opuesto C o cuadrado. Pero en los adultos, la importancia de los EM (mensajeros externos, señales sociales) muta por la intervención del lenguaje, la inteligencia, la deliberación.

Para los niños, no existen esos factores mutantes. El vínculo empático que se establece entre la madre y el niño es tan fuerte que muchos lo han considerado como misterioso y sobrenatural, casi mágico (…)

Autor: Harry Wiener